domingo, 29 de enero de 2017

Cuando el amor llega asi, de esta manera...

  ''Cuando miro tu afoto
    y veo tus ojos morena
    pillo a mi machaca*
    y me lo quilo* en mi celda''
(Poema leído en el exterior del sobre de una carta dirigida por un interno a su pareja)



 Eran casi las dos de la madrugada. En la oficina del módulo 5, vuestro amigo Jaime, el Funcionario de Prisiones, luchaba contra el sueño tirado en un sillón, bueno, digamos 'vintage'. En el televisor, un inglés con pinta de militar y ropa del Decathlon me enseñaba a sobrevivir comiendo mierda de ciervo. Si un día me llego a ver en esa tesitura, pensé, pongo a secar el zurullo, lo afilo contra una piedra, y me corto las venas con él. El timbre del teléfono me apartó, por suerte, de tan sombríos pensamientos.

    Era el Jefe de Servicios. Según me dijo, lo acababa de llamar el  Guardia Civil al mando de la vigilancia del perímetro para informar que un interno estaba hablando a gritos con una persona de la calle. Le contesté que daría una vuelta a ver, y colgué. Cogí del perchero el forro polar del uniforme, una prenda con la característica casi milagrosa de no abrigar demasiado si hace frío, pero a la vez causar una enorme transpiración que retiene en su interior, humedeciéndose. Consigue hacerte sudar sin calentarte, y se moja por dentro al no ser permeable. Me pregunté si poniéndomelo al revés conseguiría una mayor eficacia. El caso es que me cubrí con él, cerré la cremallera hasta arriba con los alares del cuello bien subidos, me calé una gorra de lana negra, y saqué la linterna de su cargador. Salí al exterior. Hacía frío, y el agua de los charcos, helada, formaba un resbaladizo espejo. Tendría que haber cogido el 'walkie', pensé. Si me cayese allí podría morir congelado antes de que nadie se diese cuenta. Por supuesto, entre esa opción y la de dar media vuelta para entrar a por él, seguí adelante.  Supongo que mi vida no vale los dos minutos que perdería regresando.

  Fuera, en el patio de uno de los talleres del módulo, no se oía nada. Por encima del muro exterior, visibles a través de las concertinas de alambre de espino, se levantaban varios bloques de viviendas, de unas cuatro plantas de elevación. En uno de ellos, casi frente a mí, una sombra femenina se recortaba contra la iluminación interior, en una ventana abierta.
 
  - ¡Cari, que te voy a echá musho de menoh ehta noshe...!!- A pesar de que no podía distinguir sus rasgos, por el movimiento de los hombros de la silueta y el lugar de donde procedía la voz no me cupo duda de que era ella quien había gritado. Me desplacé unos metros a mi derecha, para poder ver al completo la fachada del módulo. Había varias ventanas iluminadas, pero durante unos segundos, la luz procedente de una ventana de la primera planta se vio bloqueada por un cuerpo humano.
  - ¡Venga chocho, métete ya a dormir, que te va a coger frío!-. Suficiente. Era la celda siete de la galería cinco. Me encaminé a la puerta de entrada al módulo. Una tercera voz, anónima, puso fin a la conversación desde otra ventana.
  - ¡Eso digo yo, cojones ya!-

  Subí rápidamente un tramo de escaleras, abrí la verja de entrada a la galería, y avancé sigilosamente hasta la cuarta celda de la pared izquierda del pasillo. Me encaré a la puerta y corrí la mirilla, una portezuela corredera metálica de unos diez centímetros de lado que permite ver el interior de la celda a través de un pequeño cristal de seguridad. La corredera estaba medio atascada, y tuve que usar las dos manos para deslizarla. Y eso a pesar de que no hacía ni un año que las habían instalado. Hasta entonces te la jugabas en el 'glory hole', observando por una mirilla redonda mientras rogabas que al interno no se le ocurriera intentar pincharte el ojo con un boli. Sí, alguna vez ha pasado. Es jodido.

  El interior estaba a oscuras, así que accioné el interruptor exterior. El tubo de neón se encendió al instante, señal de que había estado funcionando hasta hacía poco rato. Dentro, los dos ocupantes estaban en las camas individuales, completamente tapados por las mantas. Golpeé la puerta un par de veces con la base de mi linterna, y lentamente asomaron un par de cabezas. Beria, un ruso de veintipocos años al que su pelo rubio y sus ojos rasgados hacía aparentar quince, y Ródenas, un español de la misma edad, pero que sí la aparentaba. Fingían haber sido despertados, bostezando exageradamente y frotándose los ojos, pero a mí no me la iban a colar.

  - Ródenas, ¿Qué cojones haces gritando por la ventana?-
  - No, señor funcionario, yo no...-No le dejé acabar la frase.
  - Sí, Ródenas. Tu sí. ¿Llamo al Jefe de Servicios y hablamos los tres?.- Ródenas bajó la vista un instante y se dio por vencido.
   - Perdone, don Jaime. Es mi novia, que se ha cogido un piso de alquiler aquí enfrente, para que podamos estar cerca y..- Lo dejé hablar durante un minuto. Me soltó un rollo sobre amor, nostalgia, soledad y nosequé historias más. Era enternecedor, qué coño, y lo cierto es que me ablandó un poquito. Pero en este mundo, al blando lo muerden más duro. Cuando me pareció suficiente, lo interrumpí.
   - Mira Ródenas, por mí de puta madre. Pero como vuelva a oír una voz, a ti te cae un parte y se acabó salir de permiso en seis meses. Y como me caliente, llamo a la Guardia Civil para se pase por casa de tu chica a pegarle el toque. ¿Estamos?.-
   - Si, estamos, estamos.- Cerré la mirilla sin despedirme y bajé a mi despacho sin molestarme en apagar la luz. Que se levantasen y la apagasen ellos. En cuanto llegué a mis aposentos, me libré del puñetero forro polar, que ya empezaba a humedecerse, y llamé a Jefatura a dar la novedad. Y así quedó la cosa.

   Una media hora después, el Jefe nos convocó a todos para hacer una ronda. Hacer la ronda consiste, para los que no os dedicáis a esto, en dar una vuelta por toda la prisión para comprobar, principalmente, que no hay una cuerda hecha de sábanas atadas  colgando de una ventana con los barrotes serrados. Así que me volví a pertrechar, me acerqué hasta Jefatura, y junto al Jefe y otros dos o tres compañeros nos dimos una vuelta por todos los módulos. La diferencia con una ronda normal fue que, como hacía un frío  que pelaba, cuando pudimos hicimos la ronda por dentro de las galerías y no por fuera.   Al llegar a la celda siete de la galería cinco, el Jefe decidió comprobar si Ródenas se había echado a dormir. Abrió la portezuela sin hacer ruido (el hecho de ser bastante más fuerte que yo se lo permitió), miró al interior del chabolo, y con una sonrisa de medio lado me hizo una seña para que me acercase. Se echó a un lado para permitir que me asomara a la mirilla. El interior de la celda estaba completamente iluminado, porque se ve que no habían tenido ganas de apagar la luz después de mi marcha. Y en la cama del fondo, de rodillas y dándonos la espalda, Ródenas empujaba con fuerza contra la rabadilla de Beria, a cuatro patas y delante de él.

