jueves, 20 de abril de 2017

Amor de madre

  La llamada de Julio, el compañero destinado en la puerta principal, avisándome de la entrada de nuestro visitante fue para mí la primera noticia de que en esa isla hubiera un obispo. Y ya llevaba yo viviendo allí unos cuantos meses. La cosa me sorprendió un poco, porque lo cierto es que si aquel lugar paradisíaco hubiera necesitado un lema con el que decorar su escudo oficial, sólo tendría que escoger tres de los siete pecados capitales. Cualquiera de ellos. Autóctonos y foráneos vivían sus vidas a escape libre, y no se me ocurría ningún motivo que les pudiera impulsar a entrar en una iglesia un domingo por la mañana que no fuese el esconderse en un lugar fresco y silencioso a pelear la resaca y a esperar a que se les bajase lo último que se hubiesen metido. La isla no era lugar para obispos.

 Aunque también es cierto que, si un rincón de España necesitaba un pastor al que pudieran acudir las ovejas descarriadas, era ese en el que me encontraba. No le iba a faltar curro al obispo, si es que había venido a la isla a trabajar. Me lo imaginé por un momento ejerciendo su labor pastoral en algunos locales de ambiente de la zona del puerto, ataviado con los oropeles propios de su cargo, y sacudí la cabeza a los lados. Pobrecillo. Seguro que tendría que oír más de una proposición deshonesta, cosas para las que el seminario no te prepara. O sí, yo que sé. Nunca he estado en un seminario. En todo caso, mejor le iría de misionero en Irak. O lavándole los pies al leproso, o algo así.

 El timbre del teléfono apartó de mi mente tan apocalípticas imágenes, y menos mal, porque estaba ya empezando a desbarrar. Era el Jefe de Servicios, informándome con cierto retraso, y tarde, de la presencia del prelado y de su intención de realizar un Via Crucis por las instalaciones. Le pregunté que si iban a entrar a a la cocina, me contestó que no, que para qué cojones iban a entrar a la cocina, y me pregunté a mi mismo que entonces para qué me estaba contando toda la película.

   - Te llamo para que avises de esto a los internos de cocina, por si alguno quiere salir a participar.- Que astuto cabrón, pensé. Me ha leído el pensamiento.
    - La verdad es que vamos justos de gente, jefe. Prefiero que no salga nadie.- Le respondí, finalmente.
   - Bueno, pues como veas.- Y colgó sin más.

   Aquilino, uno de los internos de cocina que un momento antes había entrado en mi oficina para coger un cuchillo, lo había oído todo.
  - ¿Qué actividad es esa que van a hacer, don Jaime?, me preguntó.
   - Un Via Crucis,- le contesté mecánicamente, sin llegar a apartar la vista del teléfono. Cuando alcé la mirada, vi a Aquilino observándome en silencio, con la confusión pintada en su rostro. Sacudí la cabeza a los lados.
  - No, Aquilino. Yo tampoco sé lo que es.- Aquilino se encogió de hombros, y salió de la estancia con el cuchillo que había venido a buscar sujeto bajo una axila.

  No era mal tío Aquilino. Había tenido una vida dura, y ha sido uno de los muy pocos internos que ha estado a a punto de hacerme derramar una lagrimilla. Sucedió así:
  El invierno anterior, o sea un par de meses antes, un día que hacía bastante frío, acudí al trabajo con un gorro de esquiar que me había regalado mi madre por navidad. Era un gorro sencillo, negro, de un tejido como de forro polar. Por algún motivo a Aquilino le pareció muy bonito, y tras mencionar un par de veces que le gustaba mucho, me soltó, así como quien no quiere la cosa, que si se lo regalaba. No tiene esto nada de raro, de hecho los internos tiene tendencia a pedir y pedir sin parar, sin importar que sea entre ellos, a funcionarios, o a cualquiera que acierte a ponerse a su alcance.

  -No puedo,- respondí a un sonriente Aquilino - este gorro me lo ha regalado mi madre, y sabes que está feo regalar algo que te han regalado a tí.-
 Aquilino se puso muy serio, de repente, como alguien que recibe una mala noticia que no se espera. Me miró a los ojos, y me espetó con voz solemne:
 -Tiene usted razón, don Jaime. No hay nada que valga más que el regalo de una madre.- Y terminó añadiendo, - Ojalá yo hubiese tenido una para poder saberlo.- Y se fue en silencio.
  Me dejó hecho polvo, porque sí que era cierto que a Aquilino lo habían criado en un orfanato y nunca había conocido a sus padres. Pensé en darle el gorro, pero sabía perfectamente que Aquilino nunca lo aceptaría ya.

  El teléfono volvió a sonar, y lo agradecí, porque cada vez que recordaba, y recuerdo, esta historia, me entraba, y me entra, una bajona. Era el Jefe de Servicios otra vez. Me avisó de que, en parte de su recorrido, el Via Crucis pasaría muy cerca de la cocina. Para evitar que los ruidos procedentes de la misma interrumpieran las oraciones, quedó en avisarme en cuanto la comitiva estuviese cerca para que dejásemos de trabajar unos minutos, y volver a llamarme. cuando el obispo se alejase para que los internos reanudasen sus actividades. Luego colgó sin despedirse, igual que en la llamada anterior.

 Parar de trabajar, pensé para mí. Amigo, eso sí que puedo hacerlo.




 






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