jueves, 25 de mayo de 2017

Sálvese quien pueda III

 Mientras la procesión se acercaba a la puerta de la cocina, Aquilino procedió a contarnos sus primeros devaneos con el LSD, y cómo, en sus propias palabras;
  - Empecé a ver dragones, y a gritar que me sacaran de allí. Entonces la peruana con la que compartía piso entró a mi habitación y vaya que si me sacó, me sacó a hostias de la cama, porque me dijo que la había asustado, y que estaba hasta el coño de mí. Así que salí a la calle y me metí en la iglesia que había en la otra acera, para que no me encontrase el dragón, porque los dragones no pueden entrar en las iglesias.- Aprovechando que Aquilino había interrumpido por un instante su monólogo para darle una calada a su pitillo, me arriesgué a meter baza.
 - Los que no pueden entrar a las iglesias son los vampiros, Aquilino...- Todos me miraron a la vez, y con idéntica expresión confusa.
  - ¿Como dice, don Jaime?.-
  - Que los que no pueden entrar a las iglesias son los vampiros, porque es territorio sagrado.- Aquilino se rascó la cabeza. No fue el único. Finalmente me respondió, tras unos instantes de duda.
  - Ya, bueno... No sé que tendrá que ver una cosa con la otra. Los dragones no pueden entrar a las iglesias porque no caben por la puerta, y los muros son gordos. Al menos es lo que se me ocurrió a mí.- Varios internos asintieron con la cabeza, aprobando su decisión. A mi me quedó la duda de cómo es que había conseguido entonces entrar el dragón en su habitación para atormentarlo, pero Aquilino ya había vuelto a coger el hilo de la narración, así que me callé y no volví a interrumpir. Además eran su dragón y sus alucinaciones, así que sin duda seguían sus propias reglas.
  
  Aquilino tenía una voz muy característica, y con característica no quiero decir que fuese algo suyo, singular y único. Era, y es, una voz característica de, aquellos veteranos jinetes del caballo llamado muerte. Rasposa, como si los domingos de resaca te cuidases la faringe haciendo gárgaras con arena. Joe Cocker había conseguido perfeccionar su tono macerando su cuerdas vocales en alcohol. Sergio Dalma... No sé, en innumerables citas a ciegas de las de 'susto o muerte' con mujeres de nombre hebraico, si hacemos caso a su discografía.
  Aquilino había curtido su garganta a golpe de amoniaco y papel Albal, y vete a saber por qué, desde que tuve la ocasión de conocerlo, cada vez que oigo la expresión 'hablando en plata' su voz resuena en mi cabeza.
  El caso es que su timbre grave y roto le impedía hablar en voz baja por más que lo intentase, y aquella mañana, para poder hacerse entender entre la algarabía de risas que ya lo rodeaba, había elevado bastante el tono. Y ninguno, por supuesto, nos habíamos dado cuenta.

  Aquilino continuó su relato, interrumpido aquí y allá  por arranques de risa de sus oyentes, mientras la procesión, con el obispo al frente, se detenía finalmente ante la puerta de la cocina. Al lado del  marco de la misma, pegado con celo a la pared, estaba el dibujo que Quispe había perpetrado para la ocasión.
 En él, la santa mujer Verónica enjuga con un paño la cara de Jesús. Salvo que, por cómo miraba a Cristo, no parecía precisamente una santa. Y el extraño bulto que asomaba de su entrepierna no invitaba a pensar que fuese una mujer.

El obispo puso los ojos en blanco, supongo que rogó al Señor que, por enésima vez, le diese fuerzas, y se dispuso a comenzar sus plegarias. Todo el mundo guardó un respetuoso silencio.

Todo el mundo, claro, menos Aquilino. Su historia había continuado con él buscando refugio en un confesionario, del que un incauto sacerdote estaba intentando sacarle en esos momentos.
 Y apenas había el obispo, en el 'hall', abierto la boca para iniciar su plegaria, cuando el vozarrón de Aquilino retumbó intramuros:
  - ¡Cura. Cura hijo de puta! ¡Sal de aquí y no vuelvas que te mato! ¡Vete con la puta de la peruana, que lo mismo quiere follar contigo!-
Todos los que le acompañábamos rompimos a reír. Las risas también se oyeron fuera, claro, y no contribuyeron en absoluto a calmar la situación que, a partir de ahí, se volvió bastante confusa.

 El obispo miró espantado hacia el Jefe de Servicios, pero éste ya no estaba a su lado y apretaba frenético el timbre de la puerta de la cocina. Timbre que, no hace falta decirlo, no oíamos ni Alfreddo, transido de amor no correspondido por Jaime Cantizano, ni nosotros, que ya no éramos capaces ni de seguir el hilo argumental (si es que se le puede llamar así) de la historia de Aquilino.

 El Jefe de Servicios dejó de pulsar el timbre justo antes de quemarlo, y corrió a Jefatura de Centro a por el juego de llaves de recambio. Por supuesto, se encontró la puerta cerrada, y al Jefe de Centro no se lo encontró en absoluto. Así que ahí se quedó ante la puerta, momentáneamente bloqueado.

 Mientras tanto, entre el alboroto de risas que también se había adueñado del 'hall', porque la cosa no era para menos, el ayudante del obispo había hecho mutis, al igual que, entre otros asistentes,y sin que en un principio adivinásemos relación alguna entre ambos casos, la misma Mariuszka.

El pobre obispo, privado del apoyo de los que él consideraba los únicos pilares en los que apoyarse en aquel mar de peligros, dejó caer su báculo. Y considerando que dadas las circunstancias, cinco estaciones eran más que suficientes, y que en caso de querer hacer más, la cárcel (y muchos de sus internos) iban a estar en el mismo sitio el año siguiente, se encaminó hacia el rastrillo de salida con una ligereza sorprendente en un hombre de su edad y envergadura.