  Me aparté, decepcionado. Ródenas había conseguido enternecerme con su rollo de soledad y ausencia.
  - Hijo de puta...- Musité.- Pues menudo rollo me acaba de soltar de que su novia esto y lo otro, y míralo.- El Jefe sonrió, sardónico.
 - Bueno, seguro que está pensando en ella mientras se folla al ruso.- y añadió - Como ella se entere de esto, le romperá el corazón.-
  Por la forma en que gemía el ruso, no iba a ser lo único roto aquella noche.
 
 

* Machaca: Interno subordinado, que realiza pequeñas tareas para el kíe, que es como se denomina a los internos dominates-

 * Quilar: Follar.
 


jueves, 26 de enero de 2017

Venganza

   Ledesma odiaba a los internos, por muchos motivos. Uno de los principales era que él mismo era un interno. Pero él, claro, no era como el resto. El resto eran un montón de yonquis, traficantes, ladrones, chulos, violadores y , lo peor de todo, etarras, que formaban un vertedero humano al que un juez 'progre' le había desterrado amparándose en unas leyes creadas por esa banda de lesbianas sin depilar, las feministas. Así, todo del tirón y sin respirar. Porque él no había hecho nada. Al menos, nada malo. Porque donde se ha visto que soltarle un par de bofetones a tu mujer (así, con la mano abierta, que de haber querido hacerle daño, le pego con el puño y la deshago, ¿sabe?) cuando se pasa de lista esté mal. Mal está lo contrario, porque si no la corriges, va a peor (¿sabe?, y entonces es cuando algunos las matan. Y eso pasa por no darles un bofetón a tiempo).  En otros tiempos, si a su mujer se le hubiera ocurrido ir a comisaría, la hubieran mandado a casa a que le preparase la cena y se dejase de tonterías. Pero ahora no, ahora ya no era así. Y cuando su mujer fue a comisaría la pusieron en contacto con una trabajadora social ( que le comió la cabeza, ¿sabe, don Jaime?, la muy hija de puta, para que me denunciara y me buscara esta ruina) que la alojó en un piso de acogida y la salvó de convertirse en un número de una estadística. Ledesma era víctima de la sociedad, una sociedad que cambiaba demasiado rápido para él, y que no le gustaba (porque esto con Franco no pasaba, ¿sabe, señor funcionario?. Con Franco yo no estaría aquí).

  Y eso mismo pensaba yo mientras Ledesma me castigaba a escuchar su perorata, una vez más. Como todas las mañanas, mientras pasaba la fregona a mi oficina en el módulo de aislamiento sin parar de hablar. Que, seguramente, con Franco Ledesma no estaría en prisión. La idea no me resultaba tan atractiva como a él. Ledesma se merecía hasta el último minuto de su condena, pero me guardaba mucho de decírselo. Una vez lo hice, y acabamos discutiendo. Para nada. Así que cada mañana, mientras fregaba y soltaba su rollo, que era siempre el mismo, yo me callaba y asentía con la cabeza en silencio, como aquel perro de plástico con el que mi padre adornaba la bandeja trasera de su coche.

  Terminada la limpieza, salió de mi despacho y cogió una libreta y un boli para tomar los pedidos de economato. Ledesma era el ordenanza del módulo, no sé si lo he dicho, y la verdad es que era muy eficiente. Tenía estudios, porque había terminado la educación básica y eso lo situaba entre la élite intelectual de intramuros, y no simpatizaba, ya sabéis, con el resto da la población reclusa, lo cual le hacía impermeable a las peticiones de favores. Ledesma era un hijo de puta, pero era nuestro hijo de puta. No es que me gustase, pero era lo que había.

   El ordenanza se dirigió al pasillo de celdas y abrió la puerta de la primera. Lo seguí a un par de metros de distancia, por si acaso.  En las celdas de aislamiento, después de la primera puerta hay una jaula de un par de metros cuadrados de planta, semejante a las que se usan para ver a los tiburones sin peligro, y luego está la habitación donde se aloja el interno, que muchas veces no tiene menos peligro que un tiburón. Cabrera, el interno que la ocupaba, llevaba varios días sin fumar. Después de haberle roto una costilla a nuestro compañero Raúl, no nos sentíamos inclinados a hacer ningún tipo de concesión hacia su persona y, si bien el reglamento le permitía adquirir tabaco, en ningún sitio ponía que tuviésemos que dejarle tener un mechero. Amparados en anteriores situaciones en las que internos en aislamiento habían plantado fuego a sus celdas como medida de protesta, le requisamos el encendedor.

  Ledesma le preguntó si quería pedir algo al economato. Cabrera se levantó de la cama, donde permanecía sentado, y se acercó a los barrotes. Se puso un cigarrillo en la boca.
  - Déjame un mechero, compi.- Ledesma torció el gesto.
  - Sabes que no puedes tener un mechero.-
  - Pues dame fuego.- Me asomé a la puerta. Cabrera me vio, y sus ojos centellearon de rabia. Tiró el pitillo al suelo y, en lo que se tarda en pestañear, le escupió a la cara a Ledesma y se volvió a sentar en la cama. El salivazo restalló como un látigo. Ledesma estaba lívido. Apoyé una mano en su hombro, suavemente. No se movió. Me situé frente a él para romper el contacto visual con Cabrera, y hablé con toda la suavidad y firmeza de las que fui capaz:
   - Ledesma, vámonos. Ahora.- Ledesma salió de su estupor, le puse la mano en el hombro una vez más para ayudarlo a decidirse, y salimos al pasillo. Cerré la puerta de la celda tras de nosotros. Caminamos en silencio hacia mi oficina.
  - Vaya a limpiarse al servicio, y luego vuelva aquí.- Ledesma se dirigió en silencio al lavabo. Cuando volvió, yo ya estaba sentado a mi mesa. Lo invité a sentarse a su vez.

