viernes, 30 de diciembre de 2016

Malas noticias II

Picón Frutos se tomó bien lo de su abuelo, quizá porque no le quedaba más remedio. Siempre puede uno rebotarse, pero lo cierto es que en este caso le podría haber salido caro; Estar en el módulo de respeto es un privilegio difícil de ganar y fácil de perder. Y ponerse borde con un funcionario te quita puntos.
  Porque en este hotel funciona todo a base de palo y zanahoria. No sólo con los internos, para que nos vamos a engañar. Hace unos años toda la plantilla sentía una viva ilusión por pasar la noche de reyes con sus hijos, disfrazarse de Baltasar y todo ese rollo. Desde que pagan un dinerillo extra por hacer esa guardia, ese entusiasmo se ha templado hasta el punto de que podríamos hacer nuestro propia cabalgata de funcionarios por el recinto.
Entre los internos, la actitud que tomen ante su forzada estancia entre nosotros va a determinarlo prácticamente todo. Incluso la duración de la misma.
  Y Picón Frutos había tomado el camino más inteligente. Portarse bien, conseguir una celda para él solo en un módulo tranquilo y, con suerte, permisos y la condicional.
 No todo el mundo lo hace. Hay internos que llevan a gala el incumplimiento de las normas de régimen interior. Para ellos, el módulo de Respeto es un  agujero de cobardes y chivatos, un refugio para perras. Es la misma aguda visión de futuro que tenía el macarra de tu barrio cuando, desde el asiento de su moto, se burlaba de tí cuando te lo cruzabas camino del instituto. La misma actitud... Y muy posiblemente el mismo individuo. Si, el macarra de mi barrio está en el trullo. Ja.

Bueno, pues el otro Picón, Picón Fernández, era más de este otro palo. Y a este sí que se le había muerto el abuelo, y había que darle la noticia. Un marrón. Pero un marrón que, con la felina capacidad de escurrir el bulto que de forma instintiva desarrollan los Educadores, Jose le consiguió pasar al Jefe de Servicios.

 Tampoco es que al Jefe de Servicios le importase demasiado encargarse de la tarea. Tras más de treinta años de uniforme, conocía todos los tonos de marrón de la carta de colores. Y dar la noticia de un fallecimiento no era de los más desagradables.
Así que se llamó al interno por megafonía, y se le hizo personarse en la oficina de jefatura de servicios. Allí lo esperaba el Jefe, sentado ante la mesa de su despacho. Invitó a Picón a sentarse, y este tomó asiento con expresión hosca. La única de su repertorio. El jefe lo miró, impasible.

- Frutos, tengo una mala noticia para ti. Tu abuelo acaba de fallecer. Lo siento mucho.- Frutos ni pestañeó. Lo de su abuelo le había dado igual, pero no iba a perder la oportunidad de darle una contestación al Jefe.
- Que cojones lo va a sentir.- Le contestó, desafiándolo con la mirada. El Jefe entrecerró los ojos, hasta convertirlos en una fina línea.
- Tienes razón. Ni lo siento ni me importa una puta mierda. Largo de aquí.-
Picón se puso rojo de rabia. Supongo que se cruzó por su mente la idea de saltar por encima de la mesa. Pero hay lineas en un Centro Penitenciario que sólo los tontos y los locos traspasan. Picón era malo, a secas, y sabía donde está el límite. Así que simplemente echó la silla hacia atrás, y se fue de vuelta su módulo soltando juramentos.

Al cabo de unos minutos, el Subdirector de Seguridad llamó a Jefatura.
-Tengo preparados los papeles del permiso extraordinario para que Picón vaya al entierro. ¿A que hora le digo a la Guardia Civil que venga a buscarlo?-
- Creo que podemos anular el permiso. Acabo de comunicarle la noticia y parece que no se llevaban muy bien.-
El Jefe colgó, sin poder evitar sonreir. Picón había intentado ir de chulo, y lo que había hecho es ahorrarnos trabajo.

Mejor.



miércoles, 28 de diciembre de 2016

Malas Noticias.

