miércoles, 31 de mayo de 2017

El profesional

 Trabajar por las mañanas en el acceso de un módulo es como dirigir un circo de tres pistas, pero los viernes lo es un poquito menos. Todos los días, y desde primera hora de la mañana, tienes que controlar el reparto de medicación, tienes que controlar escrupulosamente quien entra y sale a las mil y una actividades que se desarrollan en la jornada, tienes que llamar por megafonía para dar notificaciones a internos que, por pura ley de Murphy, son los siempre están hartos de pastillas durmiendo en la sala de televisión, de forma que los tienes que llamar diez veces antes de que reaccionen.

  Todo ello mientras atiendes sus quejas, por supuesto, y no te pierdes detalle de lo que pasa en el patio por si hay bofetones. Porque si un día, en tu patio, a alguien lo cosen a puñaladas, al inspector no le va a servir como excusa que tú le estuvieses sellando una instancia de 'coitus interruptus' a un fulano mientras con el rabillo del ojo controlabas que no le faltasen al respeto a la ATS cuando realiza el reparto diario de medicinas. Y es que así es nuestro trabajo. Hay quien lo ve como una mezcla de policía y educador, pero lo que somos es unos malabaristas a la espera de esa pelota de más que hará que todo aquello que hemos luchado por mantener en equilibrio se nos caiga al suelo.

  Los viernes, como iba diciendo, son un poquito más llevaderos. Aunque sólo sea porque, a mitad de la mañana, el flujo de psicólogos, trabajadoras sociales, maestras o miembros de las ONG´s más peregrinas disminuye hasta detenerse por completo. Se aproxima el fin de semana, y todos estos profesionales buscan aprovechar esas últimas horas de la jornada para hacer papeleos y dejar las mesas de sus despachos limpias hasta el lunes. No puedo culparlos, yo haría lo mismo. Y además su ausencia me libra de atenderlos, de buscar a los internos que necesitan ver, de entregar revisiones de grado, anulaciones de permiso y demás marrones.

 Durante unas horas puedo, simplemente, observar a los internos. La que, según el  reglamento, debería ser mi tarea fundamental. Pero la alegría dura muy poco en casa el pobre, y aquel viernes, tras unos escasos minutos de paz, sonó el timbre de la entrada situada a mis espaldas. Pulsé el botón de apertura y entró Hugo, el Encargado del Módulo. Y puesto que no venía del interior  del módulo, y era media mañana, y se fue directamente al servicio a lavarse las manos, no había que ser muy listo para deducir que venía de almorzar por ahí. Una forma de escaquearse como otra cualquiera, si.

  Crucé los dedos para que Hugo se limitase a soltar lastre y se fuese directamente al patio, sin buscar conversación. No fue así. Hugo salió del baño secándose las manos, se sentó en una silla de oficina que había a mi izquierda, y comenzó a rendirme cuenta pormenorizada de sus males de amor. Que eran muchos y muy variados. A comerme la oreja, vaya.

  Los males de amor de Hugo eran muchos y variados, si. Pero, como los Diez Mandamientos, se podían resumir fácilmente en dos: Carecía de todo atractivo físico, y además no era capaz de mantener una conversación no ya interesante, sino simplemente entretenida con  una mujer. Con un hombre tampoco, ojo, pero eso ya no afectaba a su vida sentimental.  Hugo llevaba mucho tiempo sin mantener una relación sexual que no hubiera sido precedida de un regateo a modo de  cortejo, y a veces me preguntaba yo si ese patético empeño suyo en buscar pareja, cuando era evidente para todo el que le conocía que aquello era una batalla perdida, no era sino un intento de ahorrarse un dinero.

  Así que si más preámbulos, empezó con su perorata. Lo bueno es que a Hugo lo conozco desde hace ya bastantes años. Cualquier consejo que yo hubiera podido darle ya se lo he dado, y o lo ha ignorado o no lo ha puesto en práctica correctamente y me ha culpado de su fracaso. Así que, en el fondo, no tengo por qué prestarle atención, porque Hugo sabe ya que nada voy a contestarle. Y la mañana siguió transcurriendo un poco como hasta entonces, con la salvedad de que en vez de escuchar radio 3 de fondo, pues estaba escuchando a Hugo. Dependiendo del programa que estén emitiendo, a veces es hasta mejor. Pasados unos minutos te abstraes, y deja de tener importancia a quien o qué estás escuchando.

