jueves, 30 de marzo de 2017

Via Crucis

  Nunca he sido una persona religiosa. No digo ya creyente, que tampoco, sino religiosa. En mi casa nadie lo era, y más allá de hacer la primera comunión, que era más que un sacramento un evento social, o las veces que me hicieron rezar en el colegio, mi contacto con la Iglesia y sus ritos ha sido absolutamente inexistente. 'No tiene nada de raro', pensaréis muchos de vosotros, 'hoy hay mucha gente que no va a misa'. Bueno, pues creo que os equivocáis.

  La mayoría de gente que conozco, por atea o agnóstica que sea o se declare, posee cierto conocimiento de la religión, aunque sea tan sólo de su aspecto formal, como reconocer el sonido de las campanadas cuando tocan a muerto, o por qué la Semana Santa cambia de fecha cada año , o... yo que sé, de qué color es la casulla de la misa de mártires . Casi todo el mundo tiene o ha tenido un pariente devoto, que le ha instruido en los rudimentos de la fe, aunque simplemente fuese cambiándole el bocata de chorizo por uno de Nocilla los viernes de Cuaresma. Qué coño, generalmente los que más denostan a las religión y sus ministros son aquellos que han estudiado en un colegio de curas, y albergan un rencor nacido de las malas experiencias personales. Pero a pesar de que si los dejas se cagarán en dios a mitad de cada frase, ninguno titubea a la hora de responder de carrerilla cuáles son los sacramentos o los siete pecados capitales. Supongo que la letra que entra con sangre es la más difícil de olvidar.

  Yo no. Nunca he tenido un pariente capillitas, ni me han obligado a ir a misa, y más o menos para cuando tuve uso de razón ya te dejaban elegir ética en vez de religión en el cole. Y aún sin ver el temario, la elección entre Don Cipriano, el cura bizco que ya se había llevado más de un bofetón de algún alumno de Octavo Curso por pasar a los vestuarios del gimnasio sin una excusa válida, o Virginia, la profesora de ética a la que nadie le había explicado que si las mallas negras te transparentan el culo es porque llevas una talla demasiado pequeña, la elección, digo, no dejaba lugar a dudas.

  El caso es que mientras mi vida se desarrolló en mi más o menos cerrado mundo de familia y amigos de toda la vida, mi indiferencia hacia la iglesia, o más bien debería decir mi pura y llana ignorancia, no me causó ningún tipo de problema. Todos teníamos más o menos los mismos intereses, o desintereses en este caso, y aunque en mi pandilla no faltaba quien sí iba a misa, sabía que entre nosotros sólo se hablaba de música y de follar. Cosas que conocíamos de oídas. Los roces empezaron cuando me tocó salir de mi zona de confort, y digo tocó porque, al igual que a muchos otros hombres de mi generación, me tocó ir a la 'mili'.

  En el cuartel nos juntamos jóvenes procedentes de todos los rincones de España, ríete tu del choque de culturas, y ahí ya me di cuenta de que, en el tema de usos y hábitos religiosos, yo estaba bastante perdido.
  En la ocasión que nos ocupa, me encontraba yo dentro del edificio de compañía practicando el noble arte de liarme un cigarrillo de la risa con una sola mano, mientras con la otra me rascaba mis partes. Ortiz, un muchacho del mismísimo barrio de Triana, en Sevilla, abandonó un instante la partida de cartas que jugaba para poner una cinta en el radiocassette. (Para los más jóvenes, las cassettes eran unas cajitas en las que se podía grabar música, antes de que se inventase el mp3). Ortiz pulsó el botón de 'play', y volvió a ocupar su silla en la partida.
   A media calada de mi, digamos, cigarrillo, una estridente cacofonía me hizo atragantarme y toser, más aún de lo que ya me estaba haciendo toser la mezcla que estaba fumando. Trompetas destempladas y otros instrumentos de viento que fui incapaz de reconocer atronaban en la estancia. Ortiz y sus compañeros permanecieron imperturbables, atentos a sus naipes.
   - ¡Sevillita!- grité, para hacerme oír entre el estruendo, -¡Sevillita, cojones, que se te está tragando la cinta el loro!!.- Ortiz se giró, extrañado.
   -¿Pero qué dices?.-
   - ¡Que pares eso, que se te está tragando la cinta y te la va a romper!.-
   - ¡Pero si eso suena así, gilipollas, que es la banda de mi cofradía!.- Ahí ya me dejó sin saber que decir. Lo que me estaba fumando tampoco ayudaba a aclarar mis pensamientos.
    - Ostras... Pues tocan como el culo, o lo has grabado mal, perdona que te lo diga.- Ortiz se levantó de un salto y avanzó hacia mi apretando los puños. Ahí tuve mi primer contacto con lo que es la música de un paso, y la furia que desata en los miembros de una cofradía que desprecies su afición.
   Exhalé una densa bocanada de humo azul en dirección a mi airado compañero. Por un instante, su cara desapareció entre la niebla. Cuando volvió a aparecer, estaba muerto de risa.
  Se sentó a mi lado, le pasé el 'chirifú', que diría el Fary, y acabamos abrazados y riéndonos del malentendido. Durante horas.


  Todo este rollo es para poneros en situación y que entendáis que, cuando aquel día, en aquella pequeña cárcel de una pequeña isla, me encontré al entrar a trabajar  con que iban a montar un Via Crucis, en el fondo no tenía ni la más remota idea de lo que me estaban hablando. Así salió.

martes, 28 de marzo de 2017

Medicina democrática

  Entre semana, la dependencia de acceso a un módulo (conocida entre los iniciados como 'El Rastrillo') es la versión penitenciaria del camarote de los hermanos Marx: Un maremagnum de educadores dando buenas noticias a los internos y dejándote las malas por escrito para que las repartas tu; trabajador@s sociales intentando a la desesperada aclarar el follaje del árbol genealógico de un tipo que sabe menos de su padre que Marco, y tiene a su madre igual de lejos; Ateeses repartiendo golosinas; Monitores de las actividades más peregrinas que perdieron la ilusión el mismo día que la paciencia y los modales...
  Todos pugnando por quitarte el micrófono de la megafonía del patio, para llamar a quien sea que tengan que llamar, hacer lo que sea que tengan que hacer con él y largarse lo antes posible a otro módulo a repetir la operación. Y ello mientras controlas qué internos salen a trabajar o a cursos, cuales al médico, quienes se van de permiso y han de ser dados de baja en el módulo... 



