domingo, 30 de abril de 2017

Master Chef

  Poco después de que Aquilino abandonase mi oficinilla, entró Alfredo, el cocinero. O Alfreddo, si atendemos a su forma de firmar. En concordancia con los días de luto que vivíamos, vestía un conjunto de 'chef' de dos piezas, completamente negro. Y ajustadito, como el auténtico 'ninja' de los fogones que pretendía ser.
  No estaba mal, sobre todo si lo comparabas con los lisérgicos colores de sus demás chaquetas, una gama cromática digna de una Ágata Ruiz de la Prada surfeando en un mar de LSD. Sería fácil decir que Chicote había sido una mala influencia para Alfreddo (no sé qué me da el escribirlo así, pero sé que a él le gustaría), pero toda esta historia sucedió hace mucho tiempo, bastante antes del auge de los cocineros estrella que padecemos hoy día. Así que supongo que esta afinidad estética de ambos fue fruto de la casualidad, o bien alguno de los cocinillas que tan profesionalmente arrugan la nariz con desagrado en 'Master chef' tienen un sórdido pasado carcelario que el público desconoce.

  Alfreddo entró en la oficinilla, como decía, levantó la cabeza lo suficiente como para mirarme por debajo de las lentes de sus gafas de montura al aire, y cogió con una veloz finta de sus manos su juego de cubiertos personal de encima de la mesa del despacho. Así, sin mirar. Mientras abandonaba la estancia, suspiró un saludo como sólo él sabía hacerlo, de esa personal y única manera que te hacía sentirte más despreciado que si no te hubiera saludado en absoluto. Se encaminó hacia las mesas de trabajo, donde Aquilino y un par de internos más se afanaban en picar lechugas y tomates, y se inclinó para coger un trozo de uno de estos últimos. Lo hizo con estilo, o eso creía él, inclinándose hacia adelante sin separar ni doblar las piernas ni un milímetro. Permitiendo que sus pantalones con mezcla de lycra se ajustasen a sus tersas nalgas, marcando la suavidad de sus formas.
 
Aquilino y sus compañeros miraron hacia otro lado, súbitamente incómodos. Yo me froté los ojos con el índice y el pulgar de mi mano derecha, como si con este gesto fuese a conseguir borrar esa imagen de mis recuerdos. Cuando volví a mirar, Alfreddo masticaba el tomate asintiendo con aprobación, con sus ojos cerrados de placer. Después de tragar, impartió una serie de instrucciones a los pinches, instrucciones que no pude oír, parapetado como estaba  tras el grueso cristal blindado de mi despacho. Acompañó las mismas con amplios y gráciles gestos de sus brazos, como si estuviera dirigiendo una orquesta de cien miembros. 'Eso le gustaría a él,' pensé para mí. 'Dirigir un orquesta. O cien miembros.' Alfreddo entró mientras todavía me estaba riendo de mi propia estupidez, y he de reconocer que me cogió por sorpresa.
  - ¿De qué te ríes?.- Preguntó sin mirarme, rodeando la mesa del despacho. Alfredo caminaba con unos rápidos pasitos cortos, como un profesional de la marcha atlética, pero sin contonear tanto el culo. Por suerte.
  No contesté, y no pareció importarle lo más mínimo. Se sentó a mi lado.
  - Me ha dicho el jefe que van a hacer un Via Crucis, así que vamos a tener que interrumpir el trabajo un rato.- Asentí con la cabeza. Alfreddo continuó.- Así que simplemente vamos a hacer una ensalada campera, y unos Sanjacobos con patatas. Nada en las volquetas que se nos pueda quemar en el fuego.- Terminó de hablar y me miró. Esperaba una contestación o comentario, y yo la verdad es que no sabía qué decir al respecto. Así que me salí por peteneras.
 