  Me concentré en observar el patio. No hacía ni frío ni calor, y el sol asomaba a veces entre las roturas entre las nubes que dejaba el cielo parcialmente cubierto. Eso daba variedad a las actividades de los internos. Algunos corrían en círculos, otros estaban sentados jugando tranquilamente al parchís. Había quien hacía gala de optimismo al tumbarse en un banco con el torso desnudo, intentando atrapar una rayo de sol. Y no pocos internos se refugiaban en el eufemísticamente denominado 'Salón Sociocultural', viendo la 'tele'.

  Y ahí, en en Salón Sociocultural, fue donde algo me hizo detener mi recorrido visual. Al principio no me di cuenta, como suele pasar, pero... Algo no encajaba. El Salón Sociocultural no es más que una habitación de unos sesenta metros cuadrados, en la que únicamente hay un viejo y enorme aparato de televisión protegido de posibles agresiones por una caja de acero y plexiglás, y varios bancos corridos de metal y madera atornillados al suelo. Desde mi punto de vigilancia, sólo alcanzaba a ver la pared de ladrillo visto que lo separaba del patio, la puerta que le daba acceso, y un par de ventanas muy anchas y estrechas. Éstas, de no más de cuarenta centímetros de altura y unos cuatro metros de ancho, estaban situadas a la altura aproximada de la cabeza de una persona... Y eso era lo que se veía. Cabezas. Cogotes, más bien, porque todos los que se encontraban en el interior de la estancia parecían estar mirando hacia el centro de la misma.

  Y eso era lo que me había llamado la atención. ¿Por qué estaban mirando hacia el centro, si la 'tele' quedaba a su izquierda?. ¿Por qué estaban de pie, si tenía que haber espacio de sobra para sentarse?.

 El soliloquio de Hugo derivaba,como siempre lo hacía pasados los primeros cinco minutos, hacia la autocompasión. Y como quiera que eso es algo que me enerva, vi una oportunidad de oro de librarme de su rollo y a la vez hacer mi trabajo.

  - Tío, ¿te quedas aquí un segundo?. Voy a ver una cosa al patio.- Y sin darle tiempo a responder, le pasé la botonera y me encaminé a la salida de la oficina. Para cuando logró reaccionar, yo ya estaba tocando el timbre de la puerta-esclusa de acceso al patio. Hugo pulsó el botón de apertura electrónica, y salí al exterior.
  Me puse las gafas de sol, un poco porque a pesar de que estaba bastante nublado, no dejaba de haber un fuerte contraste entre la penumbra del interior de la oficina de acceso y la gris luminosidad del exterior. Y un poco por chulería también me las puse, no os voy a mentir. Cumplido esto, comencé a cruzar el patio en diagonal, directamente hacia la puerta del Salón Sociocultural.
  A mitad de mi camino, un interno salió a trompicones por la puerta a la que yo me dirigía. Parecía muy alterado, y el hecho de que fuera vestido solamente con unos vaqueros, sin nada que le cubriese el torso, no era una buena señal. Nadie baja de las celdas sin ir completamente vestido, y este tipo, o bien se había quitado la camiseta para usarla de almohada mientras veía la 'tele' -y había tenido que salir del salón sin tiempo a recuperarla- o bien se la habían arrancado en una tangana. Mala cosa.