  Pero los fines de semana, la cosa cambia por completo, y en previsión de una mañana de soledad y tedio en una habitación enrejada de 10 metros cuadrados, lo primero que he hecho tras acabar el recuento de las 8 de la mañana ha sido coger un libro en la biblioteca del módulo 3.
Así que así estaba yo, leyendome una novela de espías, cuando un par de golpecitos en la ventana de seguridad me han hecho levantar la cabeza. Frente a mi, un interno pálido, con la mirada triste, suplicante (y ligeramente perdida) del yonqui que se ha pasado la vida pidiendo limosnas, y que sabe que nueve de cada diez veces se va a llevar un 'NO', si es que no se lleva un palo, reclamaba mi atención. He abierto la ventanilla y le he saludado.
- Buenos días, Don - me ha respondido. No sabe mi nombre, y no parece importarle cual es. De momento estamos en igualdad de condiciones.
-¿Podría darme una instancia? -
- Claro-. Cojo una de un montoncito situado a mi izquierda, encima de la mesa. Se la paso a través de los barrotes de la ventanilla. El interno se la queda mirando, y duda antes de volver a dirigirse a mi. Finalmente lo hace, y su voz suena aún mas insegura que la primera vez:
-Don... ¿Me puede dar usted un par de folios? -
No es una petición habitual, y mientras busco por los cajones a ver si hay alguno olvidado bajo las carpetas y las ordenes de dirección, un poco por trámite y un poco por hacer más corta la espera, le pregunto;
-¿Y para que quiere usted dos folios?
-Voy a recoger firmas-

Justo acababa yo de encontrar un pequeño alijo de folios, debajo del amplificador de megafonía, y le estaba pasando dos, cuando su respuesta me ha vuelto receloso y he detenido mi mano a medio camino.
- ¿Y para qué quiere usted recoger firmas?- Su voz sonaba de repente mucho más segura, no sé si porque a tenía un objetivo claro, o porque simplemente yo había accedido a sus dos peticiones.
- Llevo dos días escupiendo sangre, y el tratamiento que me da el médico no me gusta. Yo lo que quiero es que me mande al hospital, pero me ha dicho que no hace falta, y no me ha querido cundar. Voy a recoger firmas por el patio para ver si le causa impresión y me hace caso - 



    Le acerco los folios a través de los barrotes. Pero cuando los coge y tira suavemente de ellos, no los suelto, y la inesperada resistencia hace que, involuntariamente, me mire fijamente a los ojos.
- ¿Y no ha pensado usted - le digo con la mayor seriedad de que soy capaz- que en vez de recoger firmas, lo que le causaría auténtico impacto al médico sería que le escupiese usted en la consulta, para que viese la de sangre que sale?. -
Aflojo mi mano, y el interno se lleva los folios en silencio. Y en silencio sigue. Lleva veinte minutos sentado en un banco, sólo, a veces mirando al infinito, y a veces a los folios, con aire pensativo. Le está dando vueltas al tema.
    Como se me acerque y me pida permiso para ir a enfermería, la mañana va a adquirir un inesperado interés.
A ver que pasa.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Ladrón de Guante Blanco II



      - ¿Y qué atracaste, si no es mucho preguntar?.- Eutimio contestó rápidamente.
     - Un banco, funcionario. Bueno, en realidad... Unos cuantos. Y eso que he tenido suerte y de muchos no me han pillao.- Estaba orgulloso, y se le notaba. Muy probablemente, esos atracos exitosos habían sido la única ocasión que había tenido en su vida de saborear algo parecido a un triunfo. Y lo cierto es que si le das una vuelta al tema, mucha gente que  consideraría a Eutimio un deshecho humano, morirá sin haber vivido esa sensación de éxito. Aunque pensándolo mejor, posiblemente cuando reunía el coraje para atracar una sucursal de la Caja Rural, Eutimio estaba, o demasiado drogado, o desesperado por el mono como para disfrutar de la excitación del momento.

  - ¿Así que de muchos no te han pillado?- Con frecuentes intervalos, mi interlocutor se quedaba en silencio mirando al vacío sin causa aparente, y se hacía necesario sacarlo de su ensimismamiento. Salió de su trance con un súbito movimiento de cabeza.

  - Sii. De muchos.- Eutimio estaba haciendo memoria. Casi podrías oír funcionar los engranajes de su cerebro. Les faltaba engrase. - De todos los que hice en moto, no me pillaron en ninguno.
  - ¿Se te da bien conducir motos?. Me resultaba difícil de creer, aunque sólo fuese porque no creo que le llegase con los pies al suelo si se subía en algo mayor que un triciclo. Pero quién sabe. Los grandes pilotos suelen ser de baja estatura...
    - No... De muchos de los que hice en coche no me cogieron tampoco en el momento, pero luego me reconocieron los testigos, y las cámaras de los cojones. Con la moto no me pasaba. La moto me daba suerte.- La luz de una idea comenzó a abrirse paso en la oscuridad de mi mente.
  - Eutimio... ¿Te quitabas el casco para entrar en el banco?.- Mi interlocutor dudó, como siempre, antes de contestar. No fuera a ser que le estuviese sonsacando, o vete tu a saber que peregrino razonamiento atravesó su cabeza. - No...- Acabó por contestar, con un hilo de voz.
  - Pues puede que ahí esté la clave, ¿no?.- Concluí, no sin cierto orgullo. Eutimio no lo pilló.
  - ¿La clave de qué, funcionario?.-
  - De por qué no te reconocieron los testigos, ¿no?. Por el casco. Porque seguro que para el resto de atracos, no te ponías pasamontañas.- A Eutimio se le iluminó la cara. Finalmente, había entendido por donde iba yo.
  -No, bueno, no me tapaba la cara. Pero me disfrazaba de otras maneras. Ponía acento argentino, usaba una pistola diferente en cada atraco, para variar el 'modus operandi'.- Un inciso. No soy abogado, pero creo que lo de variar el modus operandi es otra cosa. Aunque ahora que se había lanzado, no me pareció oportuno interrumpirlo con tecnicismos.

  Poco a poco, a medida que hablaba, fue perdiendo timidez y su voz se volvió más firme. Sus ojos parecieron empezar a brillar, y desde luego sus pupilas se dilataron visiblemente. Algo le estaba haciendo efecto. Deseé de corazón que fuese algo que le hubiera dado el médico. Pero ya llegados a esas alturas, no tenía sentido preguntar.
 En unos minutos, y contrastando con la lentitud de sus declaraciones anteriores, me enteré de cómo atracó un banco en un pueblo de la provincia de Burgos,
  - en el que no había estado en mi vida. Tuve que preguntarle a tres o cuatro personas que me fui encontrando por la calle donde estaba la sucursal. La suerte era que el pueblo estaba así como en una colina, y el banco y la plaza mayor estaba en lo más alto. Así que me dije ' bueno, al menos para huir con el coche, sólo tengo que intentar ir siempre cuesta abajo. Y funcionó. Lo malo - añadió, taciturno- es que  cuando al final me cogieron,  me reconocieron todos los tipos a los que le había preguntado la dirección.-

  - Bueno, no se puede estar en todo.- Tercié. Eutimio asintió en silencio. Un par de metros detrás de él, un interno enjuto y de piel olivácea se sentó en un banco e introdujo un Cd en un reproductor musical. Llevaba la cremallera del chándal bajada lo justo como para que dos o tras cadenas de oro centellearan libremente al sol.
  'Rumba', dije para mis adentros, apostándome a mí mismo un café si acertaba el género musical del disco que se disponía a compartir con nosotros. No fallé.
    -Y también estoy pendiente de que me baje un secuestro, que va a ser una ruina más grande. Dejé inconsciente a un tío para quitarle la recaudación de unas tragaperras, y lo metí en el maletero de su coche para ir hasta su casa a robarle lo que tuviera allí.- Resultaba difícil de creer, a no ser que el que la víctima fuese David el Gnomo. Y ni aún así. David el Gnomo era siete veces más fuerte que tu. Había que salir de dudas.
  - Oye, y ¿con qué lo redujiste, si me lo puedes decir?- Eutimio sonrió, ufano.
  - Con un bote de Aquarius metido en un calcetín.-
  - Que elegante.- Eutimio se rió, por primera vez en media hora. A sus espaldas, la música de  'Los Amaya' me conminaba a irme. Aproveché la ocasión para cortar la conversación e ir a por ese café que me había ganado.