  Después de unos días de descanso, hoy he vuelto al trabajo. Me han puesto en un módulo en el que no trabajo nunca y que no sé como funciona, supongo que para mantenerme alerta. Y además, de encargado. Para mi que los de personal juegan al despiste. Así que me he personado en el módulo de Respeto. El módulo de Respeto se llama así porque... Bueno, ni idea. No se me ocurre ningún motivo por el que le hayan puesto ese nombre. Pero es que a mí al oír la palabra 'respeto' la imagen que me viene a la cabeza es un rapero negro y cargado de oro, con los brazos cruzados y mirándome como si me estuviera perdonando la vida.
  Lo que sí que es cierto es que los módulos de respeto tienen un régimen de vida diferente al de los otros. Cuando te encierran en una cárcel, no sólo te quitan la libertad para salir al exterior. Una vez dentro, tus horarios y tu movimiento dentro del centro van a estar controlados en todo momento. A una hora determinada vas a tener que estar en el patio, a otra en tu celda. Las normas del centro dictan cuando te despiertas y cuando deberías dormir. Cuándo comes y, si me apuras, hasta cuando debes cagar.
 En el módulo de Respeto eso se relaja. Los internos circulan libremente por el módulo, organizan sus turnos de limpieza y, de alguna manera, se controlan unos a otros. Gran idea, porque así me liberan de parte de mi carga de trabajo. Pero vaya, que ya me diréis que tiene esto que ver con el respeto. En fin.

  Y ahí estaba yo esta tarde, reclinado en mi silla y con los pies encima de la mesa, dedicado a la muy noble tarea de la observación penitenciaria. Y como no podía ser de otra manera, han venido a interrumpirme. En esta ocasión ha sido Jose, un Educador. Si ya de por sí el Educador es una de las especies más esquivas de la fauna de intramuros, ver uno en un día como hoy, que es medio festivo como todas las navidades, y por la tarde, me ha hecho bizquear de la sorpresa. Iba a soltarle alguna chorrada ingeniosa, en la medida de mis posibilidades, pero la gravedad de su rostro me ha hecho ahorrarme el esfuerzo.
   - ¿Que haces por aquí?-
   - ¿Está  en este módulo Picón?- Que no sé para qué lo pregunta. Si se ha metido la pateada hasta este puto agujero, quiero pensar que no ha sido tan tonto como para no comprobarlo antes. Esto me lo callo, claro. Buen rollito que estamos en Navidad.
   - Pues ni idea. Yo no curro aquí muy a menudo. Pero ahora mismo lo llamamos por megafonía.-
 Dos minutos y una llamada por megafonía más tarde, Picón se encuentra ante nosotros, con una cierta alegría expectante. Normalmente, cuando un educador viene a notificarte algo suelen ser buenas noticias. Las malas nos las encajan a nosotros, diciendo que las entreguemos que tienen prisa. Reparto de tareas.