  El interno en cuestión me vio y, tras un primer gesto de sorpresa, vino directo a mí. Tensé los músculos, un poco por reflejo. Pero tuve suerte. Venía en son de paz.
  - ¡Señor funcionario, Ercilla se ha vuelto loco y está pegando a todo dios!- Me dijo, muy agitado, señalando hacia la puerta por la que acababa de salir.
  Bueno, pensé, era cuestión de tiempo. Ercilla era un politoxicómano, y las últimas semanas las había pasado 'quemando' el módulo. La táctica es muy sencilla, si tienes un mínimo de don de gentes. Te vas haciendo amigo de unos y otros, y les pides dinero. O drogas.  O tabaco. Todo, por supuesto, a cuenta de un dinero que alguien te va a ingresar en tu peculio, sin falta, el próximo miércoles.
  Y cuando el miércoles no ha llegado ese dinero, pues le montas un pollo al funcionario del acceso. O solicitas hablar con el Administrador. O incluso haces una sentada de protesta en el medio del patio (sí, eso se hace a veces). Todo para que tus acreedores vean que tú eres legal, que todo es un error, que tú les vas a pagar. Que eres de ley.
  Esto funciona dos o tres semanas, y a partir de ahí, claro, la gente se muestra un poco más desconfiada. Algún acreedor impaciente puede llegar a amenazarte. O lo mismo, dios no lo quiera, te caen unas hostias. Entonces llega el momento de abandonar el módulo. Pero esto no es decisión tuya, porque en prisión no puedes hacer el petate y decirle al funcionario, -'Mire, oiga, que me aburren los vecinos y me voy al bloque de al lado'-. Hay que buscar una excusa. La forma legal es solicitar protección, 'refugiarse', porque estás amenazado. Pero esto implica hablar con el Jefe de Servicios y reconocer que has pedido prestado dinero, que no lo has devuelto, y que Sorin, el rumano que lleva lo de los préstamos, te ha dejado caer que te va a partir las piernas. O que te va a partir las piernas y dejarte caer, que el miedo no te deja pensar con claridad. Pero eso es de cobardes, es de chivatas. Y de perras.
  Y si no quieres refugiarte, porque eso es de chivatas y de perras, pues sólo te queda otra opción.
  Liarla. La lías, es decir, te peleas con alguien, y automáticamente los funcionarios te llevamos a aislamiento. Y te vas del módulo bien, por la puerta grande. ¿Vosotros lo entendéis?. Pues así es como funciona. La ley del talego. Que desde fuera puede parecer que tiene un aura de romanticismo pero, como tantas otras cosas que la tienen, vivida desde dentro es una imbecilidad.

 Así que, sin más preámbulo, entré en la habitación. A mi izquierda y derecha, en torno a quince o veinte internos pegaban sus espaldas contra las paredes. Algunos de pie, otros sentados. Todos dando voces, instando a Ercilla a deponer su actitud. Y frente a mí, y a ellos, estaba Ercilla. De pie, y sujetando un banco con ambas manos  por encima de su cabeza. Uno de esos bancos que deberían estar atornillados al suelo. Estaba muy agitado, y en ese momento me caí en la cuenta. Yo había cometido un grave error.
  Me había dejado el 'walkie' encima de la mesa de la oficina de acceso.
  Estaba solo.

7 comentarios:

  1. Conozco a ese tipo de encargados y su manual de seducción. Empieza por un "hola Guapa" y acaba con un "todas putas". El rechazo es algo complicado de aceptar.

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  2. Yo es que creo que Forocoches lo inventó Hugo.
    (Cuanto tiempo sin saber de usted, don Isaac)

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  3. Hola compañero, me encanta tu blog. Tal vez deberías explicar por qué están los internos pegados a la pared. Supongo que te lee gente no acostumbrada al medio. Deseando leer la segunda parte, muy fan.

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    1. Hola! Muchísimas gracias por animarte a comentar, da mucho ánimo recibir estas palmaditas en la espalda.
      Respecto a los del os internos contra la pared... Me has pillado, no sé exactamente por donde vas. Pero estaré encantado de leerlo, si te animas a explicarlo por aquí.

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    2. Pues creo que cuando se forma tangana en el módulo, la mejor manera de cubrirte las espaldas, y así no recibir ningún golpe ni pinchazo en las mismas, es poner la espalda contra la pared. Ya sabes que igual se lía para pillar a otro desprevenido, (vamos es un suponer, Ercilla la lía para que Sorin ajuste cuentas, por la vía rápida). Pero seguro que no has caído y yo no he sabido explicarme en la primera respuesta... Por qué saber lo sabes.

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  4. Respuestas
    1. Bueno, tampoco es tan dramático. Pero estoy abierto a ofertas! ;)

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