  - Bueno Eutimio, otro día me lo cuentas, que los de la radio me dicen que me vaya.-
Eutimio siguió riendo, a carcajadas ahora. Definitivamente, algo le había hecho efecto.
 

 

lunes, 20 de marzo de 2017

Ladrón de Guante Blanco

  Unas cuantas entradas más atrás os hablé de la Ley de Dalton. No, no me refiero a la ley de las presiones parciales. La ley de los hermanos Dalton, comprobada empíricamente por todo funcionario de prisiones o por cualquier persona que se ve obligada a tener trato con delincuentes, describe cómo, en las bandas criminales integradas por varios hermanos, el más peligroso es el de menor estatura.

  Esto es así, señores, y no me pregunten por qué. La única excepción a esta regla, que más que una excepción es un complemento, es que, si de entre esos hermanos uno es una mujer, ésta será el elemento más peligroso. Cuando es así, además, suele ser baja de estatura en comparación con el resto de la camada, claro. Pero no siempre.

   Y además de ser el más peligroso, o quizá precisamente por ello, el más bajito tiende a ser el más inteligente, o al menos el más astuto. Pero en el caso de los hermanos Cortijo, esto no era así en absoluto.

    Mientras que Fermín goza de una estatura media, Eutimio tendría que ponerse de puntillas para alcanzar el metro sesenta. Eso sería, por supuesto, si fuese capaz de conservar el equilibrio durante unos segundos siquiera. Años de uso y abuso de sustancias que ni el más cruel científico osaría inyectarle a sus cobayas le deben haber afectado al oído interno, y le han dotado de un andar errático y tambaleante. No tener muy claro a dónde ir en cada momento tampoco es una ayuda.

   Eso por lo que toca al plano físico. En el intelectual, si se me permite emplear la palabra en este contexto, las cosas no van mucho mejor. En la gran carrera de obstáculos que es la vida,  Fermín tropezó en la primera valla y ya no volvió a levantar cabeza. Pero Eutimio, el pobre Eutimio, se quedó aturdido por el pistoletazo de salida y, al empezar a correr, lo hizo en sentido contrario.  Así que Fermín, en el tiempo libre que le dejan sus tareas en la cocina y sus visitas al ornitorrinco, se dedica a cuidar a su hermano, lo cual se limita por lo general a comprarle tabaco y evitar que su mala cabeza le busque problemas con los demás internos del patio.

   La semana pasada, un día a eso de las once y media de la mañana, abrí la puerta que comunica el comedor del módulo cinco con el patio para que los internos destinados a la limpieza de comedores entrasen a trabajar. Fermín llegó el último, como siempre, acompañado de Eutimio, como siempre, y como siempre también, le pidió que por favor no se metiera en ningún lío mientras estaba sólo. Se despidieron, y Fermín accedió al comedor.

    Eutimio y yo nos miramos. Se le notaban ganas de hablar. En circunstancias normales, o sea, hasta hace unos meses, el constatar este hecho me habría invitado a refugiarme en mi oficina antes de que tuviese oportunidad de empezar su discurso. Pero ahora necesito material para escribir este blog, así que me quedé quieto, dispuesto a aguantar el chaparrón. Soy mejor funcionario, ya os lo dije. Eutimio esperó un par de segundos en silencio, a ver si yo mi iba por donde había venido y, en vista de que no lo hice, avanzó dos pasos hacia mí, y se soltó. Vaya si se soltó.

    - Funcionario, ¿sabe usté si mañana tengo agente judicial?.- Sus ojos y su voz subían y bajaban, vacilantes, al ritmo del temblor de su cabeza.
    - Pues no tengo ni idea Eutimio. Acércate si quieres a la oficina de acceso y que llamen a Centro para preguntarlo.-
     - Es queee estoy espeeerando una que me baje una causa por un atraco, sabe, y mi abogado no me coge el teléfono, y...- Siguió desvariando un rato. No me había escuchado cuando le propuse llamar a Centro para informarse, y si me había escuchado le daba igual. El quería soltarme su rollo para estar un rato entretenido mientras no llegaba la hora de comer. Pues bueno. Vamos a sacarle información, pensé. Y se la saqué. Más de la que esperaba.

   

 



 

martes, 14 de marzo de 2017

Manual de autoayuda

  Desde que escribo este blog, soy mejor funcionario. Supongo que porque sería difícil serlo peor.

  Empecé en esto hace más de diez años. Al principio todo son risas: Tienes un montón de días libres, un sueldo a la medida, por primera vez, de tus vicios (o aficiones, si lo prefieres. Cada uno se autoengaña como quiere).  La cola del paro es un feo recuerdo que nunca más será una fea realidad. Incluso si tienes suerte, como yo la tuve, tendrás plaza en destinos bellos y tranquilos. Bello el pueblo y tranquila la cárcel, se sobreentiende. Conoces gente nueva, y eres parte de la delgada línea azul que separa a la sociedad del caos. Viva y bravo.

  Pero los años pasan, y tu plan de pasarte unos pocos años (cuatro, cinco) recorriendo España en plan turismo laboral para luego conseguir plaza cerca de tu lugar de origen se desvanecen como se desvanece el buen rollo cuando la Guardia Civil te pide que soples aquí, por favor.
 
   Llega la crisis, no hay concursos de traslado, y cuando te quieres dar cuenta te has pasado diez años sentado en la misma mesa de la misma habitación, en la cocina de la Cárcel. Rodeado de glamour y ocupado en la exigente tarea de entregar herramientas de cocina a los internos que trabajan allí, y cuidar de que te las devuelvan. Una tarea al alcance de unos pocos elegidos, en la que cada nueva jornada supone un desafío físico y psicológico. Y desconectas. Como desconectaba mi difunto tío su sonotone para todo lo que no fuese oír el partido de la jornada.

