sábado, 3 de junio de 2017

El profesional II

 Miré a mi alrededor. Los internos parecían a punto de empezar una pelea multitudinaria, pero eso era más apariencia que realidad. En cuanto entré, los gritos y los ánimos habían calmado bastante, y se habían hecho un tenso silencio. Todos me miraban, expectantes. Y un interno a mi derecha se dirigió a mí, mientras señalaba con desprecio a Ercilla.
  - Señor funcionario, llévese a este tío, que la está liando sin venir a cuento.-
 Miré a Ercilla a los ojos. Respiraba entrecortadamente, y su pecho subía y bajaba haciendo que el banco que aún sujetaba por encima de su cabeza, que por cierto debía pesar no menos de treinta kilos, amenazara con caerse en cualquier momento. Lo primero era lo primero.

 - Ercilla, suelta el banco. Por favor.- Ercilla me miró, no sé si con sorpresa o simplemente saliendo de su estupor. No dijo nada.
  - Ercilla,- repetí con voz un poco más firme -suelta el banco. Ercilla abrió la boca para decir algo, pero no le dejé. -Dime lo que quieras, pero baja primero el banco.-
  - Si bajo el banco, estos me matan, don Jaime.- Estaba asustado. Miré a mi alrededor. El resto de internos parecían cabreados, lo que era lógico. Pero no más de lo que estaría cualquiera si un chalado te interrumpe la partida de cartas haciendo volar el mobiliario de la habitación. Ninguno tenía los puños apretados, ni esa actitud corporal que delata al que está dispuesto a 'saltar'. La cosa, dentro de lo malo, parecía que se iba a solucionar pacíficamente. Me tranquilicé un poco, y volví a la carga. Traté de sonar todo lo firme, pero tranquilo, de lo que era capaz. No es fácil.

  -Aquí nadie te va a tocar un pelo mientras esté yo. Así que no les vas a tirar el banco encima.- Mientras, me fui acercando a él poco a poco, hasta estar solo a dos metros escasos. -Y ahora mismo, si lo tiras, sólo me vas a dar a mí. Y yo sé que tú no quieres darme a mí con el banco.- Ercilla seguía confuso, pero su respiración era ya más pausada. Era el momento de dar la última orden.
 -Venga, baja el banco y vámonos tu y yo de aquí.-
  Lentamente, Ercilla posó el banco en el suelo. Surgió un murmullo del resto de internos, pero ninguno dio un paso adelante, ni hubo ningún amago de agresión. Menos mal. Si llego a suspirar de alivio, me hubieran oído hasta en el ayuntamiento del pueblo de al lado. Pero no era momento de mostrar debilidades. Así que me tragué el suspiro, y con mucha delicadeza apoyé mi mano en el hombro de Ercilla, para animarlo a emprender la marcha.

 En cuanto me giré hacia la puerta, vi entrar por ella a Germán. Germán era un compañero, uno de los pocos, muy pocos, funcionarios de prisiones vocacionales que he tenido el gusto de conocer. Me sobrarían los dedos de la mano del empleado de un aserradero para contar cuántos han sido, porque sólo he conocido a dos.

  Germán proviene de una familia en la que hay algún otro miembro del gremio, y siempre lo ha tenido claro. En su último año de instituto empezó a preparar la oposición, y con diecinueve añitos recién cumplidos ya se pateaba los patios.
  Pero aparte de vocación, es un profesional, porque una cosa no va siempre unida a la otra. Germán se implica en su trabajo. Nunca deja sin hacer un cacheo, sin investigar un chivatazo. A veces jode que haga todo tan bien, pero lo cierto es que lo compensa quitándote trabajo de encima. Y practica artes marciales, lo que hace que en algunos casos, como este mismo que os estoy contando, agradezcas tenerlo al lado. Germán no había necesitado más que verme entrar sólo al Salón Sociocultural para darse cuenta de que algo raro pasaba, y no había dudado en entrar detrás de mí. Bueno, esto último he de reconocer que es algo que casi cualquier compañero haría. Casi.

 Germán me miró. Miró a Ercilla. Y miró todo el perímetro de la habitación, sin detenerse en nadie en concreto, pero sin dejar de fijarse bien en todos y cada uno de los internos.
 -¿Que ha pasado?-, me preguntó.
 -Nada. Luego te cuento.- Porque tampoco era el momento de tener un cambio de impresiones. Urgía llevarse a Ercilla, y que se calmasen los ánimos. -Me llevo a este a Jefatura.- Concluí.
 Germán me señaló a Ercilla.  En el antebrazo, donde no llegaba cubrir su camiseta de manga corta, unas líneas púrpuras le surcaban  la piel. Arañazos, y bastante profundos. Supongo que, al tener los brazos alzados para sujetar el banco, desde mi perspectiva quedaban ocultos. Porque lo cierto es que era imposible no verlos.
 -Este se ha peleado-, constató Germán. -¿Con quién?-

Me encogí de hombros. La verdad es que ni se me había pasado por la cabeza que la pelea ya se hubiera materializado antes de mi entrada. Ercilla bajó la vista hacia el suelo, en completo silencio. No pensaba soltar prenda. El código del preso. En fin.

 Germán miró a su izquierda, y en menos de un segundo señaló a un interno que permanecía sentado en un banco, la espalda apoyada contra la pared.
 - Usted. Levántese.- El interno miró a uno y otro lado, confundido. Luego miró hacia arriba, a los ojos de Germán.
  -¿Yo?.- Balbuceó.
  - Si, usted. Levántese, haga el favor.- Repitió Germán. El interno dudó. Pero permaneció sentado, con las piernas muy juntas. Levanté una ceja.
  - ¿Y por qué me tengo que levantar yo?.- La respuesta me dejó de piedra. No le habían pedido nada raro.  Pero, de alguna manera, Germán se la esperaba. Dio un paso atrás, plantándose firme sobre sus pies, y miró fijamente a los ojos del interno, un hombre de unos cincuentaypico años, calvo y de aspecto anodino.
  -Porque le estoy pidiendo que se levante.- El interno se removió, incómodo.- Y como lo vuelva a tener que repetir, voy a tener que ponerle la mano en el hombro para animarle. Y si no me hace caso entonces, ya sabe lo que eso implica.-
  Lo que eso implica, es decir, el que no acompañes a un funcionario que te conmina a hacerlo apoyando su mano en tu hombro, es la comisión de una falta muy grave conforme al artículo 108 del reglamento penitenciario de 1981. Resistencia activa. Y por la comisión de esa falta te pueden caer, por ejemplo, varios fines de semana en una celda de aislamiento. Y perder el derecho a disfrutar de permisos. No es ninguna broma. El interno lo sabía de sobra, así que, muy a su pesar, se levanto.

 Al ponerse en pie, el pantalón de chándal que cubría hasta entonces sus piernas, súbitamente dejó de hacerlo. Estaba completamente desgarrado por las costuras laterales, y pudimos ver claramente  las rodillas del calvo. En cuanto abrió sus manos para intentar evitar quedarse desnudo allí mismo, pude ver que el interior de sus uñas estaba teñido de rojo. Él era el autor de los arañazos. Me quedé de piedra. ¿Cómo lo había podido saber?.

 Germán llamaba por el 'walkie', porque él no se lo había olvidado, solicitando la presencia de más compañeros para ocuparse de vigilar el patio mientras nosotros nos llevábamos a Ercilla y al calvo al módulo de aislamiento. Primero me fuí yo con Ercilla, y cinco minutos después salió él con el otro implicado en la tangana. Así evitábamos encontrarnos juntos los cuatro en las esclusas. Nunca se sabe.
  Llegué al módulo de aislamiento, y tras cachearlo en profundidad, encerré a Ercilla en una de las celdas que siempre tenemos vacías en previsión de estas situaciones.  Esperé la llegada de Germán con su escoltado fumando uno de los muy pocos pitillos que me permito al año, pero es que la situación lo requería. Cuando Germán y el calvo llegaron, lo encerramos también, sin más ceremonias, Y nos encaminamos juntos a dar parte al Jefe de Servicios de todo lo sucedido.
 Pero, por supuesto, la pregunta me quemaba. Como supongo que a todos vosotros. Y no aguanté más de cinco segundos sin hacerla.

 -Germán... ¿Cómo cojones adivinaste con quién se había peleado Ercilla?.-
 Germán miró hacia el suelo, con timidez, y sonrió.
  - Fue fácil... Cuando entré, todo el mundo te estaba mirando a ti, y en cuanto abrí la boca, todos pasaron a mirarme a mí. Todos menos el calvo ese, que se pasó todo el rato mirando al suelo y sin levantar la cabeza. Qué quieres, me pareció raro. Para una vez que hay espectáculo... ¿por qué te lo vas a perder?.-

 Asentí en silencio. Sin duda, Germán era un profesional.

miércoles, 31 de mayo de 2017

El profesional

 Trabajar por las mañanas en el acceso de un módulo es como dirigir un circo de tres pistas, pero los viernes lo es un poquito menos. Todos los días, y desde primera hora de la mañana, tienes que controlar el reparto de medicación, tienes que controlar escrupulosamente quien entra y sale a las mil y una actividades que se desarrollan en la jornada, tienes que llamar por megafonía para dar notificaciones a internos que, por pura ley de Murphy, son los siempre están hartos de pastillas durmiendo en la sala de televisión, de forma que los tienes que llamar diez veces antes de que reaccionen.

  Todo ello mientras atiendes sus quejas, por supuesto, y no te pierdes detalle de lo que pasa en el patio por si hay bofetones. Porque si un día, en tu patio, a alguien lo cosen a puñaladas, al inspector no le va a servir como excusa que tú le estuvieses sellando una instancia de 'coitus interruptus' a un fulano mientras con el rabillo del ojo controlabas que no le faltasen al respeto a la ATS cuando realiza el reparto diario de medicinas. Y es que así es nuestro trabajo. Hay quien lo ve como una mezcla de policía y educador, pero lo que somos es unos malabaristas a la espera de esa pelota de más que hará que todo aquello que hemos luchado por mantener en equilibrio se nos caiga al suelo.

  Los viernes, como iba diciendo, son un poquito más llevaderos. Aunque sólo sea porque, a mitad de la mañana, el flujo de psicólogos, trabajadoras sociales, maestras o miembros de las ONG´s más peregrinas disminuye hasta detenerse por completo. Se aproxima el fin de semana, y todos estos profesionales buscan aprovechar esas últimas horas de la jornada para hacer papeleos y dejar las mesas de sus despachos limpias hasta el lunes. No puedo culparlos, yo haría lo mismo. Y además su ausencia me libra de atenderlos, de buscar a los internos que necesitan ver, de entregar revisiones de grado, anulaciones de permiso y demás marrones.

 Durante unas horas puedo, simplemente, observar a los internos. La que, según el  reglamento, debería ser mi tarea fundamental. Pero la alegría dura muy poco en casa el pobre, y aquel viernes, tras unos escasos minutos de paz, sonó el timbre de la entrada situada a mis espaldas. Pulsé el botón de apertura y entró Hugo, el Encargado del Módulo. Y puesto que no venía del interior  del módulo, y era media mañana, y se fue directamente al servicio a lavarse las manos, no había que ser muy listo para deducir que venía de almorzar por ahí. Una forma de escaquearse como otra cualquiera, si.

  Crucé los dedos para que Hugo se limitase a soltar lastre y se fuese directamente al patio, sin buscar conversación. No fue así. Hugo salió del baño secándose las manos, se sentó en una silla de oficina que había a mi izquierda, y comenzó a rendirme cuenta pormenorizada de sus males de amor. Que eran muchos y muy variados. A comerme la oreja, vaya.

  Los males de amor de Hugo eran muchos y variados, si. Pero, como los Diez Mandamientos, se podían resumir fácilmente en dos: Carecía de todo atractivo físico, y además no era capaz de mantener una conversación no ya interesante, sino simplemente entretenida con  una mujer. Con un hombre tampoco, ojo, pero eso ya no afectaba a su vida sentimental.  Hugo llevaba mucho tiempo sin mantener una relación sexual que no hubiera sido precedida de un regateo a modo de  cortejo, y a veces me preguntaba yo si ese patético empeño suyo en buscar pareja, cuando era evidente para todo el que le conocía que aquello era una batalla perdida, no era sino un intento de ahorrarse un dinero.

  Así que si más preámbulos, empezó con su perorata. Lo bueno es que a Hugo lo conozco desde hace ya bastantes años. Cualquier consejo que yo hubiera podido darle ya se lo he dado, y o lo ha ignorado o no lo ha puesto en práctica correctamente y me ha culpado de su fracaso. Así que, en el fondo, no tengo por qué prestarle atención, porque Hugo sabe ya que nada voy a contestarle. Y la mañana siguió transcurriendo un poco como hasta entonces, con la salvedad de que en vez de escuchar radio 3 de fondo, pues estaba escuchando a Hugo. Dependiendo del programa que estén emitiendo, a veces es hasta mejor. Pasados unos minutos te abstraes, y deja de tener importancia a quien o qué estás escuchando.

