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Malas noticias II

Picón Frutos se tomó bien lo de su abuelo, quizá porque no le quedaba más remedio. Siempre puede uno rebotarse, pero lo cierto es que en este caso le podría haber salido caro; Estar en el módulo de respeto es un privilegio difícil de ganar y fácil de perder. Y ponerse borde con un funcionario te quita puntos.   Porque en este hotel funciona todo a base de palo y zanahoria. No sólo con los internos, para que nos vamos a engañar. Hace unos años toda la plantilla sentía una viva ilusión por pasar la noche de reyes con sus hijos, disfrazarse de Baltasar y todo ese rollo. Desde que pagan un dinerillo extra por hacer esa guardia, ese entusiasmo se ha templado hasta el punto de que podríamos hacer nuestro propia cabalgata de funcionarios por el recinto. Entre los internos, la actitud que tomen ante su forzada estancia entre nosotros va a determinarlo prácticamente todo. Incluso la duración de la misma.   Y Picón Frutos había tomado el camino más inteligente. Portarse bien, conseguir una ce

Malas Noticias.

  Después de unos días de descanso, hoy he vuelto al trabajo. Me han puesto en un módulo en el que no trabajo nunca y que no sé como funciona, supongo que para mantenerme alerta. Y además, de encargado. Para mi que los de personal juegan al despiste. Así que me he personado en el módulo de Respeto. El módulo de Respeto se llama así porque... Bueno, ni idea. No se me ocurre ningún motivo por el que le hayan puesto ese nombre. Pero es que a mí al oír la palabra 'respeto' la imagen que me viene a la cabeza es un rapero negro y cargado de oro, con los brazos cruzados y mirándome como si me estuviera perdonando la vida.   Lo que sí que es cierto es que los módulos de respeto tienen un régimen de vida diferente al de los otros. Cuando te encierran en una cárcel, no sólo te quitan la libertad para salir al exterior. Una vez dentro, tus horarios y tu movimiento dentro del centro van a estar controlados en todo momento. A una hora determinada vas a tener que estar en el patio, a otra e

Compañeros de pabellón

 Ayer a la noche llegué a mi localidad de trabajo. En el piso compartido, Gerardo comía lentamente zanahorias mientras veía la tele en calzoncillos. Me habló largo y tendido de sus últimos escarceos sexuales.   Hoy a la mañana se fué a trabajar. Cuando me disponía a hacerme la comida, me di cuenta de que el lavabo estaba atascado. He tenido que cocinar mientras limpiaba unas cañerías que llevaban sin tocar 20 años. Ha sid o asqueroso, y se me ha quitado el hambre, con lo que he cocinado para nada. Y he desatascado el lavabo innecesariamente, porque no hay vajilla que limpiar. Gerardo ayer prefirió contarme a quién se ha follado, y como, en vez de avisarme de lo del lavadero.Yo hubiera preferido que me avisara de la avería antes que enterarme de que ayer se la chuparon en un portal. Inequívocamente, el sigue siendo un macho alfa y yo me estoy marujizando.

Vuelve, a casa vuelve...

Desde hace años no se convocan concursos de traslado. Muchos compañeros y yo llevamos años, incluso décadas, lejos de nuestras familias esperando que suene la flauta y podamos solicitar un cambio de destino. Hoy vuelvo a estar en el tren de camino a casa. En las pantallas, empieza la película. El título está escrito en inglés, los actores son americanos. Un cincuentón completamente rapado y perfumado como una profesional del sexo me pregunta si quiero auriculares con una tímida sonrisa, mientras me mira fijamente a los ojos y parpadea varias veces con la velocidad del aleteo de un colibrí. Esto mismo me lo hace Olivia Wilde y me tengo que ir a la maleta a por una muda, pero un calvo talludito... No. Al menos, hoy no. El caso es que da la impresión de que el que coja los cascos es de gran importancia para el, así que, en parte por no hacerle un feo, y en parte porque parece que, por fin, RENFE no va a flagelar mis sentidos con otra película francesa, acerco mi mano muuy lentamente a la

