viernes, 30 de diciembre de 2016

Malas noticias II

Picón Frutos se tomó bien lo de su abuelo, quizá porque no le quedaba más remedio. Siempre puede uno rebotarse, pero lo cierto es que en este caso le podría haber salido caro; Estar en el módulo de respeto es un privilegio difícil de ganar y fácil de perder. Y ponerse borde con un funcionario te quita puntos.
  Porque en este hotel funciona todo a base de palo y zanahoria. No sólo con los internos, para que nos vamos a engañar. Hace unos años toda la plantilla sentía una viva ilusión por pasar la noche de reyes con sus hijos, disfrazarse de Baltasar y todo ese rollo. Desde que pagan un dinerillo extra por hacer esa guardia, ese entusiasmo se ha templado hasta el punto de que podríamos hacer nuestro propia cabalgata de funcionarios por el recinto.
Entre los internos, la actitud que tomen ante su forzada estancia entre nosotros va a determinarlo prácticamente todo. Incluso la duración de la misma.
  Y Picón Frutos había tomado el camino más inteligente. Portarse bien, conseguir una celda para él solo en un módulo tranquilo y, con suerte, permisos y la condicional.
 No todo el mundo lo hace. Hay internos que llevan a gala el incumplimiento de las normas de régimen interior. Para ellos, el módulo de Respeto es un  agujero de cobardes y chivatos, un refugio para perras. Es la misma aguda visión de futuro que tenía el macarra de tu barrio cuando, desde el asiento de su moto, se burlaba de tí cuando te lo cruzabas camino del instituto. La misma actitud... Y muy posiblemente el mismo individuo. Si, el macarra de mi barrio está en el trullo. Ja.

Bueno, pues el otro Picón, Picón Fernández, era más de este otro palo. Y a este sí que se le había muerto el abuelo, y había que darle la noticia. Un marrón. Pero un marrón que, con la felina capacidad de escurrir el bulto que de forma instintiva desarrollan los Educadores, Jose le consiguió pasar al Jefe de Servicios.

 Tampoco es que al Jefe de Servicios le importase demasiado encargarse de la tarea. Tras más de treinta años de uniforme, conocía todos los tonos de marrón de la carta de colores. Y dar la noticia de un fallecimiento no era de los más desagradables.
Así que se llamó al interno por megafonía, y se le hizo personarse en la oficina de jefatura de servicios. Allí lo esperaba el Jefe, sentado ante la mesa de su despacho. Invitó a Picón a sentarse, y este tomó asiento con expresión hosca. La única de su repertorio. El jefe lo miró, impasible.

- Frutos, tengo una mala noticia para ti. Tu abuelo acaba de fallecer. Lo siento mucho.- Frutos ni pestañeó. Lo de su abuelo le había dado igual, pero no iba a perder la oportunidad de darle una contestación al Jefe.
- Que cojones lo va a sentir.- Le contestó, desafiándolo con la mirada. El Jefe entrecerró los ojos, hasta convertirlos en una fina línea.
- Tienes razón. Ni lo siento ni me importa una puta mierda. Largo de aquí.-
Picón se puso rojo de rabia. Supongo que se cruzó por su mente la idea de saltar por encima de la mesa. Pero hay lineas en un Centro Penitenciario que sólo los tontos y los locos traspasan. Picón era malo, a secas, y sabía donde está el límite. Así que simplemente echó la silla hacia atrás, y se fue de vuelta su módulo soltando juramentos.

Al cabo de unos minutos, el Subdirector de Seguridad llamó a Jefatura.
-Tengo preparados los papeles del permiso extraordinario para que Picón vaya al entierro. ¿A que hora le digo a la Guardia Civil que venga a buscarlo?-
- Creo que podemos anular el permiso. Acabo de comunicarle la noticia y parece que no se llevaban muy bien.-
El Jefe colgó, sin poder evitar sonreir. Picón había intentado ir de chulo, y lo que había hecho es ahorrarnos trabajo.

Mejor.



miércoles, 28 de diciembre de 2016

Malas Noticias.

  Después de unos días de descanso, hoy he vuelto al trabajo. Me han puesto en un módulo en el que no trabajo nunca y que no sé como funciona, supongo que para mantenerme alerta. Y además, de encargado. Para mi que los de personal juegan al despiste. Así que me he personado en el módulo de Respeto. El módulo de Respeto se llama así porque... Bueno, ni idea. No se me ocurre ningún motivo por el que le hayan puesto ese nombre. Pero es que a mí al oír la palabra 'respeto' la imagen que me viene a la cabeza es un rapero negro y cargado de oro, con los brazos cruzados y mirándome como si me estuviera perdonando la vida.
  Lo que sí que es cierto es que los módulos de respeto tienen un régimen de vida diferente al de los otros. Cuando te encierran en una cárcel, no sólo te quitan la libertad para salir al exterior. Una vez dentro, tus horarios y tu movimiento dentro del centro van a estar controlados en todo momento. A una hora determinada vas a tener que estar en el patio, a otra en tu celda. Las normas del centro dictan cuando te despiertas y cuando deberías dormir. Cuándo comes y, si me apuras, hasta cuando debes cagar.
 En el módulo de Respeto eso se relaja. Los internos circulan libremente por el módulo, organizan sus turnos de limpieza y, de alguna manera, se controlan unos a otros. Gran idea, porque así me liberan de parte de mi carga de trabajo. Pero vaya, que ya me diréis que tiene esto que ver con el respeto. En fin.

  Y ahí estaba yo esta tarde, reclinado en mi silla y con los pies encima de la mesa, dedicado a la muy noble tarea de la observación penitenciaria. Y como no podía ser de otra manera, han venido a interrumpirme. En esta ocasión ha sido Jose, un Educador. Si ya de por sí el Educador es una de las especies más esquivas de la fauna de intramuros, ver uno en un día como hoy, que es medio festivo como todas las navidades, y por la tarde, me ha hecho bizquear de la sorpresa. Iba a soltarle alguna chorrada ingeniosa, en la medida de mis posibilidades, pero la gravedad de su rostro me ha hecho ahorrarme el esfuerzo.
   - ¿Que haces por aquí?-
   - ¿Está  en este módulo Picón?- Que no sé para qué lo pregunta. Si se ha metido la pateada hasta este puto agujero, quiero pensar que no ha sido tan tonto como para no comprobarlo antes. Esto me lo callo, claro. Buen rollito que estamos en Navidad.
   - Pues ni idea. Yo no curro aquí muy a menudo. Pero ahora mismo lo llamamos por megafonía.-
 Dos minutos y una llamada por megafonía más tarde, Picón se encuentra ante nosotros, con una cierta alegría expectante. Normalmente, cuando un educador viene a notificarte algo suelen ser buenas noticias. Las malas nos las encajan a nosotros, diciendo que las entreguemos que tienen prisa. Reparto de tareas.

