miércoles, 31 de mayo de 2017

El profesional

 Trabajar por las mañanas en el acceso de un módulo es como dirigir un circo de tres pistas, pero los viernes lo es un poquito menos. Todos los días, y desde primera hora de la mañana, tienes que controlar el reparto de medicación, tienes que controlar escrupulosamente quien entra y sale a las mil y una actividades que se desarrollan en la jornada, tienes que llamar por megafonía para dar notificaciones a internos que, por pura ley de Murphy, son los siempre están hartos de pastillas durmiendo en la sala de televisión, de forma que los tienes que llamar diez veces antes de que reaccionen.

  Todo ello mientras atiendes sus quejas, por supuesto, y no te pierdes detalle de lo que pasa en el patio por si hay bofetones. Porque si un día, en tu patio, a alguien lo cosen a puñaladas, al inspector no le va a servir como excusa que tú le estuvieses sellando una instancia de 'coitus interruptus' a un fulano mientras con el rabillo del ojo controlabas que no le faltasen al respeto a la ATS cuando realiza el reparto diario de medicinas. Y es que así es nuestro trabajo. Hay quien lo ve como una mezcla de policía y educador, pero lo que somos es unos malabaristas a la espera de esa pelota de más que hará que todo aquello que hemos luchado por mantener en equilibrio se nos caiga al suelo.

  Los viernes, como iba diciendo, son un poquito más llevaderos. Aunque sólo sea porque, a mitad de la mañana, el flujo de psicólogos, trabajadoras sociales, maestras o miembros de las ONG´s más peregrinas disminuye hasta detenerse por completo. Se aproxima el fin de semana, y todos estos profesionales buscan aprovechar esas últimas horas de la jornada para hacer papeleos y dejar las mesas de sus despachos limpias hasta el lunes. No puedo culparlos, yo haría lo mismo. Y además su ausencia me libra de atenderlos, de buscar a los internos que necesitan ver, de entregar revisiones de grado, anulaciones de permiso y demás marrones.

 Durante unas horas puedo, simplemente, observar a los internos. La que, según el  reglamento, debería ser mi tarea fundamental. Pero la alegría dura muy poco en casa el pobre, y aquel viernes, tras unos escasos minutos de paz, sonó el timbre de la entrada situada a mis espaldas. Pulsé el botón de apertura y entró Hugo, el Encargado del Módulo. Y puesto que no venía del interior  del módulo, y era media mañana, y se fue directamente al servicio a lavarse las manos, no había que ser muy listo para deducir que venía de almorzar por ahí. Una forma de escaquearse como otra cualquiera, si.

  Crucé los dedos para que Hugo se limitase a soltar lastre y se fuese directamente al patio, sin buscar conversación. No fue así. Hugo salió del baño secándose las manos, se sentó en una silla de oficina que había a mi izquierda, y comenzó a rendirme cuenta pormenorizada de sus males de amor. Que eran muchos y muy variados. A comerme la oreja, vaya.

  Los males de amor de Hugo eran muchos y variados, si. Pero, como los Diez Mandamientos, se podían resumir fácilmente en dos: Carecía de todo atractivo físico, y además no era capaz de mantener una conversación no ya interesante, sino simplemente entretenida con  una mujer. Con un hombre tampoco, ojo, pero eso ya no afectaba a su vida sentimental.  Hugo llevaba mucho tiempo sin mantener una relación sexual que no hubiera sido precedida de un regateo a modo de  cortejo, y a veces me preguntaba yo si ese patético empeño suyo en buscar pareja, cuando era evidente para todo el que le conocía que aquello era una batalla perdida, no era sino un intento de ahorrarse un dinero.

  Así que si más preámbulos, empezó con su perorata. Lo bueno es que a Hugo lo conozco desde hace ya bastantes años. Cualquier consejo que yo hubiera podido darle ya se lo he dado, y o lo ha ignorado o no lo ha puesto en práctica correctamente y me ha culpado de su fracaso. Así que, en el fondo, no tengo por qué prestarle atención, porque Hugo sabe ya que nada voy a contestarle. Y la mañana siguió transcurriendo un poco como hasta entonces, con la salvedad de que en vez de escuchar radio 3 de fondo, pues estaba escuchando a Hugo. Dependiendo del programa que estén emitiendo, a veces es hasta mejor. Pasados unos minutos te abstraes, y deja de tener importancia a quien o qué estás escuchando.

