martes, 29 de noviembre de 2016

Nocilla

Estaba dándole vueltas a la cabeza, pensando en contaros cosas de mis primeros días en esta empresa.
La primera cárcel en la que trabajé era un edificio impresionante, casi centenario. Parecía que el arquitecto responsable de su estructura fuese a la vez el dueño de la cantera local, tal era la cantidad de roca usada en sus muros, y a la vez accionista de la herreria del pueblo, por la cantidad y calidad de los forjados tipo art-decò que formaban pasillos y escaleras interiores. En el interior del edificio principal, y en cada una de las dos alas que lo formaban, se elevaban tres plantas de galerías formadas por dos pasillos laterales cada una con un vano central, que dejaba diáfano el espacio hasta el tejado, más de veinte metros por encima de mi cabeza. El entorno ideal, pensé con aprensión la primera vez que entré, para una lluvia de rollos de papel del culo en llamas, al grito de 'CARNE FRESCAAAA!!. Lo que todos hemos visto en mil películas ,vaya.
Pero las cosas no son así, claro. Enfrentados al hecho de que sólo se reparte un rollo de papel higiénico por interno y mes, y ante la dura realidad de tener que limpiarse el culo con la mano durante semanas, el pragmatismo se acaba imponiendo entre la población reclusa y acaba con la creatividad. Los gritos de 'carne fresca' y 'perras' si que se oyen de vez en cuando, porque son gratis. Supongo.
 El caso es que una idea me ha llevado a otra, y me he acordado de Villaza. Villaza era un interno con el que coincidí hace algún tiempo. Era como un niño encerrado en el cuerpo de un jugador de baloncesto. Un niño no muy listo y bastante malcriado, ya que estamos.
No es que fuera malo, ni tonto tampoco. Creo que lo que le pasaba es que era un inadaptado. Un misfit, oiga. De alguna manera, su cabeza le hacía creer que estaba en un colegio,  que los funcionarios éramos los 'profes', y los otros internos sus 'compis'. Que diréis que no hay nada de malo, que es una actitud positiva. Bueno, en parte sí. Pero poneos en situación: Estás en el patio de una cárcel. Con más de cien criminales. Eres el guardia. Estás un poquito tenso. Y de repente alguien, por sorpresa, te da una fuerte palmada en la espalda gritando '¡QUE PAAAAASA!'-.
 Pues hay quien reacciona mal. Y lanza un codazo para atrás, como en los videojuegos de combate. De resultas de esos juegos, Villaza se llevó varios codazos en el hígado. No se llevó más porque, como ya he dicho, medía sus dos metros, y la mayoría de funcionarios no medimos eso. Con lo que algún codazo que iba para el hígado le acabó alcanzando en los huevos.

Lo que no podemos olvidar  es que a nosotros nos pagan para aguantar a esta gente. Pero a los internos no. Y si ya bastante jodido es estar privado de tu libertad, aguantar a un niño grande que se cree que está en el recreo del 'cole' no ayuda. Y cuando las bromas de esconderle a la gente sus cosas de ducha, o mangarles un pitillo, o ponerse a cantar detrás de uno mientras intenta hablar por teléfono sobrepasaron un cierto límite, pues el KIE del patio decidió tomar cartas en el asunto.
En aquel momento el malote del patio era Encinas, un atracador con un diente de oro que alumbraba toda la avenida. Supongo que atacaría a sus víctimas por la espalda. Porque era tan evidente que Encinas era un delincuente que no creo que nadie que se lo encontrase de frente una noche en la calle lo dejara acercarse a menos de cien metros sin salir pitando. Total. Que un tarde vimos a Villaza entrar al gimnasio, dejando su mochila sola en una estantería y una hora después, en la cena, Encinas y cuatro coleguitas suyos estaban retorciéndose literalmente en el suelo de la risa. La verdad la supieron los compañeros que hacían el turno de noche, cuando a las dos de la mañana  una voz anónima gritó desde una celda:
-¡VILLAZA, EL QUE SE TE HA CAGAO EN LA MOCHILA FUE ENCINAS!-. No mentía.
A la mañana siguiente, inmediatamente después de la apertura de celdas, Villaza bajó al patio con la mano abierta, dispuesto a repartir bofetones. No necesitó empezar a hacerlo para llevarse cuatro.
 Eso sí, demostró cierto carácter. Cuando le estaban curando la nariz en enfermería y le preguntamos quién le había hecho eso, nos dijo;
-Nadie. He tropezado y me he caído.-
-Vaya,- le respondí- tiene que ser jodido caerse desde tan arriba.-
Poco después, Villaza pidió el cambio a otro Centro Penitenciario. Se ve que las materias que se impartían en nuestro campus no eran de su agrado.

sábado, 26 de noviembre de 2016

El líder de la manada

  No sé si recordaréis a los hermanos Dalton. Eran estos villanos de los cómics de Lucky Luke, una banda formada por cuatro hermanos. Su característica principal era que, cuanto mayor era su tamaño físico, menor era su capacidad mental, de manera que el más pequeño era, por lógica, el cerebro de la banda.

  Bueno, pues por extraño que pueda parecer, en los dos casos en que me he encontrado con bandas criminales formadas por varios hermanos, esta es una regla que se cumple. En uno de los casos, a su diminuta presencia física se unía su extrema violencia y el hecho de ser la única mujer de la familia. Supongo que para sobrevivir entre el resto de miembros de esa infausta camada, la pobre había tenido que desarrollar el instinto asesino. Literalmente. En el otro caso, el tipo es que era malo, malo como el veneno, y el medir metro cincuenta no había hecho sino concentrar la maldad y atraer toda la energía negativa de su alrededor. Era como una enana blanca del mal rollo. Pero enano. Y no muy blanco.

  Aunque ojo, que nadie se llame a engaño. Que fuesen los líderes de su pandilla no quiere decir que fuesen unos Moriartys de la vida, ni mucho menos. Sencillamente, es que hacía falta un líder y, un poco por eliminación (a veces física), habían quedado ellos. Por poneros un ejemplo del nivel, uno de los hermanos/esbirros del segundo individuo amenazó en una ocasión con suicidarse. Como es habitual en estos casos, se le ató de pies y manos a una cama, controlándose su estado cada hora. Pues nuestro amigo había conseguido esconder entre sus ropas un mechero, y, tras liberar una de sus manos, procedió a quemar su colchón en plan protesta. Hay que decirlo, plantar fuego al colchón de la propia celda es una forma relativamente habitual de llamar la atención (léase tocar los cojones al funcionariado), pero hacerlo mientras estás atado al mismo es una radical subida de envite. Resultado de la partida, quemaduras gravísimas, lesiones pulmonares y amputación de una pierna. Espero que al menos, cuando mira hacia abajo y NO se vea una gamba, recuerde lo jodido que puede llegar a ser jugar con fuego.

  En resumen, estaba yo un día supervisando el reparto del desayuno, en el comedor de un módulo, cuando el hermano de menor tamaño del cojo, ya sabéis, el listo de la pandilla, se me acerca y, levantando su brazo derecho cuanto le era posible,  agita ante mi cara un sobao.
  - ¡Mire, funcionario! ¿Le parece normal? ¡Nos queréis envenenar!-
  - Hombre, tampoco será para tanto. Repostería Martínez no es la ostia, pero tampoco están tan malos.- El interno, Caballero de apellido solamente, da un paso atrás de un salto, como si  hubiese recibido una bofetada.
   - ¡Que esto está caducao, cojones! ¿No lo ve?- Cojo el sobao de su mano. Efectivamente, la fecha de consumo preferente expiró hace un par de días. Me meto en la cocinilla y compruebo con los internos encargados del reparto el error: Una de las cajas de sobaos está pasada de fecha. Menos mal que no son todos. Aviso a voces a los internos que están desayunando, y dos o tres se acercan a cambiar su bollería por otra en correcto estado. Le doy a Caballero un sobao nuevo.
  -  Aquí tiene. Gracias por avisarme.- Caballero lo coge con recelo. Le jode que todo haya sido tan fácil. De alguna manera, tiene que hacer algo para que la situación empeore y deje un regusto amargo.
  - Bueno... Vale. Pero que sepa usted que esto se viene repitiendo con demasiada frecuencia, me espeta, subrayando sus palabras con leves sacudidas de sobao.
  - Vaya, lo siento. De todas formas, sepa usted que tenemos un libro de reclamaciones a su disposición.- Caballero me mira sorprendido.
  - ¿Lo tienen?-
  - No.-
Me mira, aprieta los dientes, y se marcha dando grandes zancadas.