  -¿No vas a ver el Via Crucis ese?.- Alfreddo echó la cabeza atrás, sorprendido por mi pregunta.
  - Huy, no. Que va. No me van esos rollos.- Me encogí de hombros, pensando que había terminado de hablar. Pero no.
  - Tanta sangre, esas imágenes de hombres torturados...- Continuó, agitándose con un coqueto escalofrío.-No, no.- Concluyó, con un brillo en sus ojos que quería decir 'Si, Si'. Lo miré, sonriendo de medio lado. Alfreddo se sintió súbitamente incómodo con mi mirada, y se inclinó con presteza hacia adelante para coger el mando de la 'tele' de un cajón de la mesa.

  -¿Vemos algo?¿El programa de Ana Rosa?, dijo atropelladamente. Y sin dejarme contestar, encendió el aparato y se esforzó en ignorarme concentrándose en el mismo. 

 

 

jueves, 20 de abril de 2017

Amor de madre

  La llamada de Julio, el compañero destinado en la puerta principal, avisándome de la entrada de nuestro visitante fue para mí la primera noticia de que en esa isla hubiera un obispo. Y ya llevaba yo viviendo allí unos cuantos meses. La cosa me sorprendió un poco, porque lo cierto es que si aquel lugar paradisíaco hubiera necesitado un lema con el que decorar su escudo oficial, sólo tendría que escoger tres de los siete pecados capitales. Cualquiera de ellos. Autóctonos y foráneos vivían sus vidas a escape libre, y no se me ocurría ningún motivo que les pudiera impulsar a entrar en una iglesia un domingo por la mañana que no fuese el esconderse en un lugar fresco y silencioso a pelear la resaca y a esperar a que se les bajase lo último que se hubiesen metido. La isla no era lugar para obispos.

 Aunque también es cierto que, si un rincón de España necesitaba un pastor al que pudieran acudir las ovejas descarriadas, era ese en el que me encontraba. No le iba a faltar curro al obispo, si es que había venido a la isla a trabajar. Me lo imaginé por un momento ejerciendo su labor pastoral en algunos locales de ambiente de la zona del puerto, ataviado con los oropeles propios de su cargo, y sacudí la cabeza a los lados. Pobrecillo. Seguro que tendría que oír más de una proposición deshonesta, cosas para las que el seminario no te prepara. O sí, yo que sé. Nunca he estado en un seminario. En todo caso, mejor le iría de misionero en Irak. O lavándole los pies al leproso, o algo así.

 El timbre del teléfono apartó de mi mente tan apocalípticas imágenes, y menos mal, porque estaba ya empezando a desbarrar. Era el Jefe de Servicios, informándome con cierto retraso, y tarde, de la presencia del prelado y de su intención de realizar un Via Crucis por las instalaciones. Le pregunté que si iban a entrar a a la cocina, me contestó que no, que para qué cojones iban a entrar a la cocina, y me pregunté a mi mismo que entonces para qué me estaba contando toda la película.

   - Te llamo para que avises de esto a los internos de cocina, por si alguno quiere salir a participar.- Que astuto cabrón, pensé. Me ha leído el pensamiento.
    - La verdad es que vamos justos de gente, jefe. Prefiero que no salga nadie.- Le respondí, finalmente.
   - Bueno, pues como veas.- Y colgó sin más.

   Aquilino, uno de los internos de cocina que un momento antes había entrado en mi oficina para coger un cuchillo, lo había oído todo.
  - ¿Qué actividad es esa que van a hacer, don Jaime?, me preguntó.
   - Un Via Crucis,- le contesté mecánicamente, sin llegar a apartar la vista del teléfono. Cuando alcé la mirada, vi a Aquilino observándome en silencio, con la confusión pintada en su rostro. Sacudí la cabeza a los lados.
  - No, Aquilino. Yo tampoco sé lo que es.- Aquilino se encogió de hombros, y salió de la estancia con el cuchillo que había venido a buscar sujeto bajo una axila.