  Me concentré en observar el patio. No hacía ni frío ni calor, y el sol asomaba a veces entre las roturas entre las nubes que dejaba el cielo parcialmente cubierto. Eso daba variedad a las actividades de los internos. Algunos corrían en círculos, otros estaban sentados jugando tranquilamente al parchís. Había quien hacía gala de optimismo al tumbarse en un banco con el torso desnudo, intentando atrapar una rayo de sol. Y no pocos internos se refugiaban en el eufemísticamente denominado 'Salón Sociocultural', viendo la 'tele'.

  Y ahí, en en Salón Sociocultural, fue donde algo me hizo detener mi recorrido visual. Al principio no me di cuenta, como suele pasar, pero... Algo no encajaba. El Salón Sociocultural no es más que una habitación de unos sesenta metros cuadrados, en la que únicamente hay un viejo y enorme aparato de televisión protegido de posibles agresiones por una caja de acero y plexiglás, y varios bancos corridos de metal y madera atornillados al suelo. Desde mi punto de vigilancia, sólo alcanzaba a ver la pared de ladrillo visto que lo separaba del patio, la puerta que le daba acceso, y un par de ventanas muy anchas y estrechas. Éstas, de no más de cuarenta centímetros de altura y unos cuatro metros de ancho, estaban situadas a la altura aproximada de la cabeza de una persona... Y eso era lo que se veía. Cabezas. Cogotes, más bien, porque todos los que se encontraban en el interior de la estancia parecían estar mirando hacia el centro de la misma.

  Y eso era lo que me había llamado la atención. ¿Por qué estaban mirando hacia el centro, si la 'tele' quedaba a su izquierda?. ¿Por qué estaban de pie, si tenía que haber espacio de sobra para sentarse?.

 El soliloquio de Hugo derivaba,como siempre lo hacía pasados los primeros cinco minutos, hacia la autocompasión. Y como quiera que eso es algo que me enerva, vi una oportunidad de oro de librarme de su rollo y a la vez hacer mi trabajo.

  - Tío, ¿te quedas aquí un segundo?. Voy a ver una cosa al patio.- Y sin darle tiempo a responder, le pasé la botonera y me encaminé a la salida de la oficina. Para cuando logró reaccionar, yo ya estaba tocando el timbre de la puerta-esclusa de acceso al patio. Hugo pulsó el botón de apertura electrónica, y salí al exterior.
  Me puse las gafas de sol, un poco porque a pesar de que estaba bastante nublado, no dejaba de haber un fuerte contraste entre la penumbra del interior de la oficina de acceso y la gris luminosidad del exterior. Y un poco por chulería también me las puse, no os voy a mentir. Cumplido esto, comencé a cruzar el patio en diagonal, directamente hacia la puerta del Salón Sociocultural.
  A mitad de mi camino, un interno salió a trompicones por la puerta a la que yo me dirigía. Parecía muy alterado, y el hecho de que fuera vestido solamente con unos vaqueros, sin nada que le cubriese el torso, no era una buena señal. Nadie baja de las celdas sin ir completamente vestido, y este tipo, o bien se había quitado la camiseta para usarla de almohada mientras veía la 'tele' -y había tenido que salir del salón sin tiempo a recuperarla- o bien se la habían arrancado en una tangana. Mala cosa.

  El interno en cuestión me vio y, tras un primer gesto de sorpresa, vino directo a mí. Tensé los músculos, un poco por reflejo. Pero tuve suerte. Venía en son de paz.
  - ¡Señor funcionario, Ercilla se ha vuelto loco y está pegando a todo dios!- Me dijo, muy agitado, señalando hacia la puerta por la que acababa de salir.
  Bueno, pensé, era cuestión de tiempo. Ercilla era un politoxicómano, y las últimas semanas las había pasado 'quemando' el módulo. La táctica es muy sencilla, si tienes un mínimo de don de gentes. Te vas haciendo amigo de unos y otros, y les pides dinero. O drogas.  O tabaco. Todo, por supuesto, a cuenta de un dinero que alguien te va a ingresar en tu peculio, sin falta, el próximo miércoles.
  Y cuando el miércoles no ha llegado ese dinero, pues le montas un pollo al funcionario del acceso. O solicitas hablar con el Administrador. O incluso haces una sentada de protesta en el medio del patio (sí, eso se hace a veces). Todo para que tus acreedores vean que tú eres legal, que todo es un error, que tú les vas a pagar. Que eres de ley.
  Esto funciona dos o tres semanas, y a partir de ahí, claro, la gente se muestra un poco más desconfiada. Algún acreedor impaciente puede llegar a amenazarte. O lo mismo, dios no lo quiera, te caen unas hostias. Entonces llega el momento de abandonar el módulo. Pero esto no es decisión tuya, porque en prisión no puedes hacer el petate y decirle al funcionario, -'Mire, oiga, que me aburren los vecinos y me voy al bloque de al lado'-. Hay que buscar una excusa. La forma legal es solicitar protección, 'refugiarse', porque estás amenazado. Pero esto implica hablar con el Jefe de Servicios y reconocer que has pedido prestado dinero, que no lo has devuelto, y que Sorin, el rumano que lleva lo de los préstamos, te ha dejado caer que te va a partir las piernas. O que te va a partir las piernas y dejarte caer, que el miedo no te deja pensar con claridad. Pero eso es de cobardes, es de chivatas. Y de perras.
  Y si no quieres refugiarte, porque eso es de chivatas y de perras, pues sólo te queda otra opción.
  Liarla. La lías, es decir, te peleas con alguien, y automáticamente los funcionarios te llevamos a aislamiento. Y te vas del módulo bien, por la puerta grande. ¿Vosotros lo entendéis?. Pues así es como funciona. La ley del talego. Que desde fuera puede parecer que tiene un aura de romanticismo pero, como tantas otras cosas que la tienen, vivida desde dentro es una imbecilidad.

 Así que, sin más preámbulo, entré en la habitación. A mi izquierda y derecha, en torno a quince o veinte internos pegaban sus espaldas contra las paredes. Algunos de pie, otros sentados. Todos dando voces, instando a Ercilla a deponer su actitud. Y frente a mí, y a ellos, estaba Ercilla. De pie, y sujetando un banco con ambas manos  por encima de su cabeza. Uno de esos bancos que deberían estar atornillados al suelo. Estaba muy agitado, y en ese momento me caí en la cuenta. Yo había cometido un grave error.
  Me había dejado el 'walkie' encima de la mesa de la oficina de acceso.
  Estaba solo.

jueves, 25 de mayo de 2017

Sálvese quien pueda III

 Mientras la procesión se acercaba a la puerta de la cocina, Aquilino procedió a contarnos sus primeros devaneos con el LSD, y cómo, en sus propias palabras;
  - Empecé a ver dragones, y a gritar que me sacaran de allí. Entonces la peruana con la que compartía piso entró a mi habitación y vaya que si me sacó, me sacó a hostias de la cama, porque me dijo que la había asustado, y que estaba hasta el coño de mí. Así que salí a la calle y me metí en la iglesia que había en la otra acera, para que no me encontrase el dragón, porque los dragones no pueden entrar en las iglesias.- Aprovechando que Aquilino había interrumpido por un instante su monólogo para darle una calada a su pitillo, me arriesgué a meter baza.
 - Los que no pueden entrar a las iglesias son los vampiros, Aquilino...- Todos me miraron a la vez, y con idéntica expresión confusa.
  - ¿Como dice, don Jaime?.-
  - Que los que no pueden entrar a las iglesias son los vampiros, porque es territorio sagrado.- Aquilino se rascó la cabeza. No fue el único. Finalmente me respondió, tras unos instantes de duda.
  - Ya, bueno... No sé que tendrá que ver una cosa con la otra. Los dragones no pueden entrar a las iglesias porque no caben por la puerta, y los muros son gordos. Al menos es lo que se me ocurrió a mí.- Varios internos asintieron con la cabeza, aprobando su decisión. A mi me quedó la duda de cómo es que había conseguido entonces entrar el dragón en su habitación para atormentarlo, pero Aquilino ya había vuelto a coger el hilo de la narración, así que me callé y no volví a interrumpir. Además eran su dragón y sus alucinaciones, así que sin duda seguían sus propias reglas.
  
  Aquilino tenía una voz muy característica, y con característica no quiero decir que fuese algo suyo, singular y único. Era, y es, una voz característica de, aquellos veteranos jinetes del caballo llamado muerte. Rasposa, como si los domingos de resaca te cuidases la faringe haciendo gárgaras con arena. Joe Cocker había conseguido perfeccionar su tono macerando su cuerdas vocales en alcohol. Sergio Dalma... No sé, en innumerables citas a ciegas de las de 'susto o muerte' con mujeres de nombre hebraico, si hacemos caso a su discografía.
  Aquilino había curtido su garganta a golpe de amoniaco y papel Albal, y vete a saber por qué, desde que tuve la ocasión de conocerlo, cada vez que oigo la expresión 'hablando en plata' su voz resuena en mi cabeza.
  El caso es que su timbre grave y roto le impedía hablar en voz baja por más que lo intentase, y aquella mañana, para poder hacerse entender entre la algarabía de risas que ya lo rodeaba, había elevado bastante el tono. Y ninguno, por supuesto, nos habíamos dado cuenta.

  Aquilino continuó su relato, interrumpido aquí y allá  por arranques de risa de sus oyentes, mientras la procesión, con el obispo al frente, se detenía finalmente ante la puerta de la cocina. Al lado del  marco de la misma, pegado con celo a la pared, estaba el dibujo que Quispe había perpetrado para la ocasión.
 En él, la santa mujer Verónica enjuga con un paño la cara de Jesús. Salvo que, por cómo miraba a Cristo, no parecía precisamente una santa. Y el extraño bulto que asomaba de su entrepierna no invitaba a pensar que fuese una mujer.

El obispo puso los ojos en blanco, supongo que rogó al Señor que, por enésima vez, le diese fuerzas, y se dispuso a comenzar sus plegarias. Todo el mundo guardó un respetuoso silencio.

Todo el mundo, claro, menos Aquilino. Su historia había continuado con él buscando refugio en un confesionario, del que un incauto sacerdote estaba intentando sacarle en esos momentos.
 Y apenas había el obispo, en el 'hall', abierto la boca para iniciar su plegaria, cuando el vozarrón de Aquilino retumbó intramuros:
  - ¡Cura. Cura hijo de puta! ¡Sal de aquí y no vuelvas que te mato! ¡Vete con la puta de la peruana, que lo mismo quiere follar contigo!-
Todos los que le acompañábamos rompimos a reír. Las risas también se oyeron fuera, claro, y no contribuyeron en absoluto a calmar la situación que, a partir de ahí, se volvió bastante confusa.

 El obispo miró espantado hacia el Jefe de Servicios, pero éste ya no estaba a su lado y apretaba frenético el timbre de la puerta de la cocina. Timbre que, no hace falta decirlo, no oíamos ni Alfreddo, transido de amor no correspondido por Jaime Cantizano, ni nosotros, que ya no éramos capaces ni de seguir el hilo argumental (si es que se le puede llamar así) de la historia de Aquilino.

 El Jefe de Servicios dejó de pulsar el timbre justo antes de quemarlo, y corrió a Jefatura de Centro a por el juego de llaves de recambio. Por supuesto, se encontró la puerta cerrada, y al Jefe de Centro no se lo encontró en absoluto. Así que ahí se quedó ante la puerta, momentáneamente bloqueado.

 Mientras tanto, entre el alboroto de risas que también se había adueñado del 'hall', porque la cosa no era para menos, el ayudante del obispo había hecho mutis, al igual que, entre otros asistentes,y sin que en un principio adivinásemos relación alguna entre ambos casos, la misma Mariuszka.

El pobre obispo, privado del apoyo de los que él consideraba los únicos pilares en los que apoyarse en aquel mar de peligros, dejó caer su báculo. Y considerando que dadas las circunstancias, cinco estaciones eran más que suficientes, y que en caso de querer hacer más, la cárcel (y muchos de sus internos) iban a estar en el mismo sitio el año siguiente, se encaminó hacia el rastrillo de salida con una ligereza sorprendente en un hombre de su edad y envergadura.