Dos o tres días después, estoy supervisando la entrega de metadona. Caballero llega el último, para evitar hacer cola, y tras tomar su dosis diaria, recoge una colilla todavía humeante que otro drogodependiente había desechado momentos antes.
  - ¡Oiga!- le digo - ¿no estará caducada, esa colilla?-
Caballero da un respingo. No me había visto. Me mira con ojos llenos de ira, da una larga calada, y tras tirar la colilla al suelo, se marcha dándome la espalda y echando hacia atrás su melena. Como una novia despechada.

Pues vaya.
 

 


miércoles, 23 de noviembre de 2016

Natillas

  En la cocina de la prisión, cuatro o cinco internos se ocupan intensamente en la preparación de la comida del día. Mientras, otros cuatro o cinco se escaquean en uno de los comedores para fumar un pitillo. Dentro de unos diez minutos se cambiarán unos con otros, de manera que siempre haya unos internos trabajando para que yo los vea desde la ventana de mi oficina. Yo lo sé, ellos saben que yo lo sé, y mientras la comida esté lista para ser servida a la una y media todos estamos contentos.

  Así que aprovecho este tranquilo discurrir de las cosas para ver en la tele de mi despachito un programa de investigación de crímenes, porque supongo que ya que uno está metido en el mundillo mejor meterse hasta el fondo, y cruzo los dedos para que la mañana siga así y nadie llame por teléfono para molestar. Por supuesto, antes de diez minutos suena el aparato.

  - Hola ¿Es la cocina?- Reconozco la voz de Puerto, la doctora de servicio ese día.
  - Si, dime.-
  - Mira, ¿Vosotros lleváis control de que a Serafín no se le den pasteles ni dulces?-
  - ¿Serafín qué mas?- Puerto me da los apellidos, y consulto la lista de internos con dietas especiales. Que no es una lista corta, pero finalmente localizo al individuo.
    - A ver. Aquí lo tengo. Dieta para diabéticos, o sea que no se le da bollería, ni postres dulces, ni café con leche y azúcar. Generalmente a estos internos les damos yogures naturales y fruta, ya sabes como va.-
    - Ya...- Puerto se queda un rato en silencio, pensativa.- Pues no lo entiendo, porque las lecturas que nos da en los análisis indican que está tomando cosas con azúcar.-
   - Bueno, que no se las demos nosotros no quiere decir que no tenga donde conseguirlas. Puede comprarlas en economato.-
   - No... No puede ser, este señor (que educados son los médicos) es indigente.-
   - Pues entonces cambiará parte de su comida por los postres. O prestará servicios extra en las duchas para conseguirlos.- Puerto no oye la última parte de mi explicación, o no quiere oírla. Se queda con lo primero.
   - Entonces, ¿no controláis que no se intercambie la comida con otros internos?.-
  Cierro los ojos y me doy una palmada en la frente. Ni con cacheos integrales y perros entrenados conseguimos que deje de entrar droga al patio, como para evitar que un interno nos camufle un Phoskito.
  - Pues... No, doctora. Sólo hay un funcionario, o a veces dos, para vigilar el comedor con ciento y pico internos. No podemos controlar que Serafín no cambie su yogur, o lo que sea, por un pastel.-
  - Es que cada dos días, viene a consulta tan mal que lo tenemos que enviar al hospital de urgencia. Allí se ve que sí que le tienen bien vigilado (y tanto, seguro que tiene un Guardia pegado al culo todo el día) y nos lo devuelven algo recuperado.  Pero es que es una bomba de relojería, y en el fondo lo que estamos haciendo el hospital y nosotras es pasárnoslo a ver a quien le estalla.-
Tiene razón. Poco se puede hacer, y como nos estalle a nosotros la Administración va a tener que pagar una buena indemnización a la familia. Pero es lo que hay, y algo le tengo que decir a la doctora.
  - Bueno, no te preocupes. Hoy en la comida voy a estar atento, y cuando le vea venir le echo la charla.-

Es la hora de la comida, y superviso como transcurre desde dentro de la línea de reparto. Antonio, un compañero, pasea entre las mesas. Veo a Serafín, que acaba de recoger su yogur, cambiar unas palabras con el interno de cocina que se lo ha dado. El interno niega con la cabeza y Serafín sigue su camino, visiblemente apesadumbrado. Salgo desde el interior de la zona de reparto al comedor, y le cierro el paso. Con su cabeza y cuerpo redondos, y su cara cubierta de pelo, Serafín parece un Don Pimpón de carne y hueso.

  - Hola Serafín.- Me sonríe estúpidamente, y me mira con ojos vacíos de expresión.
  - Hola, don.-
  - ¿Qué hablabas con el otro interno?.- Serafín mira tristemente el yogur que aún lleva en la mano.
  - Nada, don. Le pedía que me lo cambiara por unas natillas de las que le ha dado al resto de la gente.-
  - Pero tu sabes que no puedes tomar esas natillas, porque llevan azúcar- Serafín baja la mirada y que queda con los ojos fijos en el suelo.
   - Si.-
   - Y además sabes que no puedes andar cambiando tu postre por otro.- Serafín encoge los hombros. Su tristeza parece infinita.- Porque no es ninguna broma, ni un capricho nuestro. El azúcar es veneno para ti, y te podrías morir, ¿entiendes?.-
Serafín no se mueve, ni dice nada. Podría decir que es como reñirle a un niño pequeño, pero hay niños pequeños con problemas alimentarios que saben perfectamente qué es lo que les sienta mal, y ellos mismos evitan probarlo. Serafín no llega a ese nivel, ni sabe que contestarme. Esto no tiene ya sentido, así que doy por acabada la conversación.
   -Bueno, venga, vete ya a comer tranquilo. Haz lo que te de la gana.-
Antonio se ha ido acercando a ver de qué iba la charla, y ha llegado al final de la misma. Se queda mirando alejarse a Serafín.
- ¿Que ha pasado?- Me pregunta. Le cuento la conversación con la doctora. Antonio se queda pensando en el tema.

A los cinco minutos, vemos a Serafín dirigirse a la salida hacia el patio. De los bolsillos de su pantalón de chándal sobresalen al menos dos tarrinas de natillas.
Antonio sonríe de medio lado.
- ¿Hacemos una porra? Yo creo que a este muerto nos lo comemos nosotros.-
Paso de apostar con él. Sobre todo porque algo me dice que, efectivamente, nos lo vamos a comer.



  
  

lunes, 21 de noviembre de 2016

El coloso en mallas

02:30. Estamos haciendo la ronda de noche en la prisión. Desde el patio, el jefe de servicios pasea la luz de su linterna por las ventanas de las celdas, metódicamente y sin dejarse ni una. El haz circular se detiene enmarcando el vano de una de ellas, desde la que ondea una toalla puesta a secar. El Jefe echa sus cuentas, y resuelve:
-Eso es la celda 4, galería 10. Jaime y Jose, subiros a decirle al interno que quite eso de ahí ahora mismo.-
Nos ponemos en marcha. Si os preguntáis por qué hay que hacerlo, pues es porque lo ha ordenado el jefe. Y porque está prohibido tener cosas colgando en la ventana que impidan ver los barrotes. No vaya a ser que alguien los robe y no nos enteremos.
Bueno, pues allá vamos. Cogemos la llave de celdas, y empezamos a subir las escaleras con la conversación obligada:
- ¿Quien está en la 4-10?-
- Creo que Espalda Plateada,¿no?-
- Buenoooo... -
Espalda Plateada es un Nigeriano de 1'85, cuyos 180 kilos de peso se concentran a partes iguales entre hombro, pecho y culo. Vamos, que te lo encuentras en la niebla y te pones a buscar a la tenente Ripley. Pero no es mal tío, que coño, que si a las buenas personas se las reconociese por su aspecto para ser juez bastaría con pasar un reconocimiento en el oculista. Total, que llegamos a la celda, y miramos por la ventanilla de la puerta. En la penumbra, Espalda Plateada, duerme panza arriba apenas tapado por una sábana . Aporreamos la puerta. El interno empieza a moverse lentamente, hasta que levanta la cabeza, súbitamente alarmado.
- ¿Que... Que pasa!?
- Oye, quita esa toalla de la ventana, que eso no puede estar ahí.-
Pasan unos segundos mientras el hombre, medio dormido, procesa lo que le acabamos de ordenar. En la celda iluminada tan sólo por la luz de la luna, se levanta a cámara lenta. La sábana resbala, y veo que va vestido únicamente con una camiseta blanca. Algo hay que comentar aquí, y le digo a Jose:
- Tiene calor este,¿no?-
- Pues si... Porque se había acostado con pantis, y se los ha tenido que quitar-
Miro a Jose; - ¿Que pantis?-
- Esos que lleva a medio quitar, ¿no ves lo que le cuelga de la cintura?-
Parpadeo un par de veces. El interno ha retirado la toalla y se ha vuelto a tumbar.
-Ostia Jose, ¡que poco porno has visto, tío!
Emprendo el camino de vuelta. Jose se queda unos segundos parado, pensando en lo que le he dicho, antes de decir '¿Y eso a que viene ahora?' y empezar a andar detrás de mi.