  Me concentré en observar el patio. No hacía ni frío ni calor, y el sol asomaba a veces entre las roturas entre las nubes que dejaba el cielo parcialmente cubierto. Eso daba variedad a las actividades de los internos. Algunos corrían en círculos, otros estaban sentados jugando tranquilamente al parchís. Había quien hacía gala de optimismo al tumbarse en un banco con el torso desnudo, intentando atrapar una rayo de sol. Y no pocos internos se refugiaban en el eufemísticamente denominado 'Salón Sociocultural', viendo la 'tele'.

  Y ahí, en en Salón Sociocultural, fue donde algo me hizo detener mi recorrido visual. Al principio no me di cuenta, como suele pasar, pero... Algo no encajaba. El Salón Sociocultural no es más que una habitación de unos sesenta metros cuadrados, en la que únicamente hay un viejo y enorme aparato de televisión protegido de posibles agresiones por una caja de acero y plexiglás, y varios bancos corridos de metal y madera atornillados al suelo. Desde mi punto de vigilancia, sólo alcanzaba a ver la pared de ladrillo visto que lo separaba del patio, la puerta que le daba acceso, y un par de ventanas muy anchas y estrechas. Éstas, de no más de cuarenta centímetros de altura y unos cuatro metros de ancho, estaban situadas a la altura aproximada de la cabeza de una persona... Y eso era lo que se veía. Cabezas. Cogotes, más bien, porque todos los que se encontraban en el interior de la estancia parecían estar mirando hacia el centro de la misma.

  Y eso era lo que me había llamado la atención. ¿Por qué estaban mirando hacia el centro, si la 'tele' quedaba a su izquierda?. ¿Por qué estaban de pie, si tenía que haber espacio de sobra para sentarse?.

 El soliloquio de Hugo derivaba,como siempre lo hacía pasados los primeros cinco minutos, hacia la autocompasión. Y como quiera que eso es algo que me enerva, vi una oportunidad de oro de librarme de su rollo y a la vez hacer mi trabajo.

  - Tío, ¿te quedas aquí un segundo?. Voy a ver una cosa al patio.- Y sin darle tiempo a responder, le pasé la botonera y me encaminé a la salida de la oficina. Para cuando logró reaccionar, yo ya estaba tocando el timbre de la puerta-esclusa de acceso al patio. Hugo pulsó el botón de apertura electrónica, y salí al exterior.
  Me puse las gafas de sol, un poco porque a pesar de que estaba bastante nublado, no dejaba de haber un fuerte contraste entre la penumbra del interior de la oficina de acceso y la gris luminosidad del exterior. Y un poco por chulería también me las puse, no os voy a mentir. Cumplido esto, comencé a cruzar el patio en diagonal, directamente hacia la puerta del Salón Sociocultural.
  A mitad de mi camino, un interno salió a trompicones por la puerta a la que yo me dirigía. Parecía muy alterado, y el hecho de que fuera vestido solamente con unos vaqueros, sin nada que le cubriese el torso, no era una buena señal. Nadie baja de las celdas sin ir completamente vestido, y este tipo, o bien se había quitado la camiseta para usarla de almohada mientras veía la 'tele' -y había tenido que salir del salón sin tiempo a recuperarla- o bien se la habían arrancado en una tangana. Mala cosa.

