sábado, 16 de septiembre de 2017

Tremenda torrija III



No me equivocaba con lo de Martínez Alvero, y me volví a cruzar con él mucho antes de lo que esperaba.
El día siguiente a nuestro primer contacto, me tocó servicio en cocina. En cocina el funcionario no es que tenga mucho que hacer, porque el grueso del trabajo es tarea de los internos que están destinados allí. Y de vigilar que no la caguen y acaben quemando las lentejas se encarga un Jefe de Cocina, que es personal laboral. Vamos, un tipo de la calle que viene a currar allí.
 La misión principal del funcionario de cocina es controlar la caja de cuchillos, que por sorprendente que pueda parecer es una caja llena de cuchillos. Una caja blindada, eso sí, de la que sólo yo tengo la llave, y en la que hay adherido un listado de todos los elementos susceptibles de hacer pupa que se almacenan en su interior. Y de paso, ya que estás ahí, si también vigilas que los internos de cocina no se apuñalen entre ellos mientras cortan los puerros para el cocido, pues entonces ya vas para nota.

  El caso es que me las prometía muy felices yo en la cocina, a mi rollo, con un grupo de internos conocido y en el que, dentro de lo que cabe, todos son personas más o menos normales. Sin gente rara que tenga visavises escritos en la palma de la mano. Pero está claro que en un espacio cerrado por definición como es una cárcel, si hay un marrón con tu nombre escrito te lo vas a comer por más que te escondas.

   A media mañana me acerqué al patio del módulo cinco. Porque me aburría, principalmente, y porque me apetecía echar un café. Ya al salir al exterior desde el comedor anexo a la cocina, noté algo raro en el ambiente. No sé... a veces es que todo el mundo está hablando, y en cuanto ven el uniforme se quedan callados. A veces es justo al contrario. En esta ocasión, a la derecha de la puerta por la que accedí al patio había un banco ocupado por un grupo de cinco internos. Bastante agitados, además.  O eso me pareció ver a través del cristal de la misma. Pero en cuanto la abrí y salí, todos se quedaron tiesos como estacas, y calladitos. Y de repente eran cuatro.
  Miré a mi alrededor. Había varios internos corriendo alrededor del patio, a diferentes ritmos. Pero uno me llamó la atención. Cuando uno corre para entrenar, lleva un ritmo. Mantiene una cierta sincronía de movimientos. Este tipo corría como un pollo sin cabeza. Además, llevaba una llamativa gorra de pescador color verde con el logotipo del Atlético de Cali... Y las cosas como son, cuando había entrevisto al grupito del patio por primera vez, me había parecido ver a un fulano con una gorra verde. Vamos, que blanco y en botella.

 Me acerqué al grupito. Ninguno me miró al acercarme, ni me miraron a los ojos cuando les hablé. la cosa estaba clara, y tampoco había que currarse mucho la pregunta.

  -¿Qué pasa aquí?.- Dos de ellos miraron al suelo, otro hacia arriba, como esperando una revelación divina. El cuarto rebuscó en su pantalón de chándal y sacó un paquete de tabaco. Pero contestar, no contestó nadie. Quizá no me habían oído. Quizá.

  -Que pregunto que qué pasa aquí.- Con firmeza, pero manteniendo la calma. Que no crean que estoy nervioso. El del pitillo parecía que iba a responder. Al menos me miró a la cara mientras los otros tres corrían el riesgo de luxarse el cuello en su esfuerzo por mirar hacia otro lado. Comenzó a abrir la boca, pero en ese instante vio, vimos los dos, al interno de la gorra verde que, en su huida, había dado una vuelta entera al patio y se encontraba de nuevo en el punto de partida. Pude verle la cara. Era Martínez Alvero. Quién sino él sería capaz de huir corriendo en círculos.