jueves, 17 de noviembre de 2016

Hasta la cocina

  Durante muchos años estuve de encargado de la cocina de una prisión. A muchos compañeros es un destino que no les gusta; Su queja principal es que te pasas el día en una oficinilla tu solo, o con la compañía de un cocinero contratado como personal laboral. No te mueves, no te relacionas con los otros funcionarios... Supongo que hace unos años, cuando tenía un culo bastante más inquieto que el que tengo ahora, se me habría hecho insoportable. Pero a día de hoy la perspectiva de estar catorce horas sentado y viendo la tele me resulta mucho más seductora.
  Además de eso hay otros dos asuntos desagradables. El primero es que, se cocine lo que se cocine, tu ropa va a oler a caldo concentrado de carne, de ese que viene en cubitos. ¿Por que? Misterio. Tu entras a currar una tarde en la que solamente están preparando de cena ensalada y embutido, y acabas con un olor en el uniforme a sopicaldo que parece que en vez  de detergente le hubieses echado a la lavadora un sobre de sopa minestrone. Iker Jiménez, aquí hay tema.
  El otro asunto desagradable es que tus compañeros en la sala van a ser quince internos armados de cuchillos. Sí, a algunos os sorprenderá, pero para cocinar hacen falta cuchillos, por raro que parezca, y el hecho de que los internos deban necesariamente tener acceso a ellos es lo que determina la obligatoriedad de que haya siempre un funcionario en la cocina. Para controlar la entrega y recogida de los mismos.
  Porque para eso estudié una carrera, y una oposición de cincuenta y cinco temas, señores. Para estar toda mi jornada al lado de un cajón de seguridad lleno de utensilios de cocina. Y dentro de lo que cabe tampoco está tan mal. Un día me tocó estar de vigilancia en la culera* durante horas, esperando a que un interno al que habían señalado los perros antidroga a su regreso de un permiso, tuviese a bien expulsar la misma de su organismo. Una vez lo hizo, le sacamos rápidamente de la habitación y procedí con la mayor diligencia a remover lo que había expulsado con un palo, para intentar encontrar lo que fuera que hubiese ahí (generalmente bolas de costo envueltas en preservativos). No había nada, y casi mejor. Pero el pensamiento me atormentó el resto de la jornada. ¿Para esto tanto estudiar?.
  Claro que, si al niño de seis años que fui una vez le hubiesen dicho que se iba a ganar la vida de mayor tocando una caca con un palo, le habrían dado la alegría de su vida.



* Una culera es una celda habilitada expresamente para que los internos sospechosos de albergas algún objeto prohibido en el interior de su organismo, lo expulsen. Para ello están generalmente desprovistas de todo mobiliario excepto un retrete, y éste está conectado a una tubería que sale al exterior de la habitación y deposita el contenido en un desagüe equipado con un filtro, donde queda depositado el objeto en cuestión. Se observa al interno en todo momento mediante un espejo trucado, similar al de una sala de interrogatorio policial.




martes, 15 de noviembre de 2016

Crear tu realidad

  Si hay un lugar de un Centro Penitenciario donde tienes garantizado el ver personas fuera de lo común, ese lugar es la Jefatura de Servicios.
 
 Que noooo. Que sé que hay Jefes por aquí leyendo esto. Ese lugar, digo, es el módulo de enfermería.   En algunas cárceles modulares existen módulos específicos en los que se aloja a internos aquejados de enfermedades mentales graves. Porque en España no hay manicomios, sabéis. Aquí un delincuente intenta el truco ese de las películas yanquis  de 'me hago el loco para que me manden a un asilo y en unos meses estoy fuera', y acaba en un módulo psiquiátrico penitenciario. Y con un embudo en la cabeza y haciendo música experimental con la botella de anís del mono para integrarse y no dar la nota. Vaya que si.
  Pero bueno, esto es en las cárceles grandes, y no en todas, y sólo para pacientes psiquiátricos. Y sólo internos aquejados de dolencias muy, muy severas. En el resto de talegos de segunda fila de nuestro país hacemos lo que podemos con la parte que nos toca, y lo que podemos es  generalmente  meterlos con calzador en los módulos de enfermería, a los más graves, y a los demás dejarlos sueltos por el patio y reírles las gracias.

  En una ocasión estaba yo en la oficina de acceso a un patio, mirando a los internos mientras pensaba en otra cosa (ahí os he contado, en veintidós palabras, el noventa por ciento de mi jornada laboral. Tela.) cuando mi mirada se quedó fija, un poco sin querer, en un interno concreto. Supongo que me llamó la atención que fuese paseando muy despacio, cuando el resto de personas en el patio pasean de una pared a otra a ritmo muy vivo. También, que se detuviese cada cinco pasos para musitar unas palabras, y luego volviese a emprender la marcha.

  De funcionario de patio estaba mi compañero Francisco, el grandullón, que suele fijarse bastante en la gente, y que por supuesto ya se había dado cuenta del comportamiento de Ortega, que era el nombre del interno en cuestión. Ortega... bueno, Ortega es un hombre mayor, de baja estatura y gordo como una pelotita. Suele llevar bufanda y guantes de lana, y un gorro a juego en la cabeza. Supongo que para que no se le escapen los grillos. Porque hay muchos grillos ahí dentro.

  Francisco lo siguió unos minutos, a cierta distancia para que Ortega no se enterase, con el fin de enterarse un poco de qué iba el discurso. ¿Por cotillear?. Si. Pero también porque es nuestro trabajo. Imaginaos que el tipo está repitiendo como un mantra 'Soy el ángel de la muerte, soy el ángel de la muerte', y que de repente se lanza sobre un incauto y le corta la aorta de un bocado. Cosas así pasan. Y se trata de evitarlas.
  Así que en esas estaba mi compañero. Al cabo de unos minutos, dejó de seguirlo y, aprovechó que su caminar les había traído hasta cerca de mi cabina para acercarse hasta la puerta de la misma y tocar el timbre. Apreté el botón de la apertura electrónica mientras Ortega pasaba delante de mi ventanilla repitiendo mecánicamente 'Domingo... Domingo... Domingo...'.

  Francisco entró y vino hacia mí. Su sonrisa le daba a su cara pecosa un aire a niño pillo que te viene a contar un chiste.
  - ¿Que decía Ortega?- A Francisco se le escapó una risita.
  - Estaba enumerando días y diciendo lo que come en cada uno. 'Lunes...Arroz. No, no me gusta. Martes... Chuleta. No, no me gusta.'. Al final ha llegado al Domingo, ha dicho 'Domingo... Pollo. Sí, sí me gusta' y ya no se ha vuelto a parar.-
  - Así que pollo. Llámale tonto.-

  Ortega había seguido su camino hasta llegar a un tablón de anuncios atornillado en la pared del que colgaba un calendario. Lo miró unos instantes, lo descolgó y, provisto de un rotulador negro, procedió a tachar metódicamente los nombres de los días de la semana y recolocarlos de manera que el número del día corriente pasase a estar debajo de la columna domingo. Al acabar, se guardó el rotulador, enrolló el calendario, se lo colocó debajo del brazo y se situó ordenadamente en la fila para entrar al comedor.

  Francisco y yo nos miramos.
  - ¿Estamos pensando lo mismo?-
  - Pues no sé. Pero como le funcione, le cojo el calendario y se lo enseño al Jefe. A ver si cuela y  me puedo ir a mi casa.-





 

lunes, 14 de noviembre de 2016

Sensación de vivir II

Yo prestaba mucha atención a lo que decía Antúnez. No hablaba mucho, lo dije ayer, y no es que sus palabras fuesen perlas para enriquecer el intelecto. Pero su forma de hablar era muy particular. No se si os acordáis de Manuel Alexandre, un actor ya fallecido que hablaba un con ritmo vacilante, muy característico. Desde niño ha sido uno de mis actores españoles favoritos. Bueno, pues debido a sus temblores incontrolables, Antúnez hablaba igual.