  No era mal tío Aquilino. Había tenido una vida dura, y ha sido uno de los muy pocos internos que ha estado a a punto de hacerme derramar una lagrimilla. Sucedió así:
  El invierno anterior, o sea un par de meses antes, un día que hacía bastante frío, acudí al trabajo con un gorro de esquiar que me había regalado mi madre por navidad. Era un gorro sencillo, negro, de un tejido como de forro polar. Por algún motivo a Aquilino le pareció muy bonito, y tras mencionar un par de veces que le gustaba mucho, me soltó, así como quien no quiere la cosa, que si se lo regalaba. No tiene esto nada de raro, de hecho los internos tiene tendencia a pedir y pedir sin parar, sin importar que sea entre ellos, a funcionarios, o a cualquiera que acierte a ponerse a su alcance.

  -No puedo,- respondí a un sonriente Aquilino - este gorro me lo ha regalado mi madre, y sabes que está feo regalar algo que te han regalado a tí.-
 Aquilino se puso muy serio, de repente, como alguien que recibe una mala noticia que no se espera. Me miró a los ojos, y me espetó con voz solemne:
 -Tiene usted razón, don Jaime. No hay nada que valga más que el regalo de una madre.- Y terminó añadiendo, - Ojalá yo hubiese tenido una para poder saberlo.- Y se fue en silencio.
  Me dejó hecho polvo, porque sí que era cierto que a Aquilino lo habían criado en un orfanato y nunca había conocido a sus padres. Pensé en darle el gorro, pero sabía perfectamente que Aquilino nunca lo aceptaría ya.

  El teléfono volvió a sonar, y lo agradecí, porque cada vez que recordaba, y recuerdo, esta historia, me entraba, y me entra, una bajona. Era el Jefe de Servicios otra vez. Me avisó de que, en parte de su recorrido, el Via Crucis pasaría muy cerca de la cocina. Para evitar que los ruidos procedentes de la misma interrumpieran las oraciones, quedó en avisarme en cuanto la comitiva estuviese cerca para que dejásemos de trabajar unos minutos, y volver a llamarme. cuando el obispo se alejase para que los internos reanudasen sus actividades. Luego colgó sin despedirse, igual que en la llamada anterior.

 Parar de trabajar, pensé para mí. Amigo, eso sí que puedo hacerlo.




 






lunes, 17 de abril de 2017

Visita inesperada.

 Al final, entre mis diferencias con Don Ceferino y mis afinidades con Alfonso,  se habían pasado unos minutos de la hora reglamentaria para la apertura de cocina. Me encaminé hacia la puerta, donde ya se encontraban los internos esperándome con una especie de aburrida impaciencia. Y  me hicieron el pasillo para entrar. Sí, como se le hace al campeón de liga o a los novios en una boda militar. Afortunadamente no tuve que chocar las manos con cada uno de ellos, ni nadie se sacó el sable. Sin más ceremonia pues, abrí la puerta blindada y entramos.

  Una vez dentro, todos sabíamos cuales eran nuestras tareas. Llevábamos tiempo en la casa y éramos expertos en lo nuestro. Por mi parte, abrí los candados de las cámaras frigoríficas y del almacén para posteriormente dirigirme a mi oficina, que tuve que abrir también. Comprobé que no faltaba ningún cuchillo, espátulas ni demás elementos punzantes o cortantes de la taquilla blindada donde se guardaban, y me senté. Había cumplido con la mayor parte de mis obligaciones para esa jornada, y sólo me quedaba entregar los mencionados utensilios a los internos que me lo solicitasen, y cuidar celosamente que los devolviesen a su lugar tras acabar con sus tareas. Sencillo.
   Y mientras tanto, me dispuse con toda mi buena voluntad a desconectar del mundo exterior leyendo una novela. Pero se ve que aquel Jueves Santo, el mundo exterior no quería desconectar de mí, y me tenía preparada una sorpresa.

  Mientras yo intentaba encontrar una postura que me permitiese a la vez leer, alcanzar la cerradura del armarito de los cuchillos con la mano derecha y poner los pies encima de  mi mesa para estar cómodo, todo a la vez y sin romperme la espalda, un coche oficial se detuvo ante la puerta principal de la prisión. No es que fuese la limusina del Presidente de los Estados Unidos, pero era un coche negro y con chófer, que ya es algo. El conductor se bajó del vehículo, lo rodeó por la parte trasera como exige el protocolo, y abrió la puerta trasera derecha para permitir descender del mismo a su ocupante principal. El obispo de la isla se dejó ver así en toda su gloria y, acompañado de su edecán, se encaminó hacia la puerta principal.