  Poco después de esto, el Jefe de Servicios salió de su bloqueo y recordó que en cocina teníamos un teléfono. Así que me llamó desde su oficina, y a partir de ese instante, y durante una buena temporada, se acabaron las risas en prisión. En un primer momento, y un poco para contener daños y reconducir la situación, procedimos a reagrupar a los internos y a conducirlos a sus celdas para un recuento extraordinario.
 El ayudante del obispo salió de uno de los economatos con aspecto de haber sufrido un sofocón, que en un principio atribuimos a la tensa experiencia. Y sí, lo cierto es que el hombre había sufrido una experiencia no carente de tensión. Pero no fue hasta que el Jefe de Servicios lo acompañó hasta la salida deshaciéndose en disculpas que pude ver a Mariuszka salir del mismo economato.
Salir mientras se guardaba en el canalillo no uno ni dos sino tres paquetes de 'Chester' que, hay que decirlo, desaparecieron allí sin dejar rastro. Mariuszka me guiño un ojo, y yo rápidamente até cabos, que tampoco había que ser Jessica Fletcher. Bueno, - pensé- por lo menos si para  el año que viene intentábamos repetir la experiencia, éste se apuntaba seguro.

  Hicimos sonar la sirena de los recuentos, y los internos se dirigieron ordenadamente a sus celdas, en un silencio roto sólamente por alguna risilla furtiva que la mirada fulminante del Jefe de Servicios cortaba de inmediato. Me tocó contar el módulo dos, y no había siquiera franqueado la cancela de entrada a la galería cuando me di de frente con una figurilla que la intentaba abandonar, furtiva.


  Era la beata, la que había cabreado a Ceferino. Todos nos habíamos olvidado de ella. Le pregunté que qué hacía allí, y no porque sospechase que estuviese haciendo algo prohibido ni mucho menos. Más bien al contrario. Mi preocupación era que algún interno la hubiese conducido a las celdas contra su voluntad.
 La beata se abrochó tímidamente el último botón de su desvahído batín color malva, y me preguntó con una pícara sonrisa que por donde se salía. Que se había perdido.
 La miré y achiné los ojos, inquisitivo. Había un brillo en su mirada que no estaba ahí un par de horas antes, cuando entró. El brillo de la chiquilla que le miente a su padre al decirle que no, que no ha estado esa tarde con su novio.

 Le señalé con el dedo hacia la compuerta de salida y se fue, dándome las buenas tardes. Y yo me dispuse a acabar mi tarea de una puñetera vez, hacer el recuento, y sobre todo no pensar, ni entonces ni más adelante, en nada de lo que había pasado aquella tarde.
 En la celda cinco, la de Quispe, no había nadie. Y ya me disponía a cerrarla y ponerme a buscarlo en serio por todo el Centro Penitenciario, cuando alcancé a escuchar un sollozo, y volví a entrar en el 'chabolo' para registrarlo un poco mejor.
  Bajo el camastro, Quispe sollozaba, hecho un ovillo. Le pregunté si le pasaba algo, y negó con la cabeza. Entonces lo hice salir de allí debajo, porque es obligatorio, en los recuentos, comprobar el buen estado de salud de los internos, y sospechaba que quizá alguien podría haber aprovechado el caos para hacerle daño. Pero lo cierto es que no tenía marcas de ningún tipo, y ante mi insistencia, me volvió a asegurar que se encontraba bien y que, por favor, le dejase solo.

  'No pienses, Jaime,' me repetí. 'Acaba el recuento y no pienses más'.


P.S.  Ceferino nos dejó poco después. Cuando todos los sucesos de la tarde de aquel infausto Jueves Santo llegaron a sus oídos, el Director abandonó sus vacaciones y cogió el primer vuelo hacia la isla para darse el gusto de abroncarnos a todos en persona. Uno por uno. En su despacho, y tomándose su tiempo.

 Para Ceferino fue demasiado. Que un advenedizo de la edad de los hijos que podría haber concebido (de no ser porque, como muchos sospechábamos, seguramente eyaculase vinagre), que un advenedizo, digo, tuviese la osadía de cantarle las cuarenta, era más de lo que estaba dispuesto a soportar.
 Así que no había muerto todavía el eco de las palabras del Director cuando Ceferino comunicó a la Dirección General su intención de jubilarse con efecto inmediato. Su petición fue concedida al momento, porque ya pasaba con creces la edad de jubilación y, si seguía en activo, era porque lo había solicitado expresamente.
  El día de su despedida tuvimos la idea de poner una vieja llave de celdas, que de tanto uso se había desgastado y ya no funcionaba, en una peana. La encargamos en una tienda de trofeos, y la adornamos también con la típica placa con las típicas frase vacías ya de contenido. Tus compañeros no te olvidan y todo ese rollo.

  Fiel a la actitud que había mantenido durante la mayor parte de su carrera penitenciaria, lo primero que hizo Ceferino tras desenvolver su regalo fue dirigirse a la oficina de Jefatura de Centro y abrir el armario donde se custodiaban las llaves. No fuese a ser que unos descerebrados como nosotros éramos a sus ojos hubiésemos sido capaces de malgastar una llave 'de las buenas' para crear aquella estupidez de regalo. Sólo cuando le explicamos que era una llave ya fuera de uso se relajó, y por su mirada llegamos a adivinar que el regalo había sido, en el fondo, de su agrado.

  Algún tiempo después, un compañero me contó que se había encontrado a la esposa de Ceferino y que ella le había pedido que nos agradeciera a todos el detalle de la llave.
   Por lo visto, era su posesión más preciada.
  Y la guardaba bajo llave en un armarito de su dormitorio. Donde nadie más que él pudiera tocarla.







viernes, 19 de mayo de 2017

Sálvese quien pueda II

  Pocos minutos después, llamaron por teléfono. Alfreddo no disimuló su disgusto por la interrupción.

   Era el Jefe de Servicios, advirtiéndonos de la proximidad de la comitiva y conminándonos a interrumpir las tareas de cocina, como ya nos había indicado un par de horas antes. Me sorprendió lo rápido que habían llegado hasta nuestra puerta, teniendo en cuenta que había al menos cuatro o cinco paradas más que realizar por el camino, todos ellas con sus correspondientes rezos y demás. Pero supuse que, a tenor de la creatividad de las obras que adornaban cada una, y las miradas perdidas de los asistentes a la misma, el obispo había decidido agilizar la ceremonia.

  Sin tiempo que perder, salí de mi oficina e indiqué a los internos que cesasen en sus actividades. No me costó mucho convencerlos, la cosas como son. Y es que si fuesen unos apasionados del trabajo seguramente no habrían recalado en mi 'hotel'.
 Me quedé con ellos, porque lo cierto es que yo estaba ya del programa de Jaime Cantizano hasta el moño, y Alfreddo estaba hasta más o menos el mismo sitio de oírme hacer rimas con el apellido de su presentador favorito. Así que unos minutos después compartíamos conversación y unos pitillos. La cosa iba bien.
   Aquilino contaba, no sé a cuento de que, sus primeras experiencias con las drogas. Su público se partía de risa, a pesar de que, bueno, las historias tenían su chispa pero tampoco eran para tanto.
   Unos días después, atando cabos, caí en la cuenta de que el miércoles anterior al Jueves Santo se reparte toda la medicación hasta el lunes. Los sucesivos recortes de la Administración han llevado la escasez de personal hasta el límite, y en muchos Centros Penitenciarios los fines de semana y festivos sólo se atienden urgencias. Repartir la medicación a diario no es una de ellas, así que el día anterior cada interno había cogido una bolsita con pastillas para cinco días con el compromiso verbal de administrárselas con arreglo a la posología prescrita. Y bueno, ya os lo suponéis. En cuanto bajaron al patio comenzaron el cambalache y el pago de deudas, y el que quería 'roches' había hecho acopio de ellas, el que prefería el Transilium durmió como un niño, y el esquizofrénico de la celda 12 cambió los antipsicóticos por unos paquetes de 'Chester', porque al duende que le dice que queme cosas le gusta más el humo que las pirulas.
  Pero en aquel momento yo no era consciente de todo aquello, y contagiado por el buen rollo, los ojos como platos y las mandíbulas desencajadas del resto del público, yo también me empecé a reír con las desventuras de Aquilino. Hasta llegué a pensar que quizá podría presentarse al Club de la Comedia porque, las cosas como son, Aquilino no lo iba a hacer peor que Carmen Lomana, y tenía un aspecto más saludable y natural que ella.
 
  Fuera, en el 'hall', el estado de ánimo del obispo estaba muy lejos del nuestro. Sentía clavarse en su espalda la mirada penetrante de Quispe, el peruano asesino de niños, y cada vez que, de manera involuntaria, giraba la cabeza, allí se lo encontraba. La mirada de un cazador hacia su presa, pensaba inquieto el religioso. La inquietud, que empezaba a ser miedo, junto al calor húmedo de la isla, le estaban haciendo sudar como un efebo en un baño turco, y el pensar  en su sotana empapada pegándose a su cuerpo no le tranquilizaba lo más mínimo. Es más, las obras pictóricas con las que Quispe había decorada cada estación del Via Crucis no le dejaban dudas de la querencia del pederasta hacia los hombres de edad mediana cubiertos (aunque sólo fuera parcialmente) con lienzos húmedos.
  El obispo sufrió un escalofrío al pensarlo, y no pudo evitar volver a mirar a su espalda. Se encontró con unas diez miradas vacías, y la de Mariuszka, que quizá tenía demasiado contenido.
  Quispe estaba allí también, en primera fila, con la mirada fija en su rabadilla, e interrumpió la oración que recitaba entre dientes para regalarle con una inquietante sonrisa.
 
  'O quizá sólo me ha enseñado los dientes', pensó el obispo, para desechar ese pensamiento inmediatamente y darse cuenta de que, dentro de todo lo malo de que Quispe era capaz, un mordisco no estaba ni entre las cinco peores cosas. 'Señor, dame una excusa para poder salir de aquí cuanto antes'.
  Por suerte para él, Aquilino le dio esa excusa.

 

 

viernes, 12 de mayo de 2017

Sálvese quien pueda.

  La gota que colmó el vaso para Ceferino cayó en forma de una pobre beata que tuvo la desgraciada idea de entrar a la oficina de Jefatura de Centro a preguntarnos si queríamos participar en el acto.
 Ceferino ni preguntó a qué acto se refería, que oigan, nunca se sabe, antes de echarla con cajas destempladas.
   Aquella señora cumplía los tres requisitos: No era funcionaria, no era una interna y, último pero no por ello menos importante, era una mujer. A Ceferino no se le ocurría ni un sólo motivo por el que esa señora debiera estar ahí junto a él y, en vista de que ella no parecía dispuesta a esfumarse, la ecuación sólo tenía una solución posible.
  Así que entre resoplidos dignos de un toro de lidia, y con un ímpetu semejante al de esos animales, me sacó a empujones de Jefatura, salió él a continuación, y cerró por fuera. La pobre mujer había tenido el tiempo justo para apartarse antes de sufrir la singular experiencia de ser atropellada por un Jefe de Centro al borde de la apoplejía.

   -Me voy de aquí. Lejos. A tomar... un café.- No decía una mentira, la cafetería más cercana estaba al menos a un kilómetro de allí. En cuanto le vi desaparecer tras la pesada puerta corredera del rastrillo, se me ocurrió que quizá no habría sido mala idea pedirle que nos dejase las llaves de Jefatura a mano, porque, ¿quién sabe si nos podrían hacer falta?. Pero deseché la idea de inmediato, por poco factible. A Ceferino, hubiera sido más simple arrancarle el escroto a tirones que el llavero.

  A mi derecha, la pobre mujer intentaba explicar al obispo y al Jefe de Servicios que, de alguna manera, acababa de ser atropellada por una mezcla de funcionario del estado y cafetera de vapor. El religioso le prestaba toda su atención, y no me extrañó. Hasta ese momento se había visto obligado a poner a prueba su fé rezando las oraciones de la primera parada del Via Crucis frente a una de las originales obras de Quispe, el pederasta peruano. En ella, unos legionarios romanos con unas falditas bastante más cortas de lo que debería ser reglamentario procedían a capturar con especial cariño a un Jesucristo que, por algún motivo, había estimado oportuno pasearse por el huerto de los olivos semidesnudo. La interrupción de su acompañante había permitido al obispo apartar sus pensamientos, aunque sólo fuera por un momento, de aquella perturbadora escena.
 En cuanto la mujer señaló en mi dirección, el Jefe de Servicios me fulminó con la mirada. Yo no tenía nada que ver en aquella historia, pero vete tú a saber lo que la pobre señora le estaría contando, traumatizada como estaba. Así que me encogí de hombros, le sonreí tímidamente y, caminando lo más rápido que pude sin llegar a echarme a correr, me escabullí hacia mi cocina. De donde, me daba cuenta ya, no debería haber salido.

  En mi oficina, Alfreddo no se perdía detalle de las palabras de Jaime Cantizano. No había llegado yo siquiera a abrir la boca cuando alzó el índice de su mano derecha, para hacerme callar. Parecía que
el tertuliano iba a decir algo importante. Presté atención a sus palabras. No fue así. Alfreddo seguía con el dedo erguido.

 Quizá simplemente quería que me callase, y punto.
 