  Pero la expresión de Jose dejaba poco espacio para el optimismo. Fue al grano.
- Picón, tengo que darte una mala noticia. Nos acaba de llamar tu familia para decirnos que tu abuelo acaba de fallecer.-
 Picón pareció perder cinco kilos de golpe. Sus mejillas se hundieron, y se hubiera caído de culo de no estar yo detrás de él para acercarse una silla. Conseguí mantener así el dramatismo que la escena requería.
 - Pero... no puede ser.- Nos miró, esperando que le dijésemos que no, que era un error. Callamos, limitándonos a bajar los ojos para evitar que su mirada se cruzase con las nuestras. Poco más podíamos añadir.
 - Mi abuelo, ¡que me crió como a un hijo!.- Empezó a sollozar. -Pero si estaba perfectamente, ¿Que le ha pasado?.-
 - No lo sé, Picón. No me han dicho nada.- Picón enterró su cara entre las manos, apoyando los codos en las rodillas. Jose continuó.
-Acabo de hablar con el Subdirector de Seguridad. Vamos a ponernos en contacto con la Guardia Civil para que te lleven a Elche lo antes posible y puedas asistir al entierro.-
Picón levantó la cara. Estaba confundido, saltaba a la vista.
- A Elche... ¿Y que voy a hacer yo en Elche?- Jose dudó.
- Bueno... es donde me han dicho que estaba hospitalizado.-
- ¿Y que coño hacía mi abuelo hospitalizado el Elche, si no ha salido de Málaga en su vida?-
Jose no sabía qué decir. Yo... Yo de repente si. Me tapé los ojos con la mano derecha, y me pellizqué el ceño, justo encima de la nariz.
- Jose, ¿Buscas a Picón Fernández o a Picón Frutos?-
- A Picón Fernández.-
- Ya. Pues adivina qué Picón es este.- Picón Frutos nos escuchaba, girando la cabeza a un lado y a otro según hablábamos. Pasó de la desesperación al alivio y al cabreo en menos de cinco segundos.
- ¿O sea que mi abuelo está bien?-
- Supongo que sí. - Jose estaba rojo como un tomate.- Me he confundido. Lo siento.- Se largó sin despedirse. Picón me miró.
- Espero que esto no haya sido una inocentada.- La verdad es que ni me acordaba de que hoy era el día de los inocentes. Casi me da la risa, pero no era el momento. Picón estaba a punto de enfadarse en serio, y no le faltaban motivos.
- Mira lo rojo que se ha puesto, hombre. ¿Crees que lo iba a fingir?.
Picón se ha marchado, no muy convencido.
Que coño, debería estar contento. Tal y como está terminando el 2016, que tu abuelo NO haya muerto es una noticia cojonuda.

 

 


 
 
 

martes, 27 de diciembre de 2016

Compañeros de pabellón

 Ayer a la noche llegué a mi localidad de trabajo. En el piso compartido, Gerardo comía lentamente zanahorias mientras veía la tele en calzoncillos. Me habló largo y tendido de sus últimos escarceos sexuales.
  Hoy a la mañana se fué a trabajar. Cuando me disponía a hacerme la comida, me di cuenta de que el lavabo estaba atascado. He tenido que cocinar mientras limpiaba unas cañerías que llevaban sin tocar 20 años. Ha sido asqueroso, y se me ha quitado el hambre, con lo que he cocinado para nada. Y he desatascado el lavabo innecesariamente, porque no hay vajilla que limpiar.
Gerardo ayer prefirió contarme a quién se ha follado, y como, en vez de avisarme de lo del lavadero.Yo hubiera preferido que me avisara de la avería antes que enterarme de que ayer se la chuparon en un portal.
Inequívocamente, el sigue siendo un macho alfa y yo me estoy marujizando.

sábado, 24 de diciembre de 2016

Vuelve, a casa vuelve...

Desde hace años no se convocan concursos de traslado. Muchos compañeros y yo llevamos años, incluso décadas, lejos de nuestras familias esperando que suene la flauta y podamos solicitar un cambio de destino. Hoy vuelvo a estar en el tren de camino a casa. En las pantallas, empieza la película. El título está escrito en inglés, los actores son americanos. Un cincuentón completamente rapado y perfumado como una profesional del sexo me pregunta si quiero auriculares con una tímida sonrisa, mientras me mira fijamente a los ojos y parpadea varias veces con la velocidad del aleteo de un colibrí. Esto mismo me lo hace Olivia Wilde y me tengo que ir a la maleta a por una muda, pero un calvo talludito... No. Al menos, hoy no.
El caso es que da la impresión de que el que coja los cascos es de gran importancia para el, así que, en parte por no hacerle un feo, y en parte porque parece que, por fin, RENFE no va a flagelar mis sentidos con otra película francesa, acerco mi mano muuy lentamente a la bolsa de plástico en la que el empleado porta los auriculares. La meto (la mano)  con mucho cuidado, y saco una cajita color morado que acerco a mí con recelo, como si los ocupantes del vagón fuesemos náufragos sorteando a la pajita más corta a quien nos vamos a comer hoy.
El azafato, o como quiera que se denomine su profesión, continúa pasillo adelante seduciendo al resto de viajeros. Saco los auriculares de su cajita, me los pongo y empiezo a seguir el argumento. En la pantalla, varias parejas de edad más o menos madura discuten y se rompen, y sus miembros empiezan a relacionarse libremente entre ellos.
Me huelo la tostada, y una rápida busca en Google confirma mis temores: Es la versión americana de un ¿éxito? del ¿cine? francés. Un escalofrío recorre mi espalda, y, como si de repente los cascos hubiesen cobrado vida, me los arranco de un tirón y los lanzo al medio del pasillo. Me quedo sentado en mi asiento, agarrado a los apoyabrazos y con los nudillos blancos de la tensión, mientras pienso si pisotear los puntos cascos como se pisaría a una alimaña.
Astutos ferroviarios, casi me la cuelan esta vez. Esto ya es personal.
Cuando vuelva a pasar el azafato le haré la zancadilla. Y eso será sólo el principio.