   Allí fue recibido por el Jefe de Servicios, máxima autoridad del Centro Penitenciario en aquellos momentos. Porque si algo compartíamos todos y cada uno de los funcionarios a los que la marea había arrojado a las costas de aquella pequeña isla, desde el más novato de los prácticos hasta el Director, era que ni uno sólo de nosotros éramos oriundos de la misma. La diferencia es que si eres el más novato de los prácticos, te jodes y te comes la Semana Santa currando como un campeón. Pero si eres el señor Director, el viernes anterior al Domingo de Ramos dices 'Señores, ahí se quedan. Cuiden esto en mi ausencia' y no dejas que se te vea el pelo hasta el Lunes de Pascua.

  No es que el tener que estar al mando importase demasiado al Jefe que estaba de guardia ese día, porque era un capillitas y un pelota. Era de esa clase de personas a las que la perspectiva de que una autoridad, cualquier autoridad, les pase una mano figurada por el lomo, le hace sacar la lengua y babear de ilusión. Iba a decir que la perspectiva les hace menear su colita, pero creo que eso iba a ser un símil de bastante mal gusto. Además, conociendo al individuo, lo mismo no sería ni siquiera un símil.
  Así que el jefe, encantado de conocer al Obispo y de verse en esa situación, lo acompañó al interior.
Mientras, Julio, el funcionario de servicio en la puerta principal, procedió a avisar, uno por uno, a todos los módulos de la llegada de una visita del exterior.

jueves, 6 de abril de 2017

Artes plásticas

  Alfonso, como os contaba ya en la entrada anterior, permanecía con los brazos en jarras y balanceándose sobre sus pies adelante y atrás. Sólo le faltaban la gorra de plato y la porra para completar su imagen de poli de los dibujos animados. Y observaba con divertida atención un folio que colgaba de la pared, adherido con celo. Me acerqué y me situé a su lado, a ver de qué iba el rollo.

   Sobre el blanco del papel resaltaba la figura de un Cristo portando su cruz. Para ser más exactos, lo que destacaba no eran el Cristo, ni la cruz. A pesar de que deberían ser los elementos protagonistas de la escena, aparentaban haber sido dibujados con la falta de precisión e interés de un niño que de mala gana tiene que entregar una tarea para el colegio, una tarea que no le interesa y cuya realización ha demorado hasta el último momento. No, el Cristo y la cruz no destacaban.
  La sangre sí. Y  los detalles morbosos. Coronas de espinas clavándose en la carne, rodillas desolladas. El lienzo que en este tipo de representaciones cubre a Jesucristo se veía muy reducido de tela, como una versión de verano de sí mismo. Más que túnica palestina semejaba ya pareo de bañista de Sitges. Y allí donde llegaba a cubrir algo, se pegaba mucho a la piel. No dejaba demasiado a la imaginación.
  
    - Alguien debería decirle al autor que la lycra es un invento bastante reciente.- Dije, para romper el hielo. Alfonso dejó escapar una risita.
    - A mi me gusta el látigo. Que precisión en el dibujo, que afán por el detalle. Me preocupa que, si este dibujo lo ve alguien de fuera, malinterprete la obsesión de Quispe por ese instrumento y crea que aquí torturamos a la gente.- Tenía razón. En la parte gruesa del látigo, se podía incluso entrever el trenzado de las tiras de cuero. Un magnífico ejemplo de detallado. De la figura que lo empuñaba, sin embargo, no se podía decir lo mismo.
  - ¿Qué es eso con la cresta roja, una Drag Queen punk?-, pregunté.
  - Un legionario...- Achiné los ojos para ver si se me aparecía la imagen, un poco como se hacía con aquellas imágenes 3D tan de moda hace unos años. Se me puso cara de Melania Trump, y Alfonso se vio en la necesidad de echarme una mano.-... Un legionario romano.- Añadió.
   - Ya, coño. Que yo también me he leído los cómics de Astérix. Además no veo ninguna cabra.  Oye, ¿esto lo pintó Quispe, dices?.- Alfonso asintió en silencio.
  Lo más llamativo de los dibujos era la sangre, aunque sólo fuera porque eran obras a lápiz, y lo único que destacaba a color eran la sangre y el penacho rojo del legionario. El líquido rojo caía a grandes goterones del cuerpo de Cristo, y formaba charcos en el suelo de formas caprichosas y absolutamente irreales. Los personajes y la cruz parecían dibujados por un niño, si, pero la sangre hacía pensar en un niño particularmente depravado.
 Si esos dibujos los hubiera hecho mi hijo, lo primero habría sido una visita urgente a un profesional de la salud mental. Lo segundo, una no menos urgente visita a un cerrajero para blindar la puerta de mi habitación. El paso siguiente a la ejecución de esos dibujos sería la ejecución de algún animal de compañía, y de ahí... De ahí todos sabemos a lo que se pasa.