Juego de rol

  Nuestra pequeña sociedad no es tan diferente de muchas otras que hay en el exterior. Pero es un ambiente muy cerrado, y como en todos los ambientes cerrados, al principio cuesta hacerse un hueco. Entre otras cosas, porque no sabes que huecos hay, y cuál es el adecuado para ti. Muchos dirán que, vaya, en pocos sitios tu rol está más claro: Eres el guardia, bobo. El puto carcelero. Llevas el uniforme y la porra (en realidad no llevamos porra, pero eso la mayoría de la gente no lo sabe), y además pocos personajes hay tan planos como el de un funcionario de prisiones. Al menos si atendemos al cine: Un tipo con cara de malo, que abre y cierra puertas mientras los personajes interesantes, que son el delincuente malvado pero carismático y el detective brillante pero atormentado, se lanzan pullas con segunda intención a ambos lados de la mesa de la sala de comunicaciones (Un apunte: en todos estos años de servicio, he tenido el gusto de encontrarme con tantos delincuentes carismáticos como d

La cúpula del trueno

Es festivo, y además llueve. Estas dos circunstancias ralentizan el pulso de la prisión hasta casi detenerlo. Sentado en la botonera de Jefatura, controlo las compuertas que conectan entre sí todos los módulos del edificio. Para ir de uno a otro, tienes que pasar obligatoriamente por aquí, y yo debo abrirte. En dos horas, solo ha pasado un funcionario a buscar un café en el economato, y a medio camino se dio cuenta de que, evidentemente, estaba cerrado. Y se volvió por donde había venido negando con la cabeza. A mi lado Hilario, el Jefe de Centro, aprovecha la tregua para poner al día en su ordenador el listado de internos por módulo y la celda en la que duerme cada uno. Bostezo por enésima vez. Hilario me mira y, supongo que para entretenerme, me señala su pantalla. - Mira este. ¿A que no sabes lo que hizo?.- En la pantalla, la ficha penitenciaria de un hombre oriental. Su nombre son tres monosílabos que parecen onomanopeyas de un cómic. Debe ser vietnamita o algo así. Recuerdo

Tareas de rutina II: Sospechosos habituales

El caso es que aquel día, a media mañana, el Director me pilló por banda y no conseguí escaparme a tiempo. Supongo que girar 180 grados mientras silbas sin que la cosa se note forzada no es tan fácil como parece. - ¡Eh, chaval!- Eh, chaval, me dijo el tipo. Tienes a cuatro funcionarios mal contados a tus órdenes y no te sabes ni sus putos nombres. Pensé en preguntarle cómo quería el café, que en mi manual de protocolo es la contestación oportuna a la interpelación ¡Eh, chaval!, pero el tipo venía acompañado, y me corté un poco.  Su acompañante era un fornido sargento de la Guardia Civil de unos cincuenta años, que movía la cabeza a un lado y a otro con unos giros de cuello dignos de un pavo intentando esquivar la cuchilla el día de Nochebuena. Estaba nervioso, porque supongo que era la primera vez que visitaba el interior del Ritz, y de vez en cuando echaba involuntariamente la mano a la pistolera. El hecho de encontrarla vacía (porque dentro de prisión las armas de fuego están prohi

Tareas de Rutina

Trabajo en un Centro penitenciario de tamaño mediano. Antes de trabajar aquí estuve destinado, entre otras, en una cárcel pequeñita de una isla minúscula, por ahí en el quinto pino. Alguno de mis compañeros, que no han tenido el dudoso placer de compartir esta experiencia, se frotan las manos ante la perspectiva de un destino en un lugar así. - Setenta y cinco internos, como mucho, - dicen - ¡Eso tiene que ser una guardería!-  Pues mis cojones treinta y tres, digo yo. Precisamente, cuanto mayor es el Centro más funcionarios hay, y más especializados están los destinos. De manera que, si por ejemplo llegas un día a trabajar y te toca estar en el patio de un módulo, tienes todas las papeletas de empezar y acabar la jornada sin moverte de ahí. En una cárcel pequeña, ya de entrada te va a tocar estar en tres patios a la vez, todo ello mientras mueves a la cuadrilla de albañiles (siempre hay una currando, o haciendo como que, en todas las cárceles de España), ir a cachear al novio de algu

