viernes, 24 de febrero de 2017

Pobreza energética I

  El otro día empecé hablando de la historia esta el sueco que robó las bombonas de butano, y lo cierto es que acabé yéndome por los cerros de Úbeda. No era de terrorismo y confusiones de lo que os quería hablar, porque la aventura del sueco me recordó algo bastante más inmediato.

  Hace unos años estuve destinado en una pequeña isla, un lugar paradisíaco donde el lema es 'lo que pasa en la isla se queda en la isla'. Que es un lema cojonudo cuando te vas a los cuatro días sin mirar atrás, pero cuando eres el que se queda a limpiar después de la fiesta pierde bastante chispa. En la isla se queda cada cosa...Y nosotros, los funcionarios de prisiones, somos los que nos quedamos limpiando hasta más tarde, y los que empezamos a preparar la juerga más temprano.

  Normalmente en estos sitios la temporada empieza tranquila; El que tenía que ser puesto en libertad ya se largó sin decir adiós hace meses, y al que le ha caído una condena larga muy probablemente lo hayamos cundado a otra cárcel mejor equipada, donde lo vigilarán más estrechamente, si es peligroso, o le buscarán algún tipo de tratamiento u ocupación si no lo es. Mientras tanto, aprovechando la tranquilidad, se hacen tareas de mantenimiento, y se pone el local bonito para la próxima campaña. Y no porque tengamos que atraer clientela, que nos viene sola. De hecho, pocas empresas como la nuestra pueden presumir de tener un 100% de 'clientes cautivos'. Eso es fidelización.

  Pero aunque el invierno fuese una buena época para nosotros, no todos los habitantes de la isla podían decir lo mismo. Los trabajadores de la temporada de turismo, ya sean legales o ilegales, se retiran de noviembre a marzo, y allí sólo quedábamos los funcionarios de todo tipo, los pescadores, cuatro jipis, y los delincuentes oriundos de la isla. Los 'pata negra', el núcleo duro, que no tienen a donde ir y que, privados del río revuelto que es la temporada estival, tampoco tienen mucho donde pescar.

   Así que ese era el ambiente. Relajado. Intramuros, entre otras actividades, pasábamos el día impartiendo el curso anual  de pintura y alicatado que nos permite matar a la vez el pájaro de la formación para el empleo y el del mantenimiento de las instalaciones. Pero en ese instante precisamente, aquella mañana, era la hora del bocata, y el interno de ordenanza del módulo de ingresos y yo, el funcionario de ingresos en funciones, tomábamos un café.

   Antonio, que así se llamaba, era de la isla, 'pata negra'. Me he dado cuenta de que en las películas, a los internos que colaboran en las tareas de la prisión les llaman 'internos de confianza'. Pues que sepáis que nosotros les llamamos ordenanzas. Supongo que lo de la confianza podría sonar tristemente irónico en la mayor parte de los casos, cuando no insultantemente falso. Y además la confianza da asco.

  Bueno, a lo que voy. Antonio se había cansado de aprender el arte del alicatado, y había decidido cambiar de rol. Así que me estaba impartiendo, con gran entusiasmo, unas nociones sobre el arte y la técnica de apertura de cajas fuertes, variante alicates y martillo pilón. Yo no le hacía demasiado caso, pero es que de aquellas no estábamos en crisis. Ahora me arrepiento de no haber sido más aplicado.  Sus lecciones me habrían abierto muchas puertas.

  Y en esas estábamos, cuando el compañero de puerta me avisó por el teléfono interior de que llegaba un furgón celular de la Guardia Civil a traer un preso preventivo. Se acabó la lección.

 Tocaba currar un poco.


(Continuará)

miércoles, 22 de febrero de 2017

Yihadistas de barrio

  Supongo que a estas alturas todos vosotros habréis leído lo del sueco al que detuvieron ayer en Barcelona tras robar un camión de butano. Es la típica noticia que parece poco más que una anécdota, algo para rellenar hueco en los noticiarios, pero lo cierto es que ha dejado muy alto el listón de las juergas. De hecho, muy probablemente la edición del próximo año del 'Diccionario de Expresiones de la Lengua Española' incluya su foto debajo de la reseña dedicada a 'Irse de las manos'.

  Y aún ha tenido suerte. Independientemente de la condena que le pueda caer por atentado, hurto y demás, el amigo se ha librado por poco de que le peguen un tiro por yihadista. Y es normal. De un tiempo a esta parte, estamos asistiendo a unos atentados tan originales que, ahora, a cualquier alienado le pueden confundir con un lobo solitario del Daesh. ¿Os acordáis del tipo ese que entró en un Mercadona de Ourense hace un mes y pico?. Pues por poco se lo cargan. y todo por estar mal de la cabeza y hablar vasco a la vez. Cuando yo era niño, nos habríamos reído de él, y como mucho se habría llevado una pedrada. Lo que se ha hecho siempre con el tonto del pueblo, vaya.
  Hoy podrías morir por eso.

  A veces me fijo en algunos internos, de los que llevan muchos años sin salir a la calle. Están en el salón sociocultural,  que es como llamamos en el Centro a la sala que hay en todos los patios para ver la tele y jugar a las cartas, viendo las noticias de bombas y masacres del telediario con los ojos como platos. Si se dan cuenta de que los estoy observando, me miran y comentan asustados:

 - ¡Como está la calle! ¡Si es que no se puede salir!- Hombre, tú en concreto no, que aún te quedan cinco años por cumplir, es lo primero que me viene a la mente. Pero luego lo pienso y me digo a mi mismo que tienen razón. En el momento en que cualquiera de ellos, delgados y renegridos como son, con sus barbas sin afeitar  y enjutos a golpe de SIDA, se plante delante de un banco con una recortada, ha firmado su sentencia de muerte. Y que no se les ocurra decir nada en plan 'la bolsa o la vida', que con esas bocas desdentadas los policías van a creer que hablan árabe, y su vida durará lo que tarden en llegar los GEOS.