  Pero la expresión de Jose dejaba poco espacio para el optimismo. Fue al grano.
- Picón, tengo que darte una mala noticia. Nos acaba de llamar tu familia para decirnos que tu abuelo acaba de fallecer.-
 Picón pareció perder cinco kilos de golpe. Sus mejillas se hundieron, y se hubiera caído de culo de no estar yo detrás de él para acercarse una silla. Conseguí mantener así el dramatismo que la escena requería.
 - Pero... no puede ser.- Nos miró, esperando que le dijésemos que no, que era un error. Callamos, limitándonos a bajar los ojos para evitar que su mirada se cruzase con las nuestras. Poco más podíamos añadir.
 - Mi abuelo, ¡que me crió como a un hijo!.- Empezó a sollozar. -Pero si estaba perfectamente, ¿Que le ha pasado?.-
 - No lo sé, Picón. No me han dicho nada.- Picón enterró su cara entre las manos, apoyando los codos en las rodillas. Jose continuó.
-Acabo de hablar con el Subdirector de Seguridad. Vamos a ponernos en contacto con la Guardia Civil para que te lleven a Elche lo antes posible y puedas asistir al entierro.-
Picón levantó la cara. Estaba confundido, saltaba a la vista.
- A Elche... ¿Y que voy a hacer yo en Elche?- Jose dudó.
- Bueno... es donde me han dicho que estaba hospitalizado.-
- ¿Y que coño hacía mi abuelo hospitalizado el Elche, si no ha salido de Málaga en su vida?-
Jose no sabía qué decir. Yo... Yo de repente si. Me tapé los ojos con la mano derecha, y me pellizqué el ceño, justo encima de la nariz.
- Jose, ¿Buscas a Picón Fernández o a Picón Frutos?-
- A Picón Fernández.-
- Ya. Pues adivina qué Picón es este.- Picón Frutos nos escuchaba, girando la cabeza a un lado y a otro según hablábamos. Pasó de la desesperación al alivio y al cabreo en menos de cinco segundos.
- ¿O sea que mi abuelo está bien?-
- Supongo que sí. - Jose estaba rojo como un tomate.- Me he confundido. Lo siento.- Se largó sin despedirse. Picón me miró.
- Espero que esto no haya sido una inocentada.- La verdad es que ni me acordaba de que hoy era el día de los inocentes. Casi me da la risa, pero no era el momento. Picón estaba a punto de enfadarse en serio, y no le faltaban motivos.
- Mira lo rojo que se ha puesto, hombre. ¿Crees que lo iba a fingir?.
Picón se ha marchado, no muy convencido.
Que coño, debería estar contento. Tal y como está terminando el 2016, que tu abuelo NO haya muerto es una noticia cojonuda.

 

 


 
 
 

martes, 27 de diciembre de 2016

Compañeros de pabellón

 Ayer a la noche llegué a mi localidad de trabajo. En el piso compartido, Gerardo comía lentamente zanahorias mientras veía la tele en calzoncillos. Me habló largo y tendido de sus últimos escarceos sexuales.
  Hoy a la mañana se fué a trabajar. Cuando me disponía a hacerme la comida, me di cuenta de que el lavabo estaba atascado. He tenido que cocinar mientras limpiaba unas cañerías que llevaban sin tocar 20 años. Ha sido asqueroso, y se me ha quitado el hambre, con lo que he cocinado para nada. Y he desatascado el lavabo innecesariamente, porque no hay vajilla que limpiar.
Gerardo ayer prefirió contarme a quién se ha follado, y como, en vez de avisarme de lo del lavadero.Yo hubiera preferido que me avisara de la avería antes que enterarme de que ayer se la chuparon en un portal.
Inequívocamente, el sigue siendo un macho alfa y yo me estoy marujizando.

sábado, 24 de diciembre de 2016

Vuelve, a casa vuelve...

Desde hace años no se convocan concursos de traslado. Muchos compañeros y yo llevamos años, incluso décadas, lejos de nuestras familias esperando que suene la flauta y podamos solicitar un cambio de destino. Hoy vuelvo a estar en el tren de camino a casa. En las pantallas, empieza la película. El título está escrito en inglés, los actores son americanos. Un cincuentón completamente rapado y perfumado como una profesional del sexo me pregunta si quiero auriculares con una tímida sonrisa, mientras me mira fijamente a los ojos y parpadea varias veces con la velocidad del aleteo de un colibrí. Esto mismo me lo hace Olivia Wilde y me tengo que ir a la maleta a por una muda, pero un calvo talludito... No. Al menos, hoy no.
El caso es que da la impresión de que el que coja los cascos es de gran importancia para el, así que, en parte por no hacerle un feo, y en parte porque parece que, por fin, RENFE no va a flagelar mis sentidos con otra película francesa, acerco mi mano muuy lentamente a la bolsa de plástico en la que el empleado porta los auriculares. La meto (la mano)  con mucho cuidado, y saco una cajita color morado que acerco a mí con recelo, como si los ocupantes del vagón fuesemos náufragos sorteando a la pajita más corta a quien nos vamos a comer hoy.
El azafato, o como quiera que se denomine su profesión, continúa pasillo adelante seduciendo al resto de viajeros. Saco los auriculares de su cajita, me los pongo y empiezo a seguir el argumento. En la pantalla, varias parejas de edad más o menos madura discuten y se rompen, y sus miembros empiezan a relacionarse libremente entre ellos.
Me huelo la tostada, y una rápida busca en Google confirma mis temores: Es la versión americana de un ¿éxito? del ¿cine? francés. Un escalofrío recorre mi espalda, y, como si de repente los cascos hubiesen cobrado vida, me los arranco de un tirón y los lanzo al medio del pasillo. Me quedo sentado en mi asiento, agarrado a los apoyabrazos y con los nudillos blancos de la tensión, mientras pienso si pisotear los puntos cascos como se pisaría a una alimaña.
Astutos ferroviarios, casi me la cuelan esta vez. Esto ya es personal.
Cuando vuelva a pasar el azafato le haré la zancadilla. Y eso será sólo el principio.

martes, 20 de diciembre de 2016

Juego de rol

  Nuestra pequeña sociedad no es tan diferente de muchas otras que hay en el exterior. Pero es un ambiente muy cerrado, y como en todos los ambientes cerrados, al principio cuesta hacerse un hueco. Entre otras cosas, porque no sabes que huecos hay, y cuál es el adecuado para ti. Muchos dirán que, vaya, en pocos sitios tu rol está más claro: Eres el guardia, bobo. El puto carcelero. Llevas el uniforme y la porra (en realidad no llevamos porra, pero eso la mayoría de la gente no lo sabe), y además pocos personajes hay tan planos como el de un funcionario de prisiones. Al menos si atendemos al cine: Un tipo con cara de malo, que abre y cierra puertas mientras los personajes interesantes, que son el delincuente malvado pero carismático y el detective brillante pero atormentado, se lanzan pullas con segunda intención a ambos lados de la mesa de la sala de comunicaciones (Un apunte: en todos estos años de servicio, he tenido el gusto de encontrarme con tantos delincuentes carismáticos como detectives atormentados. Echad la cuenta) .
  Con un poco de suerte el funcionario de la peli será un villano de verdad, con carácter, como el Clancy Brown de mi avatar (que no se en qué estaban pensando cuando le dieron en ese talego la plaza de Jefe de Servicios al Kurgan, pero olé sus huevos), o  un personaje que realmente te llegue y te motive, como Tom Hanks y David Morse en 'La Milla Verde'. O mejor aún, Billy Bob Thornton picándole el billete a Halle Berry en 'Monster´s Ball', la obra que, he de confesarlo, me inspiró definitivamente a buscar una carrera profesional intramuros.