Desde hacía varios días, Antúnez estaba más vivaracho, lo que en su caso quería decir que se animaba a ir a mear el sólo, y no se debía a la presencia de personal médico nuevo. De hecho, perdió un par de oportunidades de  perpetrar su broma del Actimel, y en su mirada se notaba que algo había hecho nacer en él una ilusión. Y un día, en que él estaba sentado en las escaleras de subida al módulo acompañado de otro interno, puse la oreja y me enteré de lo que pasaba.

- Yy ahoOoraA... Que me van a dar la libertaAaad... Me voy a ir a la capitaAal. A ttirarme en un baAanco y beber vino.-.
Bueno, pues eso era. Ahora, cuando ya llevo mucho años metido en este negocio, casi puedo decir que he visto de todo. Casi. Pero en aquel momento, la altura de las metas  que se puede llegar a proponer un ser humano tras años de privación de libertad, estuvo a punto de hacerme saltar las lágrimas.

Al día siguiente me fuí a mi tierra, a pasar doce días de libranza. Al volver a la cárcel recordé a Antúnez. En la puerta de su celda ya no estaba su nombre, señal de que ya lo habían puesto en libertad. Mientras tomaba un café con un compañero le comenté lo que le había oído decir aquel último día, porque la cosa me había hecho gracia. Pero en la cara de mi compañero lo que vi fue una leve sorpresa, seguida de una amarga sonrisa.
- Bueno, pues parece que iba en serio. A Antúnez lo encontraron muerto en un banco de la estación de autobuses, con un cartón de vino al lado, la mañana siguiente a su puesta en libertad. No consiguió llegar a la capital.-


Y es que Antúnez podría parecer un deshecho humano, pero al final resultó ser un hombre de palabra.

domingo, 13 de noviembre de 2016

Sensación de vivir

   Antúnez no lo habia tenido fácil en la vida. Había tenido que salir adelante solo, y cada kilómetro recorrido le habia costado el doble que a cualquiera de nosotros. Quizá por eso mismo, a sus cuarenta años su cuerpo no tenía nada que envidiar al de un octogenario. Si pudieses poner a Antúnez y a su padre uno al lado del otro, seguro que éste parecería mas joven. Pero Antúnez no había tenido nunca a su padre al lado. Ni a su madre tampoco.
   Criado en la calle, antes de los catorce ya manejaba la aguja de la jeringuilla con una soltura que sería la envidia de muchas lagarteranas. Aunque no sin fallos,claro. La perfección solo está al alcance de Dios, y los muchos nervios de las piernas que Antúnez se había pinchado en sus años de abusos le obligaban ahora a desplazarse apoyado en unas muletas cuando estaba solo, o en otros internos si estos tenían a bien permitírselo. Normalmente le dejaban, porque en el fondo Antúnez nunca hacía mal a nadie. Y porque no debía pesar más de treinta y cinco kilos.
   Tampoco tenía problemas Antúnez en encontrar un compañero en que apoyarse  por otros dos motivos, motivos que en la convivencia diaria tienen cierto peso; Antúnez era más de escuchar que de hablar. Y no gorroneaba tabaco. Estas dos características eran  consecuencia de su tremendo deterioro físico. Sufría de intensísimos temblores, y al haberse mordido la lengua ya varias veces mientras intentaba decir algo, tomó la decisión de hablar lo menos posible. Por el mismo motivo había dejado el tabaco. Porque los temblores de su cuerpo, cuando tenía el día malo, te podían hacer verlo hasta borroso. Pero sus manos, y sobre todo la derecha, parecían estar repartiendo las cartas de una baraja imaginaria, lo que le impedia sujetar un pitillo.
  Antúnez lo había tenido todo en contra en la vida, pero había aún una cosa que le ilusionaba. Mejor dicho, había dos.

   La primera era esperar al reparto de medicación matutino. Cada día a eso de las nueve, una ATS venía al módulo de enfermería a repartir a los internos sus medicinas diarias en una consulta preparada al efecto. Cuando la profesional en cuestión era nueva, y esto sucedía con cierta frecuencia porque la cárcel tenía concertadas unas prácticas con la escuela de enfermería, Antúnez sonreía de medio lado, y en vez de ponerse a la cola, se dirigía al economato. Allí, compraba un Actimel (nunca he visto a nadie disfrutar tanto del Actimel como a los yonquis. Quizá la empresa que los fabrica debería reconducir sus campañas publicitarias y olvidarse de las ancianitas) y se ponía pacientemente a la cola. Mientras esperaba, pedía a algún otro paciente que le abriese el Actimel, y lo sujetaba con mucho cuidadito en su mano izquierda, la que menos temblaba. Llegado su turno, entraba a la consulta y mientras la joven, desprevenida y sentada ante su mesa, consultaba el expediente médico de Antúnez, éste bajaba el Actimel a la altura de su cara, y lo cambiaba de mano.
El efecto, pues era mas o menos el mismo que cuando accionas el robot de cocina sin ponerle la tapa. La cara y la pechera del uniforme de la muchacha quedaban completamente salpicadas de un líquido blanco y cremoso. A Antúnez le brillaban salvajemente los ojos, soltaba una risotada, la única en días, y salía de la consulta lo más rápido de que era capaz. No fuese a ser que, aparte de gritos e insultos, recibiese también el impacto de un cenicero.

Recuerdo una vez haber acudido corriendo en una ocasión al oír los gritos, sin saber su causa, y cruzarme en sentido contrario a Antúnez. Por un instante, pude ver en su cara la alegría salvaje del niño que acaba de cometer una travesura.

Antunez tenía otra ilusión. Mañana os la cuento.

sábado, 12 de noviembre de 2016

Toma de contacto

   Hasta el funcionario más veterano recuerda como si fuera ayer la primera vez que entró en el patio de una prisión. Cada uno lo vive a su manera, supongo, pero en general se sienten un montón de emociones a la vez.  Hay curiosidad, porque vas a conocer el que va a ser tu lugar de trabajo durante el resto de tu vida. Hay miedo a lo desconocido, ansia por descubrir si lo que vas a encontrar tiene algo que ver con lo que te han contado o has visto por la tele. Un poco de nerviosismo, quizá, al no saber si estarás a la altura (me da hasta risa escribirlo así, estar a la altura, pero no se me ocurre otra manera de expresarlo), al pensar que quizá no soportarás el ambiente o no te verás capaz de enfrentarte a los internos, y suspenderás las prácticas. Aunque en el fondo, las prácticas no son tan duras. Tus compañeros y evaluadores tienen en cuenta el factor miedo, y para suspenderlas vas a tener que currártelo, amigo, y hace algo guapo. Como cagarte en el despacho del director. Pero eso, claro, en el momento no lo sabes. Entras al patio con la centrifugadora en el estómago, como un soldado paracaidista que duda ante su primer salto pero que sabe que por huevos va a saltar, porque si no salta él, lo tiran.

  Y saltas, y cuando aterrizas en el medio del patio, ves que muy poco de lo que hay ahí es como lo que sale en Prison Break. O al menos esa fue mi impresión. Allí estábamos casi treinta manzanillos*, todos juntos en un 'hall' mal iluminado. Acabando casi de ponernos el uniforme por primera vez y pensando que el de la Policía  es mucho más chulo pero, al menos, si nos echaban del curso ya teníamos ropa para meternos a chófer del AutoRes. Y repentinamente, los dos Jefes de Servicio que nos acompañaron durante las prácticas abrieron las puertas, la afilada luz de la mañana se nos clavó en los ojos impidiéndonos ver lo que nos esperaba en el exterior, y nos gritaron -'¡VAMOS, EN PAREJAS, A PASEAR AL PATIO!!!-

   Me agarré al compañero que tenía más cerca, sin siquiera mirarle a la cara, pensando que al menos habían tenido el detalle de no atarnos por una mano como en ´Gladiator´. Con lo que, si venían mal dadas, siempre podría salir pitando. Apreté los puños por si acaso, salí al exterior, y nada. Un campo con césped, una cancha de baloncesto. Gente en chándal paseando con ritmo vivo. Miré a mi compañero. Era Manuel, un chaval de un pueblo del Lugo profundo. Muy profundo. Un pueblo al que para llegar, en vez del coche de línea tienes que coger la máquina del tiempo. Tenía los ojos abiertos como platos, y la boca a juego. No salía de su asombro.