'Nom de guerre'

Nos gusta ponernos apodos. A los periodistas les encanta poner alias a los delincuentes, de hecho parece que el que un medio de comunicación le bautice por segunda vez es lo que diferencia a un chorizo de medio pelo, de un fuera de la ley en toda regla. Pero esto son cosas de los periodistas. El alias vende. Cuando entré en este negocio venía con ideas preconcebidas, como no podría ser de otra manera. Y esperaba encontrarme en los patios con un festival de 'Chinos', 'Richards','Fitipaldis' y 'Pinflois' entre otros. No es así. Los internos no son ni más ni menos dados que el resto de personas a ponerse apodos, y muchas veces un interno tiene varios. O ninguno, o le cambian la nomenclatura al trasladarse de 'talego'. Como nos pasa a todos, no nos llaman igual los amigos que los compañeros de trabajo, o la familia. Donde sí hay una afición desmedida a los apodos imaginativos es entre nosotros, los funcionarios. Mas allá de que tengamos un sentido

Deformación profesional II

  Este trabajo te acaba haciendo cambiar, supongo que como todos. Hay cambios de los que tú mismo te das cuenta y pasan desapercibidos a los demás. Desde hace tiempo ya no me gusta ir a conciertos. Pensé que era porque me estaba haciendo mayor, y la perspectiva de estar en un entorno ruidoso y atestado de gente había dejado de resultarme atractiva.   Un día, en una actuación del grupo de musical de un amigo, me sorprendí a mi mismo memorizando las salidas de emergencia. También me di cuenta de que llevaba media hora sin despegar la espalda de la pared, y sumando o restando mentalmente a los clientes que entraban y salían del local. Ahora mismo, en esta cafetería desde la que escribo, hay dos camareras y once clientes. No he tenido que contarlos ahora, lo hice al entrar al local. Todos están solos, menos cuatro magrebíes que hablan entre ellos. Me gustaría saber árabe para pillarlos por sorpresa. Algo traman.  No creo que este nivel de paranoia tenga que ver con la edad. No todo al m

Deformación profesional

   María y yo caminábamos agarrados del brazo por el parque del auditorio. Su mano se crispó de repente, pellizcándome un poco. La miré sorprendido. Tenía los ojos muy abiertos y fijos en un punto frente a nosotros. En el sendero, unos metros por delante, un yonqui avanzaba en nuestra dirección. Yo lo había visto ya hacía un momento, pero no le había dado importancia. El yonqui siguió arrastrando los pies en el mejor estilo de un extra de 'The Walking Dead', y cuando estaba a un par de metros de nosotros, levantó lentamente la mano derecha. La miré. No había nada en ella, y al subir mi vista hacia sus ojos  no vi más que la expresión de miedo y tristeza del que se ha llevado tantos palos en la vida cuando ha pedido algo que ya no tiene ánimo ni para hablar.     -¿Que pasa, machote?- Le espeté con una sonrisa, sin dejarle ni hablar a pesar de que ya había empezado a abrir la boca. -¿Quieres una moneda para el bus?-.  Sorprendido, asintió con la cabeza sin acertar a cerrar la

Jugando al ahorcado II

Cuelgo la chaqueta en el perchero y, con una revista bajo el brazo y la llave del baño en la mano, me dispongo a salir de mi oficina. Mi compañero me pregunta a donde voy. No sé que será menos violento, si decírselo de viva voz o hacerle un dibujo.   En ese momento, suena la alarma de una de las celdas del módulo de aislamiento. El baño tendrá que esperar. Hilario -el Jefe de Centro-,  y yo nos ponemos en marcha. En menos de un minuto estamos allí, entramos por el pasillo de celdas y, al lado de la puerta abierta de una de ellas, vemos a Gerardo, el funcionario Encargado del Módulo. Está apoyando la espalda contra la pared, y se tapa la mano con la boca para intentar disimular sus carcajadas. De momento no ha tenido mucho éxito en ello, y la voz que pide ayuda  desde la celda abierta a su lado suena a la vez suplicante y ofendida.  Nos asomamos a la estancia. Villaza está de pie, y de su cuello cuelgan unos cordones blancos, anudados a la reja de la ventana. Inteligente. Primera reg