  El caso es que llega el día que te encuentras en  un patio, con tu uniforme real y tu porra imaginaria, y observado con igual atención por internos y compañeros veteranos. Y entonces, y en vista de que mi plan de actuación se había ido por el desagüe porque Halle Berry no aparecía por ningún sitio (sigo buscando aún ahora), pues me fui a lo fácil; Abrir y cerrar puertas con cara de malo, e intentar pasar desapercibido.

  Desgraciadamente es un patrón de conducta que se puede mantener poco tiempo. La gente tiene la costumbre de comunicarse verbalmente la una con la otra, y te preguntan de donde eres, como te llamas... O cosas relacionadas con tu curro, como plazos de presentación de instancias y todos esos rollos. Así que tienes dos opciones: O vas de bueno, y te conviertes en una 'madre', con todo lo que eso conlleva (principalmente, que vas a pasarte el día aguantando rollos de los internos, que simplemente se aburren y quieren que alguien los escuche, o pedirte pequeños favores) o vas de malo, y entonces también tendrás más trabajo porque cada vez que haya un marrón o algún jaleo te van a llamar a ti para que eches una mano. Si te pasas de malo también puede ser que un día que estés sólo, pensando lo malvado que eres y frotándote las manos, un interno te eche una manta encima y te cosan a patadas. No serías el primero.

  ¿Qué camino tomé yo?. Pues ninguno, como la mayoría de las veces. Ahí estaba yo, pensando qué camino tomar, cuando el camino vino a mí, de golpe y porrazo. Y nunca mejor dicho.


En todos los centros penitenciarios se hacen varios recuentos al día. Mínimo tres, a los relevos de mañana, mediodía y noche. En ellos simplemente contamos los internos presentes en el centro, asegurándonos de su correcto estado de salud (que estén vivos, vaya). En algunos centros, para asegurarse de esto último sin asomo de duda, se exige a los internos que permanezcan en pie durante la realización del mencionado recuento, y que además estén mínimamente vestidos, por una cuestión de decoro. El caso es que el no estar de pie y cubierto cuando se abre la celda puede ser motivo de parte y sanción, aunque eso ya depende un poco de si el interno suele reincidir en su comportamiento.

En la  ocasión que nos ocupa estaba yo haciendo el recuento de las siete y media de la mañana, pasando una llave que parecía el sacudecolchones con el que Don Pantuflo les atizaba a Zipi y Zape, y descorriendo con fuerza unos cerrojos gruesos, como... Bueno, como los cerrojos de un penal. Como penes de hombre adulto. Y haciendo bastante ruido con ellos, para que nadie pudiese argumentar que se había quedado dormido porque no me había oído llegar. Entonces, al abrir una celda, me encontré que se habían quedado dormidos los dos ocupantes de la misma. Tampoco pasa nada, ya os digo que la sanción por esto depende de si pasa con frecuencia, y no era en absoluto el caso. Encendí la luz,  y golpeé varias veces la puerta metálica con el mango del cerrojo.

  - ¡VENGAAAAAA SEÑORES!¡ARRIBA!-
A mis gritos, el ocupante de la litera de abajo se sentó en el borde de la cama, todavía visiblemente dormido. El interno que dormía en la cama superior, más vivo, o más sorprendido, saltó de la misma al suelo... Para caer a horcajadas sobre la nuca de su compañero, golpeando con los genitales en el cogote del mismo. Éste, el de abajo, se dobló por el peso, pegándose con la cara contra sus propias rodillas y mordiéndose un labio, y su jinete salió rebotado hacia adelante, impactando con la cara contra la pared desnuda de la celda. Una cara que llevaba desprotegida porque, en el momento del primer choque, se había agarrado la entrepierna a causa del agudo dolor que el mismo le había causado.
  Momentos después, y mientras varios internos empezaban a asomar por sus puertas para ver por qué el recuento se había interrumpido, salí de la celda de los dormilones sujetando por los hombros a uno con la nariz partida y que andaba como el ganador de un rodeo, mientras el otro renqueaba tras de mí completamente doblado y escupiendo sangre. Hay que decir una cosa: Los internos  de la galería no se lo acababan de creer, Pero lo de mis compañeros... Amigos, aquello fue un festival de caras.

Al que no le hizo ni puta gracia fue al Subdirector Médico, que estaba de guardia aquel día, y que no se acabó de creer mi versión. Pero no me importó demasiado. Cuando los dos internos volvieron al patio, aquella tarde, no sé qué debieron contar al resto (quizá les daba vergüenza reconocer su torpeza, o lo más probable es que se hubiesen quedado dormidos con la ayuda de alguna sustancia, y lo mismo ni aún ahora tienen muy claro lo que pasó aquel día). El caso es que, a partir de entonces, nadie se acercaba a mí para que le sellara una instancia.

Un éxito.


domingo, 18 de diciembre de 2016

La cúpula del trueno

Es festivo, y además llueve. Estas dos circunstancias ralentizan el pulso de la prisión hasta casi detenerlo. Sentado en la botonera de Jefatura, controlo las compuertas que conectan entre sí todos los módulos del edificio. Para ir de uno a otro, tienes que pasar obligatoriamente por aquí, y yo debo abrirte.

En dos horas, solo ha pasado un funcionario a buscar un café en el economato, y a medio camino se dio cuenta de que, evidentemente, estaba cerrado. Y se volvió por donde había venido negando con la cabeza.