    Empezamos a pasear despacito, despacito. Mirando lentamente a un lado, a otro, a veces atrás, y veces arriba. No sé, igual creíamos que también hay internos voladores o algo. En próximas entradas  contaré lo que se suele ver en un patio normal. En esta ocasión, cuando acertamos a pasar al lado de dos internos de edad madura y que evidenciaban un largo bagaje penitenciario, uno nos miró a través del humo de su pitillo liado y , con las manos en los bolsillos y la chusta pegada al labio, habló, tanto para su socio como para nosotros; -¡Ya está aquí la nueva hornada de maricones y homosexuales que vienen a tocarnos los cojones!.-

  Miré a Manuel. Manuel seguía con los ojos abiertos como platos y la boca abierta. Algo había que hacer, estaba claro, pero era una situación nueva para la que no encontraba salida. Busqué en mi mente alguna referencia, y me salió James Bond. ¿Que haría James Bond en esta tesitura?. Bueno, pues me estiré, elevé la nariz, y le espeté con calma y estilo:
- Caballero, esa redundancia ha hecho que Cervantes se revuelva en su tumba.-

  El interno me miró, confuso. Era evidente que no hablábamos el mismo idioma. El que sí que lo hablaba era uno de los Jefes de Servicio, que apareció de improviso a su espalda.  Haciendo gala del 'savoir faire' que te proporcionan veinticinco años de servicio interior, posó con fuerza una mano en la nuca del interno, y apagó el sonido de la misma con un  'Vente p'acá' que no admitía réplica. Se lo llevó a unos metros de distancia, y aparentemente le hizo una oferta que no podía rechazar.
 El interno se acercó, y masculló una disculpa casi ininteligible con los ojos fijos en el suelo, mientras el Jefe de Servicios no le quitaba ojo. Cuando acabó de hablar, el Jefe me miró a mi.
  -¿Que vas a hacer?-
Tras unos instantes de duda, le dije al interno que esperaba que eso no se volviese a repetir, y que podía marcharse. Al Jefe se le pusieron los ojos del tamaño de dos tetas.
  -¿COOOOMOOO? ¡Ahora mismo le pides que te diga su nombre y elevas un parte!!.
Le pregunté al interno su nombre, me lo dio, y le indiqué que se fuera. Los ojos del Jefe ya habían vuelto a su estado normal, afortunadamente.
 - A mediodía quiero el parte encima de mi mesa. Y espero que incluya correctamente el número del artículo del Reglamento Penitenciario que ha infringido ese interno.-
Se fue tan rápido como había aparecido.

Miré a Manuel, y le pregunté si se acordaba del número del artículo. Manuel seguía con los ojos como platos y la boca abierta. Luego me enteré de que llevaba así dos meses, desde que había salido de su pueblo por primera vez para ir a Madrid  a hacer el cursillo de formación.
Supongo que será lo normal cuando para ir a la capital tienes que viajar al futuro.


* Manzanillo es el nombre que se da a los funcionarios novatos.






 




viernes, 11 de noviembre de 2016

Alternativas laborales

   Estar en el puesto de control de una prisión tiene sus pros y sus contras. Los contras son que, en días laborables y por las mañana, tienes bastante curro.  Estás a cargo del rastrillo de entrada a la prisión, y las cosa es que por paradójico que resulte, no para de entrar y salir gente. También estas a cargo de las alarmas, y aunque desde fuera podría parecer que el recinto de una prisión es un espacio desolado por el que ruedan libremente arbustos secos, un lunes por la mañana tiene más tránsito de vehículos que algunas calles de la ciudad. Todo este tránsito hace saltar las alarmas de movimiento, a no ser que estés alerta para desconectarlas en el momento preciso y volver a activarlas un vez que el vehículo ya ha pasado. En fin, que estás ocupado.


   Los pros son... Pues eso, que estás ocupado, con lo que las horas se te pasan mas rápido, y que en tu dependencia estás tu solo. Y cuando la alternativa a la soledad es estar rodeado de delincuentes y/o gente que se pasa la vida rodeada de delincuentes, es cuando la aprecias, la soledad, digo, en su justa medida. Mejor solo que mal acompañado.

   Así que ahí estaba yo. Entretenido con mil botones a la vez, cerrando y abriendo compuertas y activando y desactivando alarmas. Sintiéndome un poco como el organista de una iglesia pero sin nadie (por suerte) que pudiese apreciar mi arte, y muy relajado a pesar de lo que podría parecer. Porque cuando esto de los botones ya te sale de forma automática, la mente empieza a volar y entras como en una especie de trance. Hasta me estaba dando tiempo de hojear una de mis revistas favoritas, y ya sólo quedaba una hora para el relevo de mediodía. Bien.

   Y entonces, al apretar el botón que abre la reja exterior en repuesta al timbre que alguien había apretado desde el recinto, entró ella. Rocío era la nueva psicóloga del Centro Penitenciario. No tendría más de treinta años. Morena, con la piel muy clara y los ojos muy negros, si te la cruzases por la calle simplemente pensarías 'vaya, que chica mas guapa', y continuarías tu camino, quizá echando una fugaz mirada hacia atrás. Pero en este entorno en que nos movemos, en que ya simplemente el ver a una mujer hay que anotarlo en el libro de incidencias, amigo, Rocío destacaba como una polla pintarrajeada en un misal.

   La seguí con la mirada mientras se pasaba caminando garbosamente por delante de la cristalera ahumada que ocultaba el interior de mi oficina de las miradas del exterior. Calzaba unos tacones que darían entretenimiento a un fetichista con eyaculación precoz durante dos segundos, como mucho, y se desplazaba dando un gracioso saltito con cada paso que hacía destacar todo lo que tapaba su vestido estampado, que por cierto era muy corto y le quedaba muy bien. No sería una belleza de infarto, pero Rocío sabía sacarse partido. Siguió su camino... Y entonces, para mi sorpresa, en vez de girar hacia su derecha y entrar por la esclusa de acceso al interior de la prisión, giró a su izquierda y llamó a mi puerta.

   Apreté el botón que la abre eléctricamente. Rocío entró, se sentó en mi mesa, cruzó las piernas y me habló sonriente,como si nos conociéramos de toda la vida. 
   - Hola.- 
   - Hola.-
   - Creo que no nos conocemos, ¿no?. Soy Rocío, la nueva jurista.-
   - Encantado. Yo soy el funcionario de control.-
   - Nunca había entrado aquí. ¿Para que sirven todas esas pantallas?-. Durante unos minutos, interrumpidos frecuentemente por el ruido de alarmas y timbres, le expliqué por encima el funcionamiento de los sistemas. Rocío se pegó a mi. Olía muy bien, y no era su colonia, o al menos, no solo eso. Era su olor natural. 
   Un camión hizo sonar las alarmas, y dediqué unos segundos a resetearlas y activarlas de nuevo. Rocío aprovechó para coger la revista que tenía abierta ante mi.
   - Vaya... Parece que te gustan los coches viejos.-
   -Pues si.-
   -¡No me digas que ese coche tan bonito que hay en el aparcamiento es tuyo!.
Sonreí. -Si, lo es.-
   - Pues es precioso... Ya me llevarás a dar una vuelta!.
   - Claro. Cuando quieras.-. 
   Llegados a este punto, a muchos funcionarios novatos se les empezarían a acumular la gente en las puertas y las alarmas sin resetear, porque esta es una tarea para la que conviene tener la sangre en la cabeza y no en otras partes del cuerpo. Pero yo ya llevo en esto unos cuantos años, los suficientes como para saber que cuando una funcionaria de grupo A1 se sube a unos tacones de diez centímetros, no ve a nadie por debajo del cargo de subdirector. Rocío se había metido en mi oficina porque sabía que ahí no entra nadie, y quería escaquearse del trabajo la hora escasa que le quedaba para salir. Que si quieres hacerlo no te culpo, pero tampoco tienes que ponerme ojitos. Con que te sientes por ahí y no me des demasiado la lata me vale. 
   Así que yo seguí a lo mio y ella a siguió hojeando la revista, hasta que llegó a una página publicitaria en la que una retozona Blanca Suárez aparentaba estar deseando llevarse a algún pardillo al huerto, con el propósito de hacernos comprar ropa interior. Rocío me enseñó el anuncio.

