lunes, 3 de abril de 2017

Via Crucis II

  Aquel prometía ser un día de trabajo como cualquier otro. De hecho, incluso más tranquilo, porque como era Jueves Santo se retrasaba media hora el entrar de servicio. Porque, como ya os conté más atrás, los días festivos el maremágnum de profesionales penitenciarios que bullen por el interior del centro se ve reducido drásticamente. Y sobre todo porque aquel día en concreto me tocaba servicio en cocina, con lo que la carga de trabajo y, sobre todo, el contacto humano, también iba a ser muy limitado. Que diréis que qué tipo más antisocial, y os responderé que en la calle soy el mejor amigo de todo el mundo. Pero al trabajo voy a trabajar, y punto. Que no es poco.

  Así que tras pasar los controles de puerta principal y rastrillo, entré a lo que podríamos denominar el 'hall' de la prisión, que en aquel diminuto amago de presidio era una cruz formada por dos pasillos de unos veinticinco metros de lado cada uno. En los cuadrados que se formaban en las esquinas se ubicaban los cuatro módulos, y en los extremos de los pasillos, comenzando por mi espalda y en el sentido de las agujas del reloj, nos encontrábamos con el rastrillo de entrada, la enfermería, la cocina, y Jefatura de Servicios. No se habían complicado mucho al diseñar el edificio, porque supongo que habían reservado su creatividad para, por ejemplo, elegir la paleta de colores con la que decorarlo. El 'hall' en concreto estaba pintado de un color mostaza que resultaba paradójicamente poco apetitoso.

  Intentando no mirarlo mucho, me encaminé a la intersección de los dos brazos que formaban la cruz donde, me había olvidado decirlo, estaba Jefatura de Centro, una cabinita acristalada en la que se guardaban todas las llaves, y también a Ceferino. Ceferino, el Jefe de Centro, alias 'el Amo del Calabozo'. Un funcionario a punto de jubilarse que te hacía firmar en un libro cada vez que cogías un juego de llaves. No fuera a ser que... Yo que sé. Que cayeses en la vorágine del reciclado de metales y lo vendieses al peso en la chatarrería. En serio, no entiendo qué cojones pasaba por esa cabeza. Pero lo que sí tengo claro es que ya hacía años que Ceferino no nos veía como compañeros, sino como una amenaza. Nosotros no estábamos en su bando, pero los  internos tampoco. De puertas para adentro estaba él en su cabina, con la taquilla blindada en la que guardaba todas las llaves cerrada con un candado del que sólo había un llavín. El que colgaba de su cuello. Fuera de su cabina, el enemigo en forma de empleado público o de interno.

   Porque Ceferino era consciente de que en la cárcel había internos, claro que sí. Pero los internos no le preocupaban. A los de los patios directamente ni los veía, porque hacía ya muchos años que no asomaba sus narices por ellos. Y al resto, a los pocos internos encargados de tareas de mantenimiento y reparto que tenían permiso para deambular por el 'hall', sabía mantenerlos a raya. Generalmente, cuando un interno acababa de conseguir un puesto de mantenimiento y no conocía las reglas del juego, a Ceferino le bastaba con no quitarle la vista de encima hasta que se sentía incómodo y  buscaba la manera de ir de un sitio a otro sin pasar frente a su cabina. A los dos o tres días, ya había aprendido cómo funcionaba la cosa y no volvían a dejarse ver.
  Con el interno que tuviese entre sus tareas la de limpiar su cabina... Con ése era aún más fácil. Cuando el interno al que le tocaba limpiar Jefatura de Centro, por los motivos que fueran (generalmente porque se iba ya en libertad), dejaba el destino, normalmente tenía el detalle de advertir a su sustituto de que nunca, bajo ningún concepto, entrase a limpiar mientras estuviese Don Ceferino de servicio. Que esperase al día siguiente, o lo que fuera. Pero que no se dejase ver por ahí.
  Algún incauto o poco avisado, no obstante, había osado en contadas ocasiones simplemente asomar la cabeza para preguntar si quería que pasase una fregona. Solamente el grito que se llevó, por su magnitud en decibelios, podría haber entrado en la categoría de maltrato. Dejemos aparte ya el contenido del mismo.


 Total, que tras un tenso tira y afloja, tras asegurarle por activa y por pasiva que cuidaría las llaves como si fueran mías, o incluso mejor aún, conseguí arrancar el juego de llaves de la cocina de sus aceradas garras. Dudo mucho que se hubiese mostrado más reacio a acceder a mi petición si el objeto de la misma hubiera sido la virginidad de su primogénita.
  Con una agotadora sensación de victoria, salí de Jefatura de Centro. En la sección de pasillo que iba de la cabinilla hasta la cocina, me encontré a Alfonso, compañero y además paisano mío. Estaba de pie y con los brazos en jarras, contemplando un folio pegado con celo en la pared. Me acerqué a el.

  A ver qué era eso tan interesante.

 

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