  

jueves, 4 de mayo de 2017

Los siete pecados capitales

   Finalmente la curiosidad, esa asesina de gatos, fue más fuerte que la indiferencia, y me impulsó a salir de mi zona de seguridad para intentar enterarme de una vez en qué consistía eso del Via Crucis.
    Dejé a Alfreddo al mando de la nave, con un 'walkie' a mano, y con la responsabilidad de utilizarlo si tenía el más mínimo problema, y salí al 'hall' central de la prisión.
   Me sorprendió encontrarlo vacío, pero esa no era más que una primera impresión. Al acercarme a la oficina de Jefatura de Centro, el punto central de la cruz, pude ver en el ala derecha de la misma a un pequeño grupo de fieles disponiéndose a salir en procesión. No eran muchos, pero en su conjunto eran, sin quererlo, un recordatorio viviente de los pecados capitales.
    Los más evidentes, por supuesto, eran el gordo y goloso obispo y su estirado y soberbio edecán. Había que conocer algo más al resto de procesionarios para percibir que la obsequiosidad del Jefe de Servicios no era más que la manifestación de una envidia enfermiza, envidia que sufría en presencia de toda autoridad que el pobre hombre percibía como superior a la suya.
  Tras las tres principales autoridades de la comitiva se encontraba Mariuszka, una joven y espectacular prostituta de origen polaco. La viva imagen de la lujuria, pensaréis. Y bueno, pues la cosa es que sí. Pero el pecado de Mariuszka no era la lujuria, porque a pesar de su corta edad, Mariuszka ya había volado lo suficiente como para estar por encima de esos sentimientos tan básicos. La lujuria era el de todos los demás presentes en la misma habitación que ella. Mariuszka era más de avaricia, y de hecho cumplía condena por una serie de extorsiones a clientes. La seductora bruja que escondía bajo las bragas la calculadora, que diría Sabina.

 Entré en la oficina de Jefatura de Centro. Pensé que, dotada como estaba de espejos unidireccionales, podría observar tranquilamente el evento sin ser visto a mi vez. Pero no había contado con Ceferino, el Jefe de Centro, que se encontraba de peor humor aún que un par de horas antes, cuando le había logrado arrebatar las llaves de la cocina.
  Si ya en un día normal Ceferino se sentía como el último hombre en pie, el fiel pilar garante de la seguridad del centro penitenciario frente a las hordas de malvados internos deseando fugarse y a los perezosos funcionarios dispuestos a permitírselo por descuido u omisión, ¿Cómo se iba a sentir en estas circunstancias, con un grupo formado a medias por internos y gentes de la calle deambulando libremente por SU 'hall'? ¿Y con el Jefe de Servicios, ese traidor, deshaciéndose en elogios y repartiendo sonrisas a esa manada de advenedizos?.
  Ceferino estaba tenso y rabioso, tenso como sólo puede estarlo un gato rodeado de perros en un callejón, que sabe que no le queda más opción que intentar huir para salvar la vida pero a la vez tan rabioso que de buena gana  entregaría esa vida  si supiera que con ello mataría a la vez a todos sus adversarios.

 Ceferino era la ira. Y con una nimiedad, estalló.

domingo, 30 de abril de 2017

Master Chef

  Poco después de que Aquilino abandonase mi oficinilla, entró Alfredo, el cocinero. O Alfreddo, si atendemos a su forma de firmar. En concordancia con los días de luto que vivíamos, vestía un conjunto de 'chef' de dos piezas, completamente negro. Y ajustadito, como el auténtico 'ninja' de los fogones que pretendía ser.
  No estaba mal, sobre todo si lo comparabas con los lisérgicos colores de sus demás chaquetas, una gama cromática digna de una Ágata Ruiz de la Prada surfeando en un mar de LSD. Sería fácil decir que Chicote había sido una mala influencia para Alfreddo (no sé qué me da el escribirlo así, pero sé que a él le gustaría), pero toda esta historia sucedió hace mucho tiempo, bastante antes del auge de los cocineros estrella que padecemos hoy día. Así que supongo que esta afinidad estética de ambos fue fruto de la casualidad, o bien alguno de los cocinillas que tan profesionalmente arrugan la nariz con desagrado en 'Master chef' tienen un sórdido pasado carcelario que el público desconoce.

  Alfreddo entró en la oficinilla, como decía, levantó la cabeza lo suficiente como para mirarme por debajo de las lentes de sus gafas de montura al aire, y cogió con una veloz finta de sus manos su juego de cubiertos personal de encima de la mesa del despacho. Así, sin mirar. Mientras abandonaba la estancia, suspiró un saludo como sólo él sabía hacerlo, de esa personal y única manera que te hacía sentirte más despreciado que si no te hubiera saludado en absoluto. Se encaminó hacia las mesas de trabajo, donde Aquilino y un par de internos más se afanaban en picar lechugas y tomates, y se inclinó para coger un trozo de uno de estos últimos. Lo hizo con estilo, o eso creía él, inclinándose hacia adelante sin separar ni doblar las piernas ni un milímetro. Permitiendo que sus pantalones con mezcla de lycra se ajustasen a sus tersas nalgas, marcando la suavidad de sus formas.
 
Aquilino y sus compañeros miraron hacia otro lado, súbitamente incómodos. Yo me froté los ojos con el índice y el pulgar de mi mano derecha, como si con este gesto fuese a conseguir borrar esa imagen de mis recuerdos. Cuando volví a mirar, Alfreddo masticaba el tomate asintiendo con aprobación, con sus ojos cerrados de placer. Después de tragar, impartió una serie de instrucciones a los pinches, instrucciones que no pude oír, parapetado como estaba  tras el grueso cristal blindado de mi despacho. Acompañó las mismas con amplios y gráciles gestos de sus brazos, como si estuviera dirigiendo una orquesta de cien miembros. 'Eso le gustaría a él,' pensé para mí. 'Dirigir un orquesta. O cien miembros.' Alfreddo entró mientras todavía me estaba riendo de mi propia estupidez, y he de reconocer que me cogió por sorpresa.
  - ¿De qué te ríes?.- Preguntó sin mirarme, rodeando la mesa del despacho. Alfredo caminaba con unos rápidos pasitos cortos, como un profesional de la marcha atlética, pero sin contonear tanto el culo. Por suerte.
  No contesté, y no pareció importarle lo más mínimo. Se sentó a mi lado.
  - Me ha dicho el jefe que van a hacer un Via Crucis, así que vamos a tener que interrumpir el trabajo un rato.- Asentí con la cabeza. Alfreddo continuó.- Así que simplemente vamos a hacer una ensalada campera, y unos Sanjacobos con patatas. Nada en las volquetas que se nos pueda quemar en el fuego.- Terminó de hablar y me miró. Esperaba una contestación o comentario, y yo la verdad es que no sabía qué decir al respecto. Así que me salí por peteneras.
 
  -¿No vas a ver el Via Crucis ese?.- Alfreddo echó la cabeza atrás, sorprendido por mi pregunta.
  - Huy, no. Que va. No me van esos rollos.- Me encogí de hombros, pensando que había terminado de hablar. Pero no.
  - Tanta sangre, esas imágenes de hombres torturados...- Continuó, agitándose con un coqueto escalofrío.-No, no.- Concluyó, con un brillo en sus ojos que quería decir 'Si, Si'. Lo miré, sonriendo de medio lado. Alfreddo se sintió súbitamente incómodo con mi mirada, y se inclinó con presteza hacia adelante para coger el mando de la 'tele' de un cajón de la mesa.

  -¿Vemos algo?¿El programa de Ana Rosa?, dijo atropelladamente. Y sin dejarme contestar, encendió el aparato y se esforzó en ignorarme concentrándose en el mismo. 

 

 

jueves, 20 de abril de 2017

Amor de madre

  La llamada de Julio, el compañero destinado en la puerta principal, avisándome de la entrada de nuestro visitante fue para mí la primera noticia de que en esa isla hubiera un obispo. Y ya llevaba yo viviendo allí unos cuantos meses. La cosa me sorprendió un poco, porque lo cierto es que si aquel lugar paradisíaco hubiera necesitado un lema con el que decorar su escudo oficial, sólo tendría que escoger tres de los siete pecados capitales. Cualquiera de ellos. Autóctonos y foráneos vivían sus vidas a escape libre, y no se me ocurría ningún motivo que les pudiera impulsar a entrar en una iglesia un domingo por la mañana que no fuese el esconderse en un lugar fresco y silencioso a pelear la resaca y a esperar a que se les bajase lo último que se hubiesen metido. La isla no era lugar para obispos.

 Aunque también es cierto que, si un rincón de España necesitaba un pastor al que pudieran acudir las ovejas descarriadas, era ese en el que me encontraba. No le iba a faltar curro al obispo, si es que había venido a la isla a trabajar. Me lo imaginé por un momento ejerciendo su labor pastoral en algunos locales de ambiente de la zona del puerto, ataviado con los oropeles propios de su cargo, y sacudí la cabeza a los lados. Pobrecillo. Seguro que tendría que oír más de una proposición deshonesta, cosas para las que el seminario no te prepara. O sí, yo que sé. Nunca he estado en un seminario. En todo caso, mejor le iría de misionero en Irak. O lavándole los pies al leproso, o algo así.

 El timbre del teléfono apartó de mi mente tan apocalípticas imágenes, y menos mal, porque estaba ya empezando a desbarrar. Era el Jefe de Servicios, informándome con cierto retraso, y tarde, de la presencia del prelado y de su intención de realizar un Via Crucis por las instalaciones. Le pregunté que si iban a entrar a a la cocina, me contestó que no, que para qué cojones iban a entrar a la cocina, y me pregunté a mi mismo que entonces para qué me estaba contando toda la película.

   - Te llamo para que avises de esto a los internos de cocina, por si alguno quiere salir a participar.- Que astuto cabrón, pensé. Me ha leído el pensamiento.
    - La verdad es que vamos justos de gente, jefe. Prefiero que no salga nadie.- Le respondí, finalmente.
   - Bueno, pues como veas.- Y colgó sin más.

   Aquilino, uno de los internos de cocina que un momento antes había entrado en mi oficina para coger un cuchillo, lo había oído todo.
  - ¿Qué actividad es esa que van a hacer, don Jaime?, me preguntó.
   - Un Via Crucis,- le contesté mecánicamente, sin llegar a apartar la vista del teléfono. Cuando alcé la mirada, vi a Aquilino observándome en silencio, con la confusión pintada en su rostro. Sacudí la cabeza a los lados.
  - No, Aquilino. Yo tampoco sé lo que es.- Aquilino se encogió de hombros, y salió de la estancia con el cuchillo que había venido a buscar sujeto bajo una axila.

  No era mal tío Aquilino. Había tenido una vida dura, y ha sido uno de los muy pocos internos que ha estado a a punto de hacerme derramar una lagrimilla. Sucedió así:
  El invierno anterior, o sea un par de meses antes, un día que hacía bastante frío, acudí al trabajo con un gorro de esquiar que me había regalado mi madre por navidad. Era un gorro sencillo, negro, de un tejido como de forro polar. Por algún motivo a Aquilino le pareció muy bonito, y tras mencionar un par de veces que le gustaba mucho, me soltó, así como quien no quiere la cosa, que si se lo regalaba. No tiene esto nada de raro, de hecho los internos tiene tendencia a pedir y pedir sin parar, sin importar que sea entre ellos, a funcionarios, o a cualquiera que acierte a ponerse a su alcance.

  -No puedo,- respondí a un sonriente Aquilino - este gorro me lo ha regalado mi madre, y sabes que está feo regalar algo que te han regalado a tí.-
 Aquilino se puso muy serio, de repente, como alguien que recibe una mala noticia que no se espera. Me miró a los ojos, y me espetó con voz solemne:
 -Tiene usted razón, don Jaime. No hay nada que valga más que el regalo de una madre.- Y terminó añadiendo, - Ojalá yo hubiese tenido una para poder saberlo.- Y se fue en silencio.
  Me dejó hecho polvo, porque sí que era cierto que a Aquilino lo habían criado en un orfanato y nunca había conocido a sus padres. Pensé en darle el gorro, pero sabía perfectamente que Aquilino nunca lo aceptaría ya.

  El teléfono volvió a sonar, y lo agradecí, porque cada vez que recordaba, y recuerdo, esta historia, me entraba, y me entra, una bajona. Era el Jefe de Servicios otra vez. Me avisó de que, en parte de su recorrido, el Via Crucis pasaría muy cerca de la cocina. Para evitar que los ruidos procedentes de la misma interrumpieran las oraciones, quedó en avisarme en cuanto la comitiva estuviese cerca para que dejásemos de trabajar unos minutos, y volver a llamarme. cuando el obispo se alejase para que los internos reanudasen sus actividades. Luego colgó sin despedirse, igual que en la llamada anterior.