  El interno en cuestión me vio y, tras un primer gesto de sorpresa, vino directo a mí. Tensé los músculos, un poco por reflejo. Pero tuve suerte. Venía en son de paz.
  - ¡Señor funcionario, Ercilla se ha vuelto loco y está pegando a todo dios!- Me dijo, muy agitado, señalando hacia la puerta por la que acababa de salir.
  Bueno, pensé, era cuestión de tiempo. Ercilla era un politoxicómano, y las últimas semanas las había pasado 'quemando' el módulo. La táctica es muy sencilla, si tienes un mínimo de don de gentes. Te vas haciendo amigo de unos y otros, y les pides dinero. O drogas.  O tabaco. Todo, por supuesto, a cuenta de un dinero que alguien te va a ingresar en tu peculio, sin falta, el próximo miércoles.
  Y cuando el miércoles no ha llegado ese dinero, pues le montas un pollo al funcionario del acceso. O solicitas hablar con el Administrador. O incluso haces una sentada de protesta en el medio del patio (sí, eso se hace a veces). Todo para que tus acreedores vean que tú eres legal, que todo es un error, que tú les vas a pagar. Que eres de ley.
  Esto funciona dos o tres semanas, y a partir de ahí, claro, la gente se muestra un poco más desconfiada. Algún acreedor impaciente puede llegar a amenazarte. O lo mismo, dios no lo quiera, te caen unas hostias. Entonces llega el momento de abandonar el módulo. Pero esto no es decisión tuya, porque en prisión no puedes hacer el petate y decirle al funcionario, -'Mire, oiga, que me aburren los vecinos y me voy al bloque de al lado'-. Hay que buscar una excusa. La forma legal es solicitar protección, 'refugiarse', porque estás amenazado. Pero esto implica hablar con el Jefe de Servicios y reconocer que has pedido prestado dinero, que no lo has devuelto, y que Sorin, el rumano que lleva lo de los préstamos, te ha dejado caer que te va a partir las piernas. O que te va a partir las piernas y dejarte caer, que el miedo no te deja pensar con claridad. Pero eso es de cobardes, es de chivatas. Y de perras.
  Y si no quieres refugiarte, porque eso es de chivatas y de perras, pues sólo te queda otra opción.
  Liarla. La lías, es decir, te peleas con alguien, y automáticamente los funcionarios te llevamos a aislamiento. Y te vas del módulo bien, por la puerta grande. ¿Vosotros lo entendéis?. Pues así es como funciona. La ley del talego. Que desde fuera puede parecer que tiene un aura de romanticismo pero, como tantas otras cosas que la tienen, vivida desde dentro es una imbecilidad.

 Así que, sin más preámbulo, entré en la habitación. A mi izquierda y derecha, en torno a quince o veinte internos pegaban sus espaldas contra las paredes. Algunos de pie, otros sentados. Todos dando voces, instando a Ercilla a deponer su actitud. Y frente a mí, y a ellos, estaba Ercilla. De pie, y sujetando un banco con ambas manos  por encima de su cabeza. Uno de esos bancos que deberían estar atornillados al suelo. Estaba muy agitado, y en ese momento me caí en la cuenta. Yo había cometido un grave error.
  Me había dejado el 'walkie' encima de la mesa de la oficina de acceso.
  Estaba solo.

jueves, 25 de mayo de 2017

Sálvese quien pueda III

 Mientras la procesión se acercaba a la puerta de la cocina, Aquilino procedió a contarnos sus primeros devaneos con el LSD, y cómo, en sus propias palabras;
  - Empecé a ver dragones, y a gritar que me sacaran de allí. Entonces la peruana con la que compartía piso entró a mi habitación y vaya que si me sacó, me sacó a hostias de la cama, porque me dijo que la había asustado, y que estaba hasta el coño de mí. Así que salí a la calle y me metí en la iglesia que había en la otra acera, para que no me encontrase el dragón, porque los dragones no pueden entrar en las iglesias.- Aprovechando que Aquilino había interrumpido por un instante su monólogo para darle una calada a su pitillo, me arriesgué a meter baza.
 - Los que no pueden entrar a las iglesias son los vampiros, Aquilino...- Todos me miraron a la vez, y con idéntica expresión confusa.
  - ¿Como dice, don Jaime?.-
  - Que los que no pueden entrar a las iglesias son los vampiros, porque es territorio sagrado.- Aquilino se rascó la cabeza. No fue el único. Finalmente me respondió, tras unos instantes de duda.
  - Ya, bueno... No sé que tendrá que ver una cosa con la otra. Los dragones no pueden entrar a las iglesias porque no caben por la puerta, y los muros son gordos. Al menos es lo que se me ocurrió a mí.- Varios internos asintieron con la cabeza, aprobando su decisión. A mi me quedó la duda de cómo es que había conseguido entonces entrar el dragón en su habitación para atormentarlo, pero Aquilino ya había vuelto a coger el hilo de la narración, así que me callé y no volví a interrumpir. Además eran su dragón y sus alucinaciones, así que sin duda seguían sus propias reglas.
  