   Entras cada mañana, haces el recuento, y coges la tablilla en la que figura el estadillo de material y el listado de internos ayudantes de cocina. A partir de ahí, amigo, empieza la juerga. Cada diez minutos de media, un interno vendrá y te pedirá, por ejemplo, un cuchillo. Se lo das, y apuntas el acontecimiento en un papel. Cuando termine de utilizarlo, entrará a la oficina a devolverlo. Se refleja esto también.

  Y más o menos esto es todo. De vez en cuando te das un paseo por la dependencia para dejarte ver, y que ese interno que no deja de repetir 'Soy el ángel de la muerte' mientras afila el cuchillo jamonero baje un poco el tono de voz, y ya está. Horas y horas dedicado a... Nada realmente. A pensar en tus cosas, a hacerte pajas mentales. Y esto te acaba cambiando. Podría decir que la soledad te convierte en un ser más reflexivo. Pero mi impresión, y lo digo con conocimiento de causa porque me ha pasado, me está pasando a mí, es que te conviertes en un pasmarote.

  Luego, en casa, familia y amigos se interesan a veces por tu trabajo, y cuando con toda afabilidad les cuentas la verdad, no te creen. Piensas que la dureza de las situaciones que afrontas en tu día a día es tal, que no quieres sino ahorrarles detalles escabrosos y evitar, de paso, rememorarlos tú mismo. Y respetan tu silencio. Y ahí te quedas, tú solo, pasmando.
  Hay quien a eso le llama 'la mirada de los mil metros'.

  Bueno, el caso es que desde que comparto mis vivencias con vosotros, he decidido salir de mi letargo de años y empezar a darme paseos por el patio, observar a los internos con más atención, compartir un pitillo con mis compañeros... Aunque sólo sea porque algo os tendré que contar. Y es por eso que creo que este blog me está sirviendo también como terapia, por raro que suene. 

   Llegados a este punto, creo que os voy a hablar de los hermanos Cortijo.
  
   Los hermanos Cortijo son dos, de ahí el plural, y son hermanos. Son delincuentes de largo recorrido, con historiales delictivos cuya impresión que ha causado por sí sola la deforestación de varias hectáreas de eucalipto. No obstante, a su manera son muy diferentes.

   Eutimio, el mayor, es que acumula mayores condenas y delitos más graves. Lleva entrando y saliendo de prisión desde que tenía dieciséis años. De hecho Doña María, la subdirectora de tratamiento del Centro Penitenciario, lo conoce desde que él era un delincuente juvenil, ella una maestra recién diplomada que acabó destinada en prisiones por casualidad, y éste centro en el que trabajamos un pequeño reformatorio. El otro día me lo contaba y se le humedecieron los ojos al hacerlo. No es raro, al fin y al cabo los tres han crecido juntos. Enternecedor.

  Si os contase su vida y obra... No, no lo voy a hacer. Da demasiado juego, y lo dejo para una próxima entrada. Os voy a hablar de Fermín, que casualmente trabaja conmigo en la cocina.

  Fermín es el hermano pequeño, a pesar de que le saca, en varios sentidos, una cabeza a su hermano. Le saca una cabeza en sentido físico, porque es veinte centímetros más alto. Pero también se la saca en un sentido metafórico, porque Eutimio es un auténtico descerebrado.

  Tampoco es que Fermín dé mucho más de sí, y de hecho no pocas veces he estado (y me consta que el resto de compañeros con los que me relevo en la cocina también) a punto de echarlo al patio y decirle que no vuelva a entrar. Un poco por bajo rendimiento, y un mucho porque es una influencia disruptiva. Aunque seguramente en el parte de baja habría puesto como motivo para el despido sólo lo primero, porque lo segundo sin duda no lo iba a entender. Y quizá el que se encarga de rescindir los contratos ante la administración tampoco.
   Pero el pobre se esfuerza hasta donde le da el entendimiento, que no es mucho, y si carece de habilidades sociales y todo lo tiene que decir a gritos, pues al final se lo acabas perdonando. Sobre todo cuando te cuenta que, antes de esto de la cocina, el único trabajo remunerado que recuerda haber desempeñado fue el de permaneces todo el día a la entrada de un poblado de chabolas para avisar a gritos de la entrada y salida de las fuerzas de orden público. Lo que se conoce como 'dar el agua'.

   - Y me pagaban en papelas, ¿sabe, don Jaime?,- Me confiesa, con un brillo en la mirada.
   - Olvídate aquí de eso, Fermín,- le contesto en broma. - Aquí no hay droga ni para los funcionarios.-
     Y se marcha, riendo como un chiquillo.

   Pero a veces no tienes el día, o él está un poco más pesado de lo habitual, y acabas discutiendo. Hace un par de semanas le tuve que llamar la atención varias veces, porque no paraba de vocear con el resto de internos de cocina con respecto a nosequé partido de fútbol.
  - Fermín,- le espeté, mirándole fijamente a los ojos hasta que bajó su mirada al suelo - van cuatro veces que te llamo la atención hoy por las voces que estás dando. No habrá una quinta, ¿entendido?.-
  - Si, don Jaime, si.- Y se marchó con la cabeza baja.

  Media hora después, una vez que los internos ya habían terminado sus tareas de la mañana, les abrí la puerta de la cocina para que pudieran dirigirse a sus celdas a echar la siesta. Fueron pasando ante mí uno por uno. Fermín, lo noté rápidamente, se quedó remoloneando hasta ser el último en la fila. Al pasar ante mí, me volvió a pedir disculpas por su comportamiento, porque...

  -... A veces hablo muy alto y yo mismo no me doy cuenta, porque creo que no oigo bien. He hablado ya con la Doctora, y en cuanto pueda me va a sacar a la capital a ver al ornitorrinco.-
   Lo miré fijamente. El me miró. Pasó un ángel, como se suele decir. Seguimos mirándonos el uno al otro, impávidos. No, no era un chascarrillo. Me lo había dicho en serio. No sé por qué, pero al instante me arrepentí de haber sido tan severo con él
   - No pasa nada, Fermín. Vete a descansar y nos vemos a la tarde.-

Lo que me he estado perdiendo por no prestar atención a los internos. Madre mía.







 
 




 

viernes, 10 de marzo de 2017

Cultura del vino II



     En menos, mucho menos tiempo de lo que se tarda en leerlo, el Jefe introdujo la llave en la cerradura de la puerta blindada y descorrió el cerrojo. Siempre lo hacemos así, rápidamente, a pesar de saber de sobra que, si el inquilino de la celda estuviese alerta, ya hace rato que nos habría oído y se habría deshecho de lo que se tuviera que deshacer. Y si no está alerta, que abras más o menos rápido  va a dar igual. Con los años he llegado a la conclusión de que lo hacemos para darle dramatismo a la cosa, un dramatismo del que un trabajo tan monótono como el nuestro está muy necesitado.

    El Jefe abrió la puerta con un violento tirón, en parte por seguir con el efecto dramático, y en parte porque el frío contrae el marco de las puertas y a veces las atasca. La entrada a la celda quedó expedita, y un olor a destilería se extendió por el pasillo, haciéndonos bizquear. Uno podría ahogarse en aquello y, desde luego, después de registrar aquel chabolo, no era recomendable conducir. Bueno, conducir si. Lo que no era recomendable era que te parase la Guardia Civil y te hiciera soplar.

