jueves, 24 de agosto de 2017

Tremenda torrija

  A veces, a los internos se los sanciona. Porque en prisión tenemos un régimen disciplinario, y hay determinadas actitudes que se consideran faltas, y cometer una de esas faltas (y que te pillemos) conlleva una sanción.

  Hay sanciones duras, como puede ser pasarte una quincena en una celda de aislamiento en solitario, saliendo al patio unas pocas horas al día en solitario también y sin nada que hacer en tu celda aparte de leer un libro, si sabes leer, que no suele ser el caso. O fumar, como fumaba Sara Montiel mientras esperaba el regreso de su amor. O masturbarte, claro, que eso está al alcance de todos. Bueno, casi todos, porque recuerdo a un Kazajo (no sé si os hablé ya de él) que en un arrebato de éxtasis religioso, o para evitar la deportación, se cortó su propio pene en el aeropuerto de Peinador. Supongo que lo hizo sin pensar en las consecuencias, porque si le llega a dar un par de vueltas al tema se hubiera dado cuenta de que un año de cárcel sin poder hacerte pajas es como cumplir cinco, y antes que el palito de la risa se hubiera cortado un pie.

  Pero vale ya, que me estoy dispersando. Hay sanciones duras, como iba diciendo, y las hay que no lo son tanto. En el Centro Penitenciario donde presto actualmente mis servicios, la Privación de Paseos y Actos Recreativos, que tal es su pomposo nombre, consiste simplemente en que en vez de salir al patio por las tardes a las cinco y media, te sacamos a las siete. A tiempo para la cena, y además has tenido ocasión de aumentar tu siesta en una hora y media. Mejor que en algunos hoteles, oiga. Estoy seguro de que, si no fuese porque esta sanción, como todas, lleva consigo la suspensión de permisos, mucha gente cometería faltas solamente para quedarse durmiendo toda la tarde. A veces pienso que ojalá yo pudiera hacerlo.

  Y no sólo es ese el problema. La sanción no sólo no cumple su objetivo, sino que se convierte en un engorro para los funcionarios. En vez de hacer bajar a todos los internos a la vez, tienes que apuntarte en un papelito cuáles son los que no van a bajar, no vaya a ser que alguno se te cuele. (A veces a propósito, pero otras muchas no. En serio, se olvidan de que están sancionados y bajan. Como si tuvieran una agenda apretadísima, y este tipo de nimiedades se les escaparan.) Y luego, a las siete, en vez de quedarte tranquilamente vigilando el patio por si pasa cualquier cosa, siempre toca a alguien subir, volver a abrir celdas, despertar al que se ha quedado frito, sacarlos al patio, volver a cerrar celdas... Un marrón, y un marrón muy tonto. Si no fuese por lo que dije antes, lo de los permisos, seguro que muchos internos cometerían faltas  simplemente por marcarse un triple combo: Te das el gusto de cometer la falta, te quedas unos días disfrutando de un siesta extra, y  le tocas los cojones al funcionario. No me digáis que no suena tentador.

 
  Hacía calor, un calor de cojones. Y en esta vieja cárcel andaluza, el techo de uralita consigue que en aún en la penumbra del interior del edificio la temperatura sea un poquito mayor que en la calle a pleno sol. Milagros de la física. En la cabina de funcionarios, tres o cuatro profesionales penitenciarios boqueaban asfixiados por la falta de aire acondicionado. Ni las moscas volaban ya.

 Dieron las cinco y cuarto, y sonó la alarma de diana de la tarde. Hora de abrir las celdas para permitir a los internos disfrutar de su tiempo de patio vespertino, y de su cena. A todos los internos menos a aquellos que estuviesen sancionados, claro.
 En una cárcel moderna, el procedimiento es sencillo. En un panel de control se marcan aquellas celdas que no se van a abrir, y se acciona el comando de apertura del resto. En una cárcel no informatizada, como es esta en la que presto servicio, el procedimiento es más sencillo todavía. Te apuntas en un papelito las celdas que no hay que abrir, y vas una por una abriendo manualmente el resto. Fácil.

  Así que arranqué un trocito de un folio, me apunté los internos que aquella tarde no iban a bajar al patio hasta las siete (suelen ser cuatro o cinco), y comencé la tarea por la galería que me quedaba más cerca. Abrí la cancela de entrada al pasillo, y comencé a descorrer los cerrojos de las celdas situadas en la pared de mi derecha. Unos cerrojos de acero, cilíndricos y gruesos que hacen que la expresión ''una polla como el cerrojo de un penal'' esté reservada a los mejor dotados de entre los miembros. (Iba a decir 'de entre los miembros del sexo masculino', pero creo que así simplemente ya se me entiende.)
 Descorrí los cerrojos de las siete primeras celdas. La octava estaba ocupada por un sancionado, así que la ignoré y me pasé al lado izquierdo del pasillo para abrir las celdas situadas en esa pared mientras deshacía el camino andado y regresaba hasta la cancela de entrada. No llevaba abiertas ni dos puertas del lado izquierdo, cuando unos golpes desesperados me hicieron dar media vuelta. Alguien estaba aporreando la puerta de la celda número ocho. Su ocupante, era de suponer, porque las estaban golpeando desde dentro.