A mi lado Hilario, el Jefe de Centro, aprovecha la tregua para poner al día en su ordenador el listado de internos por módulo y la celda en la que duerme cada uno. Bostezo por enésima vez. Hilario me mira y, supongo que para entretenerme, me señala su pantalla.
- Mira este. ¿A que no sabes lo que hizo?.-
En la pantalla, la ficha penitenciaria de un hombre oriental. Su nombre son tres monosílabos que parecen onomanopeyas de un cómic. Debe ser vietnamita o algo así. Recuerdo haberlo visto por el patio, el típico anciano sensei con una sonrisa desdentada y cuello delgado que le dan aspecto de tortuga. Parece buen tipo.
- Pues ni idea. Sorpréndeme.-
Lo hace. Por lo visto, este sujeto tenía un amigo que todos los sábados acudía a jugar a un club de golf a una hora determinada. Una tarde, aprovechando esta circunstancia, el vietnamita (o lo que sea) entró a los vestuarios del club, forzó la taquilla de su amigo y se apoderó de las llaves de su casa. Tras entrar en la misma, procedió a secuestrar a su hija adolescente a la que violó en repetidas ocasiones antes de matarla, no sin antes volver a pasarse por el club de golf a dejar las llaves en su sitio. El testimonio de sentencia abunda en detalles que os voy a ahorrar. Hoy me voy a saltar la merienda.
- Que horror. Que hijo de puta.- No se me ocurre nada mas. En estos años ya he leído unos cuantos testimonios de estos, y me dejan la mente como anestesiada. Debe ser una especie de mecanismo de defensa, para no asimilar en todo su horror lo que acabo de leer.
- Y mientras no apareció el cadáver - me cuenta Hilario - el cabrón era el que más ayudaba en la búsqueda. Hay que ser cínico...-
- Bueno, supongo que el que seas un pésimo ser humano no quiere decir que tengas que ser un mal amigo.-

Hace un momento que entró Ramón, otro compañero, y ha aprovechado para leer lo mismo que yo, por encima de mi hombro. La cara se le ha quedado tan inexpresiva como la mía y, también igual que yo, permanece en silencio. Algo hay que decir. Ramón se arranca.

- Pues parece que también nos van a traer al otro cabrón, el que quemó a sus hijos.-
- ¿En serio?-
- Si... Se ve que se intentó cortar el cuello. Esos intentos de suicidio pueden suponer un traslado, y somos la cárcel más cercana.-
- Intento de suicidio - resopla Hilario. -Me gustaría a mi ver esos cortes. Seguro que son arañazos que le hizo su novio mientras lo sujetaba fuerte por detrás.-

Nos reímos todos. El mal rollo se desvanece y para Ramón y para mi llega el momento de los disparates.
- Pues aprovechando que tenemos los invernaderos vacíos y sin plásticos, podemos engancharles por fuera algunas herramientas del taller y soltarlos a los dos dentro. En plan Mad Max 3.-
- Ya te digo. 'La Cúpula del Trueno'. Jaja.-
- Dos hombres entran, uno sale!! Jajaja.-
- Y conseguimos abono para plantar en primavera.-
- Abono fijo que lo conseguimos del susto que se iban a llevar en cuanto entraran!!-
- Jajajaja-
- Oooye!!! Podríamos hasta montar un reality!
Hilario nos ha estado mirando alternativamente y con los ojos cada vez mas abiertos. Se pone en pié de repente, y sale por la puerta hablando solo:
- Yo no sé que psicotécnicos de mierda hacen en la oposición, porque está visto que aquí entra cualquiera!!-
A Ramón y yo ya no hay quien nos corte el ataque de risa. En cuanto recupero el aliento un poco, llamo a Hilario.
- ¿A donde vas?-
- A por un café!-
- El economato está cerrado, ¿no ves que es festivo?-

Hilario se vuelve, negando con la cabeza.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Tareas de rutina II: Sospechosos habituales

El caso es que aquel día, a media mañana, el Director me pilló por banda y no conseguí escaparme a tiempo. Supongo que girar 180 grados mientras silbas sin que la cosa se note forzada no es tan fácil como parece.
- ¡Eh, chaval!- Eh, chaval, me dijo el tipo. Tienes a cuatro funcionarios mal contados a tus órdenes y no te sabes ni sus putos nombres. Pensé en preguntarle cómo quería el café, que en mi manual de protocolo es la contestación oportuna a la interpelación ¡Eh, chaval!, pero el tipo venía acompañado, y me corté un poco.
 Su acompañante era un fornido sargento de la Guardia Civil de unos cincuenta años, que movía la cabeza a un lado y a otro con unos giros de cuello dignos de un pavo intentando esquivar la cuchilla el día de Nochebuena. Estaba nervioso, porque supongo que era la primera vez que visitaba el interior del Ritz, y de vez en cuando echaba involuntariamente la mano a la pistolera. El hecho de encontrarla vacía (porque dentro de prisión las armas de fuego están prohibidas sin excepción) no ayudaba a tranquilizarlo. Al contrario.

  -¿Que pasa, jefe?- Contesté finalmente.
  - Necesito que me hagas un favor.- UN FAVOR, me dijo. Bonito detalle, punto para él. - El Juez de Instrucción ha ordenado que montemos una rueda de reconocimiento. La Guardia Civil ha traído a una testigo de una agresión sexual. Te traes a Jiménez Marí y a cinco más que se le parezcan, y los metes en el rastrillo.-
  - ¿En el rastrillo?- El rastrillo es la esclusa de entrada, a veces entre módulos, pero en este caso al interior de la prisión. Son dos puertas automáticas que están interconectadas, de manera que si una está abierta la otra permanece cerrada. Entre ambas, en el caso que nos ocupa, quedaba un espacio de unos quince metros cuadrados. Una de las paredes del mismo estaba asimismo formada por un espejo de visión unidireccional que ocultaba de la vista al funcionario encargado de operar las compuertas.
- Si. Metemos a la testigo en la garita, para que los vea sin ser vista, y procedemos a la identificación. Vamos a estar en mi despacho. Cuando esté todo listo, me llamas.-

 Pues lo primero, vamos a buscar al tal Jiménez Marí. Lo que sí que tiene bueno trabajar en una cárcel pequeña es que tardas poco en llegar a los sitios, y en dos minutos lo tenía ante mi. Fácil. Español, moreno, ojos oscuros, talla media, unos cuarenta años, medio calvete. Esto iba a ser sencillo. Me di una vuelta por el patio, donde se encontraban  unos veinte internos en distintos grados de aburrimiento... Iba a ser sencillo por los cojones. En un lugar de turismo masificado, como era esa isla, me encontré en los patios con un reflejo de la sociedad del exterior. Tres subsaharianos, dos magrebíes (uno me servía perfectamente si no sonreía, porque al hacerlo se le veían unos dientes de oro y ya no colaba), dos húngaros, tres ingleses, dos chinos y dos sudamericanos. De los españoles, dos muy jóvenes, dos muy viejos, uno se pasaba con mucho de la estatura y otro era un yonqui que pesaba cuarenta y cinco kilos vestido y con cuatro radio-CD´s de coche en los bolsillos. Me quedaba uno que podría pasar de no ser porque llevaba el pelo a lo afro.

Me acerqué al módulo de al lado. Mismo panorama. En el módulo de ingresos los inquilinos todavía sufrían los efectos del colocón que les había llevado hasta nuestro hotel, y no eran siquiera capaces de mantener una verticalidad mínimamente digna.

En mi desesperación llamé a la puerta del módulo de mujeres. Una transexual ofrecía un gran potencial, pero mi petición de que se quitase el maquillaje se encontró con un rechazo frontal; Al parecer, eso era una ofensa y un menoscabo de su identidad sexual. Me la imaginé sin maquillar, y no pude por menos que darle la razón.