  Poco después de esto, el Jefe de Servicios salió de su bloqueo y recordó que en cocina teníamos un teléfono. Así que me llamó desde su oficina, y a partir de ese instante, y durante una buena temporada, se acabaron las risas en prisión. En un primer momento, y un poco para contener daños y reconducir la situación, procedimos a reagrupar a los internos y a conducirlos a sus celdas para un recuento extraordinario.
 El ayudante del obispo salió de uno de los economatos con aspecto de haber sufrido un sofocón, que en un principio atribuimos a la tensa experiencia. Y sí, lo cierto es que el hombre había sufrido una experiencia no carente de tensión. Pero no fue hasta que el Jefe de Servicios lo acompañó hasta la salida deshaciéndose en disculpas que pude ver a Mariuszka salir del mismo economato.
Salir mientras se guardaba en el canalillo no uno ni dos sino tres paquetes de 'Chester' que, hay que decirlo, desaparecieron allí sin dejar rastro. Mariuszka me guiño un ojo, y yo rápidamente até cabos, que tampoco había que ser Jessica Fletcher. Bueno, - pensé- por lo menos si para  el año que viene intentábamos repetir la experiencia, éste se apuntaba seguro.

  Hicimos sonar la sirena de los recuentos, y los internos se dirigieron ordenadamente a sus celdas, en un silencio roto sólamente por alguna risilla furtiva que la mirada fulminante del Jefe de Servicios cortaba de inmediato. Me tocó contar el módulo dos, y no había siquiera franqueado la cancela de entrada a la galería cuando me di de frente con una figurilla que la intentaba abandonar, furtiva.


  Era la beata, la que había cabreado a Ceferino. Todos nos habíamos olvidado de ella. Le pregunté que qué hacía allí, y no porque sospechase que estuviese haciendo algo prohibido ni mucho menos. Más bien al contrario. Mi preocupación era que algún interno la hubiese conducido a las celdas contra su voluntad.
 La beata se abrochó tímidamente el último botón de su desvahído batín color malva, y me preguntó con una pícara sonrisa que por donde se salía. Que se había perdido.
 La miré y achiné los ojos, inquisitivo. Había un brillo en su mirada que no estaba ahí un par de horas antes, cuando entró. El brillo de la chiquilla que le miente a su padre al decirle que no, que no ha estado esa tarde con su novio.

 Le señalé con el dedo hacia la compuerta de salida y se fue, dándome las buenas tardes. Y yo me dispuse a acabar mi tarea de una puñetera vez, hacer el recuento, y sobre todo no pensar, ni entonces ni más adelante, en nada de lo que había pasado aquella tarde.
 En la celda cinco, la de Quispe, no había nadie. Y ya me disponía a cerrarla y ponerme a buscarlo en serio por todo el Centro Penitenciario, cuando alcancé a escuchar un sollozo, y volví a entrar en el 'chabolo' para registrarlo un poco mejor.
  Bajo el camastro, Quispe sollozaba, hecho un ovillo. Le pregunté si le pasaba algo, y negó con la cabeza. Entonces lo hice salir de allí debajo, porque es obligatorio, en los recuentos, comprobar el buen estado de salud de los internos, y sospechaba que quizá alguien podría haber aprovechado el caos para hacerle daño. Pero lo cierto es que no tenía marcas de ningún tipo, y ante mi insistencia, me volvió a asegurar que se encontraba bien y que, por favor, le dejase solo.

  'No pienses, Jaime,' me repetí. 'Acaba el recuento y no pienses más'.


P.S.  Ceferino nos dejó poco después. Cuando todos los sucesos de la tarde de aquel infausto Jueves Santo llegaron a sus oídos, el Director abandonó sus vacaciones y cogió el primer vuelo hacia la isla para darse el gusto de abroncarnos a todos en persona. Uno por uno. En su despacho, y tomándose su tiempo.

 Para Ceferino fue demasiado. Que un advenedizo de la edad de los hijos que podría haber concebido (de no ser porque, como muchos sospechábamos, seguramente eyaculase vinagre), que un advenedizo, digo, tuviese la osadía de cantarle las cuarenta, era más de lo que estaba dispuesto a soportar.
 Así que no había muerto todavía el eco de las palabras del Director cuando Ceferino comunicó a la Dirección General su intención de jubilarse con efecto inmediato. Su petición fue concedida al momento, porque ya pasaba con creces la edad de jubilación y, si seguía en activo, era porque lo había solicitado expresamente.
  El día de su despedida tuvimos la idea de poner una vieja llave de celdas, que de tanto uso se había desgastado y ya no funcionaba, en una peana. La encargamos en una tienda de trofeos, y la adornamos también con la típica placa con las típicas frase vacías ya de contenido. Tus compañeros no te olvidan y todo ese rollo.

  Fiel a la actitud que había mantenido durante la mayor parte de su carrera penitenciaria, lo primero que hizo Ceferino tras desenvolver su regalo fue dirigirse a la oficina de Jefatura de Centro y abrir el armario donde se custodiaban las llaves. No fuese a ser que unos descerebrados como nosotros éramos a sus ojos hubiésemos sido capaces de malgastar una llave 'de las buenas' para crear aquella estupidez de regalo. Sólo cuando le explicamos que era una llave ya fuera de uso se relajó, y por su mirada llegamos a adivinar que el regalo había sido, en el fondo, de su agrado.

  Algún tiempo después, un compañero me contó que se había encontrado a la esposa de Ceferino y que ella le había pedido que nos agradeciera a todos el detalle de la llave.
   Por lo visto, era su posesión más preciada.
  Y la guardaba bajo llave en un armarito de su dormitorio. Donde nadie más que él pudiera tocarla.







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