 Parar de trabajar, pensé para mí. Amigo, eso sí que puedo hacerlo.




 






lunes, 17 de abril de 2017

Visita inesperada.

 Al final, entre mis diferencias con Don Ceferino y mis afinidades con Alfonso,  se habían pasado unos minutos de la hora reglamentaria para la apertura de cocina. Me encaminé hacia la puerta, donde ya se encontraban los internos esperándome con una especie de aburrida impaciencia. Y  me hicieron el pasillo para entrar. Sí, como se le hace al campeón de liga o a los novios en una boda militar. Afortunadamente no tuve que chocar las manos con cada uno de ellos, ni nadie se sacó el sable. Sin más ceremonia pues, abrí la puerta blindada y entramos.

  Una vez dentro, todos sabíamos cuales eran nuestras tareas. Llevábamos tiempo en la casa y éramos expertos en lo nuestro. Por mi parte, abrí los candados de las cámaras frigoríficas y del almacén para posteriormente dirigirme a mi oficina, que tuve que abrir también. Comprobé que no faltaba ningún cuchillo, espátulas ni demás elementos punzantes o cortantes de la taquilla blindada donde se guardaban, y me senté. Había cumplido con la mayor parte de mis obligaciones para esa jornada, y sólo me quedaba entregar los mencionados utensilios a los internos que me lo solicitasen, y cuidar celosamente que los devolviesen a su lugar tras acabar con sus tareas. Sencillo.
   Y mientras tanto, me dispuse con toda mi buena voluntad a desconectar del mundo exterior leyendo una novela. Pero se ve que aquel Jueves Santo, el mundo exterior no quería desconectar de mí, y me tenía preparada una sorpresa.

  Mientras yo intentaba encontrar una postura que me permitiese a la vez leer, alcanzar la cerradura del armarito de los cuchillos con la mano derecha y poner los pies encima de  mi mesa para estar cómodo, todo a la vez y sin romperme la espalda, un coche oficial se detuvo ante la puerta principal de la prisión. No es que fuese la limusina del Presidente de los Estados Unidos, pero era un coche negro y con chófer, que ya es algo. El conductor se bajó del vehículo, lo rodeó por la parte trasera como exige el protocolo, y abrió la puerta trasera derecha para permitir descender del mismo a su ocupante principal. El obispo de la isla se dejó ver así en toda su gloria y, acompañado de su edecán, se encaminó hacia la puerta principal.

   Allí fue recibido por el Jefe de Servicios, máxima autoridad del Centro Penitenciario en aquellos momentos. Porque si algo compartíamos todos y cada uno de los funcionarios a los que la marea había arrojado a las costas de aquella pequeña isla, desde el más novato de los prácticos hasta el Director, era que ni uno sólo de nosotros éramos oriundos de la misma. La diferencia es que si eres el más novato de los prácticos, te jodes y te comes la Semana Santa currando como un campeón. Pero si eres el señor Director, el viernes anterior al Domingo de Ramos dices 'Señores, ahí se quedan. Cuiden esto en mi ausencia' y no dejas que se te vea el pelo hasta el Lunes de Pascua.

  No es que el tener que estar al mando importase demasiado al Jefe que estaba de guardia ese día, porque era un capillitas y un pelota. Era de esa clase de personas a las que la perspectiva de que una autoridad, cualquier autoridad, les pase una mano figurada por el lomo, le hace sacar la lengua y babear de ilusión. Iba a decir que la perspectiva les hace menear su colita, pero creo que eso iba a ser un símil de bastante mal gusto. Además, conociendo al individuo, lo mismo no sería ni siquiera un símil.
  Así que el jefe, encantado de conocer al Obispo y de verse en esa situación, lo acompañó al interior.
Mientras, Julio, el funcionario de servicio en la puerta principal, procedió a avisar, uno por uno, a todos los módulos de la llegada de una visita del exterior.

jueves, 6 de abril de 2017

Artes plásticas

  Alfonso, como os contaba ya en la entrada anterior, permanecía con los brazos en jarras y balanceándose sobre sus pies adelante y atrás. Sólo le faltaban la gorra de plato y la porra para completar su imagen de poli de los dibujos animados. Y observaba con divertida atención un folio que colgaba de la pared, adherido con celo. Me acerqué y me situé a su lado, a ver de qué iba el rollo.

   Sobre el blanco del papel resaltaba la figura de un Cristo portando su cruz. Para ser más exactos, lo que destacaba no eran el Cristo, ni la cruz. A pesar de que deberían ser los elementos protagonistas de la escena, aparentaban haber sido dibujados con la falta de precisión e interés de un niño que de mala gana tiene que entregar una tarea para el colegio, una tarea que no le interesa y cuya realización ha demorado hasta el último momento. No, el Cristo y la cruz no destacaban.
  La sangre sí. Y  los detalles morbosos. Coronas de espinas clavándose en la carne, rodillas desolladas. El lienzo que en este tipo de representaciones cubre a Jesucristo se veía muy reducido de tela, como una versión de verano de sí mismo. Más que túnica palestina semejaba ya pareo de bañista de Sitges. Y allí donde llegaba a cubrir algo, se pegaba mucho a la piel. No dejaba demasiado a la imaginación.
  
    - Alguien debería decirle al autor que la lycra es un invento bastante reciente.- Dije, para romper el hielo. Alfonso dejó escapar una risita.
    - A mi me gusta el látigo. Que precisión en el dibujo, que afán por el detalle. Me preocupa que, si este dibujo lo ve alguien de fuera, malinterprete la obsesión de Quispe por ese instrumento y crea que aquí torturamos a la gente.- Tenía razón. En la parte gruesa del látigo, se podía incluso entrever el trenzado de las tiras de cuero. Un magnífico ejemplo de detallado. De la figura que lo empuñaba, sin embargo, no se podía decir lo mismo.
  - ¿Qué es eso con la cresta roja, una Drag Queen punk?-, pregunté.
  - Un legionario...- Achiné los ojos para ver si se me aparecía la imagen, un poco como se hacía con aquellas imágenes 3D tan de moda hace unos años. Se me puso cara de Melania Trump, y Alfonso se vio en la necesidad de echarme una mano.-... Un legionario romano.- Añadió.
   - Ya, coño. Que yo también me he leído los cómics de Astérix. Además no veo ninguna cabra.  Oye, ¿esto lo pintó Quispe, dices?.- Alfonso asintió en silencio.
  Lo más llamativo de los dibujos era la sangre, aunque sólo fuera porque eran obras a lápiz, y lo único que destacaba a color eran la sangre y el penacho rojo del legionario. El líquido rojo caía a grandes goterones del cuerpo de Cristo, y formaba charcos en el suelo de formas caprichosas y absolutamente irreales. Los personajes y la cruz parecían dibujados por un niño, si, pero la sangre hacía pensar en un niño particularmente depravado.
 Si esos dibujos los hubiera hecho mi hijo, lo primero habría sido una visita urgente a un profesional de la salud mental. Lo segundo, una no menos urgente visita a un cerrajero para blindar la puerta de mi habitación. El paso siguiente a la ejecución de esos dibujos sería la ejecución de algún animal de compañía, y de ahí... De ahí todos sabemos a lo que se pasa.

  Quispe, el ilustrador, era un interno de origen peruano que estaba encerrado por un feo asunto de abusos domésticos. No sé si esos abusos habían sido cometidos contra su mujer o hijos, ni lo quiero saber. Lo que sí sé es que cuando mirabas a los ojos a Quispe sólo veías dos profundas canicas negras, y que ese negro era el negro del abismo.
  Cualquier promesa de futuro que hubiera podido albergar el Quispe niño, si es que esos dibujos eran reflejo de ella, se había cumplido con creces. Al volver a mirar el folio colgado no pude evitar pensar en ello, y sentí un escalofrío. Alfonso lo notó.
 - Cuando acabe la exhibición, me los voy a quedar.- Me dijo, haciendo un movimiento de arco con su brazo derecho para indicarme el resto de paredes. Hasta entonces no me había fijado, pero en las paredes del los dos pasillos que formaban la cruz del 'hall' había colgados muchos más folios. No  menos de diez. A tanta distancia no era posible fijarse en los detalles, pero en casi todos destacaban unas llamativas llamas rojas. No había que ser un genio para imaginar qué eran.
 -¿Y para qué cojones quieres eso?, pregunté, sin poder evitar una mueca de desagrado. Había que estar muy enfermo para querer conservar aquello. Casi tanto como Quispe.
 
  A Alfonso le brillaron los ojos.
  - Son como un test de Rorschach al revés.- Me confesó entusiasmado. Recordé que Alfonso se estaba sacando la carrera de psicología por la UNED.
  - ¿Al revés?-
  - Si. En vez de mostrar a un paciente unas cartulinas con unas manchas de colores, a ver qué nos responde, podría llevarme estas obras de arte y enseñárselas a mis compañeros, a ver qué sacan en claro de todas esas manchas rojas.- Alfonso rió con ganas, y añadió, - Eso iba a ser un festival de caras.-

 No pude evitar reír con él, y darle la razón. Aunque sólo fuera por sacar algo positivo de todo aquel horror.


  A la puerta de la cocina se estaban agrupando ya los internos que trabajaban en ella. Me despedí de Alfonso con un gesto. Había que ponerse a currar.








   

 

lunes, 3 de abril de 2017

Via Crucis II

  Aquel prometía ser un día de trabajo como cualquier otro. De hecho, incluso más tranquilo, porque como era Jueves Santo se retrasaba media hora el entrar de servicio. Porque, como ya os conté más atrás, los días festivos el maremágnum de profesionales penitenciarios que bullen por el interior del centro se ve reducido drásticamente. Y sobre todo porque aquel día en concreto me tocaba servicio en cocina, con lo que la carga de trabajo y, sobre todo, el contacto humano, también iba a ser muy limitado. Que diréis que qué tipo más antisocial, y os responderé que en la calle soy el mejor amigo de todo el mundo. Pero al trabajo voy a trabajar, y punto. Que no es poco.

  Así que tras pasar los controles de puerta principal y rastrillo, entré a lo que podríamos denominar el 'hall' de la prisión, que en aquel diminuto amago de presidio era una cruz formada por dos pasillos de unos veinticinco metros de lado cada uno. En los cuadrados que se formaban en las esquinas se ubicaban los cuatro módulos, y en los extremos de los pasillos, comenzando por mi espalda y en el sentido de las agujas del reloj, nos encontrábamos con el rastrillo de entrada, la enfermería, la cocina, y Jefatura de Servicios. No se habían complicado mucho al diseñar el edificio, porque supongo que habían reservado su creatividad para, por ejemplo, elegir la paleta de colores con la que decorarlo. El 'hall' en concreto estaba pintado de un color mostaza que resultaba paradójicamente poco apetitoso.

  Intentando no mirarlo mucho, me encaminé a la intersección de los dos brazos que formaban la cruz donde, me había olvidado decirlo, estaba Jefatura de Centro, una cabinita acristalada en la que se guardaban todas las llaves, y también a Ceferino. Ceferino, el Jefe de Centro, alias 'el Amo del Calabozo'. Un funcionario a punto de jubilarse que te hacía firmar en un libro cada vez que cogías un juego de llaves. No fuera a ser que... Yo que sé. Que cayeses en la vorágine del reciclado de metales y lo vendieses al peso en la chatarrería. En serio, no entiendo qué cojones pasaba por esa cabeza. Pero lo que sí tengo claro es que ya hacía años que Ceferino no nos veía como compañeros, sino como una amenaza. Nosotros no estábamos en su bando, pero los  internos tampoco. De puertas para adentro estaba él en su cabina, con la taquilla blindada en la que guardaba todas las llaves cerrada con un candado del que sólo había un llavín. El que colgaba de su cuello. Fuera de su cabina, el enemigo en forma de empleado público o de interno.

   Porque Ceferino era consciente de que en la cárcel había internos, claro que sí. Pero los internos no le preocupaban. A los de los patios directamente ni los veía, porque hacía ya muchos años que no asomaba sus narices por ellos. Y al resto, a los pocos internos encargados de tareas de mantenimiento y reparto que tenían permiso para deambular por el 'hall', sabía mantenerlos a raya. Generalmente, cuando un interno acababa de conseguir un puesto de mantenimiento y no conocía las reglas del juego, a Ceferino le bastaba con no quitarle la vista de encima hasta que se sentía incómodo y  buscaba la manera de ir de un sitio a otro sin pasar frente a su cabina. A los dos o tres días, ya había aprendido cómo funcionaba la cosa y no volvían a dejarse ver.
  Con el interno que tuviese entre sus tareas la de limpiar su cabina... Con ése era aún más fácil. Cuando el interno al que le tocaba limpiar Jefatura de Centro, por los motivos que fueran (generalmente porque se iba ya en libertad), dejaba el destino, normalmente tenía el detalle de advertir a su sustituto de que nunca, bajo ningún concepto, entrase a limpiar mientras estuviese Don Ceferino de servicio. Que esperase al día siguiente, o lo que fuera. Pero que no se dejase ver por ahí.
  Algún incauto o poco avisado, no obstante, había osado en contadas ocasiones simplemente asomar la cabeza para preguntar si quería que pasase una fregona. Solamente el grito que se llevó, por su magnitud en decibelios, podría haber entrado en la categoría de maltrato. Dejemos aparte ya el contenido del mismo.