  - Voy a elevar un parte con lo que ha sucedido. Pero tendrás que declarar ante la Comisión Disciplinaria.- Ledesma bajó la vista un instante, y luego me miró.
  - Pero entonces, 'ese' no se irá de conducción, ¿no?-
  - Bueno, no lo sé. Seguramente no. Pero eso ya depende de lo que decidan los mandos.- Ledesma se quedó unos instantes en silencio, con la mirada vacía. Finalmente, se decidió.
  - Mire don Jaime, déjelo estar. Prefiero que lo cunden*, que se vaya a tomar por culo, y no volverlo a ver en la puta vida.- Me lo pensé. La verdad es que no le faltaba razón.
   - Pues mira, es verdad. Se va pasado mañana por la mañana. A ver si lo perdemos de vista para siempre.-



  Cabrera se fue de conducción un par de días más tarde. A mi me había tocado hacer la guardia de noche, así que fui el encargado de despertarlo, porque el canguro llegó algo antes de las ocho de la mañana. Media hora antes había despertado también a Ledesma para que fuese preparando  y repartiendo el desayuno del resto de internos del módulo. Mientras yo entregaba los expedientes al jefe de la conduccion, un sargento primero de la Guardia Civil, y rellenábamos la documentación relativa al traslado, dejé las puertas de las celdas abiertas (las rejas interiores no,claro) para permitir a Ledesma entregar los racionados.
  Unos minutos después, en cuanto terminamos el papeleo, el sargento y yo nos dirigimos al pasillo de celdas. Abrí con la llave maestra la reja interior de la misma para permitir salir a Cabrera que, si albergaba algún tipo de idea estúpida, como agredirme, la olvidó al ver a mi acompañante. El sargento era mayor, se jubiló poco después, y tenía un aire de perpetua somnolencia que el madrugón había acentuado. Pero compensaba estos inconvenientes con una estatura cercana a los dos metros, y era perfectamente capaz de estrangularte con una sola de sus prodigiosas manos mientras cavaba tu tumba con la otra, sin necesidad de pala. Cabrera terminó de un trago su café con leche, y salió de la estancia. Caminamos hasta mi despacho, donde el Guardia procedió a cachearlo, esposarlo, y lo entregó a dos de sus subordinados para que lo escoltasen hasta el autobús celular. Ledesma, de pié a la puerta de la oficina, observaba en silencio toda la operación.

  El sargento y yo firmamos los últimos documentos, y antes de despedirme, añadí:
 - Bueno, ya sabes que este se va cundado porque agredió a un compañero. Ojo con él.-
El sargento asintió en silencio, con expresión grave. Se giró y empezó a andar hacia la salida. De repente, Ledesma se cruzó en su camino.
  - Perdone, mi sargento.- El suboficial se detuvo, muy sorprendido. Eso no era habitual.- Mi sargento... Mucho cuidado con ese tipo. En una ocasión intentó fugarse de una 'cunda' diciendo que tenía que ir al baño.-
 El sargento no sabía cómo reaccionar. Me miró, confuso, musitó un 'gracias', y rodeó a Ledesma para poder seguir su camino. Salió, se subieron todos los guardias al autobús, y emprendieron viaje.
 El ajetreo dejó paso a una tranquilidad absoluta. Ledesma permaneció inmóvil mirando a través de la puerta el patio vacío, y yo me quedé sentado tras mi mesa, mirándolo a él. Pasaron unos instantes de introspección hasta que me decidí a romper la magia del momento.

- Ledesma... ¿sabes algo que yo no sepa?.- El ordenanza me miró con cara de estúpida inocencia.
- No le entiendo, don Jaime...- Contestó, acercándose a mi.
- ¿Me vas a explicar qué es ese rollo de la fuga que le contaste al Guardia?.- Súbitamente, se le iluminó la cara. Ya había entendido. Buscó afanosamente en sus bolsillos y sacó un bote pequeño y blanco, de medicinas. Me lo entregó. Era laxante.
 - Es mío. Me lo da el médico, porque soy muy estreñido.-Levanté la vista. Me estaba imaginando el resto. -Y le he vaciado medio bote en el café. No sé cómo no se ha dado cuenta, pero se lo ha tomado enterito. Se va a pasar cinco horas esposado en la celda del canguro hasta la próxima parada.- Ledesma sonreía de oreja a oreja.

 - Anda, lárgate.-Le dije, intentando mantener la compostura.  No quería que me viese sonreir. Ledesma salió.

Al final hasta le iba a coger cariño.

 





 

lunes, 23 de enero de 2017

Malas decisiones



    Aproveché que había dejado de llover para salir a fumar un pitillo a la puerta del módulo de aislamiento. A través del claro en el cielo se escapaban algunos rayos del sol de la mañana, clavándose en los ojos como agujas. Pero el viento empujaba con rapidez el claro hacia el interior, y las nubes negras que se acercaban desde la costa no daban motivos para el optimismo. La calma iba a durar poco. Así fue. Y ni siquiera hizo falta esperar a la lluvia.

  Apenas llevaba un par de caladas cuando percibí un movimiento en la calle que unía el patio principal con el módulo en el que yo estaba de servicio esa mañana. Era un interno, que avanzaba mirando al suelo con ritmo irregular seguido de cerca por dos de mis compañeros. El  tipo era de estatura media, pero los dos funcionarios, que no bajaban del metro noventa, lo hacían parecer pequeño. Cada vez que su paso dudaba o se hacía más lento, una mano se apoyaba en su hombro y le ayudaba a recuperar el ritmo. Llegaron a donde yo me encontraba y pasaron al interior del módulo sin decir hola.

  - ¿Tienes alguna celda vacía?, me preguntó uno de ellos. Era Luis, que ese día estaba de Encargado del módulo uno.
  - Si... Todas las que tienen el mango del cerrojo hacia arriba están vacías.-

  Se detuvieron frente a la primera y, mientras Luis ponía una mano encima del interno para evitar que siguiese andado, Félix, el otro funcionario, abrió la puerta y pasó al interior de la celda. Echó un rápido vistazo al interior, y nos indicó que entrásemos con un movimiento de cabeza.

 - Jaime, vete a por los guantes de látex.- Me encargó Luis. Cuando volví al cabo de un momento, el interno estaba en ropa interior y sentado al borde de la cama. Luis cogió un par de guantes y le entregó otro a Félix. Yo me puse unos también, y empezamos a cachear sus ropas. Luis procedió a continuación a revisarle el pelo, largo y canoso. A veces hemos encontrado cuchillas escondidas en la cabellera de los internos. A veces droga... Yo que sé. Cosas increíbles. Mientras hacía su tarea, me fijé en que al interno perdía bastante pelo.

  - Oiga, eso no es normal. Debería consultar al médico.- Le dije. El interno no me miró. Luis sí. Por primera vez desde que llegaros se cruzaron nuestras miradas, y noté que estaba muy enfadado. Y cansado a la vez, cansado de pelear continuamente con los internos. Muchas veces lo de pelear es en sentido figurado. Aquel día no lo era.