  Aquilino tenía una voz muy característica, y con característica no quiero decir que fuese algo suyo, singular y único. Era, y es, una voz característica de, aquellos veteranos jinetes del caballo llamado muerte. Rasposa, como si los domingos de resaca te cuidases la faringe haciendo gárgaras con arena. Joe Cocker había conseguido perfeccionar su tono macerando su cuerdas vocales en alcohol. Sergio Dalma... No sé, en innumerables citas a ciegas de las de 'susto o muerte' con mujeres de nombre hebraico, si hacemos caso a su discografía.
  Aquilino había curtido su garganta a golpe de amoniaco y papel Albal, y vete a saber por qué, desde que tuve la ocasión de conocerlo, cada vez que oigo la expresión 'hablando en plata' su voz resuena en mi cabeza.
  El caso es que su timbre grave y roto le impedía hablar en voz baja por más que lo intentase, y aquella mañana, para poder hacerse entender entre la algarabía de risas que ya lo rodeaba, había elevado bastante el tono. Y ninguno, por supuesto, nos habíamos dado cuenta.

  Aquilino continuó su relato, interrumpido aquí y allá  por arranques de risa de sus oyentes, mientras la procesión, con el obispo al frente, se detenía finalmente ante la puerta de la cocina. Al lado del  marco de la misma, pegado con celo a la pared, estaba el dibujo que Quispe había perpetrado para la ocasión.
 En él, la santa mujer Verónica enjuga con un paño la cara de Jesús. Salvo que, por cómo miraba a Cristo, no parecía precisamente una santa. Y el extraño bulto que asomaba de su entrepierna no invitaba a pensar que fuese una mujer.

El obispo puso los ojos en blanco, supongo que rogó al Señor que, por enésima vez, le diese fuerzas, y se dispuso a comenzar sus plegarias. Todo el mundo guardó un respetuoso silencio.

Todo el mundo, claro, menos Aquilino. Su historia había continuado con él buscando refugio en un confesionario, del que un incauto sacerdote estaba intentando sacarle en esos momentos.
 Y apenas había el obispo, en el 'hall', abierto la boca para iniciar su plegaria, cuando el vozarrón de Aquilino retumbó intramuros:
  - ¡Cura. Cura hijo de puta! ¡Sal de aquí y no vuelvas que te mato! ¡Vete con la puta de la peruana, que lo mismo quiere follar contigo!-
Todos los que le acompañábamos rompimos a reír. Las risas también se oyeron fuera, claro, y no contribuyeron en absoluto a calmar la situación que, a partir de ahí, se volvió bastante confusa.

 El obispo miró espantado hacia el Jefe de Servicios, pero éste ya no estaba a su lado y apretaba frenético el timbre de la puerta de la cocina. Timbre que, no hace falta decirlo, no oíamos ni Alfreddo, transido de amor no correspondido por Jaime Cantizano, ni nosotros, que ya no éramos capaces ni de seguir el hilo argumental (si es que se le puede llamar así) de la historia de Aquilino.

 El Jefe de Servicios dejó de pulsar el timbre justo antes de quemarlo, y corrió a Jefatura de Centro a por el juego de llaves de recambio. Por supuesto, se encontró la puerta cerrada, y al Jefe de Centro no se lo encontró en absoluto. Así que ahí se quedó ante la puerta, momentáneamente bloqueado.

 Mientras tanto, entre el alboroto de risas que también se había adueñado del 'hall', porque la cosa no era para menos, el ayudante del obispo había hecho mutis, al igual que, entre otros asistentes,y sin que en un principio adivinásemos relación alguna entre ambos casos, la misma Mariuszka.

El pobre obispo, privado del apoyo de los que él consideraba los únicos pilares en los que apoyarse en aquel mar de peligros, dejó caer su báculo. Y considerando que dadas las circunstancias, cinco estaciones eran más que suficientes, y que en caso de querer hacer más, la cárcel (y muchos de sus internos) iban a estar en el mismo sitio el año siguiente, se encaminó hacia el rastrillo de salida con una ligereza sorprendente en un hombre de su edad y envergadura.