 Extendí mi brazo izquierdo a modo de barrera, y Martínez Alvero se detuvo. Parecía un poco sorprendido, pero se quedó quieto de forma automática, como un coche ante un paso a nivel. Me miró bajo el ala de su sombrero. Había algo raro en su cara, no tenía buen color. Y eso que el gorro del Atlético de Cali, con una foto de todo el equipo titular impresa en la copa y el ala de un color verde venenoso, hacía tanto daño a la vista que difuminaba la imagen de todo lo que había a su alrededor. Como la llama de un soplete.

 - ¿Le importa quitarse la gorra?. Cuando hablo, prefiero ver la cara de la gente.- (Y no sufrir un desprendimiento de retina, pensé para mí).  Alvero se quitó la gorra, obediente. Su cara estaba peor de lo que me había parecido en una primera impresión. Estaba azulada, como si le faltase oxígeno. El lado izquierdo de la misma, además, estaba enrojecido, de forma que más que azul era de un insano color púrpura. Mis conocimientos de medicina se limitan a saber que el ibuprofeno es bueno para la resaca y que antes de que te pongan una inyección o un supositorio hay que bajarse los pantalones, pero tampoco había que ser Ramón y Cajal para darse cuenta de que a ese tipo le pasaba algo. Quizá le estuviera dando un ataque.

  - Oiga... ¿se encuentra bien?.-  Alvero me siguió mirando, con cara de confusión. Su expresión por defecto, me estaba empezando a dar cuenta de ello. - Tiene usted la cara azul...- A Alvero se le iluminaron los ojos, pero no de repente. Con calma, como un amanecer abriéndose camino a través de las tinieblas de la noche. Así debían avanzar sus ideas entre el espesor de su mente, pensé, en un alarde de imaginación de esos que a veces me surgen. Bueno, el caso es que sus ojos se acabaron de iluminar del todo, y finalmente contestó. No fue un proceso automático, que os quede claro.

 - Me he pintado la cara con un boli, Don.- Y sonrió con todos los dientes al acabar su confesión. No sé si estaba más orgulloso de su simpática ocurrencia, o de haber sido capaz de contestar correctamente a mi pregunta. De todas formas, a mi algo no me cuadraba.
 - Pero... Si uno se pinta la cara con un boli, no le queda teñida. Le quedan rayas pintadas. ¿Qué te has hecho?.- Pasamos del usted al tú, que a veces resulta más perentorio. A Alvero le dio igual el matiz. El me había contestado con lo que sabía, y el que yo no le creyese le había dejado sin respuestas. Volvió al silencio y la expresión confusa. Su marca de fábrica. Por suerte para ambos, uno de los internos del grupito que me había llamado la atención en un principio dejó de castigarse el cuello y resolvió mi duda.

  - Don, el loco vació la tinta en un vaso de agua y se lavó la cara con ella.- Así que fue eso. Bueno, una vez conocido el procedimiento tampoco era nada sorprendente. Lo que sí resultó una novedad es que a mi interlocutor se le soltase la lengua de repente.
 - Y lo hizo porque hay gente en el patio que le da pitillos para que haga esas cosas y reírse de él.- Alvero bajó la vista, avergonzado. Vale, pues ahora que nos ha dado por hablar, pensé, a ver si lo contamos todo.
 - ¿Y con qué te pintaste el lado izquierdo de la cara, que está medio morado?¿Con un boli rojo?.-
Alvero no contestó, pero se ve que era el momento de las confesiones  porque otro interno, el del pitillo, soltó la lengua también.
  - No Don Jaime. Eso es que le han soltado un bofetón.- Hugo, mi compañero que ese día estaba como Encargado de Departamento, se había ido acercando al lugar del debate y llegó a tiempo para escuchar esto último. Miró a Alvero, me miró a mí, me encogí de hombros, y en menos de lo que se tarda en decirlo se llevó al pobre hombre a enfermería para que el equipo médico le hiciese un reconocimiento. Alvero extendió los brazos y abandonó el módulo imitando el ruido de un abejorro. Hugo le siguió, negando con la cabeza.