 Pero sobre todo, hoy he recordado a un interno en concreto. No le tuvimos entre nosotros mucho tiempo, y no recuerdo su nombre. Era de un país musulmán de Asia, de esos que acaban en -an, tampoco recuerdo cual. Y estaba muy loco. Pero loco de verdad, de cortarse su propio pene en comisaría como método de protesta. Tampoco es que en el patio fuese a tener mucha oportunidad de usarlo, esa es la verdad, pero el pizarrín de cada uno es una de esas cosas que aunque no la vayas a utilizar para nada, agradeces tenerla contigo.

  El pobre deambulaba por el patio hablando solo, sin parar. Un día, un compañero y yo le preguntamos a un marroquí si nos podía traducir lo que decía, pero el tipo nos dijo que no tenía ni idea, que eso que hablaba no era árabe. Así que quizá hablaba solo porque no tenía nadie que le entendiese, quién sabe. El caso, a lo que voy, es que éste sí que tenía pinta de terrorista. Con su chilaba blanca, su gorro de ganchillo blanco también y su barba hasta el pecho, en el momento en que saliera a la calle iba a tener un agente siguiendo sus movimientos sí o sí. Y esa costumbre suya de pararse cada cuarto de hora, ponerse de rodillas y hacer el Zhagarit, que es ese chillido que hacen las mujeres árabes moviendo la lengua hacia los lados.  Vaya sustos que nos pegaba al principio.
 Al tercer o cuarto chillido deseabas que se hubiera cortado la lengua en vez de la chorra.

  Un buen día, vinieron los de extranjería y se lo llevaron para deportarlo a su país, cualquiera que éste fuese. En el momento me dio algo de pena. Ese tipo necesitaba ayuda y medicación, y al menos nosotros le proporcionábamos lo segundo. A saber en su país lo que le esperaba.

  Pero ahora, tal y como están las cosas, me doy cuenta de que fue lo mejor para todos. En su tierra no sería más que el tonto del pueblo, y a lo sumo se llevaría un cantazo. Aquí, en cuanto hubiese salido a la calle y pegado un alarido, el mismo Guardia que está en la entrada lo habría frito a tiros.





  P.S. Volviendo a lo del sueco, si tenemos en cuenta también que hizo caso omiso de las órdenes de detenerse de la policía, lo mismo también aparece su foto bajo el epígrafe 'hacerse el sueco'. Debe ser una especie de récord.

sábado, 18 de febrero de 2017

Punto en Boca

  Una de las pocas ventajas que tiene la movilidad (o casi debería decir la inmovilidad) geográfica del cuerpo al que pertenecemos es que en cada Centro Penitenciario se juntan funcionarios de todos los rincones de España. Gracias a ello, cuando la gente se enrolla, organizamos aperitivos que se convierten en una pequeña cata de productos típicos, desde un flaó mallorquín a una cecina de León, que en realidad no es de león sino de vaca. (Sí, ya sé que es malísimo. Pero cada vez que alguien saca la cecina, salta alguno con el chiste, y si lo que quiero es reflejar la vida de un funcionario, tengo que contarlo. Mil perdones.)

  Habíamos hecho planes para la mañana de hoy. Los sábados la prisión gira a medio régimen, y los mandos no suelen dejarse ver. Así que es el día ideal para atacar las taquillas y ver qué tiene cada uno de 'fondo de armario'. Juntamos queso manchego, chorizo picante scurado en el Bierzo más profundo, e incluso un poquito de jamón. A eso de las doce conseguimos reunirnos cuatro o cinco en la cabina de acceso del módulo uno, y nos dispusimos a dar comienzo a lo que en ambientes más 'cool' se denomina 'brunch' pero que nosotros llamamos almuerzo. Por dos motivos, el primero porque ni siquiera rayando en la ciega temeridad se nos podría considerar  'cool', y el segundo porque el 'brunch' implica saltarse luego la comida. Y eso no lo ha hecho un funcionario de carrera jamás en la historia del cuerpo. Creo que si te saltas la comida te abren expediente o algo así, no me atrevo a comprobarlo.

   Pero bueno, al final no pudo ser. Cuando ya teníamos todo montado, con las viandas cortadas en sus platitos de plástico y tal, un interno se acercó a la ventanilla que comunica la garita con el patio. Sujetaba con su mano derecha una hoja de instancia por triplicado a la altura de la cara, que le quedaba oculta de la nariz para abajo. Golpeó el cristal de seguridad un par de veces con su mano izquierda, tímidamente. Francisco, el compañero que estaba de servicio en la dependencia, abrió la ventanilla, supongo que con el ánimo de despacharlo lo más rápidamente posible.
  -¿Que quieres, Celestino?. Las instancias se recogen de nueve a once.-
Celestino bajó lentamente la instancia, descubriendo su rostro. De su labio superior colgaba,  atravesándolo, un hilo negro en uno de cuyos extremos brillaba una aguja.
 - Que me voy a coser la boca, Don Francisco.- Dijo a media voz, con miedo. Francisco suspiró, con un suspiro que era casi el gemido de una bestia herida. Una bestia que se ha dado cuenta de que se acaba de quedar sin almuerzo.
  - Qué coserte la boca ni que polla. Eso no es ni hacerse un 'piercing'.-
  - Quería hablar con el Jefe de Servicios, Don Francisco.- Francisco asintió, en silencio. Llamó a Jefatura por el teléfono interior, y en menos de un minuto otro funcionario y escoltamos a Celestino hasta el centro de la cárcel.

  Llamé a la puerta, pedí permiso al Jefe, y, siguiendo sus instrucciones, hice pasar a Celestino al interior del despacho. Mi compañero y yo nos quedamos fuera, porque el quedarnos sin almuerzo nos había puesto de mal humor, y porque nos conocíamos de sobra los motivos por los que Celestino había pergeñado ese patético intento de hacerse el duro. No necesitábamos oírlos de sus apenas perforados labios.