Jugando al ahorcado I

  Villaza era como un niño, y pocas cosas le sientan peor a un niño que las burlas de sus compañeros de patio. Mientras le curaban la nariz, Villaza no pudo dejar de oír desde la enfermería las risas de los otros internos, y eso le dolió. Iba a decir que le dolió más que lo de la nariz, pero no creo. Eso debió doler ya lo suyo. Si lo hubiésemos soltado de nuevo al patio, sin duda habríamos tenido lío otra vez. En estos casos, normalmente lo que hacemos es cambiar al interno a otro módulo donde no tenga enemigos, pero Villaza ya había estado en todos nuestros módulos y en todos, como la Sanmiguel, había triunfado.  Así que hicimos lo habitual en estos casos; Pasamos a Villaza en artículo 75.1 al módulo de aislamiento, él solito en una celda y con un mínimo de contacto con otros internos. A ver si no nos la liaba, y en pocos días la Dirección General nos autorizaba a trasladarlo a otro Centro Penitenciario. Porque así es como funcionamos, por si no lo sabéis. Cuando un interno no se ad

Nocilla

Estaba dándole vueltas a la cabeza, pensando en contaros cosas de mis primeros días en esta empresa. La primera cárcel en la que trabajé era un edificio impresionante, casi centenario. Parecía que el arquitecto responsable de su estructura fuese a la vez el dueño de la cantera local, tal era la cantidad de roca usada en sus muros, y a la vez accionista de la herreria del pueblo, por la cantidad y calidad de los forjados tipo art-decò que formaban pasillos y escaleras interiores. En el interior del edificio principal, y en cada una de las dos alas que lo formaban, se elevaban tres plantas de galerías formadas por dos pasillos laterales cada una con un vano central, que dejaba diáfano el espacio hasta el tejado, más de veinte metros por encima de mi cabeza. El entorno ideal, pensé con aprensión la primera vez que entré, para una lluvia de rollos de papel del culo en llamas, al grito de 'CARNE FRESCAAAA!!. Lo que todos hemos visto en mil películas ,vaya. Pero las cosas no son así, c

El líder de la manada

  No sé si recordaréis a los hermanos Dalton. Eran estos villanos de los cómics de Lucky Luke, una banda formada por cuatro hermanos. Su característica principal era que, cuanto mayor era su tamaño físico, menor era su capacidad mental, de manera que el más pequeño era, por lógica, el cerebro de la banda.   Bueno, pues por extraño que pueda parecer, en los dos casos en que me he encontrado con bandas criminales formadas por varios hermanos, esta es una regla que se cumple. En uno de los casos, a su diminuta presencia física se unía su extrema violencia y el hecho de ser la única mujer de la familia. Supongo que para sobrevivir entre el resto de miembros de esa infausta camada, la pobre había tenido que desarrollar el instinto asesino. Literalmente. En el otro caso, el tipo es que era malo, malo como el veneno, y el medir metro cincuenta no había hecho sino concentrar la maldad y atraer toda la energía negativa de su alrededor. Era como una enana blanca del mal rollo. Pero enano. Y no