  - Lo hemos tenido que sacar de la celda agarrándolo por los pelos, y por donde hemos podido. Entre cuatro. Y le ha dado una paliza a Raúl. Le están atendiendo en enfermería.-

  Raúl era otro compañero. Llevaba más de treinta años en 'la empresa', y había estado en situaciones que harían parecer 'Celda 211' una comedia romántica. Pero lo que más le había afectado era su reciente divorcio, y que hubiera sido por una infidelidad de ella y en un pueblo pequeño como era el que alojaba la cárcel no había hecho las cosas más fáciles. Raúl venía a trabajar sobrio y se iba sobrio, pero esa era la única ocasión de verlo así que ibas a tener. Más de una vez habíamos tenido que acompañarlo a casa tras encontrarlo en la calle, haciendo eses.

  El caso es que aquella mañana le había tocado a Raúl revisar una galería tras la salida de los internos. Esto lo hacemos diariamente, tanto para comprobar que las celdas quedan en orden y limpias como para asegurarnos de que ningún interno se queda escondido para evitar bajar al patio. Al abrir la puerta del 'chabolo', se encontró con este tipo, que había decidido quedarse arriba porque según dijo, afuera llovía mucho. Y porque no le salía de los cojones bajar. Raúl le ordenó salir de nuevo, y Cabrera, que así se apellidaba el interno, le espetó que ya que tanto interés tenía, que entrase a sacarlo. Si tenía huevos. Y entonces Raúl, quizá porque estaba ya harto de muchas cosas, quizá porque aquel día toda su experiencia no le salió al encuentro, hizo lo que no hay que hacer nunca, y entró. Ya sabéis el resto.

  Cabrera todavía se quedó con nosotros más de una semana, en su nueva celda del módulo de aislamiento. Fue el tiempo que tardaron desde la Dirección General en encontrarle un hueco en otro Centro Penitenciario. Es este módulo, y por orden del Director, los internos sólo tenían autorizado adquirir en el economato café y tabaco, un poco por castigo y un poco porque cuando has visto una vez los efectos que causa en la carne humana la tapa de una lata de atún bien afilada, no quieres  verlos otra. Nuestra pequeña venganza consistió en permitirle comprar todo el tabaco que quisiera, pero no autorizarle a tener un mechero. Porque, ¿quien sabe lo que podría hacer con un mechero?. Podría quemar cosas. Podría autolesionarse.


  O morir de cáncer.




jueves, 19 de enero de 2017

Grandes Planes. El desenlace. 2ª Parte.


Claudia firmó el albarán, y subió a la cabina. Bajo la panza del camión, Cansado Demás pudo oír la puerta cerrarse antes de que el motor arrancase y su ensordecedor ronroneo apagase cualquier otro sonido del exterior. El cacharro temblaba bastante al ralentí, pero se aguantaba el equilibrio más o menos sin problema. Al menos en parado. En marcha y con baches... Ya veríamos.

  Permanecieron inmóviles un par de minutos, para permitir que el sistema de aire cogiese presión. Finalmente la conductora engranó la primera velocidad, y se pusieron en marcha. Ahora todo era cuestión de controlar a la perfección los tramos. Tras un poco menos de cinco minutos rodando a la velocidad de una persona a pie, se detuvieron. Estaban ante la primera verja, la que separaba el patio de internos de la carretera de bajada a la Puerta Principal. Claudia mostró su identificación al funcionario, y éste subió a la garita de control para accionar el botón de apertura. La verja se desplazó lentamente a un lado con un zumbido eléctrico, pero esto Cansado no pudo oírlo, enmudecido por el atronador rugir del Diesel.

  Tras pasar este primer obstáculo, Claudia encaró la bajada a puerta principal. El camión se inclinó perceptiblemente hacia adelante, y Cansado notó cómo sus brazos cargaban ahora con más peso. Sin aumentar la relación de cambio para impedir que las treinta y ocho toneladas se embalaran, descendieron lentamente la colina hasta la esclusa. El motor pasó del rugido del ralentí a un aullido, al subir de vueltas para retener la inercia del Pegaso. Medio kilómetro después, el aullido se fue haciendo cada vez más grave conforme Claudia apretaba los frenos y detenía su enorme máquina en el medio de la esclusa. La compuerta trasera se cerró, bloqueándolos por completo. El motor volvió a ronronear al ralentí, Claudia se bajó para dejar subir a su 'despacho' a un Guardia Civil, y se procedió al registro, la parte más peligrosa de toda la fuga. Mientras un Guardia comprobaba que no había nadie oculto en la cabina, otro hizo lo propio con la caja de carga. Un Funcionario sacó el espejo de revisión, y lo pasó lentamente por debajo del camión, desde delante hacia atrás. En cuanto Cansado lo vio, cerró los ojos con toda su fuerza, en parte por nervios y en parte porque eran lo único blanco de su figura, y destacaban como los de un dibujo animado en una noche oscura.

  Permaneció así, apretando sus ojos, durante casi cinco minutos. Y cuando estaba ya a punto de decidirse a abrirlos, el camión emprendió nuevamente su camino. Cansado vio pasar bajo él el cemento que cubría el suelo de la esclusa, el riel por el que corría el portalón exterior y, tras él, el asfalto de la carretera. Estaba fuera. Abrió la boca para gritar de alegría, pero en ese momento Claudia cambió de marcha y  se tragó una densa bocanada de humo negro. Tragando saliva con fuerza, consiguió a duras penas evitar ponerse a toser, lo que le habría supuesto quizá un resbalón y la muerte. El  árbol de transmisión giraba ahora veloz a dos palmos de su cara, y la posibilidad de que se enganchase en cualquier parte colgante de su figura y tirase de él para descuartizarlo le hizo recobrar ánimo. Se empujó con más fuerza hacia arriba, contra la parte baja del cajón.

 Dos minutos después de abandonar el Centro Penitenciario, Claudia dejó de acelerar, redujo marcha, y entró en la rotonda que marcaba la mitad de camino. Cansado notó la fuerza centrífuga del giro, que le hizo percatarse se dónde se encontraban. Todo iba bien, muy bien. Claudia volvió a acelerar, cogieron velocidad, y más o menos cuando Cansado calculaba que debían estar llegando al pequeño polígono industrial donde se descargaban las cajas de ajos, el Pegaso se detuvo durante unos segundos, luego arrancó de nuevo, avanzó unos pocos metros y se detuvo definitivamente. El motor se paró, y a pesar de que los oídos le zumbaban bastante todavía, Cansado pudo oír la puerta de la cabina abrirse y cerrarse. La conductora había bajado.

  Contó hasta diez mentalmente, y con el mayor sigilo se descolgó de su escondite. Mejor salir por la derecha, el lado contrario al del volante, no fuera a ser que Claudia estuviese aún por ahí. Cansado salió caminando encorvado de debajo de la panza del vehículo, se estiró, miró a su derecha, y se encontró cara a cara con un Guardia Civil con los ojos como tetas de la sorpresa. Difícil decidir quién de los dos se llevó el susto más grande, pero al menos Cansado fue lo bastante rápido como para levantar las manos y gritar '¡NO DISPARE! antes de que el Guardia desenfundase su pipa. El Guardia le dio el alto, a los gritos acudieron un par de Guardias más, y entre los tres se llevaron al pobre Cansado a rastras al Cuerpo de Guardia del Centro Penitenciario. Que estaba allí mismo, en la pared derecha de la esclusa de entrada.