  Hace cosa de una semana, el psiquiatra vino a pasar reconocimiento. Si me preguntaran mi opinión, diría con el paisanaje que tenemos aquí dentro (y no me refiero sólo a los internos) tendría para montarse una consulta permanente, y venir a diario. Pero como nadie me va a preguntar mi opinión pues no lo digo. El caso es que atendió a Celestino, y vete tu a saber por qué, le cambió la medicación. Mal hecho. Los anteriores medicamentos, según el propio Celestino nos explicó a todos los funcionarios ( a todos y cada uno, de manera reiterada, no menos de diez veces al día, durante los días siguientes) tenían un ligero toque de anfetaminas, y le daban, en sus propias palabras, 'un subidoncillo'. Las nuevas pastillas se ve que no lo tenían, y eran más bajoneras. Y claro, no le gustaban. Es comprensible. Otra cosa que no le gustaba, me dijo, era que las pastillas se las dieran pulverizadas en bolsitas, en vez de enteras. Si os preguntáis el por qué de esta medida, habéis de saber que se hace para evitar que comercien con ellas. Los internos conocen las formas y colores en que se presentan los fármacos mejor que el más veterano de los visitadores médicos. Pero claro, un polvo blanco en un sobrecito de plástico, ¿Quien sabe lo que puede ser?. A Celestino esto no le parecía bien porque, me confesó un día;

  -¿Cómo sé yo que los médicos no me están dando cianuro?.- Era una buena pregunta.
  - Supongo que si te lo estuvieran dando no estarías vivo, ¿no?- Celestino me miró con recelo. No se quedó muy convencido. De todas formas, mi impresión era que estaba vendiendo las pastillas y estas que le daban ahora no tenían tanto mercado como las otras. Llamadme suspicaz.


   Finalmente José Ramón, el Jefe de Servicios que estaba hoy de guardia, y Celestino, salieron de Jefatura. Celestino estaba más calmado, y sacó un mechero para quemar el extremo del hilo y sacarlo de su labio sin la aguja. No fue algo agradable de presenciar.

   - Bueno Celestino, pues dejamos la cosa así, ¿de acuerdo?. Tú quédate tranquilo hasta el martes, que ya volverá el Psiquiatra y lo hablas con él. Ya sabes que nosotros, en temas de medicación no podemos hacer nada.- El Jefe le había dado mucho jabón, saltaba a la vista, y Celestino asentía en silencio. Pero no quiso privarse de decir la última palabra.
   - Vale, Don José Ramón, le voy a hacer caso. Pero como el psiquiatra pase de mí, me voy a coser la boca entera y luego voy a venir a hablar con usted.- Me mordí el labio para no soltar una carcajada. 'Eso no me lo pierdo' iba a decir, pero el Jefe me fulminó con los ojos. No fuera a ser que todo su esfuerzo contemporizador se fuera al carajo por una estupidez mía.
   - ¿Jaime, por qué no te vas a tomar un café?- Me propuso. No le dije que no. Algo era algo, después de perderme el almuerzo.


 

martes, 14 de febrero de 2017

Portero de Noche

  Hasta hace no muchos años a nuestra profesión accedían hombres y mujeres de forma separada. De hecho, existía una escala masculina y otra femenina dentro del Cuerpo de Ayudantes de Instituciones Penitenciarias. Ello atendía a la necesidad de que, dentro de los módulos masculinos, prestasen servicio exclusivamente hombres, y viceversa. Desde hace relativamente poco tiempo esto ya no es así, se han unificado escalas, y compañeros y compañeras sirven en los mismos módulos indistintamente del sexo de los internos.
  No es que esto haya supuesto una revolución (mucho menos una revolución sexual, como a más de un@ le hubiera apetecido), pero tampoco ha sido un camino de rosas. Aún a día de hoy compañeras se quejan de que, por ejemplo, en muchas cárceles no se les permite prestar servicio en un módulo cuando lo han de hacer en solitario, y muchos compañeros se quejan de que a ellas se les adjudican destinos alejados del patio y, por ello, menos peligrosos.
  Lo cierto es que en mi experiencia personal es así, y he comprobado en repetidas ocasiones que las mujeres no suelen recaer en el módulo de aislamiento o, por paradójico que pueda sonar, en la cocina, y sí en la puerta principal, por citar algunos ejemplos. No las envidio. En la puerta principal trabajas de cara al público. Y atender al público es una tarea ingrata. Os voy a contar una cosa.
  Antes de ser Funcionario de Prisiones fui teleoperador, en un par de grandes empresas a nivel nacional. De hecho, mientras escribo estas líneas, estoy pensando que lo del servicio de atención telefónica me da para otra entrada que escribiré próximamente. Bueno, pues en ese trabajo tuve que tratar con gente de todo tipo, de todas partes del mundo. Pero en su mayoría estamos hablando de gente, digamos, normal. Aunque no me guste expresarlo así, porque en este mundo 'normal' no es nadie. Y con todo y con eso, había días en los que te ibas del trabajo a casa en silencio y volvías a currar al día siguiente sin haber hablado con nadie, sólo por intentar olvidarte de lo que era tener que mantener un contacto verbal con otro ser humano.
   Pero imaginad ahora que tenéis que manejar un servicio de atención telefónica en el que te va a llamar el padre de fulanito por que quiere hablar con él (pasar llamadas al interior está prohibido, claro), y si le dices que no puede se te pone farruco, que si la llamada la está pagando él, que a ver qué cojones nos cuesta ir a buscar al chaval para que se ponga . O el Agente Judicial de turno, que se cree que en vez de ser un mindundi que entró por oposición igual que tú, es un cargo a dedo y te puede tratar como a una mierda. O menganita para saber si está ahí su novio encerrado, porque como tiene una orden de alejamiento no la puede llamar ni le han dicho donde lo han destinado. Que le explica que es que para eso le puso el juez la orden de alejamiento, criatura, sabes. Ya, pero es que lo he perdonado y quiero saber de él... En fin. Por no hablar, claro, de los abogados. Ay, los abogados. No voy a decir nada porque no quiero buscarme líos. Bueno, sí, algo les voy a decir: Tenemos más de mil internos. NO me sé de memoria la situación penal de cada uno de ellos, por extraño que les pueda parecer, y vamos a tardar un momento en recabar esa información. Y, si, tendrán que esperar mientras tanto. Cojones ya.