  Quispe, el ilustrador, era un interno de origen peruano que estaba encerrado por un feo asunto de abusos domésticos. No sé si esos abusos habían sido cometidos contra su mujer o hijos, ni lo quiero saber. Lo que sí sé es que cuando mirabas a los ojos a Quispe sólo veías dos profundas canicas negras, y que ese negro era el negro del abismo.
  Cualquier promesa de futuro que hubiera podido albergar el Quispe niño, si es que esos dibujos eran reflejo de ella, se había cumplido con creces. Al volver a mirar el folio colgado no pude evitar pensar en ello, y sentí un escalofrío. Alfonso lo notó.
 - Cuando acabe la exhibición, me los voy a quedar.- Me dijo, haciendo un movimiento de arco con su brazo derecho para indicarme el resto de paredes. Hasta entonces no me había fijado, pero en las paredes del los dos pasillos que formaban la cruz del 'hall' había colgados muchos más folios. No  menos de diez. A tanta distancia no era posible fijarse en los detalles, pero en casi todos destacaban unas llamativas llamas rojas. No había que ser un genio para imaginar qué eran.
 -¿Y para qué cojones quieres eso?, pregunté, sin poder evitar una mueca de desagrado. Había que estar muy enfermo para querer conservar aquello. Casi tanto como Quispe.
 
  A Alfonso le brillaron los ojos.
  - Son como un test de Rorschach al revés.- Me confesó entusiasmado. Recordé que Alfonso se estaba sacando la carrera de psicología por la UNED.
  - ¿Al revés?-
  - Si. En vez de mostrar a un paciente unas cartulinas con unas manchas de colores, a ver qué nos responde, podría llevarme estas obras de arte y enseñárselas a mis compañeros, a ver qué sacan en claro de todas esas manchas rojas.- Alfonso rió con ganas, y añadió, - Eso iba a ser un festival de caras.-

 No pude evitar reír con él, y darle la razón. Aunque sólo fuera por sacar algo positivo de todo aquel horror.


  A la puerta de la cocina se estaban agrupando ya los internos que trabajaban en ella. Me despedí de Alfonso con un gesto. Había que ponerse a currar.








   

 

lunes, 3 de abril de 2017

Via Crucis II

  Aquel prometía ser un día de trabajo como cualquier otro. De hecho, incluso más tranquilo, porque como era Jueves Santo se retrasaba media hora el entrar de servicio. Porque, como ya os conté más atrás, los días festivos el maremágnum de profesionales penitenciarios que bullen por el interior del centro se ve reducido drásticamente. Y sobre todo porque aquel día en concreto me tocaba servicio en cocina, con lo que la carga de trabajo y, sobre todo, el contacto humano, también iba a ser muy limitado. Que diréis que qué tipo más antisocial, y os responderé que en la calle soy el mejor amigo de todo el mundo. Pero al trabajo voy a trabajar, y punto. Que no es poco.