   Encendimos la luz interior con el interruptor instalado en la pared del pasillo. Examinamos el interior de la estancia asomando la cabeza por el marco de la puerta, pero sin entrar. En algunas series o programas de ambiente carcelario he visto a los funcionarios entrar en tropel a reducir a internos. No lo entiendo. Las celdas son pequeñas, y cuando dos internos se ven obligados a compartirlas, las pertenencias de ambos se acumulan en las estanterías y en cualquier pieza de mobiliario a la que los ocupantes hayan podido echar mano. Están a una persona más de parecer el camarote de los hermanos Marx... ¿Para qué entrar cinco? ¿Para reducir por falta de oxígeno a los alborotadores?.
   Así que, como os digo, nos limitamos a observar desde fuera. No más de un par de segundos; Lo suficiente para comprobar que un interno permanecía dormido en la cama inferior de la litera, y que la superior estaba vacía. El tubo de neón del servicio ya estaba encendido cuando entramos, una rendija de la puerta entreabierta del mismo brillaba, delatora.  El Jefe tomó la palabra y yo aproveché para secarme los ojos con un pañuelo de papel. Era la primera vez en mi vida que el alcohol me ponía llorón sin llegar a probar el primer trago. Será la edad.

   - ¡Vamos, salgan de la celda ahora mismo!.- El Jefe alargó el brazo y, con su mano derecha, una mano más grande y con más pelo que muchas caras, zarandeó la litera. El ocupante de la misma se levantó lentamente, sin acabar de salir de su trance. Era el español, Martínez Escudero, y creo que hablo por mí y por mis tres compañeros de aquella noche cuando digo que todos lo sabíamos. Martínez Escudero era un pobre drogadicto en el que la apatía y la torpeza competían desde su nacimiento para arruinarle la vida, con un éxito arrollador. Lo único que le había salvado hasta el momento de contraer el VIH, aparte de su manifiesta falta de capacidad para cualquier tipo de trabajo manual, era su presbicia. No sólo es que fuese demasiado vago o incompetente como para prepararse un chute; es que, sencillamente, iba a ser incapaz de encontrarse una vena, o ni tan siquiera una extremidad. Hacer una destilería con piezas 'de fortuna' como las que se puede uno fabricar en la cárcel estaba fuera de sus capacidades físicas en intelectuales, de eso no teníamos ninguna duda.

  El tiempo se ralentizó unos instantes, o esa es la impresión que daba si te limitabas a observar cómo Martínez Escudero se erguía de su lecho.
  - Se te están  pegando las sábanas.- Apunté, intentando darle un poco de ligereza a la situación. Me arrepentí al instante de hacerlo. El símil era demasiado ajustado a la sucia realidad que teníamos delante. Todos se dieron cuenta, y torcieron el gesto en una mueca de desagrado.
  Finalmente, Martínez salió de la celda y se quedó de pie, apoyado contra la pared del pasillo. Bizqueando un poco porque le molestaba la luz, un poco por la sorpresa. Un mucho porque no veía tres en un burro. Entonces sí, el Jefe se quedó hablando con él, y con un gesto nos indicó que entrásemos. Abrimos del todo la puerta del servicio, una estancia diminuta de 1x3 metros, y a la vez nos encontraos a Marius, el ruso, y el motivo de que no hubiera salido cuando se lo ordenó el Jefe.

  Desde el lavabo, una botella de plástico con la base cortada encauzaba el agua del grifo hacia el forro de plástico de un palo de escoba. La improvisada tubería salvaba la distancia entre el mencionado lavabo y el retrete, en el que se encontraba encajado un cubo de fregar. El tubo estaba tapado por el plástico de una bolsa negra de basura sujeto con una goma a lo largo de todo su perímetro, y era sobre este plástico que caía el agua corriente. El agua formaba un charco cóncavo en el centro y se desbordaba luego, cayendo dentro del servicio y evitando así mojar el suelo. Del interior del cobo salía un cable eléctrico, enchufado a la corriente. Miramos a Marius que, en una esquina del baño, imposibilitado de salir sin desmontar todo el tinglado, se encogió de hombros y nos miró con cara de tristeza.

  Jose cerró el grifo y, en cuanto el agua remanente dejó de correr por el forro del palo del escoba, lo rompió, dejando así el paso libre al interno.
  - Vamos, sal de aquí.- Marius no se lo hizo repetir. Por la presteza con la que abandonó el lugar, y lo encogido que iba, supuse que en su país los funcionarios son más partidarios del lenguaje corporal que de la palabra hablada, en estas situaciones al menos.
  
  Mientras, Claudio se había acercado a la ventana y había cogido del alféizar las dos botellas que habían delatado la operación. En ellas habían un líquido parduzco, moteado por trozos más o menos grandes de frutas. Abrió una, y el olor le hizo girar la cara con un mueca.
  - Ufff... Chicha.- Todos lo suponíamos. - Ese es el primer paso. Se coge la fruta del postre durante varios días. Se machaca, se le añade azúcar, o incluso un poco de pan para que contenga levadura. Y se deja a fermentar, a ser posible en un lugar bien ventilado como el exterior de la ventana. Unos días después, se cuela, y ese líquido, la chicha, se puede beber tal cual si se está muy ansioso (dolor de cabeza garantizado, incluso unos segundos después de consumirlo). O se puede destilar y convertir  en aguardiente. Para ello, tomen nota los cocinillas, se deposita en un cubo, se calienta por medio de un cable conectado a la red (en casa se puede calentar en un infiernillo, pero éste es un instrumento que no está al alcance de los internos). El alcohol destilado tenderá a evaporarse, pero para volver a licuarlo se tapa con un plástico que mantendremos refrigerado con el agua fría del lavabo, discurriendo libremente. El aguardiente se condensa bajo el plástico frío, y sólo queda recoger las gotitas. Esto lo haremos mediante un 'tupper' o cualquier otro recipiente que tengamos flotando en la 'chicha' del cubo. Fácil.
   Jose desenchufó el cable, que nunca se sabe lo que puede pasar con éstas cosas, y arrancó el plástico negro que tapaba el cubo. No hubo que acercar la cara para olerlo: Chicha en el fondo, y un líquido cristalino como el agua más pura en un pequeño recipiente de plástico sujeto en el medio del mismo. De manual. Entre ambos cogimos todo el montaje, y lo sacamos al exterior.