  Eso, en puerta, es lo habitual. En serio, lo que hay todos los días. Y lo haces mientras dejas pasar a compañeros, pides identificación a visitas, controlas la entrada y salida de vehículos... durante horas. Ya digo, lo normal. Pero luego están las cosas raras.

  Aquella noche había entrado yo de servicio a eso de las nueve y media, la hora reglamentaria, y me disponía ya  a cerrar la dependencia y pasar al interior de la prisión a hacer la guardia nocturna. Normalmente lo que se hace es simplemente conectar el contestador automático de la centralita, comprobar que todos los mecanismos automáticos funcionan correctamente, y pasar el cerrojo por dentro. Nunca viene nadie a esas horas. Bueno, pues ese día vino alguien.
  Sonó el timbre, abrí la puerta electrónica, y entraron dos mujeres. Saltaba a la vista que eran madre e hija  por estatura, color de ojos y pelo, y rasgos faciales. Viendo a la mayor te imaginabas cómo iba a ser la más joven en unos años, y viceversa. Se acercaron a mi ventanilla tímidamente, pero con una extraña sonrisa. Nos dimos las buenas noches, y me explicaron a qué venían.

  - Hola,- comenzó la más joven, que no aparentaba ni veinte años- vengo a que informen a mi madre y que de su consentimiento.- Parpadeé dos veces, en silencio.
  - Perdone, pero, ¿su consentimiento para qué?- La madre rió nerviosamente. La chica se ruborizó un poco.
  - Es que tengo que comunicar mañana...- Así que tenía que comunicar. No me había aclarado nada. Seguía más perplejo que un párvulo ante un problema de álgebra. Hice una pregunta para ganar tiempo.
  - ¿Y con quién tiene que comunicar?.- Me dio en nombre de un interno, un ecuatoriano muy quedón de unos diecinueve años de edad. Seguí tirando del hilo, a ver si se hacía la luz.
  - ¿Y que es, tu novio?.-
  - Si... Es un vis a vis.- Miré en la mesa que tenía ante mi. Había una lista de comunicaciones autorizadas para el día siguiente. Vi el nombre del interno, y a su lado el de una mujer. Le pregunté a la joven su nombre. Coincidían.
  - Bueno, pues tienes una comunicación autorizada con tu novio para mañana a las doce en punto. ¿Es eso lo que querías saber?.- La chica estaba colorada como un tomate. La madre estaba a puntito de mearse de la risa, pero lo intentaba disimular con más o menos éxito.
 - Es que tiene que informar a mi madre.- Me suplicó. Estaba a punto de responderle que su madre nos había oído perfectamente, porque no estaba ni a un puto metro, cuando sonó el teléfono. Era el Jefe de Servicios.
  -Jaime, ¿Qué pasa, que no vas a cerrar?. Pásate para adentro.- Le expliqué la situación, o al menos lo poco que estaba sacando en claro de ella. El Jefe se empezó a reír también. Cojonudo, pensé. Festival del humor. Pasados  unos instantes, el jefe me empezó a explicar de qué iba la cosa. Yo no daba crédito, y debía estar poniendo unas caras muy graciosas mientras lo oía, porque ahora fue también la hija la que perdió la vergüenza y se empezó a reír también.
 -... y cuando hayas terminado, en la hoja de comunicaciones autorizadas escribes 'Informada la madre, da su consentimiento'. Con el número de DNI de ella, tu número de carnet profesional, y la firma de los dos.-
 - Vale, Jefe.- Colgué. Me pasé la mano por la cara. Me puse en pie.
 -¿Podrían acercarse las dos y dejarme sus DNI's?.- Lo hicieron, intentando mantener la compostura.
 - ¿Son madre e hija?.- Asintieron. Ahora el que estaba colorado era yo. Bueno, vamos allá. Me dirigí a la madre.
 - Como Funcionario destinado en este Centro Penitenciario, es mi deber comunicarle que, si su hija realiza esta comunicación vis a vis, es muy posible que en el curso de ella mantenga relaciones sexuales. Como quiera que ella es menor de edad, debe firmar su consentimiento a la misma.-
 Le acerqué el papel que acababa yo de rellenar, y me lo firmo.
 - Ves,- me dijo quiñándome un ojo,- no era para tanto. Y se marcharon entre risas, como habían entrado. Pero la más joven iba ahora dando saltitos de alegría.

  Parece que el ecuatoriano la tenía contenta.

 






 

domingo, 12 de febrero de 2017

Gente de éxito

Para celebrar que cumplimos cincuenta entradas, hoy voy a publicar un relato escrito por otro compañero. Es Isaac, ya le habéis conocido en alguna otra de mis entradas, y llevaba algún tiempo queriendo colaborar. No me voy a entretener más con presentaciones, que ambos recordamos la vez que se cambió de guardia y hasta le leyeron una poesía de bienvenida, y no es cuestión de hacer el ridículo a nuestra edad. Aquí os lo dejo.



EL BURNÓ.