Natillas

  En la cocina de la prisión, cuatro o cinco internos se ocupan intensamente en la preparación de la comida del día. Mientras, otros cuatro o cinco se escaquean en uno de los comedores para fumar un pitillo. Dentro de unos diez minutos se cambiarán unos con otros, de manera que siempre haya unos internos trabajando para que yo los vea desde la ventana de mi oficina. Yo lo sé, ellos saben que yo lo sé, y mientras la comida esté lista para ser servida a la una y media todos estamos contentos.   Así que aprovecho este tranquilo discurrir de las cosas para ver en la tele de mi despachito un programa de investigación de crímenes, porque supongo que ya que uno está metido en el mundillo mejor meterse hasta el fondo, y cruzo los dedos para que la mañana siga así y nadie llame por teléfono para molestar. Por supuesto, antes de diez minutos suena el aparato.   - Hola ¿Es la cocina?- Reconozco la voz de Puerto, la doctora de servicio ese día.   - Si, dime.-   - Mira, ¿Vosotros lleváis cont

El coloso en mallas

02:30. Estamos haciendo la ronda de noche en la prisión. Desde el patio, el jefe de servicios pasea la luz de su linterna por las ventanas de las celdas, metódicamente y sin dejarse ni una. El haz circular se detiene enmarcando el vano de una de ellas, desde la que ondea una toalla puesta a secar. El Jefe echa sus cuentas, y resuelve: -Eso es la celda 4, galería 10. Jaime y Jose, subiros a decirle al interno que quite eso de ahí ahora mismo.- Nos ponemos en marcha. Si os preguntáis por qué hay que hacerlo, pues es porque lo ha ordenado el jefe. Y porque está prohibido tener cosas colgando en la ventana que impidan ver los barrotes. No vaya a ser que alguien los robe y no nos enteremos. Bueno, pues allá vamos. Cogemos la llave de celdas, y empezamos a subir las escaleras con la conversación obligada: - ¿Quien está en la 4-10?- - Creo que Espalda Plateada,¿no?- - Buenoooo... - Espalda Plateada es un Nigeriano de 1'85, cuyos 180 kilos de peso se concentran a partes iguales entr

Hasta la cocina

  Durante muchos años estuve de encargado de la cocina de una prisión. A muchos compañeros es un destino que no les gusta; Su queja principal es que te pasas el día en una oficinilla tu solo, o con la compañía de un cocinero contratado como personal laboral. No te mueves, no te relacionas con los otros funcionarios... Supongo que hace unos años, cuando tenía un culo bastante más inquieto que el que tengo ahora, se me habría hecho insoportable. Pero a día de hoy la perspectiva de estar catorce horas sentado y viendo la tele me resulta mucho más seductora.   Además de eso hay otros dos asuntos desagradables. El primero es que, se cocine lo que se cocine, tu ropa va a oler a caldo concentrado de carne, de ese que viene en cubitos. ¿Por que? Misterio. Tu entras a currar una tarde en la que solamente están preparando de cena ensalada y embutido, y acabas con un olor en el uniforme a sopicaldo que parece que en vez  de detergente le hubieses echado a la lavadora un sobre de sopa minestrone.

Crear tu realidad

  Si hay un lugar de un Centro Penitenciario donde tienes garantizado el ver personas fuera de lo común, ese lugar es la Jefatura de Servicios.    Que noooo. Que sé que hay Jefes por aquí leyendo esto. Ese lugar, digo, es el módulo de enfermería.   En algunas cárceles modulares existen módulos específicos en los que se aloja a internos aquejados de enfermedades mentales graves. Porque en España no hay manicomios, sabéis. Aquí un delincuente intenta el truco ese de las películas yanquis  de 'me hago el loco para que me manden a un asilo y en unos meses estoy fuera', y acaba en un módulo psiquiátrico penitenciario. Y con un embudo en la cabeza y haciendo música experimental con la botella de anís del mono para integrarse y no dar la nota. Vaya que si.   Pero bueno, esto es en las cárceles grandes, y no en todas, y sólo para pacientes psiquiátricos. Y sólo internos aquejados de dolencias muy, muy severas. En el resto de talegos de segunda fila de nuestro país hacemos lo que pod