  No veáis qué lio. Los Guardias se pusieron a preguntarle quien era y qué pretendía entrando a la prisión así, en plan comando. Cansado estaba demasiado deprimido para contestar, porque no entendía qué carajo estaba pasando. Y arriba, en los talleres y módulos, nos estábamos volviendo locos porque en el recuento de la salida de talleres nos había faltado un tío. Al final , después de media hora contando y recontando, nos juntamos varios funcionarios en la oficina del módulo y el Jefe de Servicios llamó a la Guardia Civil para informar de la posible fuga. El Sargento al mando de la seguridad exterior, un tipo muy campechano, le ofreció la solución:

  - Pues no hay por qué matarse a buscar, tenemos aquí a un ninja que estaba intentando entrar de estrangis. Lo ponemos en  lugar del otro...- El Jefe no le dejó terminar la frase.
 - ¿QUE TENÉIS QUÉ?-
 - Un tipo todo vestido de negro, que estaba intentando entrar debajo de un camión.-
 - Entrar.- El Jefe no daba crédito. Bueno, ninguno lo dábamos.
 - Si, si. Debajo del camión de los ajos.-
 - Voy para allá.- El Jefe me pasó el teléfono, cogió su chaqueta del colgador y salió de la oficina. Yo me quedé con el auricular en la mano, y un poco por romper el silencio, pregunté al Sargento:

 - El ninja ese, ¿tiene cinco estrellas tatuadas en la frente?-
 - Pues la verdad es que no lo sé, porque tiene toda la cara tiznada.- Y tras unos instantes de reflexión, completó: -Además, es un ninja, no una Mahou.- Le oí reírse al otro lado de la línea.
 - ¿Y puede comprobar si tiene un tatuaje en la mano derecha que pone 'niña vajate las bragas'?-
El Sargento enmudeció.
  - ¿En serio?.-
  - Si.- Pasaron unos segundos al cabo de los cuales el Sargento retomó el auricular. Se le notaba perplejo aún al otro lado de la línea.
  - Pues si... Sí que lo tiene. Madre mía.- Y añadió: - ¿Cómo espera presentarse en una entrevista de trabajo con eso tatuado?
  - Si, eso mismo me pregunto yo.- Y colgué.





Y al final, la que acabó pagando el pato fue la pobre Claudia, que poco antes de llegar a la rotonda se había dado cuenta de que se había olvidado el carnet de identidad y, por volver a recogerlo, se tuvo que quedar prestando declaración hasta las cinco de la tarde. Qué injusticia.


 



 

 

martes, 17 de enero de 2017

Grandes Planes. El desenlace. 1ª parte.



 Con todo ya organizado, Cansado sólo tenía que esperar al momento propicio, o propiciar al momento para no tener que esperar. Claudia llegaba con su Pegaso a eso de las nueve y se marchaba a las once. No era necesario montar una maniobra de distracción para ella, porque ella misma estaría maniobrando para montar a su 'distracción'. Pero había que hacer algo con el Funcionario encargado del taller para asegurarse de que no estaría mirando en la dirección oportuna. Así que Cansado sobornó con un par de paquetes de 'Chester' a dos de los internos encargados de cargar el camión y, con una zancadilla y un empujón, se puso en marcha la ruleta.

  Eran casi las once, y la cabina del vehículo se agitaba con unos últimos estertores apasionados. Sobre la rampa que unía la caja de carga con el muelle, tres o cuatro internos  pasaban adentro cajas de ajos con unas carretillas. El Funcionario hacía crucigramas en su cabina. Súbitamente, uno de los internos encargados del manejo de las cajas cayó cuidadosamente al suelo, y acusó a otro de haberle hecho tropezar. Se agarraron de la pechera con un entusiasmo muy tibio, pero sin dejar de dar grandes voces. El Funcionario levantó la vista de sus pasatiempos, y acudió rápidamente a separar la pelea.
 Cansado aprovechó para escabullirse de su mesa de trabajo, y se perdió entre la vieja maquinaria en desuso. Allí procedió a untarse la cara, el dorso de las manos y cualquier trozo de piel a la vista con la negra grasa industrial. El  maquillaje lo favoreció. Cualquier cosa que le ocultase las cinco estrellas de la frente y las reflexiones que exhibía tatuadas en las manos lo favorecía. También utilizó la grasa para ensuciar las franjas blancas de su chándal. El resultado fue una huidiza silueta completamente negra, como un Baltasar de cabalgata de pueblo intentando escaquearse de los niños.

 Mientras Cansado completaba su indumentaria de camuflaje, Claudia había salido ya de su nido de amor y se encaminaba a grandes zancadas hacia la parte trasera del camión, colocándose a la vez el pelo y las tetas en su sitio. El resultado no fue el óptimo, hay que decirlo, y un poco asustados por su desaliñado aspecto, otro poco por las voces que daba, y un mucho porque un paquete de 'Chester' da para armar un poco de lío pero no para ganarse un parte, los internos decidieron quitarse de en medio y volver en silencio a su tarea. No obstante, estos últimos coletazos de la trifulca fueron suficientes para que Yuri bajase silenciosamente le la cabina mientras se sujetaba los pantalones a medio caer, y para que Cansado Demás se colase debajo de la enorme mole del Pegaso. Allí, trepó bajo la caja de carga del vehículo y se colocó boca abajo, a cuatro patas, haciendo presión con brazos y piernas contra las dos gruesas vigas de metal que formaban el chasis del mismo. La postura no era demasiado incómoda, y, si no había dilaciones inesperadas, no haría falta mantenerla ni media hora. Además , el gimnasio lo había puesto más fuerte de lo que había estado nunca, y eso le daba confianza.

  Los dos mayores peligros, sin contar a los Guardias, eran a la vez dos de sus mejores bazas, las que le habían hecho fijarse en ese viejo cacharro en concreto. Uno era el árbol de transmisión, la barra de metal de la que ya hemos hablado, que recorría longitudinalmente los bajos del vehículo y quedaba situada justo debajo de él a menos de medio metro de distancia. Lo bueno era que lo ocultaba en gran parte. Lo malo, que en marcha esa barra estaría girando, y en caso de caída lo empujaría directamente hacia las ruedas traseras. Y nada de agarrarse a ella: El segundo peligro era que esa barra estaba completamente cubierta de grasa , lo que la convertía en un objeto terriblemente resbaladizo pero había causado que, con el pasar de años y kilómetros, y a fuerza de salpicar, se formase bajo la panza metálica una masa gruesa y negra. En medio de esa costra de grasa, Cansado se volvió invisible.