  Poco después de esto, el Jefe de Servicios salió de su bloqueo y recordó que en cocina teníamos un teléfono. Así que me llamó desde su oficina, y a partir de ese instante, y durante una buena temporada, se acabaron las risas en prisión. En un primer momento, y un poco para contener daños y reconducir la situación, procedimos a reagrupar a los internos y a conducirlos a sus celdas para un recuento extraordinario.
 El ayudante del obispo salió de uno de los economatos con aspecto de haber sufrido un sofocón, que en un principio atribuimos a la tensa experiencia. Y sí, lo cierto es que el hombre había sufrido una experiencia no carente de tensión. Pero no fue hasta que el Jefe de Servicios lo acompañó hasta la salida deshaciéndose en disculpas que pude ver a Mariuszka salir del mismo economato.
Salir mientras se guardaba en el canalillo no uno ni dos sino tres paquetes de 'Chester' que, hay que decirlo, desaparecieron allí sin dejar rastro. Mariuszka me guiño un ojo, y yo rápidamente até cabos, que tampoco había que ser Jessica Fletcher. Bueno, - pensé- por lo menos si para  el año que viene intentábamos repetir la experiencia, éste se apuntaba seguro.

  Hicimos sonar la sirena de los recuentos, y los internos se dirigieron ordenadamente a sus celdas, en un silencio roto sólamente por alguna risilla furtiva que la mirada fulminante del Jefe de Servicios cortaba de inmediato. Me tocó contar el módulo dos, y no había siquiera franqueado la cancela de entrada a la galería cuando me di de frente con una figurilla que la intentaba abandonar, furtiva.


  Era la beata, la que había cabreado a Ceferino. Todos nos habíamos olvidado de ella. Le pregunté que qué hacía allí, y no porque sospechase que estuviese haciendo algo prohibido ni mucho menos. Más bien al contrario. Mi preocupación era que algún interno la hubiese conducido a las celdas contra su voluntad.
 La beata se abrochó tímidamente el último botón de su desvahído batín color malva, y me preguntó con una pícara sonrisa que por donde se salía. Que se había perdido.
 La miré y achiné los ojos, inquisitivo. Había un brillo en su mirada que no estaba ahí un par de horas antes, cuando entró. El brillo de la chiquilla que le miente a su padre al decirle que no, que no ha estado esa tarde con su novio.

 Le señalé con el dedo hacia la compuerta de salida y se fue, dándome las buenas tardes. Y yo me dispuse a acabar mi tarea de una puñetera vez, hacer el recuento, y sobre todo no pensar, ni entonces ni más adelante, en nada de lo que había pasado aquella tarde.
 En la celda cinco, la de Quispe, no había nadie. Y ya me disponía a cerrarla y ponerme a buscarlo en serio por todo el Centro Penitenciario, cuando alcancé a escuchar un sollozo, y volví a entrar en el 'chabolo' para registrarlo un poco mejor.
  Bajo el camastro, Quispe sollozaba, hecho un ovillo. Le pregunté si le pasaba algo, y negó con la cabeza. Entonces lo hice salir de allí debajo, porque es obligatorio, en los recuentos, comprobar el buen estado de salud de los internos, y sospechaba que quizá alguien podría haber aprovechado el caos para hacerle daño. Pero lo cierto es que no tenía marcas de ningún tipo, y ante mi insistencia, me volvió a asegurar que se encontraba bien y que, por favor, le dejase solo.

  'No pienses, Jaime,' me repetí. 'Acaba el recuento y no pienses más'.


P.S.  Ceferino nos dejó poco después. Cuando todos los sucesos de la tarde de aquel infausto Jueves Santo llegaron a sus oídos, el Director abandonó sus vacaciones y cogió el primer vuelo hacia la isla para darse el gusto de abroncarnos a todos en persona. Uno por uno. En su despacho, y tomándose su tiempo.