   El Jefe le echó una rápida ojeada. Miró a los internos, que ahora estaban de espaldas a la pared, uno al lado del otro. Martínez seguí bizqueando, como un pez fuera del agua, que es lo que había sido toda su vida. Y Marius impasible, como el delincuente profesional que era.
  - ¿De quien es todo esto?- Preguntó. Hay que hacerlo, porque si ninguno confiesa, el parte y la sanción son para los dos.
  - Mío, Jefe.- se apresuró a decir Martínez. El Jefe lo fulminó con la mirada.
   -¿Te he preguntado algo a ti?.-  Martínez guardó silencio y bajó los ojos. Hizo amago de levantar un dedo para añadir que, realmente, la pregunta no iba para ninguno de los dos en concreto, o más bien era para ambos. Pero el Jefe levantó el dedo más rápido y más alto que él. Ninguno necesitó volver a abrir la boca. El Jefe se giró hacia Marius, que sonreía divertido, y miraba al suelo. Era evidente hasta para el más novato que había comprado a su compañero de celda para que se confesase culpable en caso de llegar a esta situación. Pero no le había funcionado, y lo estaba encajando con deportividad como el buen profesional que era.

  - Mañana, después del desayuno, vas a firmar un parte declarándote responsable de todo esto, ¿entendido?- Le espetó el Jefe, sin dejar margen para la negociación. Marius asintió en silencio, sin dejar de sonreír.

   En ese momento Claudio, que se había quedado rezagado en el interior de la celda, salió de la misma portando un segundo cubo de fregar con tres botellas de agua mineral en su interior, de un litro y medio cada una. A Marius se le heló la sonrisa en la cara.
 - He visto esto, y me ha parecido raro que tuvieran tres botellas de agua en remojo.- Era cierto, y a todos se nos había pasado. El cubo estaba lleno de agua hasta la mitad. Además, estaba tibia, lo que no tenía mucho sentido en aquella noche de invierno, cuando ya hacía horas que se había apagado la calefacción del módulo. El Jefe abrió una de las botellas.

  -Aguardiente.- Dijo, mirando fijamente a Marius, que ya no sonreía ni siquiera un poquito. Supongo que pensaba que no nos íbamos a dar cuenta de que escondía todo aquel alijo, producto sin duda de varias horas, incluso noches enteras en vela al pie del alambique. Es más, seguro que mucho de ese orujo ya estaba vendido y cobrado, y el perderlo le iba a causar más de un problema en el patio. No es de extrañar que hubiese dejado de verle la gracia al asunto.
 - Venga, los dos para adentro. Mañana seguiremos hablando de esto.- Ambos entraron de nuevo en sus dependencias, y cerramos la puerta con llave. Cargamos todo el material hasta la oficinilla donde normalmente nos reunimos para comer o cenar cuando estamos de servicio. El Jefe se frotaba las manos, exultante.

  - Bueno, ¡no está mal para un viernes a la noche!.- Me confió.
  - No, fijo que no. Muchos he pasado yo con menos bebida y me ha salido más cara.- El Jefe me miró, divertido. - Ahora podríamos ir a la celda de algunos marroquíes, a ver si pillamos costo, y ya tendríamos el fin de semana resuelto.- Añadí.
  - Bueno, pues no sería mala idea. Me la anoto. De momento, haz el favor y vacía todo esto por el retrete.- Me dijo.
 
  - No vaya a ser que los que entren a relevarnos mañana crean cosas que no son.-
  
  

 

   

martes, 7 de marzo de 2017

Cultura del vino



  Otra noche de guardia, y otra ronda. Cuando hablo de rondas sé que la mayoría de los que leéis este blog sabéis a que me refiero, ya porque sois compañeros, o porque ya lo habéis leído en otras de mis entradas (creo que en 'Cuando el amor llega así, de esta manera...' lo explicaba un poco). Y estáis al tanto de que no hablamos de rondas de cerveza ni chupito. Bueno, pues en este caso eso no es verdad, o es tan sólo una verdad a medias. Me explico.

  Eran cerca de las dos de la madrugada, y el Jefe de Servicios,  un par de compañeros y yo, estábamos a mitad de nuestro recorrido. Una noche más, como todas las noches de guardia. Y una noche más, como todas las noches de invierno en aquella cárcel de la meseta, hacía tanto frío que los grajos se desplazaban a cuatro patas. Y como todas las noches de guardia en invierno en aquel Centro Penitenciario abandonado en el medio de un páramo, habíamos decidido por unanimidad que haríamos la ronda por dentro de las galerías y no por fuera. Porque puede que así no viésemos si había alguna cuerda de sábanas colgando de un barrote aserrado, pero tampoco corríamos el riesgo de resbalar en una capa de hielo y rompernos los dientes. (Por si a alguien le interesa el dato, en todos los años que llevo en este oficio nunca he visto a nadie fugarse descolgándose por la ventana. Pero compañeros que se han roto algo resbalando en el hielo, ya llevo más de los que puedo contar con los dedos. En serio.)

   Así que ahí estábamos los cuatro, caminando despacio por una galería del módulo Cinco, camino de los talleres productivos. A medias aburridos, a medias soñolientos. El Jefe y Jose, uno de los compañeros, comentaban en voz baja el partido de liga que se había retransmitido aquella velada. Claudio, mi otro compañero, y yo, avanzábamos en silencio dos o tres metros detrás de ellos, inmersos en nuestros pensamientos. No puedo saber en qué iría pensando él, pero por un instante mi mente se retrotrajo a mi infancia, a la vieja casa del casco antiguo de la capital de provincias en donde me crie mis primeros años. Recordé la bodega que ocupaba los bajos del edificio del lado opuesto de la calle, la típica bodega con sus portalones con arco de medio punto y sus mohosas barricas de vino tinto. Y por un instante hasta me pareció oler esa mezcla de fermento rancio y de orujo que, en las mañanas de verano, cuando mi madre abría las ventanas para airear la casa, se metía hasta mi habitación y me hacía levantarme con los ojos empañados. Y no por la emoción.

  La voz de Claudio me sacó de mi ensoñación.
  - A ver, ¿a vosotros no os huele a destilería?.- Dijo con un volumen ligeramente superior al de un susurro. Los tres nos paramos en seco. ¿Cómo habrá podido oler mis recuerdos? Pensé en ese momento. Sí, en serio que lo pensé, lo siento. Estaba algo espeso en ese momento, supongo que por el sueño. Porque efectivamente, olía a destilería, y ese olor era el que me había llevado a recordar mi infancia y no al revés.

  Los cuatro formamos un corrillo. Con un breve intercambio de frases, emitidas con el tono de voz más bajo de que fuimos capaces, todos convinimos que, en efecto, apestaba a alcohol fermentado. Y ahora, ¿Qué hacíamos?. Porque, como no tardó en señalar el Jefe, la cosa no era fácil. Había doce celdas en esa galería, seis a cada lado. Si las abríamos todas, podríamos causar problemas. A los internos, como a cualquiera, no les gusta que los despierten de madrugada y les alboroten la habitación. Y algunas de esas personas están ahí porque tiene un muy bajo control de sus impulsos. Abrir celdas  a voleo puede causar incidentes  graves, incluso sentadas o motines. Además, los internos se podrían quejar al Juez de Vigilancia Penitenciaria. Que seguramente pasaría de sus quejas, pero ¿quién sabe a donde pueden llegar?.