Ahora sólo había que apretar el culo, aguantar fuerte, y cruzar los dedos.





viernes, 13 de enero de 2017

Grandes Planes. Cuarta parte.



  Claudia Chófer se llamaba Claudia, realmente, y trabajaba de chófer. Aparte de este juego de fonética y del hecho de ser rubia, nada la asemejaba a una Top Model alemana.  Y así debía de ser, porque hacer girar el volante sin asistencia de un camión de treinta y ocho toneladas es incompatible con lucir una talla treinta y cuatro. Sí que es cierto que la ruta entre el taller de ajos de la prisión y la nave de logística de la empresa no era muy larga, y de hecho casi la podías seguir en su totalidad desde las ventanas de la segunda planta del módulo principal: Tras salir de la nave de empaquetado y atravesar el patio, su camión se detenía ante una verja controlada desde una garita por un Funcionario. Una vez abierta ésta, seguía un descenso de algo más de medio kilómetro, con cuatro curvas de ciento ochenta grados, hasta el rastrillo de la entrada principal. Ahí, todos los vehículos se paraban un instante mientras se activaba el motor de la verja esclusa y la primera de las dos cancelas se deslizaba hacia un lateral. En cuanto había finalizado su recorrido, el vehículo entraba en la esclusa, y la verja se volvía a cerrar, bloqueándolo por completo. Claudia, y como Claudia el resto de conductores autorizados, se bajaba del camión para dejar acceso a la cabina a un Guardia Civil que registraba la misma, y de paso recogía su DNI a la vez que entregaba su tarjeta de identificación interior en la cabina de recepción. Mientras un guardia registraba la cabina, otro hacía lo propio con la caja de carga, y un funcionario inspeccionaba los bajos del vehículo con una especie de palo de selfie invertido y dotado de un espejo de buen tamaño.

   Una vez comprobado que no había ningún polizón en la nave, se accionaba el motor de apertura del portalón exterior, y el vehículo salía a la calle. El Pegaso de Claudia giraba en este punto siempre a la derecha, y tras recorrer un tramo de  alrededor de un kilómetro y medio partido en dos mitades casi iguales por una rotonda, desparecía de la vista en un pequeño polígono industrial donde estaba ubicada la nave de logística de su empresa. El recorrido total, incluyendo las paradas en los rastrillos, estaba siempre entre los diez y los quince minutos.

  Y esa era la rutina; Claudia llegaba cada mañana, entraba con su 'cuatro ejes' en la nave de ajos, y se quedaba por lo general descansando en la cabina, o controlando el proceso de carga. Era la única de entre los conductores que lo hacía, y por un motivo (que luego fueron dos): El resto de camiones eran articulados, y sus chóferes simplemente desenganchaban la cabeza tractora del remolque, y se largaban pitando en ella a tomar un café o a hacer otras entregas. Un par de horas después, regresaban, enganchaban su remolque ya cargado o descargado, y salían de prisión hasta el día siguiente. Pero Claudia no podía hacer esto con su vehículo, porque era rígido, así que aprovechaba esas dos horas para descansar o revisarlo. Y fue en una de estas revisiones donde conoció al segundo motivo que la impulsaba a quedarse en la nave de carga: Yuri.

  Yuri era un simpático y fornido veinteañero moldavo al que habían pillado con un camión lleno de cocaína sólo unos pocos kilómetros antes de la frontera con Francia. Era guapo, divertido, y tenía dos cosas en común con Claudia: A ambos les gustaba la mecánica y los vehículos pesados. Y, aunque por motivos diferentes, ambos llevaban sin follar mucho más tiempo del que deseaban. Un día, Yuri se interesó por lo que parecía un sonido de vibración en el árbol de transmisión del Pegaso, una enorme barra giratoria de acero, de varios metros de longitud, que transmitía la potencia del motor al eje trasero y que  de paso salpicaba de grasa toda la parte inferior de la caja de carga. Y como pasa siempre cuando el hambre se junta con las ganas de comer, la cosa terminó en merienda. Se empieza por un arreglo mecánico, se acaba sucio de grasa y sudor, se hacen un par de comentarios jocosos sobre barras cilíndricas duras y lubricadas, y se acaba en la cabina de un camión follando como si lo fuesen a prohibir mañana. Lo de siempre, si no os ha pasado es que no habéis vivido. Lo siento.

Y hasta aquí todos los elementos de la trama, si habéis tenido paciencia para leerme hasta ahora, mi agradecimiento y admiración. En el próximo capítulo, el desenlace.

 

miércoles, 11 de enero de 2017

Grandes Planes. Tercera parte.



   El cambio de actitud vital de Cansado Demás no se limitó al ámbito laboral; Se apuntó también al gimnasio, y en sus ratos libres no era raro verlo tirando de mancuernas ante la mirada escéptica del interno encargado del mismo, que negaba en silencio con la cabeza entre cucharada y cucharada de creatina. Pero su escepticismo no duró mucho. Cansado se lo estaba tomando en serio, y en cuestión de semanas tiraba de proteínas en polvo con la misma soltura con la que hasta hacía nada se mezclaba los orfidales con el ColaCao. El cambio físico empezaba a hacerse notable, y la ropa ya le quedaba apretada. Cansado aprovechó algo del dinero ganado con lo de los ajos para encargarle al demandadero ropa nueva: Un chándal Adidas negro con líneas blancas, un gorro de lana negro, y unas zapatillas de lona, negras también, entre otras cosas. Recién duchado después del gimnasio, con su ropa nueva, y en plena forma, nuestro héroe era una persona completamente diferente a la que había ingresado hacía, en realidad, tan poco tiempo. Daba gusto verlo. Bueno, a mi no, a mi me daba un poco igual. Pero sí que es cierto que un día, tras entrevistarse con él, un psicólogo salió al patio tan cautivado por su progresión  que casi se lo lleva puesto un tráiler.