  Los cuatro miembros originarios del grupo y yo nos quedamos ahí, en el patio, al lado del banco. La escena había atraído a bastantes curiosos, pero en cuanto Hugo se llevó al protagonista, la cosa había perdido interés. Al final nos volvimos a quedar solos los cinco. Hubiera sido un buen momento para encender un pitillo como gesto dramático, pero el dejar de fumar también tiene sus desventajas. Bueno, algo había que decir.

 - No voy a preguntar si sabéis quien ha sido, porque total para qué, pero... ¿Le zascaron el bofetón por algún motivo, o fue así porque es tonto nada más?.- Bueno, pues ahí ya se desató la catarsis. Desaparecida de momento la amenaza del loco, el resto de internos se esforzaron en conseguir que no volviese al módulo cinco y se quedase en el de Enfermería definitivamente. Por lo visto Martínez Alvero llevaba un par de semanas, desde que su enfermedad se había agudizado, haciendo la vida imposible al resto de habitantes del departamento. Desde entrar en las celdas de otros y simplemente desordenarlas, a darles sustos en las duchas. Pequeños hurtos, estupideces varias. Pero son estupideces en la calle. En el patio, que es una olla a presión, no hay estupideces. En el patio han apuñalado a personas por un yogur.Y como un interno, al que Alvero había robado unos calzoncillos para usarlos de bandana, me hizo ver:
- A mi lo de los gayumbos me da igual, que ni siquiera estaban limpios,- Definitivamente Alvero había perdido el norte, pensé. -  Pero hay gente aquí, como el negro ese de dos metros de aquella esquina, que sólo tiene un par. Y si el negro le casca una hostia a Alvero...-

 Dejó la respuesta en el aire, pero tenía razón. Alvero era un peligro para la seguridad del módulo y para sí mismo. Así que tras una charla con el Jefe de Servicios y con la doctora de guardia, se decidió que se quedaría ingresado en el módulo de enfermería hasta nueva orden. Y así fue como, una vez más, pensé que mi camino y el de Martínaz Alvero no se iban a volver a cruzar.

Pues claro.

 












sábado, 2 de septiembre de 2017

Tremenda Torrija II


  Me situé frente a la puerta de la celda ocho y metí la anticuada llave de celdas en el ojo de la cerradura. Me dispuse a descorrer el cerrojo... Y creo que este es el momento apropiado para un briconsejo.
  Sé que hay lectores que se están preparando la oposición de acceso al cuerpo, así que creo que esto que voy a contar les puede ser de utilidad: Mucho cuidado al abrir la puerta de una celda. Mucho cuidado siempre, pero en especial si nos han pedido desde dentro que les abramos, o si hemos oído ruidos sospechosos en el interior (golpes, gritos...). Podemos encontrarnos con internos muy alterados que empiecen a repartir golpes a voleo, o simplemente que, en el momento en el que noten que la puerta está abierta, la empujen con todas sus fuerzas y te partan la cara. Sí, en serio. Pueden haber fingido una pelea, o un ataque de algún tipo, puede ser una trampa. Pueden ir a por ti.

 Para evitar este riesgo, cada uno tiene su método. Hay quien abre la puerta y da un rápido paso hacia atrás, o hacia un lado, para de esa manera quedar fuera del alcance del batiente. Yo prefiero apoyarme con el hombro contra ella, haciendo fuerza, mientras deslizo el pasador con cuidado. Así, si el interno intenta abrir de un portazo, lo mismo el golpe se lo lleva él.

  Así lo hice en esta ocasión. Transcurridos dos segundos sin haber percibido ningún impacto, abrí ya la celda de par en par. En cuanto lo hice, un hombrecillo con cara de ratón pasó rápidamente frente a mí y se encaminó a la salida de la galería. Tuve el tiempo justo de estirar el brazo derecho y agarrarlo por el hombro. El tirón lo detuvo de golpe y a la vez lo obligó a girar ciento ochenta grados, con lo que quedó frente a mí inmóvil y con cara de sorpresa.