 Para Ceferino fue demasiado. Que un advenedizo de la edad de los hijos que podría haber concebido (de no ser porque, como muchos sospechábamos, seguramente eyaculase vinagre), que un advenedizo, digo, tuviese la osadía de cantarle las cuarenta, era más de lo que estaba dispuesto a soportar.
 Así que no había muerto todavía el eco de las palabras del Director cuando Ceferino comunicó a la Dirección General su intención de jubilarse con efecto inmediato. Su petición fue concedida al momento, porque ya pasaba con creces la edad de jubilación y, si seguía en activo, era porque lo había solicitado expresamente.
  El día de su despedida tuvimos la idea de poner una vieja llave de celdas, que de tanto uso se había desgastado y ya no funcionaba, en una peana. La encargamos en una tienda de trofeos, y la adornamos también con la típica placa con las típicas frase vacías ya de contenido. Tus compañeros no te olvidan y todo ese rollo.

  Fiel a la actitud que había mantenido durante la mayor parte de su carrera penitenciaria, lo primero que hizo Ceferino tras desenvolver su regalo fue dirigirse a la oficina de Jefatura de Centro y abrir el armario donde se custodiaban las llaves. No fuese a ser que unos descerebrados como nosotros éramos a sus ojos hubiésemos sido capaces de malgastar una llave 'de las buenas' para crear aquella estupidez de regalo. Sólo cuando le explicamos que era una llave ya fuera de uso se relajó, y por su mirada llegamos a adivinar que el regalo había sido, en el fondo, de su agrado.

  Algún tiempo después, un compañero me contó que se había encontrado a la esposa de Ceferino y que ella le había pedido que nos agradeciera a todos el detalle de la llave.
   Por lo visto, era su posesión más preciada.
  Y la guardaba bajo llave en un armarito de su dormitorio. Donde nadie más que él pudiera tocarla.







viernes, 19 de mayo de 2017

Sálvese quien pueda II

  Pocos minutos después, llamaron por teléfono. Alfreddo no disimuló su disgusto por la interrupción.

   Era el Jefe de Servicios, advirtiéndonos de la proximidad de la comitiva y conminándonos a interrumpir las tareas de cocina, como ya nos había indicado un par de horas antes. Me sorprendió lo rápido que habían llegado hasta nuestra puerta, teniendo en cuenta que había al menos cuatro o cinco paradas más que realizar por el camino, todos ellas con sus correspondientes rezos y demás. Pero supuse que, a tenor de la creatividad de las obras que adornaban cada una, y las miradas perdidas de los asistentes a la misma, el obispo había decidido agilizar la ceremonia.

  Sin tiempo que perder, salí de mi oficina e indiqué a los internos que cesasen en sus actividades. No me costó mucho convencerlos, la cosas como son. Y es que si fuesen unos apasionados del trabajo seguramente no habrían recalado en mi 'hotel'.
 Me quedé con ellos, porque lo cierto es que yo estaba ya del programa de Jaime Cantizano hasta el moño, y Alfreddo estaba hasta más o menos el mismo sitio de oírme hacer rimas con el apellido de su presentador favorito. Así que unos minutos después compartíamos conversación y unos pitillos. La cosa iba bien.
   Aquilino contaba, no sé a cuento de que, sus primeras experiencias con las drogas. Su público se partía de risa, a pesar de que, bueno, las historias tenían su chispa pero tampoco eran para tanto.
   Unos días después, atando cabos, caí en la cuenta de que el miércoles anterior al Jueves Santo se reparte toda la medicación hasta el lunes. Los sucesivos recortes de la Administración han llevado la escasez de personal hasta el límite, y en muchos Centros Penitenciarios los fines de semana y festivos sólo se atienden urgencias. Repartir la medicación a diario no es una de ellas, así que el día anterior cada interno había cogido una bolsita con pastillas para cinco días con el compromiso verbal de administrárselas con arreglo a la posología prescrita. Y bueno, ya os lo suponéis. En cuanto bajaron al patio comenzaron el cambalache y el pago de deudas, y el que quería 'roches' había hecho acopio de ellas, el que prefería el Transilium durmió como un niño, y el esquizofrénico de la celda 12 cambió los antipsicóticos por unos paquetes de 'Chester', porque al duende que le dice que queme cosas le gusta más el humo que las pirulas.
  Pero en aquel momento yo no era consciente de todo aquello, y contagiado por el buen rollo, los ojos como platos y las mandíbulas desencajadas del resto del público, yo también me empecé a reír con las desventuras de Aquilino. Hasta llegué a pensar que quizá podría presentarse al Club de la Comedia porque, las cosas como son, Aquilino no lo iba a hacer peor que Carmen Lomana, y tenía un aspecto más saludable y natural que ella.
 