  Aunque el principal escollo era que, en cuanto empezásemos a abrir celdas equivocadas, aquel que tuviese el alcohol en su poder podría vaciarlo por el retrete, o tirarlo por la ventana, y nos quedaríamos con un palmo de narices. No, las cosas no se hacen así, los cuatro lo sabíamos de sobra. Hay que acertar con la celda correcta a la primera.
  Medio en broma, Claudio señaló la puerta de la celda cinco, o sea la tercera del lado izquierdo del pasillo.
  - Yo voto por éste-, susurró. En la puerta, pintado con rotulador, se podía leer el nombre de los dos ocupantes de la celda. Un español, Martínez Escudero, y un ruso, Marius Bina. -Bina suena como vino,- añadió. El Jefe miró hacia el techo hasta poner los ojos en blanco, en parte por la aplastante lógica del razonamiento y en parte porque tampoco es que tuviésemos ninguno mejor.
 - Venga, acércate hasta Jefatura y coge la llave de celdas. A ver si se nos ocurre algo.- Claudio desapareció por el fondo de la galería. Mientras, Jose y yo nos habíamos acercado a una especie de 'hall' que se encontraba al otro extremo de la misma, poco más que un ensanchamiento donde el pasillo pasaba de tener dos metros de ancho a casi cuatro. Unas ventanas abiertas a ambos lados de la habitación permitían ver el exterior de la galería y las ventanas de las celdas. En las del lado derecho, la pared continuaba completamente lisa hasta acabar cinco metros más abajo, en el suelo del taller de producción. Pero en el lado izquierdo, el alféizar de las ventanas estaba casi al nivel del tejadillo de unos soportales que servían para cobijarse de la lluvia en el patio de paseos. Frente a la tercera ventana, la de Escudero y Bina, había una bolsa de basura con algo en su interior. Jose y yo la observamos unos instantes, hasta que una ráfaga de viento dibujó el contorno de lo que había en su interior.
   Dos botellas de agua mineral de un litro y medio cada una.

   Jose y yo nos miramos.
 - Bueno, así sin verlas, lo mismo están llenas de agua,- apuntó Jose. Estaba claro que eso no se lo creía ni él.
  - ¿Y por qué las ha metido dentro de una bolsa?, - Le contesté. Jose guardó silencio. Avisamos al jefe mediante gestos, para que se acercase, y le señalamos la bolsa. El jefe sonrió, con un destello malvado en la mirada. Nos indicó que nos situásemos tras él, frente a la puerta de la celda cinco, y apenas habíamos acabado de hacerlo cuando llegó Claudio con la llave, resoplando ligeramente. Miró la celda.
  - Pero... ¿vamos a abrir esta?. Lo del nombre del tipo lo dije de broma...- El Jefe volvió a sonreir.
  - Bueno, cualquier teoría es buena. Dame la llave. Vamos a ver que pasa.-
 
 


 


 

 

viernes, 3 de marzo de 2017

Pobreza energética II

 

  Salí del módulo de ingresos y me acerqué al rastrillo de entrada del edificio principal. Unos cinco metros de camino, para que os hagáis una idea del tamaño de las instalaciones. Allí se encontraban ya el Jefe de Servicios y el Jefe de Centro, esperando. Los tres juntos formábamos el cincuenta por ciento de los efectivos de la prisión. Poca cosa. Pero si hubiésemos solicitado más efectivos a la Dirección General, habrían sido capaces de soltarnos que 'tres son multitud' y quedarse tan frescos. Si, en serio. A veces son unos cachondos.


  Con un leve movimiento de cabeza del Jefe de Servicios, comenzó a descorrerse la puerta de la esclusa, accionada desde las profundidades de su cabina por el funcionario de rastrillo. La punzante luz del Mediterráneo nos cegó un instante, acostumbrados como se encontraban nuestros ojos a estar 'a la sombra' (qué malo, si). Tres borrosas sombras grises avanzaron hacia nosotros, pero no fue hasta que la compuerta se cerró tras ellos que pudimos verlos con claridad.
  Eran dos Guardias Civiles, jóvenes, como todos los Guardias Civiles de la isla. Porque al estar recién graduados de la academia, los destinos a elegir no son muchos. Y corpulentos, como todos los Guardias que se dedican al traslado de presos. Porque a los más enclenques los ponen a vigilar en las garitas. A la hora de impedir una fuga quizá haya que tirar de pistola y no importe el tamaño. Pero el sólo hecho de encontrarse frente a frente con dos armarios vestidos de verde hace que muchos detenidos se guarden la audacia hasta otro momento más propicio.

  En el medio de ambos, encogido y esposado, un yonqui. Uno de libro. Pensad en todos los toxicómanos que habéis visto a lo largo de vuestra vida, hallad el mínimo común múltiplo, y ahí lo tendréis: El tipo lo tenía todo, desde las greñas resecas a los vaqueros adhesivos. Habían traspasado ya el límite de lo que un buen champú o un detergente podían solucionar, y se imponían unas tijeras y una espátula.

  Pero lo primero es lo primero. El Jefe saludó a los Guardias, y les pidió la hoja de conducción. Le echó una ojeada.
  -¿Viene detenido?- Les preguntó. Por romper el silencio, porque el documento que sujetaba ante sí lo indicaba claramente.
  - Pues si. Lo cogimos ayer, y lo más seguro es que a lo largo del día de hoy os llegue del juzgado la notificación  de pase a preventivo.- El Guardia nos explicó las circunstancias de la detención, se le firmaron los papeles por los que desde ese momento nos responsabilizábamos del detenido, y se fueron por donde habían entrado. Tampoco es que hubiese otro sitio por donde irse porque las cárceles, no sé si lo sabéis, sólo tienen una puerta de entrada y salida.

  No se había cerrado la compuerta del todo cuando ya nos encontrábamos frente a la puerta del módulo de ingresos (cinco metros, ¿recordáis?). El Jefe me preguntó,  entre aburrido e irónico, si me hacía yo sólo con el interno o si se quedaba a ayudarme. Le respondí con el mismo aburrimiento pero sin ironía que sí que  me hacía con él, gracias. Sonrió y se marchó a su despacho acompañado del Jefe de Centro.
  El recién llegado y yo pasamos al interior del departamento. En claro desafío a las más básicas normas de urbanidad y a la ley 28/2005, Antonio, el ordenanza, se rascaba la entrepierna mientras saboreaba el humo de un Marlboro. Le lancé una severa mirada de reprobación. Dejó de rascarse, pero siguió fumando. Bueno, ya era algo.