  Y, si, habéis leído bien. Un tráiler. Los que no trabajáis en la empresa tendréis una imagen del patio de una prisión formada por lo que habéis visto en la televisión: Un espacio más o menos cuadrado, más o menos grande, con muros de ladrillo o piedra (o de reja de gallinero si es una cárcel americana), en la que unos cuantos internos hacen pesas, se tatúan, y piensan de que manera podrán dejar caer el jabón en las duchas y que parezca algo casual. Y no estáis tan desencaminados, aunque hay que admitir que la existencia de los vis a vis le ha quitado a las duchas mucha vidilla. Pero esta cárcel no era normal.
  El primer día que entré al patio a currar, un interno se acercó a mí cargando sobre su hombro una horquilla. Una horquilla de las usadas para mover paja en el campo, no sé si me explico. Con cuatro dientes de treinta centímetros cada uno. Me quedé paralizado, y lo primero que se me pasó por la mente fue la imagen de ese mismo interno corriendo hacia mi, sujetando la horquilla por ambas manos por el final del mango, y clavándomela en el pecho para usarme - y usar la horquilla - como pértiga para saltar limpiamente el muro exterior. La imagen desapareció, el interno me saludó al pasar con un movimiento de cabeza, y yo me acerqué a un compañero a preguntarle si era normal que la población reclusa se pasease por el patio con armas potencialmente tan peligrosas. Después de oír el fruto de mis desvaríos (él lo llamó 'paja mental') alivió mi congoja con estas palabras: 
 - Mira, si alguno de estos quiere salir, no necesita saltar el puto muro. Lo puede romper con eso.- Y me señaló una esquina del recinto en la que un tractor EBRO de tracción total tiraba de un remolque cargado de utensilios.
- Pero el que conduce el tractor es un empleado externo.- Afirmé sin mucha convicción. Me estaba empezando a temer la respuesta, y mis temores eran fundados.
- Los cojones es un empleado. Es un interno, chaval. Aquí dentro sólo hay internos y funcionarios - continuó, con el mismo tono que el sargento de 'La chaqueta metálica'-, y a ese no le veo el uniforme-.

  Así que bueno, si te acostumbras a que los internos pueden conducir tractores de cinco toneladas, que pasen tráileres para cargar y descargar material a los talleres productivos lo ves hasta bien. Al menos los manejan conductores de la calle, y no internos.  Con el tiempo y con la frecuencia con la que pasaban, la verdad es que ya ni  diferenciabas uno de otro. Casi ni los veías. El único camión que destacaba un poco de los demás era, precisamente, el que era propiedad de la empresa de los ajos.
  Lo primero porque no era un tráiler, sino un enorme y viejo camión Pegaso  rígido, con cuatro ejes.
  Lo segundo, por el ruido que hacía y las bocanadas de humo negro que soltaba su escape con cada cambio de marchas.
  Y lo tercero, porque a pesar de que era el camión más duro de conducir de todos los que nos frecuentaban, era el único conducido por una mujer: Claudia Chófer.

 

lunes, 9 de enero de 2017

Grandes Planes. Segunda Parte.

  Cansado Demás empezó a trabajar en el taller de Ajos. Éste taller era el destino habitual de los novatos, aunque en el caso de Cansado casi podríamos hablar de primerizos, porque no me cabe duda de que era la primera vez que se enfrentaba a un trabajo remunerado (y legal). Las condiciones en este destino eran muy malas, y digo lo de muy malas por no hacer comparaciones escatológicas. Era raro que un interno aguantase en el mismo más de uno o dos meses antes de conseguir una plaza en un taller con tareas más cómodas o mejor pagado.

  Cansado aguantó allí cuatro meses, y si ya la tarea sería penosa de por sí para una persona cualquiera, para alguien con sus antecedentes (y no me refiero a los penales) tuvo que ser un desafío digno de un héroe clásico. Llenar cajas de ajos separando las cabezas mojadas o podridas de las sanas y cortando el tallo sobrante, durante horas y días sin fin, es una tarea como para desesperar a cualquiera. Pero si tienes en cuenta que el sueldo eran doscientas pesetas  por caja, y que con suerte y destreza llenabas una por hora, te das cuenta de que el que aceptaba este trabajo era porque ya estaba desesperado antes de empezar. Cansado no estaba desesperado, porque como buen vago era un tipo que no necesitaba dinero para vivir. Todos pensamos que en el fondo se había apuntado al taller de ajos para estar entretenido, y para conseguir buenos informes de cara a la obtención de permisos y una posible condicional. Lo habitual. Pero lo que no era habitual es renunciar a un destino en el taller de mosaicos, con una tarea más limpia, entretenida, y mucho mejor remunerada. Cansado renunció a ser trasladado al mismo, a los dos meses de darse de alta en lo de los ajos, y aquello debió hacer sonar la alarma entre nosotros. Por supuesto, no lo hizo. Ni siquiera un día en que yo estaba en el acceso del módulo y, cuando pasó de regreso del taller, le pregunté si no se había planteado pasarse a mantenimiento, o a cableado.
- Ni loco. En ajos es donde menos se nota el olor a talego. Casi huele a calle-. Y se marchó riéndose el solo.
 
 Si algo sobraba en el Centro Penitenciario, era espacio. Concebido desde su inicio, hacía casi cien años, como un lugar de redención por el trabajo (si alguien no conoce el significado del emblema de nuestra noble profesión, ahí lo tiene resumido en dos palabras), en el recinto delimitado por los muros y no ocupado por módulos o patios se alzaban más de diez naves de ladrillo visto y estilo neomudéjar. A lo largo de casi un siglo habían servido para un sinnúmero de talleres y empresas, y en todas ellas había recuerdos y marcas de anteriores usos. El taller de ajos ocupaba una que, un poco por estar peor comunicada que las demás,  y con menos opciones de ser modernizada, se había ido convirtiendo en un cajón de sastre de maquinaria y utensilios. Entre ellos, antiguas prensas, aparatos de esos que salen en las fotos de fábricas de la revolución industrial y que no se sabe muy bien para qué son pero que tienen pinta de ser de acero macizo y pesar varias toneladas. Recuerdo a un  gitano al que se le saltaban las lágrimas al ver toda aquella chatarra ahí tirada, pero sus ruegos al Administrador para permitir a su  familia comprarla habían caído en saco roto; Aquello era propiedad de la administración y debía salir a subasta pública. Y así llevaban medio siglo, sin salir a subasta y sin servir para nada, y entre esa maquinaria, botes de veinte kilos llenos de la grasa negra que se utilizaba para lubricarla. Mucha grasa. Muy negra.

  Nosotros no les prestábamos atención, pero a Cansado Demás no le habían pasado inadvertidos.
Un error.













































 

miércoles, 4 de enero de 2017

Grandes Planes

  Todos los que nos dedicamos a esta profesión nos damos cuenta con el tiempo de que nuestros recuerdos más vivos, las anécdotas que recordamos con más frecuencia, o los internos que nos causaron más impresión, se circunscriben a nuestros primeros años de servicio. Con los años lo raro se hace norma, y dejamos de ver lo singular en aquello que nos rodea. Pero hay excepciones.

  Conocí a Cansado Demás cuando ya llevábamos  ambos unas cuantas temporadas jugando en esta liga, y cuando yo, al menos, pensaba que los había visto de todos los colores. Cansado me demostró en primer lugar que aún me quedaba mucho, pero mucho por ver. También que no había que bajar la guardia ni subestimar a nadie.