  Fuera, en el 'hall', el estado de ánimo del obispo estaba muy lejos del nuestro. Sentía clavarse en su espalda la mirada penetrante de Quispe, el peruano asesino de niños, y cada vez que, de manera involuntaria, giraba la cabeza, allí se lo encontraba. La mirada de un cazador hacia su presa, pensaba inquieto el religioso. La inquietud, que empezaba a ser miedo, junto al calor húmedo de la isla, le estaban haciendo sudar como un efebo en un baño turco, y el pensar  en su sotana empapada pegándose a su cuerpo no le tranquilizaba lo más mínimo. Es más, las obras pictóricas con las que Quispe había decorada cada estación del Via Crucis no le dejaban dudas de la querencia del pederasta hacia los hombres de edad mediana cubiertos (aunque sólo fuera parcialmente) con lienzos húmedos.
  El obispo sufrió un escalofrío al pensarlo, y no pudo evitar volver a mirar a su espalda. Se encontró con unas diez miradas vacías, y la de Mariuszka, que quizá tenía demasiado contenido.
  Quispe estaba allí también, en primera fila, con la mirada fija en su rabadilla, e interrumpió la oración que recitaba entre dientes para regalarle con una inquietante sonrisa.
 
  'O quizá sólo me ha enseñado los dientes', pensó el obispo, para desechar ese pensamiento inmediatamente y darse cuenta de que, dentro de todo lo malo de que Quispe era capaz, un mordisco no estaba ni entre las cinco peores cosas. 'Señor, dame una excusa para poder salir de aquí cuanto antes'.
  Por suerte para él, Aquilino le dio esa excusa.

 

 

viernes, 12 de mayo de 2017

Sálvese quien pueda.

  La gota que colmó el vaso para Ceferino cayó en forma de una pobre beata que tuvo la desgraciada idea de entrar a la oficina de Jefatura de Centro a preguntarnos si queríamos participar en el acto.
 Ceferino ni preguntó a qué acto se refería, que oigan, nunca se sabe, antes de echarla con cajas destempladas.
   Aquella señora cumplía los tres requisitos: No era funcionaria, no era una interna y, último pero no por ello menos importante, era una mujer. A Ceferino no se le ocurría ni un sólo motivo por el que esa señora debiera estar ahí junto a él y, en vista de que ella no parecía dispuesta a esfumarse, la ecuación sólo tenía una solución posible.
  Así que entre resoplidos dignos de un toro de lidia, y con un ímpetu semejante al de esos animales, me sacó a empujones de Jefatura, salió él a continuación, y cerró por fuera. La pobre mujer había tenido el tiempo justo para apartarse antes de sufrir la singular experiencia de ser atropellada por un Jefe de Centro al borde de la apoplejía.

   -Me voy de aquí. Lejos. A tomar... un café.- No decía una mentira, la cafetería más cercana estaba al menos a un kilómetro de allí. En cuanto le vi desaparecer tras la pesada puerta corredera del rastrillo, se me ocurrió que quizá no habría sido mala idea pedirle que nos dejase las llaves de Jefatura a mano, porque, ¿quién sabe si nos podrían hacer falta?. Pero deseché la idea de inmediato, por poco factible. A Ceferino, hubiera sido más simple arrancarle el escroto a tirones que el llavero.

  A mi derecha, la pobre mujer intentaba explicar al obispo y al Jefe de Servicios que, de alguna manera, acababa de ser atropellada por una mezcla de funcionario del estado y cafetera de vapor. El religioso le prestaba toda su atención, y no me extrañó. Hasta ese momento se había visto obligado a poner a prueba su fé rezando las oraciones de la primera parada del Via Crucis frente a una de las originales obras de Quispe, el pederasta peruano. En ella, unos legionarios romanos con unas falditas bastante más cortas de lo que debería ser reglamentario procedían a capturar con especial cariño a un Jesucristo que, por algún motivo, había estimado oportuno pasearse por el huerto de los olivos semidesnudo. La interrupción de su acompañante había permitido al obispo apartar sus pensamientos, aunque sólo fuera por un momento, de aquella perturbadora escena.
 En cuanto la mujer señaló en mi dirección, el Jefe de Servicios me fulminó con la mirada. Yo no tenía nada que ver en aquella historia, pero vete tú a saber lo que la pobre señora le estaría contando, traumatizada como estaba. Así que me encogí de hombros, le sonreí tímidamente y, caminando lo más rápido que pude sin llegar a echarme a correr, me escabullí hacia mi cocina. De donde, me daba cuenta ya, no debería haber salido.