  Así que tras pasar los controles de puerta principal y rastrillo, entré a lo que podríamos denominar el 'hall' de la prisión, que en aquel diminuto amago de presidio era una cruz formada por dos pasillos de unos veinticinco metros de lado cada uno. En los cuadrados que se formaban en las esquinas se ubicaban los cuatro módulos, y en los extremos de los pasillos, comenzando por mi espalda y en el sentido de las agujas del reloj, nos encontrábamos con el rastrillo de entrada, la enfermería, la cocina, y Jefatura de Servicios. No se habían complicado mucho al diseñar el edificio, porque supongo que habían reservado su creatividad para, por ejemplo, elegir la paleta de colores con la que decorarlo. El 'hall' en concreto estaba pintado de un color mostaza que resultaba paradójicamente poco apetitoso.

  Intentando no mirarlo mucho, me encaminé a la intersección de los dos brazos que formaban la cruz donde, me había olvidado decirlo, estaba Jefatura de Centro, una cabinita acristalada en la que se guardaban todas las llaves, y también a Ceferino. Ceferino, el Jefe de Centro, alias 'el Amo del Calabozo'. Un funcionario a punto de jubilarse que te hacía firmar en un libro cada vez que cogías un juego de llaves. No fuera a ser que... Yo que sé. Que cayeses en la vorágine del reciclado de metales y lo vendieses al peso en la chatarrería. En serio, no entiendo qué cojones pasaba por esa cabeza. Pero lo que sí tengo claro es que ya hacía años que Ceferino no nos veía como compañeros, sino como una amenaza. Nosotros no estábamos en su bando, pero los  internos tampoco. De puertas para adentro estaba él en su cabina, con la taquilla blindada en la que guardaba todas las llaves cerrada con un candado del que sólo había un llavín. El que colgaba de su cuello. Fuera de su cabina, el enemigo en forma de empleado público o de interno.

   Porque Ceferino era consciente de que en la cárcel había internos, claro que sí. Pero los internos no le preocupaban. A los de los patios directamente ni los veía, porque hacía ya muchos años que no asomaba sus narices por ellos. Y al resto, a los pocos internos encargados de tareas de mantenimiento y reparto que tenían permiso para deambular por el 'hall', sabía mantenerlos a raya. Generalmente, cuando un interno acababa de conseguir un puesto de mantenimiento y no conocía las reglas del juego, a Ceferino le bastaba con no quitarle la vista de encima hasta que se sentía incómodo y  buscaba la manera de ir de un sitio a otro sin pasar frente a su cabina. A los dos o tres días, ya había aprendido cómo funcionaba la cosa y no volvían a dejarse ver.
  Con el interno que tuviese entre sus tareas la de limpiar su cabina... Con ése era aún más fácil. Cuando el interno al que le tocaba limpiar Jefatura de Centro, por los motivos que fueran (generalmente porque se iba ya en libertad), dejaba el destino, normalmente tenía el detalle de advertir a su sustituto de que nunca, bajo ningún concepto, entrase a limpiar mientras estuviese Don Ceferino de servicio. Que esperase al día siguiente, o lo que fuera. Pero que no se dejase ver por ahí.
  Algún incauto o poco avisado, no obstante, había osado en contadas ocasiones simplemente asomar la cabeza para preguntar si quería que pasase una fregona. Solamente el grito que se llevó, por su magnitud en decibelios, podría haber entrado en la categoría de maltrato. Dejemos aparte ya el contenido del mismo.


 Total, que tras un tenso tira y afloja, tras asegurarle por activa y por pasiva que cuidaría las llaves como si fueran mías, o incluso mejor aún, conseguí arrancar el juego de llaves de la cocina de sus aceradas garras. Dudo mucho que se hubiese mostrado más reacio a acceder a mi petición si el objeto de la misma hubiera sido la virginidad de su primogénita.
  Con una agotadora sensación de victoria, salí de Jefatura de Centro. En la sección de pasillo que iba de la cabinilla hasta la cocina, me encontré a Alfonso, compañero y además paisano mío. Estaba de pie y con los brazos en jarras, contemplando un folio pegado con celo en la pared. Me acerqué a el.

  A ver qué era eso tan interesante.