  - Tráete la máquina de fotos, Antonio.- Antonio desapareció un instante. Aproveché para sentarme frente a la mesa de la oficina y encender la máquina de identificación situada sobre ella. Si seguís alguna serie de investigación norteamericana, habréis visto que usan sin descanso una especie de programa o base de datos que llaman CODIS. En ella tienen un extenso archivo con las huellas de delincuentes fichados, empleados gubernamentales y demás. Bueno, nosotros tenemos uno también, con su hardware específico, y lo cierto es que no funciona nada mal. Parece una impresora con scanner, y simplemente con poner sobre él el dedo de un individuo, accedes a su ficha penitenciaria de modo instantáneo. De momento, por suerte, no incluye las de los empleados del estado. Tiempo al tiempo.

  Antonio regresó con la cámara digital. En caso de que el detenido no esté fichado, hay que crear una ficha e incluir en ella las fotos, los 'mugshots' que se dice en inglés. Y aunque ya lo esté, quizá las fotos sean antiguas y convenga actualizarlas. Se acercó a mi sin quitar ojo a nuestro nuevo huésped, que estaba sentado en una silla de plástico con la cara enterrada en las manos y los codos apoyados en los muslos. Seguía mirándolo mientras me acercaba la cámara, y casi me la mete en un ojo. La cámara, digo. Carraspeé para sacarlo de su ensimismamiento. El ordenanza se sobresaltó ligeramente, y me miró.

 - Si quieres su foto, no podías escoger mejor momento.- Le espeté. Antonio se ruborizó ligeramente, y en ese momento Luis Ángel, que así se llamaba el nuevo, levantó la cabeza. A Antonio se le iluminó la cara de repente.
  - ¡Gelo!-
  - ¡Toni!-

   Se fundieron en un abrazo, como se suele decir. Qué momento más emotivo, pensé. Bueno, no. Lo pienso ahora. En ese momento pensé que vaya dos motes más cutres. Y tras las muestras de cariño, comenzó la puesta al día.
  - Gelo, tío, ¿qué has liao esta vez?.- Se me escapó una carcajada, sin querer. Antonio (Toni, para los amigos) me miró con una interrogación pintada en su cara.
  - Si te lo cuento te cagas.- Le dije. Luis Ángel, Gelo, se puso rojo de vergüenza y miró la punta de sus pies.
  -Aunque creo que mejor te lo cuenta él, que tiene guasa el tema.- Tampoco es cuestión de hacer leña del árbol caído y ganarse un enemigo gratuitamente. Lo de 'poli bueno y poli malo' les funciona  a los polis. Ya desarrollaremos esto en otra entrada. El caso es que me pareció más oportuno dejar que 'Gelo' se explicara por sí mismo, y no hacerle pasar un mal trago.

  - Pues... Pues ná, que bajaba por la avenida de Europa, y vi un camión de butano que se paraba, y el repartidor se bajó con dos bombonas y entró en un portal de un edificio alto, y pensé que iba a tardar en bajar, y cogí dos bombonas del camión, y empecé a bajar por la calle, y a los cinco minutos me pararon al lao los picos y me metieron padentro.- Acompañó sus últimas palabras con un encogimiento de hombros y un gesto de impotencia e incredulidad, como si no acertase a adivinar qué podían haber encontrado de sospechoso una pareja de la Guardia Civil en un yonqui que baja a paso rápido por una avenida, un soleado día de primavera, con una bombona de butano en cada mano. Yo ya había oído la historia de boca del Guardia Civil que nos lo acababa de traer, que casualmente era el mismo que había efectuado la detención. Por eso, para no dejarlo yo en ridículo, le había permitido contar su historia a su amigo.

  Pero quedaba una cosa, un detalle, que quería aclarar con él. Porque si algo estaba claro era que Luis Ángel, 'Gelo', no tenía casa. Ni comía caliente. Ni hacía en la isla tanto frío como para necesitar calefacción.

  - Mira, tengo curiosidad. ¿Qué pensabas hacer con las bombonas? Porque pesan de cojones, y me da a mi que no las cogiste para entrenar.-
  Antonio no perdía detalle de la conversación, y a juzgar por la fuerza con la que se tapaba la boca con la mano para no estallar a reír, la estaba disfrutando. Luis Ángel se miró, una vez más, la punta de los pies. No quería contestar, y no acertaba qué hacer para evitarlo. Antonio sabía de sobra a donde las llevaba, y lo espoleó.
  - Venga Gelo, díselo. Si Don Jaime ya se lo supone...-
  Os voy a confesar algo: Hasta ese momento no suponía nada, sencillamente porque no le había prestado la suficiente atención al tema como para preocuparme en sumar dos y dos. Pero tras esta última intervención de Antonio, me espabilé un poco. Y tampoco había que romperse la cabeza. La avenida de Europa desembocaba en el barrio de los pescadores, y en el barrio de los pescadores vivía la Pacheca, con aquellos de sus doce hijos que no estuviesen en ese momento entre rejas (según mis datos, residían en nuestro hotel y otros establecimientos de la cadena nueve de ellos, lo que dejaba alojados con su madre a tres). Se dedicaba a vender caballo, y no había que raspar mucho la superficie para descubrirlo. A los dos días de desembarcar en la isla, yo ya había oído hablar de ella. Y como yo, todos, hasta el más pardillo del talego, que bien podría haber sido yo hasta que llegó 'Gelo'.
  Luis Ángel no me dijo a donde iba, porque no era una perra chivata, lo cual me resultó hasta enternecedor a fuerza de ingenuo. Porque si la Pacheca seguía pasando caballo era porque aparte de camella a tiempo completo era confidente a tiempo parcial, y había vendido ya al menos una vez a todos y cada uno de los drogodependientes de los alrededores a cambio de inmunidad.
  'Estás siendo leal a quien no lo merece', pensaba yo. Pero Antonio había pasado de las risitas enmudecidas a las abiertas carcajadas, y ya estaba bien. Luis Ángel se estaba empezando a sentir incómodo.
  - ¿Qué coño te pasa a ti?- Pregunté. Antonio pasó de responderme.
  - ¡Pringao!- Le dijo a 'Gelo'- ¡Qué pringao eres, que siempre has pensao en pequeño!- Luis Ángel se removió, incómodo, en su silla.
   - Y encima cargando peso. Para eso te buscas un curro. ¿Sabes qué hice yo? Yo me llevé el camión entero. Y me fui con él al mercadillo jipi de los jueves, a venderles las bombonas a los alemanes a cinco pavos. Trescientos euros me saqué. Y sin cargar nada. Y la policía no sabe una puta mierda.- Carraspeé. Había que hacerse valer un poco.
  - Bueno, Antonio, ahora sí que lo sabemos...- Me atreví a sugerir. Antonio me miró de reojo.
  - Naaah, usté no es poli. Y aunque lo fuera, eso ya ha prescrito.-
Me encogí de hombros y me puse a rellenar datos en el ordenador. Luis Ángel estaba rojo como un tomate de la vergüenza, y miraba a Antonio como un leproso miraría a Jesucristo. Para él, Antonio era un genio del crimen. Qué triste.

  Antonio, no sé ahora mismo donde estarás, pero si lees esto, un consejo. No vuelvas a intentar lo del camión de butano. Podría costarte la vida.
    Los tiempos han cambiado.