La cárcel, si todo va bien, es un lugar tremendamente aburrido. Te pasas la mayor parte del tiempo observando el comportamiento de cientos de reclusos. Ellos a su vez también se aburren, por lo que hay cientos de reclusos observándote a ti, lo que te convierte en una especie de monito de feria.
Haciendo servicio una mañana en una suerte de jaulas del departamento de primeros grados, donde los más inadaptados salen solos para no pelearse con otros inadaptados… O sea, lo peor de lo peor, se lo escuché a uno de los seres despreciables que por allí pululaban; “Pídeselo al burnó que te deja  fijo”, para a continuación escuchar el agónico y chirriante grito característico en esos departamentos; “funcionarioooo, por favor.
El síndrome de Burn Out, el quemado, el desmotivado. Hasta ese momento nunca me había parado a pensarlo, pero hasta el preso más tonto de la cárcel se había dado cuenta que mi apatía, mi pasotismo y mi actitud no tenía excesiva motivación. Me puse a reflexionar sobre ello y llegué a la conclusión de que no existía mucha vocación en el colectivo y que la mayoría de funcionarios que aprobaban las oposiciones era gente con una media de edad bastante alta.
Gente que pensaba que iba a tener éxito en la vida y se tuvo que conformar con ser carcelero. La mayoría de ellos pensaban que serían simples carceleros dos o tres años hasta que cumpliesen sus sueños, pero en todos estos años, salvo un par de jubilaciones anticipadas por enfermedades mentales (cada uno sueña lo que se le pone en los cojones), no he visto a nadie dejar el trabajo para dedicarse a lo que quiere.
Continué analizando porqué me había convertido en el burnó y recordé a un jefe de centro en una pequeña prisión provincial. Joselón lo llamaban. Un hombre gordito, ciertamente  alcohólico, bigote, escasa higiene. Si hubiese sido del Atleti sería torrente, pero siendo de  Torrelavega pues era Joselón. Podría decir que Joselón, pese a todo, era una bellísima persona,  pero no me gusta mentir. Todos los presos en cuyo expediente figuraba el delito de proxenetismo tenían especial confianza con él, tratándole de una manera muy cercana…  imagino que lo que une un puticlub no lo separa la cárcel. A punto de concluir mi periodo de prácticas Joselón me observaba fijamente en su despacho.
Notaba una mirada lasciva de persona enferma y ya me estaba empezando a poner tenso. Una cosa es ser práctico y otra ser gilipollas y tragar (nunca mejor dicho) con todo. Le pregunté a  Joselón con desdén que cojones estaba mirando y él me respondió sin titubeo. “Llegaste aquí puro y limpio y te vas bastardo y sucio”.
Joselón tenía razón. Estaba tirado encima de una mesa. Comiendo con las manos y bebiendo a
morro. La marginalidad es algo que se contagia rápidamente, como eso de las manzanas
podridas que nos decían de pequeños. Llegas siendo una persona fina y educada y empiezas a
absorber el salvajismo. Las instalaciones son más bien ruinosas y todos nuestros elementos de
confort tienen sospechosas manchas cuyo origen prefiero no inverstigar.
No había acabado mis prácticas y ya había sucumbido al lado oscuro. Estaba atrapado. No
saldría del pozo en mi vida. Sería un ser frustrado y fracasado para siempre. Pero si algo tienen
las cárceles y sus plantillas es que tienes espejos donde mirarte y ves que aún queda mucho
recorrido para tocar fondo.

  • En mi siguiente destino, ya como funcionario llegué a una coqueta isla. Pasé de ser un paleto  integral, a ser el mismo paleto integral pero viviendo en una isla. Allí conocí a Sergio.
    Sergio era un tipo extraño. Tan extraño que iba a la playa con los calcetines negros del uniforme subidos hasta la espinilla para no quemarse los pies ni mancharse. Compartía piso con un chaval algo soso, otro algo quedado y otro que quería ser piloto. Joder, creo que The Big Bang Theory está basada en aquel cuarteto.
    En pocas semanas la peculiaridad de Sergio le hizo discutir con algunas personas. En pocos meses Sergio había discutido con la totalidad de la plantilla. No estaba quemado en el trabajo, no era un burnó como yo…simplemente estaba quemado con la vida.
    Sergio era de un pueblo pequeño y había perdido a sus amigos. Todos se habían casado
    menos él y se sentía fuera de lugar. Alguien le animó a cambiar de vida, a irse a un lugar libre donde nadie le conociese. Que no supiesen sus rarezas ni su amargo pasado. Donde las chicas no le señalasen por la calle por ser aquel tío que un viernes por la noche le envió 55 sms para quedar con ella. Sergio llegó con esperanzas a la isla pero la isla no tenía esperanzas en Sergio.
    Su estancia fue un auténtico fracaso pero Sergio no era un caso aislado. Era uno de tantos. Hay Sergios por los penales de las islas, en las grandes ciudades, en los pequeños pueblos. Seres quemados con la vida, con escasas habilidades sociales que decidimos que lo mejor que podemos hacer por la sociedad es recluirnos intramuros y amargarnos nosotros solos y en algunos casos amargar a algún interno. Es la opción más sensata y menos nociva para la sociedad. Mucha menos nociva que aquel jefe en la misma isla, con algo más de habilidades sociales pero la misma mente enferma, que decidió llenar su tiempo libre en el teléfono de la esperanza…



  • miércoles, 8 de febrero de 2017

    Novatadas

    Algo que no se suele dar en nuestro trabajo es el fenómeno de las novatadas. Realmente no sé si en otros ámbitos es cosa común, y lo cierto es que en otros trabajos sí que me han gastado y he gastado  bromas a los más inexpertos. Antes de currar en esto fui teleoperador, entre otras muchas cosas, y no era raro pasarle un cliente particularmente picajoso al más novato. Un poco por joder, si. Pero también para ver cómo se desenvolvía en una situación difícil. Bueno, en realidad era solamente por joder.
      Se podría pensar que en nuestro entorno, un hábitat de gente bronca y viril, de uniformes, tacos y palmadas en la espalda, las novatadas son moneda corriente. Una forma de diferenciar al hombre del niño, al que es 'de los nuestros' del que no sabe dónde se ha metido. Nada más lejos de la realidad. En mis muchos años de servicio no he padecido ni hecho padecer ninguna de estas situaciones. Me gustaría pensar que es porque somos gente sobria, un Cuerpo de profesionales que está por encima de esas charlotadas. O, al menos, que por la seriedad de nuestra tarea dejamos eso a los internos, que siempre están dispuestos a buscarle las vueltas al 'manzanillo'*, en parte como distracción y en parte para ponerlo a prueba y conocer sus límites. Pero en el fondo he de admitir que si no hacemos novatadas es principalmente porque su planificación y posterior puesta en práctica requieren un nivel de esfuerzo e implicación que, sencillamente , no estamos dispuestos a asumir. Con los años, todo lo que tenga que ver con la cárcel acaba produciéndote una enorme pereza. Y cuando llega un grupo de funcionarios de prácticas, aparte de enseñarles a realizar sus labores básicas, ya bastante si te aprendes sus nombres. Bueno, esto era así cuando había funcionarios de prácticas, claro. Hoy en día, si en tu centro de trabajo caen uno o dos se les saluda entre 'oh's y 'ah's, y hay quien los toca desde lejos con un palo para comprobar que no son un producto de su imaginación.