 - ¿A donde va usted?.- Pregunté con el tono de voz más grave y autoritario que conseguí entonar. El hombrecillo parpadeó varias veces. Estaba confuso.
 - Pues, yo... A comunicar, señor funcionario.- Levanté una ceja.
 - Pues nadie me ha dicho nada de que usted tenga que comunicar.- El interno levantó la vista hacia mí, desvalido. No dijo nada, pero se intuía que estaba esforzándose por encontrar las palabras. Decidí acabar con su zozobra.
  -Bueno, de momento métase en la celda. Voy a consultar con Comunicaciones, y ya vendré a por usted si tal.- No parecía muy convencido, así que volví a apoyar mi mano derecha en su hombro y, suavemente pero con firmeza ('deees-pa-sito', que se dice ahora) lo hice entrar de nuevo en su celda, cerré la puerta y pasé el cerrojo.

  Continué abriendo y cerrando celdas, y cuando acabé, unos quince minutos más tarde, regresé a la oficina de funcionarios. Manuel, mi compañero aquella tarde, intentaba sacarse la caraja de encima con un café negro y caliente. Había que tener ganas, pensé. Debíamos estar a cuarenta grados a la sombra. Cogí el teléfono.
  - ¿Te sabes la extensión de Comunicaciones?, pregunté. Manuel acabó su café de un último trago largo, que no sé como coño aquello no le atravesó el cuerpo como lava, y pensó unos segundos antes de responder.
  - Acaba en dieciocho, ¿no?.- Tenía razón. Me disponía ya a marcar el número, cuando me interrumpió. - ¿Para qué vas a llamar a comunicaciones?-
  - El de la ocho de la galería uno, que me ha dicho que tenía que comunicar ahora.-
  - ¿Quien es el de la uno-ocho?- Preguntó Jesús, otro compañero que acababa de entrar. Miré el papelito en el que me había apuntado los nombres y celdas de los sancionados.
  - Martínez Alvero.- Respondí, finalmente. Jesús y Manuel se miraron con una complicidad que me extrañó bastante, la verdad. Ni que fueran novios.
 -¿Qué pasa?.- Pregunté, sin más. Jesús me contestó.
 -¿Cuándo has visto tú que se comunique un martes por la tarde?.- Me quedé pensando. Casi se podría oír a la termita que me remueve el serrín de la cabeza. La verdad es que no lo tenía yo muy claro. Jesús no me dejó contestar, o se cansó de esperar una respuesta.
 - Martínez Alvero está loco. No sé que tratamiento le están dando, pero no va bien.-
 - O se queda escaso.- Aportó Manuel, desperezándose.- Muy escaso.- Terminó. Jesús retomó la explicación.
 - Desde hace dos o tres semanas ha empeorado. Todos los días dice que tiene que comunicar, o que sale de permiso. O lo que se le pasa por la cabeza. Hay que tener cuidado. Cualquier día intentará salir por la puerta. Y no sé si lo hará a propósito o porque vive en su puto mundo.

 Bueno, pues así quedó todo aclarado. Algunos estaréis pensando que, si eso hombre no estaba en sus cabales, quizá debería estar en un psiquiátrico penitenciario. Yo no me hice esa pregunta, porque soy consciente de que en España los psiquiátricos penitenciarios se cuentan con los dedos de una mano, y están hasta arriba de internos. Ya es difícil que te destinen a uno si te declaran loco en el juicio, cuánto más si la locura es sobrevenida. Total, que poca solución había.
  Mis compañeros y yo cogimos las llaves de módulo, nos las echamos al bolsillo y bajamos a vigilar al patio hasta la hora de la cena. En ese momento, sonó la alarma de la celda uno-ocho. Martínez Alvero quería salir a comunicar. Mis compañeros y yo sacudimos la cabeza, cansados ya antes de que empezase la tarde. Y decidimos dejarlo correr. Bien podía esperar en su celda hasta la hora de la cena.

La tarde pasó tranquila en el patio. Los cuarenta grados a la sombra no perdonaban, y a nadie le apetecía montar lío en esas circunstancias. Eran ya casi las siete, y pasé de nuevo a las galerías para abrir las celdas de los sancionados y que pudiesen bajar a cenar.