 A todo esto llevaba yo más de media hora dando vueltas, y al Director le empezó a entrar la prisa. El Jefe de Servicios me interceptó entre dos módulos y me dijo que le había llamado el Jefe de Gabinete, para informarse de cómo avanzaba la cosa. Le puse al día de la situación, y entre ambos, al final, reclutamos al español de pelo a lo afro y al argelino del diente de oro. El precio a pagar por ofender y menoscabar la identidad sexual de la transexual, Soraya de nombre, por cierto, fue un paquete de Chester. Y ya en el tiempo de descuento decidimos incluir a un eslovaco, que a pesar de ir rapado al cero y tener los ojos azules, era de una complexión y rasgos bastante semejantes a los de nuestro sospechoso. Además, a pesar de su país de procedencia, respondía a los muy castellanos apellidos de Río Ara. Luego me enteré de que era el nombre de la patrullera de la Guardia Civil que lo había interceptado en alta mar con un pequeño velero cargado hasta la borda de cocaína. El tipo no había querido dar su verdadero nombre, y al hacerle la ficha nos soltó lo primero que le vino a la cabeza. Pero esa es otra historia.

Bueno, que teníamos cuatro y ya habíamos rebañado el fondo del cubo. No se nos ocurría de donde sacar a nadie más. El jefe y yo nos miramos. Españoles. Si. Morenos. Si. Ojos oscuros. Si. Estatura media. Si. Cuarenta años... Bueno, yo de aquellas era bastante más joven, pero peores cosas íbamos a colar. Lo que desempató el duelo, sin duda, fue lo de medio calvete. Miré al jefe. Levanté una ceja. El jefe se dio cuenta.
- Me voy a cambiar. Llama al baranda y dile que ya lo tenemos todo listo.- Y eso hice. En menos de lo que se tarda en decirlo, ya tenía entre portones al español de pelo a lo afro con la melena mojada y echada hacia atrás, al argelino con órdenes estrictas de no sonreir, y al transexual sin maquillar y con la promesa de que no chuparía pómulo mientras hacíamos la rueda. Añadí al eslovaco y a Jiménez Marí, y el Jefe de Servicios, vestido de paisano, se personó casi a la vez que, por el otro lado del rastrillo, se acercaba el Director. Por seguridad, la testigo ya se encontraba detrás del espejo, para que el sospechoso no la viese acercarse. El director ordenó cerrar portones, y yo me quedé con los cinco internos y el Jefe dentro de la esclusa. Los puse con la espalda contra la pared, erguidos y mirando al frente. Los miré y, bueno, podía ser peor. Al menos ninguno destacaba por encima de otro.

Pasó un rato. Se oían murmullos tras el espejo. Finalmente, el ruido de varias personas dándose una palmada en la frente a la vez. La testigo, una joven de pelo castaño y unos treinta años, salió con la cabeza baja y acompañada del agente judicial. El director se quedó dentro de la cabina de control del rastrillo hablando con el sargento de la Guardia Civil. Me acerqué a cotillear.

- ¿Qué ha pasado?, pregunté. El director me sonrió de medio lado.
- Que ha dicho la testigo que el que más se parecía al agresor es Antonio, el Jefe de Servicios.-
- Ah.- Respondí.- Quién lo iba a decir. Bueno, tampoco lo conozco mucho...-
El Director me apartó con un brazo y salió de la cabina, acompañado del Guardia Civil. No sé cual de los dos echaba más humo. Hice abrir el rastrillo y conduje a cada interno de vuelta a su módulo, mientras Antonio se volvía a poner el uniforme. Luego nos fuimos los dos a las oficinas a tomar un café.

  En el rastrillo de salida, el Sargento cruzaba unas últimas palabras con el Director antes de salir del Centro. Se giró hacia nosotros y, bromeando, le dijo a Antonio:
- Espero que tenga una buena coartada para la noche del quince de Marzo pasado...- Antonio estuvo rápido en la respuesta:
- Pues así en frío no recuerdo, pero venga por aquí cuando quiera que con mucho gusto le daré en mano una muestra de semen.- Y seguimos camino, muertos de risa.

Supongo que al final no fue necesaria la muestra, porque el sargento no volvió a aparecer por allí.









 

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Tareas de Rutina

Trabajo en un Centro penitenciario de tamaño mediano. Antes de trabajar aquí estuve destinado, entre otras, en una cárcel pequeñita de una isla minúscula, por ahí en el quinto pino. Alguno de mis compañeros, que no han tenido el dudoso placer de compartir esta experiencia, se frotan las manos ante la perspectiva de un destino en un lugar así. - Setenta y cinco internos, como mucho, - dicen - ¡Eso tiene que ser una guardería!-

 Pues mis cojones treinta y tres, digo yo. Precisamente, cuanto mayor es el Centro más funcionarios hay, y más especializados están los destinos. De manera que, si por ejemplo llegas un día a trabajar y te toca estar en el patio de un módulo, tienes todas las papeletas de empezar y acabar la jornada sin moverte de ahí. En una cárcel pequeña, ya de entrada te va a tocar estar en tres patios a la vez, todo ello mientras mueves a la cuadrilla de albañiles (siempre hay una currando, o haciendo como que, en todas las cárceles de España), ir a cachear al novio de alguna que viene a un vis a vis, repartir la comida, vigilar la medicación del todo el centro y , si no tienes suerte, pasarte media hora mirándole fijamente la polla a alguno que tiene analítica y no le sale la meada. Un circo de tres pistas, durante quince horas seguidas de actuación. ¿A que los compañeros que han currado en estas mini cárceles saben de lo que hablo?. Pues eso, una puta mierda. Y que tengas suerte y no te toque ingresos, que de eso ya hablaré en otra entrada.

  Y todo lo que acabo de mencionar arriba, mas algunas cosas a mayores que no recuerdo, entran dentro de lo que van a ser tus tareas diarias habituales. La rutina. Porque de vez en cuando, generalmente cuando pensabas que ya tenías el tema dominado, la vida te daba una sorpresa. Y saltaba la marcianada.

  Un día que no me pude escapar a tiempo, el director me pilló por banda con un divertido encargo. No me hizo gracia, y se me notó en la cara, pero es que la del baranda tampoco era para tirar cohetes. Hubiese preferido tener que hablar con cualquier otro funcionario. Yo no le caía bien, ni él a mí.

Todo venía desde mi segundo día de trabajo. Yo estaba dando una vuelta de reconocimiento por las instalaciones, que tenían el aspecto y tamaño de un colegio pero con menos dibujos de tetas en los urinarios, y más rejas. En una esquina, un miembro de la cuadrilla de albañiles alicataba con escasa pericia la parte baja de una pared. A su lado, de pie, un tipo delgado y con las mejillas hundidas lo observaba con las manos entrelazadas a la espalda. Estuve un buen rato espiándolos tras un recodo. El tipo delgado encendió un pitillo y lo fumó con caladas espaciadas. Tranquilamente, oye. Me acerqué a él.
  - Oiga, ¿no cree que ya está bien de tocarse los huevos, y que igual debería ponerse a ayudar a su compañero?- El tipo se atragantó a media calada, tiró la colilla al suelo y se largó sin decir ni pío, supongo que debido al ataque de tos que estaba sufriendo. Saqué el boli y la libretilla, y ya me disponía a seguirlo cuando un compañero que había contemplado la escena interrumpió lo que iba a ser un hecho histórico: El glorioso momento en que un funcionario con dos días de antigüedad en el puesto le metió un parte al Director de su centro de destino.