     En definitiva, que por lo que a mi me toca no puedo decir que haya novatadas en Instituciones Penitenciarias. Lo que sí que pasa a veces es que, cuando eres nuevo en un entorno a veces hostil, y estás rodeado de compañeros a los que acabas de conocer y que ya tienen todos los aspectos del trabajo muy asumidos, se pueden producir malentendidos. Y hay quien luego cree que le han tomado el pelo, cuando en realidad no ha sido así.
     A los pocos días de entrar a realizar mis prácticas como funcionario de prisiones, me tocó entrar de servicio en un módulo particularmente grande. A primera hora de la mañana, después del desayuno de los internos, el funcionario al mando del mismo se dispuso a repartir tareas. No recuerdo exactamente qué me mandó hacer a mí, pero al compañero que estaba de prácticas a mi lado le encargó ir a contar las escaleras del módulo, y volver luego para realizar otras labores.
    La jornada transcurrió sin incidentes, y si bien es cierto que a la hora del café de media mañana el mencionado compañero no hizo acto de presencia, también lo es que nadie le echó de menos.
    A eso de la una, sin embargo, cuando nos habíamos reunido varios compañeros en la oficina del Departamento para dirigirnos de allí al comedor y proceder al reparto de la comida, el 'manzanillo' apareció finalmente. No voy a decir que venía bañado en sudor porque sería una exageración, pero saltaba a la vista que no se había pasado la mañana sentado. Se plantó ante la mesa del Encargado, y dijo únicamente:
      - Sesenta y cinco.-
      El Encargado lo miró de arriba a abajo. En un principio ni siquiera reconoció quien era.
     - ¿Setenta y cinco qué?.-
     - Setenta y cinco no. Sesenta y cinco. Escaleras. ¿No me mandaste a contarlas?.- El chaval parecía algo molesto. El Encargado, finalmente, cayó en la cuenta de quien era. Pero esto no aclaró su confusión.
      - ¿Pero, cómo que sesenta y cinco? ¿Qué has contado tú, muchacho?.- Estaba claro que navegaba a la deriva. El novato se estaba empezando a calentar, y no por el esfuerzo físico.
      - Pues las escaleras, cojones. Las del módulo. Las que suben a las tres plantas de galerías, mas las de entrada al módulo, mas las de incendios. Tramo por tramo. Y me he tenido que contar las de los patios muertos y las de oficinas, porque las oficinas están en este mismo edificio. Tota, sesenta-y-cinco-putos-tramos-de-escalera.-
      Se hizo el silencio en la oficina. Los veteranos se dieron una palmada en la frente, todos a la vez. Los novatos nos quedamos un poco sin saber qué hacer, porque seguíamos ignorando de qué iba la película, y porque lo de contar a diario los sesenta y cinco tramos de escalera, de tener que hacerse, nos parecía una exageración y una estupidez. El Encargado, negando en silencio con la cabeza, acabó por levantarse.
    - Acompañadme.- Nos dijo a los prácticos, rodeando su mesa para luego salir por la puerta al 'hall' del departamento. Allí, con una de las llaves del manojo que  cada uno portábamos, procedió a abrir una puerta metálica en la que alguien provisto una plantilla y un espray negro había pintado 'Herramientas'. La empujó hacia adentro y se hizo a un lado para permitirnos la visión del interior.
    - Mirad qué hay aquí-. Miramos. Cuatro escaleras de mano, de diferentes longitudes, colgaban de dos de las paredes, aseguradas con candados para que nadie no autorizado pudiese hacer uno de ellas. Nos miramos unos a otros sin saber qué decir. El que había contado todas-las-putas-escaleras-del-módulo no sabía donde meterse. El encargado nos habló a todos.
    - Estas son escaleras para usar en caso de emergencia, o para hacer reparaciones. Están sujetas por candados, pero aún así se comprueba cada semana que están todas, por seguridad.- Hizo una pausa, y continuó. -Supongo que ha sido fallo mío, por dar por sentado que sabíais de qué estaba hablando. Pero os voy a dar un consejo: Si alguna vez os mandan hacer algo absurdo, preguntad por qué se hace eso. Y si no os lo dicen, que al menos os den la orden por escrito.- Y concluyó, con un guiño - A veces es más fácil saber qué pasa por la mente de cualquiera de los internos, que por la de los mandos. Y así al menos tendréis las espaldas cubiertas.-

     Es un buen consejo, que vale para cualquier ámbito. Os aseguro que ante la posibilidad de tener que ponerlo por escrito, la mayoría de jefes se abstiene de andar mandando gilipolleces.

     

    * 'Manzanillo' es el mote que reciben los funcionarios en prácticas


    sábado, 4 de febrero de 2017

    Delicatessen

    El presupuesto para comida que nos proporciona la Dirección General es de 3.70€ por persona y día. Con ello hay que pagar desayuno, comida y cena. Además, de ese dinero hay que descontar los sueldos de los internos trabajan en la cocina. Habrá quien lea esto y le parezca que ya bastante es que no les demos una dieta estricta de pan y agua, y que en China les pegan un tiro en la nuca y le cobran la bala a la familia. Hombre, es un enfoque. Pero de momento, los chinos se dedican a copiar a occidente y no al revés. Dejemos que esto siga así, por favor. De este encaje de bolillos, de lo de comprar la comida ajustándose a ese presupuesto, digo, se encarga un funcionario de área mixta-economato. Y no creáis que la gente se da de bofetadas por conseguir el puesto. Hay que hacer pedidos, controlar el peso de la carne que te traen los proveedores, y que no te intenten colar mucho hielo. Que lo intentarán. Intentarán hasta colarte piedras en las lentejas. Una vez, a saber por qué, un frutero intentó colarnos peras entre las manzanas. Supongo que tendría excedente de peras. Yo que sé. Si pudieran te cambiarían la Coca-Cola por Pepsi, o mejor aún por pis. Tampoco se notaría mucha diferencia en este caso.