   -¿Sabes que estuve a punto de ser modelo?-
   -Ah, ¿si?- Por los cojones ibas a ser modelo tú, pensé.
   - Si. Lo que pasa es que a mi padre no le hacía ninguna gracia, y me obligaron a acabar la carrera, y aquí estoy. Y ya tenía contrato con una agencia, pero tuve que dejarlo pasar.-
   -Vaya... A mi me pasó algo muy parecido. También iba a ser modelo.-
Rocío abrió los ojos, incrédula. -¿Si?.
   - Si. De ropa interior. Y ya tenía un contrato con Calvin Klein. Pero un día vi a una señora mayor al esperando en una parada de autobús, y al lado había un anuncio a tamaño natural de un maromo en gayumbos. Se veía que la pobre mujer no sabía a donde mirar sin sentirse violenta, y entonces pensé;   -'Fíjate, esa podría ser mi madre, y ese podría ser yo. Que mal trago iba a pasar la pobre, pensando en los cotilleos de la gente'. Así que me saqué la carrera, y aquí estoy. Igualito que tu.-
   Rocío me fulmina con la mirada, arruga su naricilla en un arrebatador gesto de enfado, y se baja de un saltito de mi mesa. - Bueno, me voy. Adiós.- Dice sin mirarme. Y sale por la puerta sin volver la vista atrás.  

  De nuevo solo, sonrío de medio lado en la oficina. Me parece que ese paseo en coche ha quedado aplazado indefinidamente.

jueves, 10 de noviembre de 2016

Día de cobro

La noche ha sido larga, y me la he pasado sin pegar ojo. Al levantarme, la visita matutina al baño me ha confirmado lo que la hormigonera que he tenido en el estómago desde ayer me había hecho sospechar: Diarrea. (Bueno, estoy algo suelto. Perdona cariño). 

Si ya es algo que me joderia cualquier día, hoy es mucho peor. Porque hoy tengo que atender la ventanilla del patio del módulo 3. Y porque hoy es miércoles, día de cobro. 

Os explico un poco como va: Los miércoles se les cargan a los internos unas tarjetas con el dinero que sus familiares les ingresan, o con el que ganan trabajando. El problema viene cuando los familiares les ingresan el dinero fuera de plazo (a veces pasa), cuando les dicen que les han ingresado dinero y no lo han hecho (con cierta frecuencia) o cuando, a sabiendas de que nadie le iba a ingresar ni un euro, el interno ha estado pidiendo fiado a sus compañeros con la promesa de que el miércoles devolvería lo prestado con intereses (unos intereses que hacen parecer a Cofidis una ONG). 


Es sobre todo en este último supuesto cuando, tras fingir sorpresa al ir a pagar al economato y encontrarse sin saldo, los deudores vienen a mi ventanilla a exigir que compruebe los ingresos. Porque eso tiene que estar ahí, sabusté, que a mi mi familia me ha ingresao el peculio. Todo esto con grandes aspavientos. Para que los acreedores lo vean, ya sabéis.


El caso es que hoy no estoy para aguantar mierdas que no sean las mías, que ya bastante es, y según he entrado a las 7:30 me he currado un simpático cartelito en el que conmino a los internos disconformes con el saldo de su tarjeta a quejarse mediante instancia por triplicado, y lo he colgado en el exterior de mi ventanilla. A ver si pasaba una mañana tranquila.


El resultado ha sido el esperado; Un montón de internos se ha acercado a preguntar si ese cartel significaba que se habían producido errores en la recarga. Y por supuesto, los que debían dinero me han dado la chapa igual. Porque si las opciones son hacer aspavientos delante del funcionario durante cinco minutos, o entrar a las duchas a enfrentarse a la ira, o a la lujuria, o a ambas a la vez, de Dimitri el prestamista, la decisión está clara.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Paranoia

  Cada mañana, a las ocho en punto, se abren las celdas. Si has tenido suerte estarás destinado en una cárcel moderna, y será cosa de apretar un botón y ver como las puertas se deslizan automáticamente por sus rieles. Pero si no la has tenido tendrás que entrar a la galería e ir abriéndolas una por una, exponiéndote a varias cosas. Que un interno salga de repente y te pegue en la cabeza con el palo de la escoba es una posibilidad, pero que vas a disfrutar del amplio abanico de aromas que pueden emanar de un cuerpo humano tras varias horas de confinamiento, eso es una certeza.

  Tras abrir todas las puertas de la galería 3, Francisco, el funcionario, se situó tras la cancela de entrada a la misma y dos o tres metros a la derecha, tanto para dejar la salida libre como para no estar plenamente a la vista, y procedió a ir contando los internos conforme iban saliendo. Hay que contarlos para asegurarse de que ninguno se queda en la celda, por varios motivos. El principal es que la bajada al patio es obligatoria, y con esto ya es más que suficiente. Pero puede ser que un interno se haya quedado dormido, o haya muerto (si, pasa a veces). O que quiera tenderte una emboscada. O que quiera quedarse encerrado en su celda a solas toda la mañana, para suicidarse tranquilamente (si, también pasa a veces).

   Y en esas estaba Francisco, observando con los ojos entrecerrados cómo los internos salían de forma más o menos ordenada y giraban a su izquierda para bajar por las escaleras hacia el patio, y luchando contra el sueño de primera hora de la mañana, cuando uno de ellos, en vez de a la izquierda, giró hacia la derecha. Vivas, que así se llama, es un andaluz pequeñito y renegrido, que se ha pasado toda su vida adulta y parte de su infancia pegando palos para pagarse las adicciones. Como la mayoría por aquí, vaya. El caso es que salió disparado, mirando al suelo, y embistió directamente el vientre de Francisco. Francisco ni se inmutó. Es lo que tiene medir 1'85 y pesar cien kilos. Vivas rebotó hacia atrás un metro, levantó la cabeza, y miró a Francisco con los ojos abiertos como platos. No es que se hubiera sorprendido. Los ojos ya los tenía así antes del golpe. Francisco cerró un poco más los suyos. La mirada a lo Bud Spencer siempre funciona, sobre todo si tienes un cuerpo que la respalde.

  - Vivas... ¿a donde va?.
  - Voy a la galería dos, señor funcionario.
  - Ahora hay que bajar a desayunar. Y la galería dos no es la suya, ahí no tiene usted que ir a nada.

   Vivas volvió a mirar hacia el suelo, y empezó a agarrarse y frotarse una mano con la otra. Estaba muy nervioso, parecía un niño a punto de hacerse pis encima porque no se atreve a pedir permiso en clase para ir al baño.

   - Vivas, ¿le pasa algo?.-
   - Es que se han pasado toda la noche espiándome, don Francisco.-

Vaya por Dios, pensó Francisco. A ver con qué sale éste. Su expresión no varió ni un milímetro.

  - A ver, cuéntame eso.-

Vivas se soltó. Lo estaba deseando, además.

   - Que no he podido pegar ojo, funcionario. Que se han pasado toda la noche mirándome por la ventana y espiándome, y hablando en voz baja y cuchicheando, y diciendo, 'mira el hijoputa ese, jejejeje' y 'verás mañana en el patio, jijijiji' y 'le vamos a dar', y...-
   - Pero, ¿quienes han sido, Vivas?-
   - Los de la celda que está justo enfrente de la mía, funcionario.-
   - ¿Pero no sabes sus nombres?-
   - Es que no los he visto.- Toma ya. Eso pilló a Francisco con la guardia baja, y abrió un poco los ojos. Pero rápidamente recuperó la compostura, y los volvió a entrecerrar.
   - Emmm... ¿Como que no los has visto?-
   - No, es que cuando me asomaba a la ventana se escondían muy rápido, y sólo se veía la ventana abierta. Pero la cortina se movía, y entonces yo los oía reírse todavía más, y decir, 'mira, el hijoputa se está rayando', y 'jajajaja' y 'jijijiji'. De todas formas, los reconoceré por la voz luego en el patio-
  - ¿En qué celda está usted?
  - En la tres, don Francisco-.
  Francisco echó cuentas; La celda con la ventana enfrentada a la tres de la galería tres, es la cuatro de la galería dos.
   - Bueno, baje al patio y procure calmarse y desayunar. Luego veremos como arreglamos esto.-

    A regañadientes, Vivas se dio media vuelta y empezó a bajar las escaleras del patio. Francisco cerró con llave todas las celdas de la galería 3, ya vacías, y se dirigió a la galería dos, para ver quienes ocupaban esa celda y hablar luego con ellos. No es que él se hubiese creído la historia de Vivas, pero estaba claro que Vivas sí que se la creía, y habría que tener vigilados tanto a Vivas como a los ocupantes de la esa celda para evitar posibles agresiones.

    En la puerta de cada celda los nombres de sus ocupantes están escritos con rotulador no permanente. En la puerta de la cuatro no había escrito ninguno. Para asegurarse, Francisco abrió la puerta. Una corriente de aire frío se coló por la ventana abierta, meciendo la cortina de la celda vacía. 'Bueno', pensó, 'parece que en vez de hablar este tema con Vivas y los ocupantes de la celda cuatro, va a haber que hablar este tema con Vivas y el médico'.
 