 Total, que tras un tenso tira y afloja, tras asegurarle por activa y por pasiva que cuidaría las llaves como si fueran mías, o incluso mejor aún, conseguí arrancar el juego de llaves de la cocina de sus aceradas garras. Dudo mucho que se hubiese mostrado más reacio a acceder a mi petición si el objeto de la misma hubiera sido la virginidad de su primogénita.
  Con una agotadora sensación de victoria, salí de Jefatura de Centro. En la sección de pasillo que iba de la cabinilla hasta la cocina, me encontré a Alfonso, compañero y además paisano mío. Estaba de pie y con los brazos en jarras, contemplando un folio pegado con celo en la pared. Me acerqué a el.

  A ver qué era eso tan interesante.

 

jueves, 30 de marzo de 2017

Via Crucis

  Nunca he sido una persona religiosa. No digo ya creyente, que tampoco, sino religiosa. En mi casa nadie lo era, y más allá de hacer la primera comunión, que era más que un sacramento un evento social, o las veces que me hicieron rezar en el colegio, mi contacto con la Iglesia y sus ritos ha sido absolutamente inexistente. 'No tiene nada de raro', pensaréis muchos de vosotros, 'hoy hay mucha gente que no va a misa'. Bueno, pues creo que os equivocáis.

  La mayoría de gente que conozco, por atea o agnóstica que sea o se declare, posee cierto conocimiento de la religión, aunque sea tan sólo de su aspecto formal, como reconocer el sonido de las campanadas cuando tocan a muerto, o por qué la Semana Santa cambia de fecha cada año , o... yo que sé, de qué color es la casulla de la misa de mártires . Casi todo el mundo tiene o ha tenido un pariente devoto, que le ha instruido en los rudimentos de la fe, aunque simplemente fuese cambiándole el bocata de chorizo por uno de Nocilla los viernes de Cuaresma. Qué coño, generalmente los que más denostan a las religión y sus ministros son aquellos que han estudiado en un colegio de curas, y albergan un rencor nacido de las malas experiencias personales. Pero a pesar de que si los dejas se cagarán en dios a mitad de cada frase, ninguno titubea a la hora de responder de carrerilla cuáles son los sacramentos o los siete pecados capitales. Supongo que la letra que entra con sangre es la más difícil de olvidar.

  Yo no. Nunca he tenido un pariente capillitas, ni me han obligado a ir a misa, y más o menos para cuando tuve uso de razón ya te dejaban elegir ética en vez de religión en el cole. Y aún sin ver el temario, la elección entre Don Cipriano, el cura bizco que ya se había llevado más de un bofetón de algún alumno de Octavo Curso por pasar a los vestuarios del gimnasio sin una excusa válida, o Virginia, la profesora de ética a la que nadie le había explicado que si las mallas negras te transparentan el culo es porque llevas una talla demasiado pequeña, la elección, digo, no dejaba lugar a dudas.

  El caso es que mientras mi vida se desarrolló en mi más o menos cerrado mundo de familia y amigos de toda la vida, mi indiferencia hacia la iglesia, o más bien debería decir mi pura y llana ignorancia, no me causó ningún tipo de problema. Todos teníamos más o menos los mismos intereses, o desintereses en este caso, y aunque en mi pandilla no faltaba quien sí iba a misa, sabía que entre nosotros sólo se hablaba de música y de follar. Cosas que conocíamos de oídas. Los roces empezaron cuando me tocó salir de mi zona de confort, y digo tocó porque, al igual que a muchos otros hombres de mi generación, me tocó ir a la 'mili'.

  En el cuartel nos juntamos jóvenes procedentes de todos los rincones de España, ríete tu del choque de culturas, y ahí ya me di cuenta de que, en el tema de usos y hábitos religiosos, yo estaba bastante perdido.
  En la ocasión que nos ocupa, me encontraba yo dentro del edificio de compañía practicando el noble arte de liarme un cigarrillo de la risa con una sola mano, mientras con la otra me rascaba mis partes. Ortiz, un muchacho del mismísimo barrio de Triana, en Sevilla, abandonó un instante la partida de cartas que jugaba para poner una cinta en el radiocassette. (Para los más jóvenes, las cassettes eran unas cajitas en las que se podía grabar música, antes de que se inventase el mp3). Ortiz pulsó el botón de 'play', y volvió a ocupar su silla en la partida.
   A media calada de mi, digamos, cigarrillo, una estridente cacofonía me hizo atragantarme y toser, más aún de lo que ya me estaba haciendo toser la mezcla que estaba fumando. Trompetas destempladas y otros instrumentos de viento que fui incapaz de reconocer atronaban en la estancia. Ortiz y sus compañeros permanecieron imperturbables, atentos a sus naipes.
   - ¡Sevillita!- grité, para hacerme oír entre el estruendo, -¡Sevillita, cojones, que se te está tragando la cinta el loro!!.- Ortiz se giró, extrañado.
   -¿Pero qué dices?.-
   - ¡Que pares eso, que se te está tragando la cinta y te la va a romper!.-
   - ¡Pero si eso suena así, gilipollas, que es la banda de mi cofradía!.- Ahí ya me dejó sin saber que decir. Lo que me estaba fumando tampoco ayudaba a aclarar mis pensamientos.
    - Ostras... Pues tocan como el culo, o lo has grabado mal, perdona que te lo diga.- Ortiz se levantó de un salto y avanzó hacia mi apretando los puños. Ahí tuve mi primer contacto con lo que es la música de un paso, y la furia que desata en los miembros de una cofradía que desprecies su afición.
   Exhalé una densa bocanada de humo azul en dirección a mi airado compañero. Por un instante, su cara desapareció entre la niebla. Cuando volvió a aparecer, estaba muerto de risa.
  Se sentó a mi lado, le pasé el 'chirifú', que diría el Fary, y acabamos abrazados y riéndonos del malentendido. Durante horas.


  Todo este rollo es para poneros en situación y que entendáis que, cuando aquel día, en aquella pequeña cárcel de una pequeña isla, me encontré al entrar a trabajar  con que iban a montar un Via Crucis, en el fondo no tenía ni la más remota idea de lo que me estaban hablando. Así salió.

martes, 28 de marzo de 2017

Medicina democrática

  Entre semana, la dependencia de acceso a un módulo (conocida entre los iniciados como 'El Rastrillo') es la versión penitenciaria del camarote de los hermanos Marx: Un maremagnum de educadores dando buenas noticias a los internos y dejándote las malas por escrito para que las repartas tu; trabajador@s sociales intentando a la desesperada aclarar el follaje del árbol genealógico de un tipo que sabe menos de su padre que Marco, y tiene a su madre igual de lejos; Ateeses repartiendo golosinas; Monitores de las actividades más peregrinas que perdieron la ilusión el mismo día que la paciencia y los modales...
  Todos pugnando por quitarte el micrófono de la megafonía del patio, para llamar a quien sea que tengan que llamar, hacer lo que sea que tengan que hacer con él y largarse lo antes posible a otro módulo a repetir la operación. Y ello mientras controlas qué internos salen a trabajar o a cursos, cuales al médico, quienes se van de permiso y han de ser dados de baja en el módulo... 



  Pero los fines de semana, la cosa cambia por completo, y en previsión de una mañana de soledad y tedio en una habitación enrejada de 10 metros cuadrados, lo primero que he hecho tras acabar el recuento de las 8 de la mañana ha sido coger un libro en la biblioteca del módulo 3.
Así que así estaba yo, leyendome una novela de espías, cuando un par de golpecitos en la ventana de seguridad me han hecho levantar la cabeza. Frente a mi, un interno pálido, con la mirada triste, suplicante (y ligeramente perdida) del yonqui que se ha pasado la vida pidiendo limosnas, y que sabe que nueve de cada diez veces se va a llevar un 'NO', si es que no se lleva un palo, reclamaba mi atención. He abierto la ventanilla y le he saludado.
- Buenos días, Don - me ha respondido. No sabe mi nombre, y no parece importarle cual es. De momento estamos en igualdad de condiciones.
-¿Podría darme una instancia? -
- Claro-. Cojo una de un montoncito situado a mi izquierda, encima de la mesa. Se la paso a través de los barrotes de la ventanilla. El interno se la queda mirando, y duda antes de volver a dirigirse a mi. Finalmente lo hace, y su voz suena aún mas insegura que la primera vez:
-Don... ¿Me puede dar usted un par de folios? -
No es una petición habitual, y mientras busco por los cajones a ver si hay alguno olvidado bajo las carpetas y las ordenes de dirección, un poco por trámite y un poco por hacer más corta la espera, le pregunto;
-¿Y para que quiere usted dos folios?
-Voy a recoger firmas-

Justo acababa yo de encontrar un pequeño alijo de folios, debajo del amplificador de megafonía, y le estaba pasando dos, cuando su respuesta me ha vuelto receloso y he detenido mi mano a medio camino.
- ¿Y para qué quiere usted recoger firmas?- Su voz sonaba de repente mucho más segura, no sé si porque a tenía un objetivo claro, o porque simplemente yo había accedido a sus dos peticiones.
- Llevo dos días escupiendo sangre, y el tratamiento que me da el médico no me gusta. Yo lo que quiero es que me mande al hospital, pero me ha dicho que no hace falta, y no me ha querido cundar. Voy a recoger firmas por el patio para ver si le causa impresión y me hace caso - 



    Le acerco los folios a través de los barrotes. Pero cuando los coge y tira suavemente de ellos, no los suelto, y la inesperada resistencia hace que, involuntariamente, me mire fijamente a los ojos.
- ¿Y no ha pensado usted - le digo con la mayor seriedad de que soy capaz- que en vez de recoger firmas, lo que le causaría auténtico impacto al médico sería que le escupiese usted en la consulta, para que viese la de sangre que sale?. -
Aflojo mi mano, y el interno se lleva los folios en silencio. Y en silencio sigue. Lleva veinte minutos sentado en un banco, sólo, a veces mirando al infinito, y a veces a los folios, con aire pensativo. Le está dando vueltas al tema.
    Como se me acerque y me pida permiso para ir a enfermería, la mañana va a adquirir un inesperado interés.
A ver que pasa.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Ladrón de Guante Blanco II



      - ¿Y qué atracaste, si no es mucho preguntar?.- Eutimio contestó rápidamente.
     - Un banco, funcionario. Bueno, en realidad... Unos cuantos. Y eso que he tenido suerte y de muchos no me han pillao.- Estaba orgulloso, y se le notaba. Muy probablemente, esos atracos exitosos habían sido la única ocasión que había tenido en su vida de saborear algo parecido a un triunfo. Y lo cierto es que si le das una vuelta al tema, mucha gente que  consideraría a Eutimio un deshecho humano, morirá sin haber vivido esa sensación de éxito. Aunque pensándolo mejor, posiblemente cuando reunía el coraje para atracar una sucursal de la Caja Rural, Eutimio estaba, o demasiado drogado, o desesperado por el mono como para disfrutar de la excitación del momento.

  - ¿Así que de muchos no te han pillado?- Con frecuentes intervalos, mi interlocutor se quedaba en silencio mirando al vacío sin causa aparente, y se hacía necesario sacarlo de su ensimismamiento. Salió de su trance con un súbito movimiento de cabeza.

  - Sii. De muchos.- Eutimio estaba haciendo memoria. Casi podrías oír funcionar los engranajes de su cerebro. Les faltaba engrase. - De todos los que hice en moto, no me pillaron en ninguno.
  - ¿Se te da bien conducir motos?. Me resultaba difícil de creer, aunque sólo fuese porque no creo que le llegase con los pies al suelo si se subía en algo mayor que un triciclo. Pero quién sabe. Los grandes pilotos suelen ser de baja estatura...
    - No... De muchos de los que hice en coche no me cogieron tampoco en el momento, pero luego me reconocieron los testigos, y las cámaras de los cojones. Con la moto no me pasaba. La moto me daba suerte.- La luz de una idea comenzó a abrirse paso en la oscuridad de mi mente.
  - Eutimio... ¿Te quitabas el casco para entrar en el banco?.- Mi interlocutor dudó, como siempre, antes de contestar. No fuera a ser que le estuviese sonsacando, o vete tu a saber que peregrino razonamiento atravesó su cabeza. - No...- Acabó por contestar, con un hilo de voz.
  - Pues puede que ahí esté la clave, ¿no?.- Concluí, no sin cierto orgullo. Eutimio no lo pilló.
  - ¿La clave de qué, funcionario?.-
  - De por qué no te reconocieron los testigos, ¿no?. Por el casco. Porque seguro que para el resto de atracos, no te ponías pasamontañas.- A Eutimio se le iluminó la cara. Finalmente, había entendido por donde iba yo.
  -No, bueno, no me tapaba la cara. Pero me disfrazaba de otras maneras. Ponía acento argentino, usaba una pistola diferente en cada atraco, para variar el 'modus operandi'.- Un inciso. No soy abogado, pero creo que lo de variar el modus operandi es otra cosa. Aunque ahora que se había lanzado, no me pareció oportuno interrumpirlo con tecnicismos.