 El caso es que desde aquellas, yo no le gustaba. Y como yo no le gustaba a él, él no me gustaba a mi.


Lo de siempre.
 

sábado, 10 de diciembre de 2016

'Nom de guerre'

Nos gusta ponernos apodos. A los periodistas les encanta poner alias a los delincuentes, de hecho parece que el que un medio de comunicación le bautice por segunda vez es lo que diferencia a un chorizo de medio pelo, de un fuera de la ley en toda regla. Pero esto son cosas de los periodistas. El alias vende.
Cuando entré en este negocio venía con ideas preconcebidas, como no podría ser de otra manera. Y esperaba encontrarme en los patios con un festival de 'Chinos', 'Richards','Fitipaldis' y 'Pinflois' entre otros. No es así. Los internos no son ni más ni menos dados que el resto de personas a ponerse apodos, y muchas veces un interno tiene varios. O ninguno, o le cambian la nomenclatura al trasladarse de 'talego'. Como nos pasa a todos, no nos llaman igual los amigos que los compañeros de trabajo, o la familia.
Donde sí hay una afición desmedida a los apodos imaginativos es entre nosotros, los funcionarios. Mas allá de que tengamos un sentido del humor más o menos desarrollado (o infantil) lo cierto es que hay una norma no escrita pero que se respeta a rajatabla: Uno se dirige a los internos de usted y por el apellido, y a los compañeros de tú y por el nombre. El problema viene cuando hay cuatro, o cinco, o más Juanes, Albertos, Sergios... En un principio se recurre a la geografía: Juan el gallego. Manolo el pucelano, y cosas así. Pero claro, eso se hace largo, y para acortar, se impone el mote. Lógico.
 Luego, un buen día, entras a currar y resulta que están contigo Carpanta, Tragapanes, Puccini, el Galgo, el Palillo, Farruquito, el Alcalde, la Voz, el Boche y el Piloto. De coordinador, Lalo. Y de jefes, agárrate, porque están el Mejicano y Fabio Testi. Y ya es cuando piensas que la cosa se está saliendo de madre. Pero qué le vas a hacer.


En una ocasión estábamos de servicio en el módulo Adela y yo. En un mundo tan marcadamente masculino (a ambos lados de los barrotes), el hecho de que Adela fuese la única Encargada de Departamento de todo el centro, unido a su pelo muy corto y a su temple ante los internos le habían valido el apodo de 'Comechirlas'. Que su pareja fuese una mujer también tenía su parte de culpa en ello.

  Así que ahí estábamos, Adela y yo. Sin gran cosa que hacer, en nuestra oficinilla, observando a los internos en el patio. Ella fumando, y yo resistiéndome a la tentación de comerme una chocolatina. Porque si para evitar el cáncer de pulmón me arriesgo a un infarto, ya me diréis donde está el negocio. Salí un momento al patio yo mismo, para huir del humo y la tentación. Por mi costado izquierdo se me acercó Montoya, un interno, señalando algo que se encontraba más lejos, a mi derecha.
- Don Jaime, viene por ahí 'la Mogollón'.- Me dijo.
A unos veinte metros por mi derecha, se acercaba Doña Lucía, la Subdirectora de Tratamiento. Avanzaba a duras penas, intentando transportar una caja de cartón casi más grande que ella.
-Vamos, Montoya. Vamos a echar una mano.-
El interno y yo nos acercamos y liberamos a la subdirectora de su carga, que por cierto pesaba mucho menos de lo que su volumen parecía sugerir. Doña Lucía nos dió las gracias, y se compuso el vestido. Era una cincuentona de muy buen ver, con un elegante traje sastre de Adolfo Domínguez y altos tacones a juego. Entramos los tres en la oficina. Lucía saludó con un jovial '¡Hola Adela!'. Adela giró la cabeza hacia nosotros, apartando por unos instantes la vista del patio. Miró a Lucia de arriba a abajo, hizo un movimiento con la cabeza que no sé si era un saludo o que aprobaba lo que veia, y regresó a su posición anterior.
-¡Mira lo que traigo! - Continuó la subdirectora, sacando de la caja de cartón un árbol de Navidad de plástico y una bolsa de adornos. Adela emitió un gruñido de disgusto antes de girar su silla articulada 180 grados, mientras se encendía un pitillo.  El árbol no le gustó, eso estaba claro.
- ¿Me ayudas a decorarlo?- Preguntó Lucia con una sonrisa inocente. Adela achinó los ojos y dio una larga y profunda calada.
- Claro, señora. - Adela soltó el humo, que formó una nube ante su cara. -Claro que si. Yo me pongo a adornar el árbol, y mientras tanto usted vigila a todos estos sinvergüenzas. O si quiere lo que hacemos es que usted decora el árbol, y yo vigilo, y lo dejamos todo como está.-
Lucía se ha puesto colorada. Su respuesta suena como un balbuceo.
-Si... Bueno, ya lo decoro yo.- Dice, agachándose y empezando a coger adornos de la bolsa. Montoya sonríe de oreja a oreja, mientras la observa atentamente.
- Venga Montoya, vámonos a tomar un café. Pago yo.-
 Montoya me acompaña fuera de la oficina a regañadientes. Le gusta Lucía.
- Y ahora me vas a contar; ¿Por qué le llamáis a la subdirectora 'la Mogollón'?.-
- Pues porque cada vez que viene con esas faldas y se agacha, don Jaime, se le ve todo el mogollón. No me diga que no se haía dado cuenta...-
Sonrío. Claro que me había dado cuenta.





miércoles, 7 de diciembre de 2016

Deformación profesional II

  Este trabajo te acaba haciendo cambiar, supongo que como todos. Hay cambios de los que tú mismo te das cuenta y pasan desapercibidos a los demás. Desde hace tiempo ya no me gusta ir a conciertos. Pensé que era porque me estaba haciendo mayor, y la perspectiva de estar en un entorno ruidoso y atestado de gente había dejado de resultarme atractiva.
  Un día, en una actuación del grupo de musical de un amigo, me sorprendí a mi mismo memorizando las salidas de emergencia. También me di cuenta de que llevaba media hora sin despegar la espalda de la pared, y sumando o restando mentalmente a los clientes que entraban y salían del local. Ahora mismo, en esta cafetería desde la que escribo, hay dos camareras y once clientes. No he tenido que contarlos ahora, lo hice al entrar al local. Todos están solos, menos cuatro magrebíes que hablan entre ellos. Me gustaría saber árabe para pillarlos por sorpresa. Algo traman.