   Francisco empezó a bajar las escaleras. De repente, se elevó un clamor de voces desde el patio. Había pelea, y en el medio del barullo, se oía claramente a Vivas cagándose en Dios y desafiando:

  -  ¡¡Ríe, ríete ahora, hijoputa!!

  Francisco apretó el paso. Parece que Vivas había encontrado a los ocupantes de la celda cuatro. Que no lo fueran realmente parecía ser lo de menos.






martes, 8 de noviembre de 2016

El KIE*



  El pasado sábado me tocó trabajar en el módulo de aislamiento. A media tarde tuve que acompañar a un interno de vuelta a su departamento, tras cumplir varios días de sanción. En el patio del módulo 3, la población interna combatía los 43° a la sombra (nunca mejor dicho) con los pocos medios a su alcance; Principalmente, vaciarse periódicamente botellas de agua en la cabeza o permanecer inmóviles. 
  En cuanto entramos al módulo de destino, el interno, de no más de 25 años y aspirante a Kie del patio, achinó los ojos, se plantó firmemente sobre sus pies, puso los brazos en jarras, y me dijo sin mirarme: 


  -Esta cárcel parece un instituto-.
   Suspire ruidosamente, para que no dejase de oírme, y salí de allí sacudiendo lentamente la cabeza hacia los lados. Que sabrá este gilipollas lo que es un instituto, pensé. Si se nota que no ha pisado uno en su puta vida.
Me recordé a mi mismo, hace 25 años, adoptando la misma actitud tras una discusión con el jefe de estudios del IES 'Las Lagunas' sobre mis reiteradas faltas de asistencia, y espetándole;

   -Este instituto parece una cárcel-.
Lo recuerdo como si fuera ayer, suspirando ruidosamente y marchándose mientras negaba en silencio con la cabeza. Seguro que iba pensando lo mismo que pensé yo el sábado. Que gilipollas me he sentido.

Lo que no acabo de adivinar es qué habría hecho el jefe de estudios para saber lo que era una cárcel.



* En argot carcelario, los KIES son los internos más peligrosos o influyentes del patio.

domingo, 6 de noviembre de 2016

El plátano


Un interno empuja fatigosamente el carro metálico que porta el desayuno para el módulo norte. El funcionario camina a su lado. Una pieza de fruta muy madura se estrella en el suelo, justo entre ambos, salpicándolos. De la única ventana abierta en la galería situada sobre ellos, sale un sonoro '¡FASCISTA!'.


El interno encargado de empujar el carro mira lentamente a ambos lados y hacia abajo, y con voz muy baja, como no queriendo agravar aún más la situación, informa al funcionario.
-Nos han tirado un plátano... - 

El funcionario mira hacia la ventana abierta. Conoce al ocupante de la celda a la que pertenece, un caboverdiano bastante conflictivo. Se gira hacia el interno que le acompaña, y le contesta:
- Ya ves, el mundo al revés. Un negro nos ha tirado un plátano. Estoy por irme corriendo hasta Melilla y saltar la valla hacia África, sólo por seguir la corriente.-
El interno pone cara de no entender, y ambos siguen su camino, que el desayuno en el carro se está enfriando.
Queda mucho día por delante.

El desayuno

El domingo se adivinaba tranquilo, pero se ve que no valgo para vidente. La cosa empezó con fuerza ya en el desayuno.


     - Señor funcionario, mis compañeros no me quieren dar café del desayuno-
     - Es que usted no puede tomar café por orden médica- 
     - Pero si yo ahora ya no tomo medicación...-
     - Es que no tiene que ver con que tome medicación o no, no puede tomar café porque los médicos entienden que le sienta mal. Tiene que tomar leche sola.- 

     - Pues leche sola tampoco me han dao, no me han dao ná.-
     - Jooooder, y no son ni las 8 y media de la mañana. Venga, vamos a ver que ha pasado.
El interno y yo nos vamos al comedor del módulo. Le pregunto a los internos encargados del reparto del desayuno;
     - A ver, ¿por qué no le han dado leche a este hombre?-

     -Porque no toma leche, por prescripción médica tiene que tomar una infusión.- 
     - ¿Y se la han dado ustedes?-
     - Claro.-
     - ¿Y no me decías que no te han dado nada?- El interno se medio esconde detrás de una puerta y se ríe como Jack Nicholson.
     - Pues ya la jodiste, machote, se acabó el cupo de preguntas al funcionario por hoy. No quiero volver a verte en toda la mañana.- Me doy media vuelta, camino cinco pasos. Los internos de reparto me llaman .
     -¡Don Jaime, don Jaime, venga aquí!- . Voy. El interno en cuestión se ha lanzado a la papelera y se está bebiendo los restos de café que quedan en los vasos de plástico que sus compañeros habían desechado. Le ordeno que pare, y le digo que me acompañe a su celda a ver un rato la tele y relajarse. 

     -¡Ooooiga, don Jaime, ya de paso, haga que se duche!- Es cierto. Este tío apesta. 
Va a ser una mañana larga.

Mira quien folla

Viendo el éxito que están teniendo todos estos shows televisivos en los que se coge a un grupo de famosos y se les instruye en las tareas más peregrinas (me refiero a programas como 'Mira quien baila', 'A bailar', 'Tu cara me suena', o el rocambolesco 'Famosos al agua'), me ha dado, no se por qué, por poner mi granito de arena en forma de idea para un nuevo espectáculo. Ojo productoras, que esto es gratis.

  Es tan sencillo que no sé como no se le ha ocurrido antes a nadie. Consistiría en lo mismo que los anteriores, en escoger un jurado competente, seleccionar a un grupo de famosos, y evaluar sus progresos tras  emparejarlos con profesionales de la disciplina en cuestión. En este caso, follar.

 El caso es que , cuanto más lo asemejas a los programas primigenios, más sentido tiene. En un primer momento se me ocurrió que de jurado podrían estar Torbe, Nacho Vidal y Lucía Lapiedra. Pero si lo piensas dos veces, Mónica Naranjo tiene pinta de ser veterana en cualquier actividad humana que necesite lubricación, y por la forma en que me mira a través de la pantalla (si, me mira a mí) parece empeñada en demostrármelo. El mocito este de gafas va de profesor de canto, pero todos sabemos que en realidad es un maestro cuando está de espaldas, y Marta Sánchez... qué decir de Marta Sánchez. Si empezó a cantar porque tenía tetas.

 Así que lo siento por Nacho y los demás, pero se quedarían ejerciendo de parejas de los famosetes para instruirlos semanalmente. Mejor. El título, al igual que el casting de los jurados, no requiere demasiado esfuerzo: 'A follar', 'Mira quien folla', 'Famosos a follar' o 'Fuck me I'm famous'. Cualquiera de ellos tiene gancho. Y poco más, seguro que la mecánica del programa la conocéis mejor que yo. Tiene que triunfar.

 Un último apunte. La clave de estos espectáculos es que los famosos no sean unos expertos en la disciplina a desarrollar, y mejor aún si ésta se les da mal, buscando hilarantes resultados. Por ello, se podría hacer una sección del programa simplemente con las llamadas o las visitas a casa de candidatos a concursantes, en plan ''- Le llamamos de un nuevo programa, ''Mira quien folla'' porque nos ha dicho un pajarito que en la cama tiene usted menos salero que el tablao flamenco de los Clicks-'' Y ver que cara ponen delante de todo el país.

sábado, 5 de noviembre de 2016

Perras

- Hago yo lo que han hecho esos cabrones y no veas... Me meten una semana como mínimo en aislamiento, más luego la ruína que me quiera meter el juez. Y lo mismo es un año, y me lo como... Que se yo.-
- Hasta que lo cumplas entero. - 
- Pues si, hasta que lo cumpla entero.-
Los internos se arracimaban en torno a la ventanilla del economato, esperando a que abriese. O sea, que aún no eran ni las nueve de la mañana. El frío hacía que se confundiesen el humo de los pitillos con el vaho de las respiraciones, pero la cosa echaba humo por si sola.
- ¿Y sabes por qué es? Porque son las chivatas del director. Que si no, de qué. Le parten la cara al pobre Rosendo, lo mandan a enfermería con la cabeza abierta y al día siguiente están aquí, de vuelta en el patio. Porque han cantao algo. A saber que. Son unas perras.-
- El director y sus colegas viven de puta madre, con sus seis mil al mes y en su chalet, tocándose los huevos. Y ahora a nosotros nos toca hacer lo que hay que hacer. Y comernos el marrón. Bueno, el marrón nos lo vamos a comer nosotros... Y el pobre hombre ese, que está ahí leyendo y no sabe lo que se le viene encima.-

Pues nada, aquí estoy, sin saber lo que se me viene encima, pero haciéndome una idea bastante aproximada.
Tengo que ponerme a estudiar la oposición de ascenso desde ya. Lo del chalet y los seis mil suena muy bien. Y ya estoy harto de ser un pobre hombre y de comerme los marrones de otro.