  Poco a poco, a medida que hablaba, fue perdiendo timidez y su voz se volvió más firme. Sus ojos parecieron empezar a brillar, y desde luego sus pupilas se dilataron visiblemente. Algo le estaba haciendo efecto. Deseé de corazón que fuese algo que le hubiera dado el médico. Pero ya llegados a esas alturas, no tenía sentido preguntar.
 En unos minutos, y contrastando con la lentitud de sus declaraciones anteriores, me enteré de cómo atracó un banco en un pueblo de la provincia de Burgos,
  - en el que no había estado en mi vida. Tuve que preguntarle a tres o cuatro personas que me fui encontrando por la calle donde estaba la sucursal. La suerte era que el pueblo estaba así como en una colina, y el banco y la plaza mayor estaba en lo más alto. Así que me dije ' bueno, al menos para huir con el coche, sólo tengo que intentar ir siempre cuesta abajo. Y funcionó. Lo malo - añadió, taciturno- es que  cuando al final me cogieron,  me reconocieron todos los tipos a los que le había preguntado la dirección.-

  - Bueno, no se puede estar en todo.- Tercié. Eutimio asintió en silencio. Un par de metros detrás de él, un interno enjuto y de piel olivácea se sentó en un banco e introdujo un Cd en un reproductor musical. Llevaba la cremallera del chándal bajada lo justo como para que dos o tras cadenas de oro centellearan libremente al sol.
  'Rumba', dije para mis adentros, apostándome a mí mismo un café si acertaba el género musical del disco que se disponía a compartir con nosotros. No fallé.
    -Y también estoy pendiente de que me baje un secuestro, que va a ser una ruina más grande. Dejé inconsciente a un tío para quitarle la recaudación de unas tragaperras, y lo metí en el maletero de su coche para ir hasta su casa a robarle lo que tuviera allí.- Resultaba difícil de creer, a no ser que el que la víctima fuese David el Gnomo. Y ni aún así. David el Gnomo era siete veces más fuerte que tu. Había que salir de dudas.
  - Oye, y ¿con qué lo redujiste, si me lo puedes decir?- Eutimio sonrió, ufano.
  - Con un bote de Aquarius metido en un calcetín.-
  - Que elegante.- Eutimio se rió, por primera vez en media hora. A sus espaldas, la música de  'Los Amaya' me conminaba a irme. Aproveché la ocasión para cortar la conversación e ir a por ese café que me había ganado.

  - Bueno Eutimio, otro día me lo cuentas, que los de la radio me dicen que me vaya.-
Eutimio siguió riendo, a carcajadas ahora. Definitivamente, algo le había hecho efecto.
 

 

lunes, 20 de marzo de 2017

Ladrón de Guante Blanco

  Unas cuantas entradas más atrás os hablé de la Ley de Dalton. No, no me refiero a la ley de las presiones parciales. La ley de los hermanos Dalton, comprobada empíricamente por todo funcionario de prisiones o por cualquier persona que se ve obligada a tener trato con delincuentes, describe cómo, en las bandas criminales integradas por varios hermanos, el más peligroso es el de menor estatura.

  Esto es así, señores, y no me pregunten por qué. La única excepción a esta regla, que más que una excepción es un complemento, es que, si de entre esos hermanos uno es una mujer, ésta será el elemento más peligroso. Cuando es así, además, suele ser baja de estatura en comparación con el resto de la camada, claro. Pero no siempre.

   Y además de ser el más peligroso, o quizá precisamente por ello, el más bajito tiende a ser el más inteligente, o al menos el más astuto. Pero en el caso de los hermanos Cortijo, esto no era así en absoluto.

    Mientras que Fermín goza de una estatura media, Eutimio tendría que ponerse de puntillas para alcanzar el metro sesenta. Eso sería, por supuesto, si fuese capaz de conservar el equilibrio durante unos segundos siquiera. Años de uso y abuso de sustancias que ni el más cruel científico osaría inyectarle a sus cobayas le deben haber afectado al oído interno, y le han dotado de un andar errático y tambaleante. No tener muy claro a dónde ir en cada momento tampoco es una ayuda.

   Eso por lo que toca al plano físico. En el intelectual, si se me permite emplear la palabra en este contexto, las cosas no van mucho mejor. En la gran carrera de obstáculos que es la vida,  Fermín tropezó en la primera valla y ya no volvió a levantar cabeza. Pero Eutimio, el pobre Eutimio, se quedó aturdido por el pistoletazo de salida y, al empezar a correr, lo hizo en sentido contrario.  Así que Fermín, en el tiempo libre que le dejan sus tareas en la cocina y sus visitas al ornitorrinco, se dedica a cuidar a su hermano, lo cual se limita por lo general a comprarle tabaco y evitar que su mala cabeza le busque problemas con los demás internos del patio.

   La semana pasada, un día a eso de las once y media de la mañana, abrí la puerta que comunica el comedor del módulo cinco con el patio para que los internos destinados a la limpieza de comedores entrasen a trabajar. Fermín llegó el último, como siempre, acompañado de Eutimio, como siempre, y como siempre también, le pidió que por favor no se metiera en ningún lío mientras estaba sólo. Se despidieron, y Fermín accedió al comedor.

    Eutimio y yo nos miramos. Se le notaban ganas de hablar. En circunstancias normales, o sea, hasta hace unos meses, el constatar este hecho me habría invitado a refugiarme en mi oficina antes de que tuviese oportunidad de empezar su discurso. Pero ahora necesito material para escribir este blog, así que me quedé quieto, dispuesto a aguantar el chaparrón. Soy mejor funcionario, ya os lo dije. Eutimio esperó un par de segundos en silencio, a ver si yo mi iba por donde había venido y, en vista de que no lo hice, avanzó dos pasos hacia mí, y se soltó. Vaya si se soltó.

    - Funcionario, ¿sabe usté si mañana tengo agente judicial?.- Sus ojos y su voz subían y bajaban, vacilantes, al ritmo del temblor de su cabeza.
    - Pues no tengo ni idea Eutimio. Acércate si quieres a la oficina de acceso y que llamen a Centro para preguntarlo.-
     - Es queee estoy espeeerando una que me baje una causa por un atraco, sabe, y mi abogado no me coge el teléfono, y...- Siguió desvariando un rato. No me había escuchado cuando le propuse llamar a Centro para informarse, y si me había escuchado le daba igual. El quería soltarme su rollo para estar un rato entretenido mientras no llegaba la hora de comer. Pues bueno. Vamos a sacarle información, pensé. Y se la saqué. Más de la que esperaba.

   

 



 

martes, 14 de marzo de 2017

Manual de autoayuda

  Desde que escribo este blog, soy mejor funcionario. Supongo que porque sería difícil serlo peor.

  Empecé en esto hace más de diez años. Al principio todo son risas: Tienes un montón de días libres, un sueldo a la medida, por primera vez, de tus vicios (o aficiones, si lo prefieres. Cada uno se autoengaña como quiere).  La cola del paro es un feo recuerdo que nunca más será una fea realidad. Incluso si tienes suerte, como yo la tuve, tendrás plaza en destinos bellos y tranquilos. Bello el pueblo y tranquila la cárcel, se sobreentiende. Conoces gente nueva, y eres parte de la delgada línea azul que separa a la sociedad del caos. Viva y bravo.

  Pero los años pasan, y tu plan de pasarte unos pocos años (cuatro, cinco) recorriendo España en plan turismo laboral para luego conseguir plaza cerca de tu lugar de origen se desvanecen como se desvanece el buen rollo cuando la Guardia Civil te pide que soples aquí, por favor.
 
   Llega la crisis, no hay concursos de traslado, y cuando te quieres dar cuenta te has pasado diez años sentado en la misma mesa de la misma habitación, en la cocina de la Cárcel. Rodeado de glamour y ocupado en la exigente tarea de entregar herramientas de cocina a los internos que trabajan allí, y cuidar de que te las devuelvan. Una tarea al alcance de unos pocos elegidos, en la que cada nueva jornada supone un desafío físico y psicológico. Y desconectas. Como desconectaba mi difunto tío su sonotone para todo lo que no fuese oír el partido de la jornada.

   Entras cada mañana, haces el recuento, y coges la tablilla en la que figura el estadillo de material y el listado de internos ayudantes de cocina. A partir de ahí, amigo, empieza la juerga. Cada diez minutos de media, un interno vendrá y te pedirá, por ejemplo, un cuchillo. Se lo das, y apuntas el acontecimiento en un papel. Cuando termine de utilizarlo, entrará a la oficina a devolverlo. Se refleja esto también.

  Y más o menos esto es todo. De vez en cuando te das un paseo por la dependencia para dejarte ver, y que ese interno que no deja de repetir 'Soy el ángel de la muerte' mientras afila el cuchillo jamonero baje un poco el tono de voz, y ya está. Horas y horas dedicado a... Nada realmente. A pensar en tus cosas, a hacerte pajas mentales. Y esto te acaba cambiando. Podría decir que la soledad te convierte en un ser más reflexivo. Pero mi impresión, y lo digo con conocimiento de causa porque me ha pasado, me está pasando a mí, es que te conviertes en un pasmarote.

  Luego, en casa, familia y amigos se interesan a veces por tu trabajo, y cuando con toda afabilidad les cuentas la verdad, no te creen. Piensas que la dureza de las situaciones que afrontas en tu día a día es tal, que no quieres sino ahorrarles detalles escabrosos y evitar, de paso, rememorarlos tú mismo. Y respetan tu silencio. Y ahí te quedas, tú solo, pasmando.
  Hay quien a eso le llama 'la mirada de los mil metros'.

  Bueno, el caso es que desde que comparto mis vivencias con vosotros, he decidido salir de mi letargo de años y empezar a darme paseos por el patio, observar a los internos con más atención, compartir un pitillo con mis compañeros... Aunque sólo sea porque algo os tendré que contar. Y es por eso que creo que este blog me está sirviendo también como terapia, por raro que suene. 

   Llegados a este punto, creo que os voy a hablar de los hermanos Cortijo.
  
   Los hermanos Cortijo son dos, de ahí el plural, y son hermanos. Son delincuentes de largo recorrido, con historiales delictivos cuya impresión que ha causado por sí sola la deforestación de varias hectáreas de eucalipto. No obstante, a su manera son muy diferentes.

   Eutimio, el mayor, es que acumula mayores condenas y delitos más graves. Lleva entrando y saliendo de prisión desde que tenía dieciséis años. De hecho Doña María, la subdirectora de tratamiento del Centro Penitenciario, lo conoce desde que él era un delincuente juvenil, ella una maestra recién diplomada que acabó destinada en prisiones por casualidad, y éste centro en el que trabajamos un pequeño reformatorio. El otro día me lo contaba y se le humedecieron los ojos al hacerlo. No es raro, al fin y al cabo los tres han crecido juntos. Enternecedor.

  Si os contase su vida y obra... No, no lo voy a hacer. Da demasiado juego, y lo dejo para una próxima entrada. Os voy a hablar de Fermín, que casualmente trabaja conmigo en la cocina.

  Fermín es el hermano pequeño, a pesar de que le saca, en varios sentidos, una cabeza a su hermano. Le saca una cabeza en sentido físico, porque es veinte centímetros más alto. Pero también se la saca en un sentido metafórico, porque Eutimio es un auténtico descerebrado.

  Tampoco es que Fermín dé mucho más de sí, y de hecho no pocas veces he estado (y me consta que el resto de compañeros con los que me relevo en la cocina también) a punto de echarlo al patio y decirle que no vuelva a entrar. Un poco por bajo rendimiento, y un mucho porque es una influencia disruptiva. Aunque seguramente en el parte de baja habría puesto como motivo para el despido sólo lo primero, porque lo segundo sin duda no lo iba a entender. Y quizá el que se encarga de rescindir los contratos ante la administración tampoco.
   Pero el pobre se esfuerza hasta donde le da el entendimiento, que no es mucho, y si carece de habilidades sociales y todo lo tiene que decir a gritos, pues al final se lo acabas perdonando. Sobre todo cuando te cuenta que, antes de esto de la cocina, el único trabajo remunerado que recuerda haber desempeñado fue el de permaneces todo el día a la entrada de un poblado de chabolas para avisar a gritos de la entrada y salida de las fuerzas de orden público. Lo que se conoce como 'dar el agua'.