Sensación de vivir II

Yo prestaba mucha atención a lo que decía Antúnez. No hablaba mucho, lo dije ayer, y no es que sus palabras fuesen perlas para enriquecer el intelecto. Pero su forma de hablar era muy particular. No se si os acordáis de Manuel Alexandre, un actor ya fallecido que hablaba un con ritmo vacilante, muy característico. Desde niño ha sido uno de mis actores españoles favoritos. Bueno, pues debido a sus temblores incontrolables, Antúnez hablaba igual. Desde hacía varios días, Antúnez estaba más vivaracho, lo que en su caso quería decir que se animaba a ir a mear el sólo, y no se debía a la presencia de personal médico nuevo. De hecho, perdió un par de oportunidades de  perpetrar su broma del Actimel, y en su mirada se notaba que algo había hecho nacer en él una ilusión. Y un día, en que él estaba sentado en las escaleras de subida al módulo acompañado de otro interno, puse la oreja y me enteré de lo que pasaba. - Yy ahoOoraA... Que me van a dar la libertaAaad... Me voy a ir a la capitaAal

Sensación de vivir

   Antúnez no lo habia tenido fácil en la vida. Había tenido que salir adelante solo, y cada kilómetro recorrido le habia costado el doble que a cualquiera de nosotros. Quizá por eso mismo, a sus cuarenta años su cuerpo no tenía nada que envidiar al de un octogenario. Si pudieses poner a Antúnez y a su padre uno al lado del otro, seguro que éste parecería mas joven. Pero Antúnez no había tenido nunca a su padre al lado. Ni a su madre tampoco.    Criado en la calle, antes de los catorce ya manejaba la aguja de la jeringuilla con una soltura que sería la envidia de muchas lagarteranas. Aunque no sin fallos,claro. La perfección solo está al alcance de Dios, y los muchos nervios de las piernas que Antúnez se había pinchado en sus años de abusos le obligaban ahora a desplazarse apoyado en unas muletas cuando estaba solo, o en otros internos si estos tenían a bien permitírselo. Normalmente le dejaban, porque en el fondo Antúnez nunca hacía mal a nadie. Y porque no debía pesar más de treinta

Toma de contacto

   Hasta el funcionario más veterano recuerda como si fuera ayer la primera vez que entró en el patio de una prisión. Cada uno lo vive a su manera, supongo, pero en general se sienten un montón de emociones a la vez.  Hay curiosidad, porque vas a conocer el que va a ser tu lugar de trabajo durante el resto de tu vida. Hay miedo a lo desconocido, ansia por descubrir si lo que vas a encontrar tiene algo que ver con lo que te han contado o has visto por la tele. Un poco de nerviosismo, quizá, al no saber si estarás a la altura (me da hasta risa escribirlo así, estar a la altura, pero no se me ocurre otra manera de expresarlo), al pensar que quizá no soportarás el ambiente o no te verás capaz de enfrentarte a los internos, y suspenderás las prácticas. Aunque en el fondo, las prácticas no son tan duras. Tus compañeros y evaluadores tienen en cuenta el factor miedo, y para suspenderlas vas a tener que currártelo, amigo, y hace algo guapo. Como cagarte en el despacho del director. Pero eso, c

Alternativas laborales

   Estar en el puesto de control de una prisión tiene sus pros y sus contras. Los contras son que, en días laborables y por las mañana, tienes bastante curro.  Estás a cargo del rastrillo de entrada a la prisión, y las cosa es que por paradójico que resulte, no para de entrar y salir gente. También estas a cargo de las alarmas, y aunque desde fuera podría parecer que el recinto de una prisión es un espacio desolado por el que ruedan libremente arbustos secos, un lunes por la mañana tiene más tránsito de vehículos que algunas calles de la ciudad. Todo este tránsito hace saltar las alarmas de movimiento, a no ser que estés alerta para desconectarlas en el momento preciso y volver a activarlas un vez que el vehículo ya ha pasado. En fin, que estás ocupado.    Los pros son... Pues eso, que estás ocupado, con lo que las horas se te pasan mas rápido, y que en tu dependencia estás tu solo. Y cuando la alternativa a la soledad es estar rodeado de delincuentes y/o gente que se pasa la vid