Mi parte

Un interno me pilla hojeando una revista de coches. 
- ¿Le gustan a usted los coches, don Jaime? 
- Puesss si, un poco, si. 
- En cuanto salga de aquí me voy a comprar uno. Uno guapo, ya lo tengo mirao. 
- No me diga más, un BMW, ¿no?- Si la Policía parase por sistema a todos los BMW que hay circulando por la calle, localizaria al volante al 50% de todos los delincuentes de España. Si acotamos el marco de estudio a los delincuentes originarios de Europa del este, al 90%.
- No, uno mejor. Un Audi RS6. ¿Lo conoce usted?
La verdad es que yo de coches modernos voy muy justito, pero lleva una R, así que tiene que ser bueno.
- Si, uno de tracción total. Debe correr mucho, supongo. Y no será barato...
- Se pone a más de 300. Y me lo venden por 70.000€. Nuevo vale más de 100.000.

Miro al interno. El interno me mira. Pasa un instante sin que pase nada. Él sabe que lo tengo que preguntar, y se nota que quiere contestarme.
- Lorenzo... ¿de donde vas a sacar tu 70.000€?
Lorenzo me mira y sonrie. En una película, un diente de oro brillaría para darle al personaje un simpático punto canalla. Pero Lorenzo lo que tiene es un diente completamente negro, lo que le da un punto canalla en absoluto simpático.
- De mi parte don Jaime. Cuando salga de aquí me estará esperando mi parte. Que eso de que el crimen no paga es mentira.- Y se ha partido el culo de risa.
Y aquí me he quedado yo, dándole vueltas al tema. Y ese es el error. Que le doy demasiadas vueltas a todo. Si cada vez que paso delante de un banco hiciese lo primero que se me viene a la cabeza, yo también tendría mi parte. Y no me vengáis con que sería a la salida de la carcel. Que en la carcel ya estoy.



Hoy volvía a casa acompañado de mi hermana mayor. El Viejo estaba apoyado en la valla del jardín del edificio en el que ambos vivimos. Me despedí de mi hermana,que siguió andando hasta el portal,y me acerqué a el. Lo saludé. El Viejo no dijo una palabra y giró la cabeza hacia un lado,despreciándome. Pensé que su operación de garganta había sido un fracaso y que no quería verme, por vergüenza, rabia, o simplemente porque si no podía hablar para dejarme en ridículo, relacionarse conmigo no le servía de nada. El Viejo no tardó en sacarme de mi error.
- Parece mentira que teña mais de cincoenta anos. Como está...-
El Viejo podía hablar,y había girado la cabeza para mirar algo. Miré yo también hacia donde su mirada permanecía clavada. El culo de mi hermana. Sin mover el cuello para no verle la cara,hablé:
- Oye,Viejo,que esa es mi hermana mayor!-
-¿E que fas mirándolle o cú a túa irmá?-

Sigue así,Viejo. Si te has pasado la vida sin hacer amigos,intentar ser simpático en la recta final sería una cobardía.
El viejo me hace sentirme mal de muchas maneras distintas


Ayer volvía de correr cuando lo ví en el soportal de casa de mi madre. Me acerqué confiado, El Viejo estaba recibiendo quimioterapia para su tumor de garganta, y llevaba semanas sin hablar. Lo que no le impedía sonreír en silencio cada vez que me veía pasar trotando en mallas, o dedicarme un sonoro corte de mangas si sabía que alguien más lo iba a ver.

Me hizo una seña para que me acercara. Pensé que no había peligro. A una indicación suya ,acerqué mi oído. El Viejo me susurró:
-E a ti... ¿Aínda se che pon duro o aparato?- Hablaba,sin duda de mi Aparato,con mayúsculas. No creo que fuera mi Mp3.
-Pues... si - Contesté con cautela
-Pois mala sorte. A min desde que non se me endereita, aproveito para metela doblada e así escupe para afora!!!- El Viejo hizo como que se reía en silencio ,con la boca abierta y subiendo y bajando rítmicamente la cabeza. Parecía un Teleñeco. Pero no se reía de verdad, y yo sabía por qué.
-Vaya,me apunto el truco. La próxima vez que eche un polvo,te dejo acercarte por detrás a mirar. Pero llévate un paquete de clínex,por si acaso.-
El Viejo soltó una sincera carcajada,y un par de lagrimones corrieron por sus mejillas. Me di media vuelta y subí por la escalera,triunfante,por primera vez.


La esposa del Viejo le había contado a mi madre que el tumor le causaba un terrible dolor cada vez que se reía.
En casa,pensando en lo que he hecho, me siento como el culo.Mi conciencia debe estar de su parte, la hija de puta.
Al volver de correr, El Viejo estaba frente al portal de mi casa,tomando el sol. Frente a él, un amigo de su misma quinta le daba la razón con la cabeza. El Viejo me miró.Yo era su presa,los dos lo sabíamos.
- ¿Que vés, de correr?
- Si...
- ¡Que tontería!
- Bueno... - No me dejó intentar explicarme por mi error.
-Eu non fun correr na miña vida, ¡e ogallá cheges á miña idade coa saúde que teño eu!
Debía ser cierto, su amigo que confirmaba cada una de sus palabras afirmando con la mollera.
No supe qué decir. Subiendo las escaleras, me sentí enternecido. En el fondo, a su ruda manera, El Viejo me había daseado buena salud. Era un avance.
Entré en casa.Mi madre nos había visto por la ventana.
-¿Que te dijo el señor Malaquías? - Me preguntó.
-Nada... chorradas suyas.
-Pobriño... ayer al me dijo su mujer que el tumor que le extirparon de la garganta se le había reproducido. No le debe quedar demasiado...
Miré al viejo y a su amigo desde mi ventana. Me había derrotado por completo,había conseguido vacilarme  ,desearme una enfermedad mortal y que yo me fuera con una lagrimilla en el ojo pensando que no era mal tío, todo de una tacada ,y había tenido los cojones de usar su cáncer para ello. El Viejo juega en otra división.

Su amigo seguía moviendo la cabeza arriba y abajo. Ahí ya me di cuenta de que eso debía ser Párkinson.
El jueves a mediodía,justo a la hora de salida del colegio de secundaria, oí un amago de silbido desde lo alto del bloque donde vivo.Encaramado a su ventana, el Viejo soplaba por su boca desdentada, intentando sin éxito imitar el típico silbidito admirativo mientras me miraba fijamente.


- ¿Que pasa,abuelo?¿Quieres mi foto?-, le grité altanero,pensando haberle pillado en un renuncio.El repentino brillo en sus ojos de serpiente me anunció su victoria:


-Non te asubiaba a ti,marica.Asubiáballe ás mozas-


Detras de mí,en la acera,una marea de adolescentes se tapaban tímidamente la cara con sus carpetas de Justin Bieber ,mientras se esforzaban,inútilmente, en disimular su risa. El Viejo, en cambio, no la disimuló en absoluto. Si las carcajadas tuvieran olor, las que me dedicó mientras se metía de nuevo en casa olerían a azufre.

Presentación

Hola a todos.

Empecé a escribir estos relatos hace unos años, en Facebook. No sé por qué, quizá por compartir con mis amigos algo personal, algo más original que enlaces compartidos una y mil veces. Quizá también un poco como válvula de escape, o para provocar una sonrisa, o por afán de reconocimiento, de una palmadita en la espalda... Yo que sé.

   El caso es que algunos parecieron gustar bastante, y much@ de vosotr@s me habéis animado en repetidas ocasiones a publicarlos, o hacer algo con ellos. En esta última semana, sin embargo, dos hechos me han animado a dar este paso: Uno fue que, por un fallo mío en la configuración de privacidad de Facebook, uno de los relatos se difundió más allá de mi círculo de amistades... Y la gente respondió positivamente. Quien lo iba a decir.  El otro, que un amigo al que admiro, y que sabe de esto, me dijo que con un blog se podía ganar dinero...

Así que aquí estamos. De momento voy a resituar aquí los relatos ya escritos, y con el tiempo iré añadiendo más. Espero que los disfrutéis, y un abrazo.

A ver que pasa.