  De Cansado Demás lo primero que llamaba la atención, ya os habréis fijado, era su nombre. Lo segundo, que le venía al pelo. Llegó un día en una cunda*, y pasó directamente al módulo de enfermería, lo que no es muy habitual. Se quejaba de un fuerte dolor de ciática, algo que es convenientemente difícil de detectar, y que si lo simulas bien te permite pasarte el día entero tirado en cama y te da acceso a una buena dosis diaria de calmantes. Sinceramente, me sorprende que no haya más internos que intenten la jugada, y lo único que se me ocurre es que en el fondo es un truco que requiere dedicación: La mayor parte de nuestros inquilinos quieren que se les pase el tiempo rápidamente, y pasarse el día entero en cama mirando al techo no acorta las horas. Todos los que prueban suerte acaban un día siendo descubiertos en el gimnasio, o jugando al fútbol, o se sienten mejor repentinamente coincidiendo con la posibilidad de disfrutar un vis a vis. Hasta para no hacer nada se requiere dedicación, y de eso nuestros internos no van muy sobrados

 Cansado Demás no tenía ese problema: Era un puto vago profesional, una de las pocas personas que llevaban la pereza en la sangre. Capaz de hacer más para poder hacer luego menos, de darlo todo un día si con eso se aseguraba no dar un palo al agua el resto del mes. Si Kevin Spacey lo hubiera atado a la cama  durante años para hacerle pagar por sus pecados como en 'Seven', se habría llevado un palmo de narices. Cansado habría sido capaz de decir a Morgan Freeman que no molestase y que se fuese por donde había venido

  Un par de días después de su ingreso en el centro en el que yo prestaba servicio en aquel momento, me tocó el puesto de Encargado en el módulo de enfermería. Abrí la celda a la hora que indica el reglamento para la bajada al patio y, sin levantarse, Cansado puso en mi conocimiento que estaba exento de bajar por orden médica. Me acerqué a él. En su frente destacaban cinco estrellas en línea recta y horizontal, tatuadas en tinta azul con un pulso no muy firme. Lo miré, procurando disimular mi sorpresa. Me miró.
 - Caray,- dije -mucho le gusta a usted la cerveza Mahou.- Cansado abrió los ojos, sorprendido.
- ¿Por qué dice usted eso?-
- Bueno... Por lo de las cinco estrellas, ¿no?.- Cansado miró hacia abajo un instante, pensativo.
- No sé que tiene que ver.- Acabó por contestarme.
Se produjo un incómodo silencio. Cansado sacó las manos de debajo de la sábana, y las usó para subirla y taparse un poco mejor. También estaban tatuadas. La izquierda no recuerdo qué ponía, pero en el dorso de la derecha, y con la misma tinta y pulso responsables de las estrellas, se leía 'NIÑA VAJATE LAS BRAGAS'. Precioso. Si Robert De Niro llega a verlo, se lo copia para 'El cabo del miedo'.


Me rasqué la cabeza, pensativo. Cansado me miraba impaciente, supongo que esperando que me largase de una vez.
-Mire... No me quiero meter en lo que no es asunto mío, pero, ¿no ha pensado que esos tatuajes le pueden poner más difícil encontrar un empleo cuando vaya a una entrevista de trabajo?.-
Lo de la Mahou lo había dejado descolocado, pero el concepto 'entrevista de trabajo' vivido en primera persona, le produjo un ataque de risa tan violento que casi me hace llamar a un ordenanza ante el miedo de que se asfixiara. Salí, y cerré la celda, y aún no había dejado de reir. Durante varias semanas, cada vez que me veía, Cansado tenía que esforzarse para no soltar una carcajada. Una entrevista de trabajo. Qué cachondo el guardia.


 Un par de meses después, Cansado Demás estaba contratado en uno de los talleres productivos de la prisión. Cuando me lo dijeron no me lo creía-

Pero es que Cansado tenía grandes planes. Ya nos daríamos cuenta.





*Una cunda es un traslado de internos entre Centros Penitenciarios. Realizada generalmente por la Policía Nacional o la Guardia Civil, las Conducciones Regulares forman un tejido de rutas por toda España que envidiaría más de  una empresa de transporte de Viajeros

lunes, 2 de enero de 2017

Identifíquese

Hay muchas formas de mostrar tu compromiso con el medio ambiente; Desde beberte la cerveza directamente del grifo para no tener que reciclar el vidrio de los botellines hasta alimentarte de tus propios excrementos, el abanico es amplísimo. 
Ambas opciones son buenas, pero personalmente aporto mi granito de arena en el trabajo. En cuanto me pongo el uniforme, me convierto en un electrodoméstico A+; mi gasto de energía es mínimo.
Así que aquí estoy en el acceso al módulo, una vez más, cuidando mi entorno. Y aprovechando que Jesús, un compañero, está tomando los nombre de los internos que van a salir al campo de fútbol, me he quedado en stand-by, para ahorrar más energía aún. Aunque visto desde fuera, admito que podría parecer que estoy dormitando, no es así en absoluto. Permanezco alerta al cien por cien.
Los internos van saliendo de uno en uno por la puerta, dándole antes su nombre a Jesús, que lo anota en una libretilla. El monótono soniquete de las preguntas y respuestas es soporífero como una nana.
- ¿Nombre?
- García Rodríguez
- ¿Nombre?
- Montoya Carmona
- ¿Nombre?
- Artero Martín.
- Ya, y yo me llamo Jesús. Dime tus apellidos, anda.
El interno está perplejo. El cambio de ritmo en la conversación me ha reactivado, porque no olvidéis que no estaba dormido sino en stand-by.
- Esto... Artero Martín, don Jesús.
- Que si. Pero tendrás apellidos, ¿no?
El interno empieza a sudar y a mirar nervioso a ambos lados. No entiende la situación. Yo tampoco.
- Yo... ¡Artero Martín, don Jesús!.- Su exclamación suena a súplica. A Jesús se le está acabando la paciencia, pero es un profesional y sabe que el único que no puede perder la calma en un patio, cualquiera que sea la situación, es el funcionario. Vuelve a la carga, y habla al interno como hablaría a su hijo.
- Que siiii. Pero seguro que tu nombre es más largo, ¿a que si?
- Artero Martín, Mateo don Jesús.-
- ¿Ves? No era tan difícil. Venga Alfredo, pasa para el campo.
El interno sigue sin entender nada, pero no discute y se pira hacía el polideportivo lo más rápido que puede. Yo me doy una sonora palmada en la frente. Jesús levanta los ojos de su lista y me mira.
- ¿Que te pasa a ti?
- Nada, que me acabo de acordar de una cosa.
- Ah.
- Jesús... Tu, ¿que tal vas del oído?
- Pues perfectamente. No he oído a nadie quejarse.
- Te creo.
Jesús vuelve a su lista, y lee para si mismo.
-Alfredo Martín Mateo. Que curioso, los apellidos también son nombres. Me pregunto si se habrá dado cuenta el descerebrado ese.