 No creo que este nivel de paranoia tenga que ver con la edad. No todo al menos.


 También se da el caso contrario. Cambios de los que tú no eres consciente pero que a los que te conocen bien les resultan chocantes. Hace algún tiempo estaba con mi pareja, María, dando un paseo por el casco antiguo de la ciudad donde vivimos. Ella entró a una tienda. No recuerdo de qué era la tienda, pero recuerdo perfectamente que había mucha gente entrando y saliendo. Como esa parte de mí la conozco, decidí quedarme fuera a esperar y ahorrarme un montón de sumas y restas de cabeza.
Al poco, no menos de cincuenta (cincuenta y seis creo que llegué a contar) turistas orientales vestidos con todo el catálogo de Decathlon y The North Face bajaron en rebaño hacia mí, tras los pasos de una guía que enarbolaba un paraguas cerrado color verde fosforito.
 
  Demasiada gente para mi gusto. Doblé la esquina más próxima y, como suele ocurrir en estos lugares turísticos, junto a una calle principal aglomerada y bulliciosa, hay callejones  por los que parece que hace años que no pasa nadie. No era exactamente el caso. Frente a la fachada vacía de un viejo edificio en rehabilitación, un gran contenedor amarillo servía como depósito de material desechado. En la capa superior de los escombros, los obreros habían abandonado todo el cableado eléctrico que habían sacado del inmueble. Desbordando por los lados del contenedor, parecían las tripas de un robot despanzurrado. Y esa carroña metálica se la estaban disputando dos buitres urbanos.
  Un drogadicto agarraba por un extremo una enmarañada masa de cables conectados todavía a los restos de un cuadro eléctrico, y pugnaba por hacerse con ella frente a la oposición de un gitano de unos doscientos kilos de peso que la asía por el otro extremo . Daban tirones y se insultaban en femenino, como la etiqueta de la cárcel exige. Aprovechando que el yonqui había cedido  terreno para gritar un '¡PERRA!' especialmente sonoro, el gitano dio un fuerte tirón. Su adversario perdió un poco de pié y cedió un metro, lo suficiente para que el gordo soltase su mano derecha del manojo de cables y le plantase una bofetada que restalló como un latigazo. Pero si hacemos caso al dicho de 'lo que no te mata te hace más fuerte', años de lucha contra formidables enemigos como el VIH o la hepatitis habían convertido al toxicómano en un luchador casi mitológico. Delgado como era, se repuso inmediatamente del bofetón y aprovechó la cercanía física para lanzar una patada contra el bajo vientre del chatarrero. Un golpe que sin duda habría puesto fin al combate de no ser porque éste tenía sus partes vitales protegidas por michelín que colgaba sobresaliente por debajo de su camiseta.

  Y ahí estaba yo, disfrutando del espectáculo y echando de menos unas palomitas y un refresco, cuando noté una presencia detrás de mi. Era María, y estaba lívida.
  -¿Que haces?.- Me preguntó.
  - Nada, aquí mirando el show. Naturaleza salvaje, lucha por la supervivencia. Mucho mejor que lo de Frank de la Jungla.- Le dije con una sonrisa, que se me borró inmediatamente de la cara. María estaba preocupada.
  - ¿Vas a hacer algo?.-
  - Pues... No, la verdad. No pensaba. No me pagan para esto.-
Por el otro extremo del callejón se aproximaba una pareja de la Policía Local, que procedió a interrumpir el forcejeo e identificar a los implicados.
  -Vámonos de aquí. Ya.- María me arrastró del brazo. Yo avancé tras ella, pero manteniendo la cabeza girada para no perderme el desenlace de todo.
  - Mira, mira. Los están cacheando como el culo. Yo no sé quién les enseña a esta gente.- Dije a María, que si me oyó no me hizo caso. El que sí que me oyó fue uno de los policías, que me miró frunciendo el ceño. La esquina me ocultó la escena, al fin, y emprendí mi camino con María. No estaba enfadada. Estaba triste.

  - Jaime, deberías pensar en buscar otro trabajo. Te está empezando a afectar.- Me dijo, mirándome fijamente a los ojos.
  - Si, bueno. Siempre me puedo meter a Policía Local. Sé cachear mejor que ellos.- María sonrió.


 

Ha salido una señora mayor y ha entrado una pareja de la Guardia Civil a tomar el café de media mañana. Doce clientes.



lunes, 5 de diciembre de 2016

Deformación profesional

   María y yo caminábamos agarrados del brazo por el parque del auditorio. Su mano se crispó de repente, pellizcándome un poco. La miré sorprendido. Tenía los ojos muy abiertos y fijos en un punto frente a nosotros. En el sendero, unos metros por delante, un yonqui avanzaba en nuestra dirección. Yo lo había visto ya hacía un momento, pero no le había dado importancia. El yonqui siguió arrastrando los pies en el mejor estilo de un extra de 'The Walking Dead', y cuando estaba a un par de metros de nosotros, levantó lentamente la mano derecha. La miré. No había nada en ella, y al subir mi vista hacia sus ojos  no vi más que la expresión de miedo y tristeza del que se ha llevado tantos palos en la vida cuando ha pedido algo que ya no tiene ánimo ni para hablar.
    -¿Que pasa, machote?- Le espeté con una sonrisa, sin dejarle ni hablar a pesar de que ya había empezado a abrir la boca. -¿Quieres una moneda para el bus?-. 
Sorprendido, asintió con la cabeza sin acertar a cerrar la boca del todo. Busqué en mis bolsillos, saqué una moneda de un Euro y se la puse en la mano que mantenía fláccida y extendida.
   - Toma campeón.- Le dije, le dí una palmada en el hombro, y seguí mi camino con María enganchada todavía a mi otro brazo. La miré. Tenía los ojos abiertos y redondos como dos lunas llenas. Yo no entendía nada.
  - ¿Que pasa?.- María tardó unos instantes en responder. Estaba confundida, saltaba a la vista. Yo también lo estaba, tanto o más que ella.
  -¿Como le has hablado así?.- Ahora lo entendía aún menos.
  - Así... ¿Como?-
  - Pues así... ¿No te da un poco de respeto?. Es un drogadicto.-
  - Pues no. La clave es que YO tengo que darle respeto a él, y no él a mi.-
Seguimos andando unos pasos sin hablar, no sé quién estaba más confuso. Seguramente yo.
 María habló, un poco por romper el silencio, un poco para sí misma.
  - Hacía mucho que no veía un heroinómano como ese.-

Ahí estaba la clave. Es verdad, en la calle no se ven ya muchos, y para el ciudadano común son casi una rareza. Pero para nosotros, los funcionarios de prisiones, son nuestro trabajo, nuestros administrados. Y vives con ellos hasta que con el tiempo no prestas atención a su aspecto. Tanto, que lo que te acaba sorprendiendo es que la gente en la calle no los vea con la misma normalidad que tu. 