   - Y me pagaban en papelas, ¿sabe, don Jaime?,- Me confiesa, con un brillo en la mirada.
   - Olvídate aquí de eso, Fermín,- le contesto en broma. - Aquí no hay droga ni para los funcionarios.-
     Y se marcha, riendo como un chiquillo.

   Pero a veces no tienes el día, o él está un poco más pesado de lo habitual, y acabas discutiendo. Hace un par de semanas le tuve que llamar la atención varias veces, porque no paraba de vocear con el resto de internos de cocina con respecto a nosequé partido de fútbol.
  - Fermín,- le espeté, mirándole fijamente a los ojos hasta que bajó su mirada al suelo - van cuatro veces que te llamo la atención hoy por las voces que estás dando. No habrá una quinta, ¿entendido?.-
  - Si, don Jaime, si.- Y se marchó con la cabeza baja.

  Media hora después, una vez que los internos ya habían terminado sus tareas de la mañana, les abrí la puerta de la cocina para que pudieran dirigirse a sus celdas a echar la siesta. Fueron pasando ante mí uno por uno. Fermín, lo noté rápidamente, se quedó remoloneando hasta ser el último en la fila. Al pasar ante mí, me volvió a pedir disculpas por su comportamiento, porque...

  -... A veces hablo muy alto y yo mismo no me doy cuenta, porque creo que no oigo bien. He hablado ya con la Doctora, y en cuanto pueda me va a sacar a la capital a ver al ornitorrinco.-
   Lo miré fijamente. El me miró. Pasó un ángel, como se suele decir. Seguimos mirándonos el uno al otro, impávidos. No, no era un chascarrillo. Me lo había dicho en serio. No sé por qué, pero al instante me arrepentí de haber sido tan severo con él
   - No pasa nada, Fermín. Vete a descansar y nos vemos a la tarde.-

Lo que me he estado perdiendo por no prestar atención a los internos. Madre mía.







 
 




 

viernes, 10 de marzo de 2017

Cultura del vino II



     En menos, mucho menos tiempo de lo que se tarda en leerlo, el Jefe introdujo la llave en la cerradura de la puerta blindada y descorrió el cerrojo. Siempre lo hacemos así, rápidamente, a pesar de saber de sobra que, si el inquilino de la celda estuviese alerta, ya hace rato que nos habría oído y se habría deshecho de lo que se tuviera que deshacer. Y si no está alerta, que abras más o menos rápido  va a dar igual. Con los años he llegado a la conclusión de que lo hacemos para darle dramatismo a la cosa, un dramatismo del que un trabajo tan monótono como el nuestro está muy necesitado.

    El Jefe abrió la puerta con un violento tirón, en parte por seguir con el efecto dramático, y en parte porque el frío contrae el marco de las puertas y a veces las atasca. La entrada a la celda quedó expedita, y un olor a destilería se extendió por el pasillo, haciéndonos bizquear. Uno podría ahogarse en aquello y, desde luego, después de registrar aquel chabolo, no era recomendable conducir. Bueno, conducir si. Lo que no era recomendable era que te parase la Guardia Civil y te hiciera soplar.

   Encendimos la luz interior con el interruptor instalado en la pared del pasillo. Examinamos el interior de la estancia asomando la cabeza por el marco de la puerta, pero sin entrar. En algunas series o programas de ambiente carcelario he visto a los funcionarios entrar en tropel a reducir a internos. No lo entiendo. Las celdas son pequeñas, y cuando dos internos se ven obligados a compartirlas, las pertenencias de ambos se acumulan en las estanterías y en cualquier pieza de mobiliario a la que los ocupantes hayan podido echar mano. Están a una persona más de parecer el camarote de los hermanos Marx... ¿Para qué entrar cinco? ¿Para reducir por falta de oxígeno a los alborotadores?.
   Así que, como os digo, nos limitamos a observar desde fuera. No más de un par de segundos; Lo suficiente para comprobar que un interno permanecía dormido en la cama inferior de la litera, y que la superior estaba vacía. El tubo de neón del servicio ya estaba encendido cuando entramos, una rendija de la puerta entreabierta del mismo brillaba, delatora.  El Jefe tomó la palabra y yo aproveché para secarme los ojos con un pañuelo de papel. Era la primera vez en mi vida que el alcohol me ponía llorón sin llegar a probar el primer trago. Será la edad.

   - ¡Vamos, salgan de la celda ahora mismo!.- El Jefe alargó el brazo y, con su mano derecha, una mano más grande y con más pelo que muchas caras, zarandeó la litera. El ocupante de la misma se levantó lentamente, sin acabar de salir de su trance. Era el español, Martínez Escudero, y creo que hablo por mí y por mis tres compañeros de aquella noche cuando digo que todos lo sabíamos. Martínez Escudero era un pobre drogadicto en el que la apatía y la torpeza competían desde su nacimiento para arruinarle la vida, con un éxito arrollador. Lo único que le había salvado hasta el momento de contraer el VIH, aparte de su manifiesta falta de capacidad para cualquier tipo de trabajo manual, era su presbicia. No sólo es que fuese demasiado vago o incompetente como para prepararse un chute; es que, sencillamente, iba a ser incapaz de encontrarse una vena, o ni tan siquiera una extremidad. Hacer una destilería con piezas 'de fortuna' como las que se puede uno fabricar en la cárcel estaba fuera de sus capacidades físicas en intelectuales, de eso no teníamos ninguna duda.

  El tiempo se ralentizó unos instantes, o esa es la impresión que daba si te limitabas a observar cómo Martínez Escudero se erguía de su lecho.
  - Se te están  pegando las sábanas.- Apunté, intentando darle un poco de ligereza a la situación. Me arrepentí al instante de hacerlo. El símil era demasiado ajustado a la sucia realidad que teníamos delante. Todos se dieron cuenta, y torcieron el gesto en una mueca de desagrado.
  Finalmente, Martínez salió de la celda y se quedó de pie, apoyado contra la pared del pasillo. Bizqueando un poco porque le molestaba la luz, un poco por la sorpresa. Un mucho porque no veía tres en un burro. Entonces sí, el Jefe se quedó hablando con él, y con un gesto nos indicó que entrásemos. Abrimos del todo la puerta del servicio, una estancia diminuta de 1x3 metros, y a la vez nos encontraos a Marius, el ruso, y el motivo de que no hubiera salido cuando se lo ordenó el Jefe.

  Desde el lavabo, una botella de plástico con la base cortada encauzaba el agua del grifo hacia el forro de plástico de un palo de escoba. La improvisada tubería salvaba la distancia entre el mencionado lavabo y el retrete, en el que se encontraba encajado un cubo de fregar. El tubo estaba tapado por el plástico de una bolsa negra de basura sujeto con una goma a lo largo de todo su perímetro, y era sobre este plástico que caía el agua corriente. El agua formaba un charco cóncavo en el centro y se desbordaba luego, cayendo dentro del servicio y evitando así mojar el suelo. Del interior del cobo salía un cable eléctrico, enchufado a la corriente. Miramos a Marius que, en una esquina del baño, imposibilitado de salir sin desmontar todo el tinglado, se encogió de hombros y nos miró con cara de tristeza.

  Jose cerró el grifo y, en cuanto el agua remanente dejó de correr por el forro del palo del escoba, lo rompió, dejando así el paso libre al interno.
  - Vamos, sal de aquí.- Marius no se lo hizo repetir. Por la presteza con la que abandonó el lugar, y lo encogido que iba, supuse que en su país los funcionarios son más partidarios del lenguaje corporal que de la palabra hablada, en estas situaciones al menos.
  
  Mientras, Claudio se había acercado a la ventana y había cogido del alféizar las dos botellas que habían delatado la operación. En ellas habían un líquido parduzco, moteado por trozos más o menos grandes de frutas. Abrió una, y el olor le hizo girar la cara con un mueca.
  - Ufff... Chicha.- Todos lo suponíamos. - Ese es el primer paso. Se coge la fruta del postre durante varios días. Se machaca, se le añade azúcar, o incluso un poco de pan para que contenga levadura. Y se deja a fermentar, a ser posible en un lugar bien ventilado como el exterior de la ventana. Unos días después, se cuela, y ese líquido, la chicha, se puede beber tal cual si se está muy ansioso (dolor de cabeza garantizado, incluso unos segundos después de consumirlo). O se puede destilar y convertir  en aguardiente. Para ello, tomen nota los cocinillas, se deposita en un cubo, se calienta por medio de un cable conectado a la red (en casa se puede calentar en un infiernillo, pero éste es un instrumento que no está al alcance de los internos). El alcohol destilado tenderá a evaporarse, pero para volver a licuarlo se tapa con un plástico que mantendremos refrigerado con el agua fría del lavabo, discurriendo libremente. El aguardiente se condensa bajo el plástico frío, y sólo queda recoger las gotitas. Esto lo haremos mediante un 'tupper' o cualquier otro recipiente que tengamos flotando en la 'chicha' del cubo. Fácil.
   Jose desenchufó el cable, que nunca se sabe lo que puede pasar con éstas cosas, y arrancó el plástico negro que tapaba el cubo. No hubo que acercar la cara para olerlo: Chicha en el fondo, y un líquido cristalino como el agua más pura en un pequeño recipiente de plástico sujeto en el medio del mismo. De manual. Entre ambos cogimos todo el montaje, y lo sacamos al exterior.

   El Jefe le echó una rápida ojeada. Miró a los internos, que ahora estaban de espaldas a la pared, uno al lado del otro. Martínez seguí bizqueando, como un pez fuera del agua, que es lo que había sido toda su vida. Y Marius impasible, como el delincuente profesional que era.
  - ¿De quien es todo esto?- Preguntó. Hay que hacerlo, porque si ninguno confiesa, el parte y la sanción son para los dos.
  - Mío, Jefe.- se apresuró a decir Martínez. El Jefe lo fulminó con la mirada.
   -¿Te he preguntado algo a ti?.-  Martínez guardó silencio y bajó los ojos. Hizo amago de levantar un dedo para añadir que, realmente, la pregunta no iba para ninguno de los dos en concreto, o más bien era para ambos. Pero el Jefe levantó el dedo más rápido y más alto que él. Ninguno necesitó volver a abrir la boca. El Jefe se giró hacia Marius, que sonreía divertido, y miraba al suelo. Era evidente hasta para el más novato que había comprado a su compañero de celda para que se confesase culpable en caso de llegar a esta situación. Pero no le había funcionado, y lo estaba encajando con deportividad como el buen profesional que era.

  - Mañana, después del desayuno, vas a firmar un parte declarándote responsable de todo esto, ¿entendido?- Le espetó el Jefe, sin dejar margen para la negociación. Marius asintió en silencio, sin dejar de sonreír.

   En ese momento Claudio, que se había quedado rezagado en el interior de la celda, salió de la misma portando un segundo cubo de fregar con tres botellas de agua mineral en su interior, de un litro y medio cada una. A Marius se le heló la sonrisa en la cara.
 - He visto esto, y me ha parecido raro que tuvieran tres botellas de agua en remojo.- Era cierto, y a todos se nos había pasado. El cubo estaba lleno de agua hasta la mitad. Además, estaba tibia, lo que no tenía mucho sentido en aquella noche de invierno, cuando ya hacía horas que se había apagado la calefacción del módulo. El Jefe abrió una de las botellas.

  -Aguardiente.- Dijo, mirando fijamente a Marius, que ya no sonreía ni siquiera un poquito. Supongo que pensaba que no nos íbamos a dar cuenta de que escondía todo aquel alijo, producto sin duda de varias horas, incluso noches enteras en vela al pie del alambique. Es más, seguro que mucho de ese orujo ya estaba vendido y cobrado, y el perderlo le iba a causar más de un problema en el patio. No es de extrañar que hubiese dejado de verle la gracia al asunto.
 - Venga, los dos para adentro. Mañana seguiremos hablando de esto.- Ambos entraron de nuevo en sus dependencias, y cerramos la puerta con llave. Cargamos todo el material hasta la oficinilla donde normalmente nos reunimos para comer o cenar cuando estamos de servicio. El Jefe se frotaba las manos, exultante.

  - Bueno, ¡no está mal para un viernes a la noche!.- Me confió.
  - No, fijo que no. Muchos he pasado yo con menos bebida y me ha salido más cara.- El Jefe me miró, divertido. - Ahora podríamos ir a la celda de algunos marroquíes, a ver si pillamos costo, y ya tendríamos el fin de semana resuelto.- Añadí.
  - Bueno, pues no sería mala idea. Me la anoto. De momento, haz el favor y vacía todo esto por el retrete.- Me dijo.
 
  - No vaya a ser que los que entren a relevarnos mañana crean cosas que no son.-