  En mi oficina, Alfreddo no se perdía detalle de las palabras de Jaime Cantizano. No había llegado yo siquiera a abrir la boca cuando alzó el índice de su mano derecha, para hacerme callar. Parecía que
el tertuliano iba a decir algo importante. Presté atención a sus palabras. No fue así. Alfreddo seguía con el dedo erguido.

 Quizá simplemente quería que me callase, y punto.
 



  

jueves, 4 de mayo de 2017

Los siete pecados capitales

   Finalmente la curiosidad, esa asesina de gatos, fue más fuerte que la indiferencia, y me impulsó a salir de mi zona de seguridad para intentar enterarme de una vez en qué consistía eso del Via Crucis.
    Dejé a Alfreddo al mando de la nave, con un 'walkie' a mano, y con la responsabilidad de utilizarlo si tenía el más mínimo problema, y salí al 'hall' central de la prisión.
   Me sorprendió encontrarlo vacío, pero esa no era más que una primera impresión. Al acercarme a la oficina de Jefatura de Centro, el punto central de la cruz, pude ver en el ala derecha de la misma a un pequeño grupo de fieles disponiéndose a salir en procesión. No eran muchos, pero en su conjunto eran, sin quererlo, un recordatorio viviente de los pecados capitales.
    Los más evidentes, por supuesto, eran el gordo y goloso obispo y su estirado y soberbio edecán. Había que conocer algo más al resto de procesionarios para percibir que la obsequiosidad del Jefe de Servicios no era más que la manifestación de una envidia enfermiza, envidia que sufría en presencia de toda autoridad que el pobre hombre percibía como superior a la suya.
  Tras las tres principales autoridades de la comitiva se encontraba Mariuszka, una joven y espectacular prostituta de origen polaco. La viva imagen de la lujuria, pensaréis. Y bueno, pues la cosa es que sí. Pero el pecado de Mariuszka no era la lujuria, porque a pesar de su corta edad, Mariuszka ya había volado lo suficiente como para estar por encima de esos sentimientos tan básicos. La lujuria era el de todos los demás presentes en la misma habitación que ella. Mariuszka era más de avaricia, y de hecho cumplía condena por una serie de extorsiones a clientes. La seductora bruja que escondía bajo las bragas la calculadora, que diría Sabina.

 Entré en la oficina de Jefatura de Centro. Pensé que, dotada como estaba de espejos unidireccionales, podría observar tranquilamente el evento sin ser visto a mi vez. Pero no había contado con Ceferino, el Jefe de Centro, que se encontraba de peor humor aún que un par de horas antes, cuando le había logrado arrebatar las llaves de la cocina.
  Si ya en un día normal Ceferino se sentía como el último hombre en pie, el fiel pilar garante de la seguridad del centro penitenciario frente a las hordas de malvados internos deseando fugarse y a los perezosos funcionarios dispuestos a permitírselo por descuido u omisión, ¿Cómo se iba a sentir en estas circunstancias, con un grupo formado a medias por internos y gentes de la calle deambulando libremente por SU 'hall'? ¿Y con el Jefe de Servicios, ese traidor, deshaciéndose en elogios y repartiendo sonrisas a esa manada de advenedizos?.
  Ceferino estaba tenso y rabioso, tenso como sólo puede estarlo un gato rodeado de perros en un callejón, que sabe que no le queda más opción que intentar huir para salvar la vida pero a la vez tan rabioso que de buena gana  entregaría esa vida  si supiera que con ello mataría a la vez a todos sus adversarios.

 Ceferino era la ira. Y con una nimiedad, estalló.