Un poco más lejos, al borde del  parque, otros cuatro o cinco drogadictos se dirigían hacia un cercano punto de reparto de metadona. María me sugirió que cogiésemos el coche y nos fuésemos a pasear a otro sitio.

Estuve de acuerdo con ella. Unos cuantos yonquis más, y lo mismo me da por hacer un recuento.

  

viernes, 2 de diciembre de 2016

Jugando al ahorcado II

Cuelgo la chaqueta en el perchero y, con una revista bajo el brazo y la llave del baño en la mano, me dispongo a salir de mi oficina. Mi compañero me pregunta a donde voy. No sé que será menos violento, si decírselo de viva voz o hacerle un dibujo.

  En ese momento, suena la alarma de una de las celdas del módulo de aislamiento. El baño tendrá que esperar. Hilario -el Jefe de Centro-,  y yo nos ponemos en marcha. En menos de un minuto estamos allí, entramos por el pasillo de celdas y, al lado de la puerta abierta de una de ellas, vemos a Gerardo, el funcionario Encargado del Módulo. Está apoyando la espalda contra la pared, y se tapa la mano con la boca para intentar disimular sus carcajadas. De momento no ha tenido mucho éxito en ello, y la voz que pide ayuda  desde la celda abierta a su lado suena a la vez suplicante y ofendida.
 Nos asomamos a la estancia. Villaza está de pie, y de su cuello cuelgan unos cordones blancos, anudados a la reja de la ventana. Inteligente. Primera regla cuando quieres ahorcarte pero en realidad no: Si mides dos metros, ata la soga a una altura de un metro setenta.  En cuanto nos ve, afloja las rodillas de repente, los cordones se tensan, y se queda colgado. O eso parece.
  Hilario y yo sacudimos la cabeza, aburridos. Damos un par de zancadas hacia Villaza, que con las rodillas flexionadas, saca la lengua y hace una especie de gárgaras chungas, como si se estuviese asfixiando. Pero no se está asfixiando porque, y aquí viene la segunda regla para cuando quieras ahorcarte pero en realidad no, el nudo corredizo no corre. Los cordones están tensos por el peso, pero entre el cuello de Villaza y la parte de cordón que lo rodea te cabría de sobra el cuello de otro idiota, o de dos más incluso. Entre mi compañero y yo lo agarramos  por la cintura de los pantalones, y de un tirón lo ponemos en pie de nuevo. Lo miramos, intentando poner cara de padre enfadado sin romper a reír.  

 - ¿Se puede saber qué cojones haces?-
 - Me voy a quitar la vida, funcionario.- Dice, medio sollozando. Yo creo que porque se ha dado cuenta de que no nos lo tomamos en serio.
 -¿Que te vas a qué? - espeta Hilario- Pero si ese nudo ni siquiera aprieta, ¿que crees, que somos gilipollas?-
Villaza se envara, ofendido.
 - ¿Como... como que no aprieta?- Y tira con los dedos del nudo, mientras se deja caer de nuevo. Y ahí comete un error. Porque con el tirón de sus manos mas el peso de su cuerpo, el nudo sí que corre sobre el cordón, y para su sorpresa, de repente se queda sin aire. Villaza se pone en pié  de un salto, pero eso no afloja la presión porque, no lo olvidemos, el nudo no era corredizo. Se está empezando a poner rojo, y sus jadeos suenen ahora mucho más realistas.
 Hilario y yo intentamos aflojar el cordón, pero está prieto como el tanga de un luchador de sumo, y no hay manera de meter un dedo entre la soga y el cuello. Gerardo se asoma a la puerta y ve el percal.
- Joder, ¿Que pasa ahora?-
-  ¡Rápido, consigue un cuchillo o algo!-, gritamos a la vez Hilario y yo.
- ¿Y de donde saco yo un cuchillo en un talego?- Villaza está de un tono morado morcilla, y sus jadeos se han convertido en estertores. Por suerte, un interno de ordenanza que estaba allí por si había que echar una mano, corre a su celda y nos presta su cortaúñas. Cortamos el cordón, y Villaza cae al suelo, pasando del morado al blanco cerúleo en menos de un segundo. Nosotros no debemos tener mucha mejor cara.

  Salimos en silencio de la celda. Villaza está sentado en silencio en el suelo, hecho un ovillo. Gerardo se dirige a el.
- Voy a buscar al médico para que te reconozca. Intenta no hacer el gilipollas durante diez  minutos seguidos, por una vez en la vida.-
 Villaza ni siquiera levanta la cabeza. Creo que está llorando.

Y yo tengo que ir al baño.


  

Jugando al ahorcado I

  Villaza era como un niño, y pocas cosas le sientan peor a un niño que las burlas de sus compañeros de patio. Mientras le curaban la nariz, Villaza no pudo dejar de oír desde la enfermería las risas de los otros internos, y eso le dolió. Iba a decir que le dolió más que lo de la nariz, pero no creo. Eso debió doler ya lo suyo. Si lo hubiésemos soltado de nuevo al patio, sin duda habríamos tenido lío otra vez. En estos casos, normalmente lo que hacemos es cambiar al interno a otro módulo donde no tenga enemigos, pero Villaza ya había estado en todos nuestros módulos y en todos, como la Sanmiguel, había triunfado.

 Así que hicimos lo habitual en estos casos; Pasamos a Villaza en artículo 75.1 al módulo de aislamiento, él solito en una celda y con un mínimo de contacto con otros internos. A ver si no nos la liaba, y en pocos días la Dirección General nos autorizaba a trasladarlo a otro Centro Penitenciario. Porque así es como funcionamos, por si no lo sabéis. Cuando un interno no se adapta al centro en un tiempo prudencial, y además causa problemas, se le traslada a otro centro. Si tenéis en cuenta que hay más de setenta Centros Penitenciarios en España, pues os daréis cuenta de que podemos tener a un interno rebotando de uno a otro hasta que se cumpla condena, por larga que ésta sea.
 
  Bueno, el caso es que a Villaza lo separamos del resto de la población interna, por su bien, por el de los otros internos, y un poco también por el nuestro. Y, como suele ser común, él sólo en su celda, se puso a... Bueno, darle vueltas a la cabeza, porque tampoco es que a lo que hizo le podamos llamar 'pensar'. En su mundo particular, que coincide con el de muchos otros internos, irse así, sin pelear, es una especie de ofensa contra su hombría, o algo parecido. Si no puede pelear con otros internos, pues peleará con los funcionarios. Y si no puede pelear contra los funcionarios, o no quiere porque sabe que no le conviene, pues se autolesionará.

  Y una forma muy común de autolesionarse es fingir un suicidio. ¿Os acordáis el tipo del que os hablé el otro día, que intentó fingir un suicidio plantándole fuego al colchón al que estaba encadenado?. Bueno, pues es algo así. Pero claro, el tipo ese lo hizo muy mal, porque cuando se trata de fingir un suicidio la clave está en no morirse. En este sentido, Villaza lo hizo de puta madre. Sólo le faltó resultar mínimamente creíble.