       Yo no soportaría hacer ese trabajo. En una ocasión, echando una mano al compañero que ocupaba ese puesto, me dieron ganas de coger del cuello al proveedor y dar el cambiazo con un interno. Qué delincuente en potencia, por dios. Y lo peor es que si algo no cuadra a final de mes, el marrón es tuyo. Y siempre habrá quien sospeche que tus errores no son tales, sino que estás conchabado con algún repartidor para hacer algún chanchullo y llevarte un dinero calentito.

       Con todo, estos chicos consiguen que nunca falte de nada, que casi todos los domingos haya paella y un cuarto de pollo asado (que no es como el que prepara mamá, pero que me los he comido mucho peores en chiringuitos y me los han cobrado a precio de puta) y, a veces, cuando consiguen una oferta especial, hasta se permiten algún extra para los internos. Por supuesto, los internos no sólo no lo agradecen sino que acogen cualquier cambio en los menús habituales con un entusiasmo digamos que bastante tibio. El interno medio, las cosas como son, es de por sí un individuo muy desconfiado. La universidad de la vida, esa en la que también estudió Ramoncín, le ha enseñado que sus congéneres intentarán aprovecharse de él siempre que vea una oportunidad y que si, por ejemplo, te encuentras un billete de cincuenta euros tirado en el suelo lo más probable es que sea una trampa, y que alguien salte sobre ti y te sodomice tan pronto como te agaches a recogerlo. Y así, entre un bogavante desconocido y el sanjacobo de toda la vida, siempre escogerá el sanjacobo, muchas gracias.

     Recuerdo una ocasión en que la Administradora del Centro Penitenciario pasó por delante de la lonja, una mañana, y decidió entrar. No sé exactamente qué pasó, pero el caso es que consiguió una buena partida de sardinas recién pescadas, y las hizo transportar inmediatamente a la cocina del centro. Allí, los internos de cocina  tuvieron que trabajar extra para destripar, enharinar y finalmente freír todo aquello, muy a su pesar. Con lo fácil y limpio que hubiera sido preparar unas croquetas de las que vienen congeladas.

      Bueno, el caso es que aquel día hubo sardinas frescas para cenar, y alguno incluso se llevó más de lo que esperaba. Sólo había que prestar oído a las conversaciones en la cola del reparto para darse cuenta de que la novedad, como todas las novedades intramuros, no era bien acogida.
      - ¿Que hay hoy para cenar?- Preguntaba algún interno.
      - Sardinas fritas.- Contestaba otro.
      - Bah, paso. A saber cuánto tiempo lleva eso en la nevera.- Y no les intentes convencer de que son frescas, que van a pasar de ti. Lo sé por experiencia. El problema vino cuando uno de ellos hizo un comentario despectivo delante de un interno de reparto, que a la vez era pinche de cocina y se había pasada unas cuantas horas destripando pescado. La cosa fue así.

      - ¿Qué tenemos hoy?-
      - Sardinitas fritas.-
      - Buh, pesca. No se la comía a mi madre, os la voy a comer a vosotros.- Esto le sentó al interno de reparto como un bofetón, saltaba a la vista. Pero estuvo rápido en la respuesta.
      - Es que a ver quien es el guapo que se lo come a tu madre. Seguro que huele a lonja más que éste.-
      A mi me pareció que la contestación no carecía de ingenio, pero claro, todo en la vida es opinable.
    La suerte que tuvo el interno de cocina fue que su interlocutor había apoyado la bandeja metálica en la encimera, y le golpeó con la mano abierta. Si le pega un bandejazo en la cabeza, lo deja seco. De esta manera, todo quedó en un forcejeo y en un par de internos que pasaron la noche en el módulo de aislamiento con arreglo a lo que dicta el artículo 72 del Reglamento Penitenciario.

     A la mañana siguiente, mientras el Jefe de Servicios y yo meditábamos sobre la conveniencia o no de acompañar el café de media mañana con algo de bollería, la Administradora se dejó caer por la cafetería.
      - ¿Les gustó a los internos la cena de ayer?.- El Jefe de Servicios sonrió sin que la tristeza abandonara su mirada, y contestó mirándole a los ojos:
     - Hacía tiempo que no teníamos una cena tan animada.-
    La Administradora se marchó, muy alegre. El Jefe me miró. Yo lo miré.
      - ¿Qué le iba a decir?. Si los internos son unos putos desconfiados, la culpa no es suya.-
     Me encogí de hombros. Me daba igual. De momento, a mi no me pagan por pensar.


     

     

     

    miércoles, 1 de febrero de 2017

    ... Uno no tiene la culpa.

      Desde la cabina de acceso al patio Isaac, mi compañero aquella tarde en el módulo, y yo, observábamos aburridos a los internos. En uno de los bancos del patio se habían sentado Ródenas y un par de sus secuaces, si es que secuaces no es un término demasiado generoso para aquel trío de mindundis. Beria revoloteaba a su alrededor, poniéndole ojitos al macho Alfa.

      Hace treinta años, Isaac y yo amenizaríamos la vigilancia  fumando Ducados y paladeando un par de copas de coñac, o lo que tuviésemos a mano. En pleno siglo veintiuno, la ley anti-tabaco y la estricta ley seca que impera en todas las prisiones habían impuesto un notorio cambio en los usos y costumbres del funcionariado. Yo combatía la modorra con un té con sacarina e Isaac, que hacía poco que había empezado a practicar el boxeo en sus ratos libres, masticaba lentamente una barrita de proteínas. Un par de minutos antes, un funcionario veterano que había venido a entregarnos unas instancias para que las repartiésemos a los internos no había ocultado una mueca de desprecio hacia las golosinas con las que nos regalábamos. Pero lo cierto es que él ya no guardaba una bota de vino en la taquilla, y se cuidaba bien de no fumar a la vista del Director, así que se podía meter su desprecio por el culo.