 Me planté delante de la celda uno-ocho, y abrí tomando precauciones. Como os conté antes. Y exactamente igual que antes, un hombrecillo salió de la celda y se dirigió sin mirarme hacia la cancela de la galería. Sólo que esta vez llevaba en sus brazos una enorme bola hecha de ropa sucia, lo que le daba el aire de un enorme chupa-chups. Volví a alargar el brazo derecho, y a agarrarlo por el hombro, y Marínez Alvero volvió a girar y a quedarse quieto delante de mi. Vamos, un dejà-vu de manual. La cosa no cambió de tercio, repitiéndose la escena de una par de horas antes, con la excepción de que la bola de ropa le tapaba completamente la cara y sobresalía un buen palmo por encima de su cabeza.

 -¿A donde va usted?.-
 - A comunicar.- Claro, cojones. Si me lo merezco. No sé ni por qué pregunto.
 -¿Y toda esa ropa?.-
 - Es para dársela a mi mujer y que me la lave.- Así que no sólo era una comunicación, era un vis a vis. Por qué no. De inventarte algo, que sea algo bueno. Me pasé la mano derecha por la frente  .
 - Hágame el favor de dejar todo eso que lleva en la celda otra vez. No quiero  hablarle a un montón de ropa.- El interno se metió en su chabolo, dejó su carga encima de la cama con cuidado, y salió otra vez, mirándome con expresión inocente.
 - Bueno, y ahora dígame: ¿Cuándo ha visto usted que se comunique por vis a vis a las siete de la tarde?-. Martínez Izquierdo se quedó mirando al suelo, moviendo nerviosos sus pies. Como un alumno que no se sabe la lección y al que los nervios le han dado unas irresistibles ganas de hacer pis. Finalmente se atrevió a contestar.
 - ¿No hay vis a vis a estas horas? Porque en la cárcel de Albacete...-
 - No me venga con historias. En ningún Centro Penitenciario de este país hay vis a vis a la hora de la cena.- El interno dudó un instante, pero estuvo rápido en la respuesta:
  - Entonces... ¡Será una comunicación por cristales!.- Me espetó, con la cara ilusionada del que espera que le acepten pulpo como animal de compañía. Bueno, hasta aquí habíamos llegado.
  - Mire, media vuelta y al patio. Ya me he cansado de escucharle.-  El interno no se movió.
  - Pero, señor funcionario, aquí pone que tengo que comunicar hoy.- Martínez Alvero alargó hacia mí su mano derecha, abierta. Estaba vacía.
  - Ahí no hay nada.- El interno se miró la mano, dudando, y la acercó luego más hacia mí.
  - Si, si. Ahí lo pone. Fíjese bien.- Claro, no te jode. Y ahora yo acerco la cara para poder ver mejor, y me llevo un bofetón. Este tipo debía pensar que yo era tonto, o que no había visto de niño el programa de Benny Hill.
 
   Pero por otro lado, no me pareció la clase de persona capaz de soltarle una bofetada a mano abierta a un funcionario. Y menos aún así, en frío. Sin motivo aparente. Así que decidí ponerlo a prueba y me marqué un órdago.
  - Martínez... ¿Quiere usted ver lo que pone en la palma de mi mano? Pero verlo bien, de cerca.-
A Martínez Alvero pareció entusiasmarle la idea. Sus ojos brillaron de alegría.
 - ¡Claro! ¿Su mano también tiene cosas escritas?¿Que pone?.- Bueno, pues ya estaba aclarada mi duda. Definitivamente le faltaban dos patatas para el kilo.

 - Vamos, tire para el patio, que aún se va a quedar sin cenar.- La perspectiva de tener que pasar hambre esa noche lo puso en marcha, y abandonó la galería a paso vivo. Yo salí detrás de él, algo más despacio.
 Acababa de entrar a trabajar esa misma tarde, y aún me quedaba casi una semana de servicio en ese módulo. Algo me decía que no iba a ser mi único contacto con ese tipo.
 No me equivocaba