      Ródenas sacó un par de bolsitas de los bolsillos de su cazadora, y empezó el ritual de liado de un cigarrillo. Apoyé mi taza de té encima de la mesa de la cabina.
      - Espero que eso que se está liando sea un pitillo.- Comenté. Isaac esperó a tragar un bocado de su barrita para contestarme.
      - ¿Ródenas? No tiene cojones a hacerse un porro en nuestra cara. Vamos, no creo que sea tan tonto.-
      - Bueno... No sé. ¿Sabes que el otro día, haciendo la ronda de noche, lo pillamos follándose a Beria?.-
      -¿Quién es Beria?- preguntó Isaac, que no prestaba servicio en ese módulo con demasiada frecuencia y no conocía bien a los internos. Señalé a la izquierda del grupillo.
      - Ese que parpadea tanto cuando le habla Ródenas. Parece que fuese a empezar a volar a golpe de pestaña.- Issac lo observó detenidamente, con aire experto, para acabar sentenciando:
      - Bueno, así rubito... De espaldas seguro que da el pego.- Tuve que admitir que no le faltaba razón.
      - Si, supongo que no hay mejor salsa que el hambre.- Permanecimos unos minutos en silencio, cada uno sumido en sus pensamientos. Isaac sonreía en silencio, y sus ojos achinados le daban un aire maligno.  A saber qué estaba pasando por esa cabeza. Algo sucio, seguramente.
     - Pues mira... Me dan ganas de decirle algo.- Isaac despertó de su ensimismamiento.-¿A quien?-, acertó a preguntar.-
     - A Ródenas. No sé, tiene a su novia pagándose un piso al otro lado de la calle para estar cerca de él, no paran de hablar por la ventana que si te quiero mucho y tal y cual, y en cuanto ella se da la vuelta, se folla al ruso.- Isaac sonrió.
     - Será en cuanto se da la vuelta el ruso.- Nos reímos un rato los dos. Isaac continuó.- Mira, no sé si te crees Corín Tellado o qué cojones te pasa, pero esto no es asunto tuyo.- Tenía toda la razón del mundo.
     - Ya... Yo que  sé, me da pena la chica. Cualquier día se va a meter en un lío por hablar con él desde la ventana, o le va a intentar pasar droga en un vis a vis, y todo por el gilipollas éste.-
     Isaac se sentó frente a mi, repentinamente serio. Era más joven que yo, pero en todo lo que tuviese que ver con relaciones de pareja, me daba y me sigue dando mil vueltas. Le faltaban dedos en las manos para contar sus rupturas sentimentales, y pelos en la cabeza para contar las citas a ciegas del Badoo a las que había acudido. Citas, como él mismo decía, a 'susto o muerte'. Quizá Isaac no sabría escribir una carta de amor, pero si de lo que se trataba era de justificar una ruptura, o de bucear en la psique de una pastillera hasta lograr un sórdido mete-saca en un callejón, Isaac era tu hombre.
     
    - Mira... El otro día vi a la novia de Ródenas entrar a comunicar. Es igual que él, pero en tía. Una puta choni. Que está muy buena, si. Pero es una choni y no da más de sí. A ella lo que le gusta de Ródenas es que es el jefe de su pandillita, que tendrá el coche más tuneado, y que le paga la farlopa. Nada más. Así que no le des más vueltas al tema, porque no merece la pena. En serio. Además, fijo que ella está encantada de tenerlo aquí. Ahora puede ir de 'malota' porque su novio está encerrado, se tirará el rollo de que sufre mucho, y una vez al mes viene y le echa un polvo. Para qué más.-
     Isaac no solía hablar tanto rato seguido. Pero la verdad, tenía razón. Y además ya iba a ser la hora de repartir la cena. Nos pusimos en pie, abrimos el comedor, y se me olvidó el asunto por completo.


    Unos días después, una tarde, me encontraba en un bar tomando un vinito. Pensando que era una pena que no me gustase el fútbol, porque en aquel garito todo el mundo estaba absorto en el partido y me estaba aburriendo soberanamente.  En una esquina del local, aprovechando las sombras y la falta de atención del resto de parroquianos, una veinteañera morenita con una minifalda no más ancha que una bandana y un muchacho de su edad con pinta de cantante de 'reggaeton' se magreaban sin pudor ni piedad. Al rato entró Isaac y se sentó a mi lado después de pedir una caña. No me preguntó por el partido. Si no jugaba el 'aleti', el fútbol se la sudaba muchísimo.
     -¿Has visto a esos?-, le pregunté, señalando a la parejita. En ese momento, el chico hundía sin miramientos su mano izquierda en la entrepierna de ella. A veces parecía como si llevase puesto un guante de encaje negro. Isaac abrió mucho los ojos, y frunció sus labios como si fuese a sorber por una pajita.
     - Caramba. Como en un par de minutos no se imponga la cordura y se vayan a un hotel, vamos a tener un 'show' de la hostia.- Asentí con la cabeza. Isaac continuó. -¿Sabes quien es ella?-
     Me dejó descolocado. Ni él ni yo éramos del pueblo, ni conocíamos a nadie allí. No se me ocurría de qué la podría conocer.
     - ¿Uno de tus rollos del Badoo?- Pregunté, a falta de otra opción.
     - Qué va. Ya me gustaría. Si te enseñase fotos...
      - Ya lo hiciste una vez. Podías editar tu propio bestiario.- Nos reímos un rato. Isaac lo soltó, finalmente.
      - Es la novia de Ródenas. Para que veas. Un angelito, igual que él.- Tenía que haberlo supuesto. Isaac siguió hablando. - ¿Ves como no tenías por qué decirle nada?. Son tal para cual.-
     Me quedé un rato mirándolos, pensativo. Al final, se impuso lo evidente.
     - Tienes razón.- Admití. -Pero no es justo.- Mi compañero me miró, sorprendido.
     - ¿El qué no es justo?.-
     - Pues... Ya que tuve que ver a Rodenas follándose a un tío, lo justo habría sido ver a su novia dándose el lote con otra tía, ¿no?.- Isaac se atragantó con su cerveza. Un poco más y se me muere allí mismo de la risa-