martes, 20 de diciembre de 2016

Juego de rol

  Nuestra pequeña sociedad no es tan diferente de muchas otras que hay en el exterior. Pero es un ambiente muy cerrado, y como en todos los ambientes cerrados, al principio cuesta hacerse un hueco. Entre otras cosas, porque no sabes que huecos hay, y cuál es el adecuado para ti. Muchos dirán que, vaya, en pocos sitios tu rol está más claro: Eres el guardia, bobo. El puto carcelero. Llevas el uniforme y la porra (en realidad no llevamos porra, pero eso la mayoría de la gente no lo sabe), y además pocos personajes hay tan planos como el de un funcionario de prisiones. Al menos si atendemos al cine: Un tipo con cara de malo, que abre y cierra puertas mientras los personajes interesantes, que son el delincuente malvado pero carismático y el detective brillante pero atormentado, se lanzan pullas con segunda intención a ambos lados de la mesa de la sala de comunicaciones (Un apunte: en todos estos años de servicio, he tenido el gusto de encontrarme con tantos delincuentes carismáticos como detectives atormentados. Echad la cuenta) .
  Con un poco de suerte el funcionario de la peli será un villano de verdad, con carácter, como el Clancy Brown de mi avatar (que no se en qué estaban pensando cuando le dieron en ese talego la plaza de Jefe de Servicios al Kurgan, pero olé sus huevos), o  un personaje que realmente te llegue y te motive, como Tom Hanks y David Morse en 'La Milla Verde'. O mejor aún, Billy Bob Thornton picándole el billete a Halle Berry en 'Monster´s Ball', la obra que, he de confesarlo, me inspiró definitivamente a buscar una carrera profesional intramuros.

  El caso es que llega el día que te encuentras en  un patio, con tu uniforme real y tu porra imaginaria, y observado con igual atención por internos y compañeros veteranos. Y entonces, y en vista de que mi plan de actuación se había ido por el desagüe porque Halle Berry no aparecía por ningún sitio (sigo buscando aún ahora), pues me fui a lo fácil; Abrir y cerrar puertas con cara de malo, e intentar pasar desapercibido.

  Desgraciadamente es un patrón de conducta que se puede mantener poco tiempo. La gente tiene la costumbre de comunicarse verbalmente la una con la otra, y te preguntan de donde eres, como te llamas... O cosas relacionadas con tu curro, como plazos de presentación de instancias y todos esos rollos. Así que tienes dos opciones: O vas de bueno, y te conviertes en una 'madre', con todo lo que eso conlleva (principalmente, que vas a pasarte el día aguantando rollos de los internos, que simplemente se aburren y quieren que alguien los escuche, o pedirte pequeños favores) o vas de malo, y entonces también tendrás más trabajo porque cada vez que haya un marrón o algún jaleo te van a llamar a ti para que eches una mano. Si te pasas de malo también puede ser que un día que estés sólo, pensando lo malvado que eres y frotándote las manos, un interno te eche una manta encima y te cosan a patadas. No serías el primero.

  ¿Qué camino tomé yo?. Pues ninguno, como la mayoría de las veces. Ahí estaba yo, pensando qué camino tomar, cuando el camino vino a mí, de golpe y porrazo. Y nunca mejor dicho.


En todos los centros penitenciarios se hacen varios recuentos al día. Mínimo tres, a los relevos de mañana, mediodía y noche. En ellos simplemente contamos los internos presentes en el centro, asegurándonos de su correcto estado de salud (que estén vivos, vaya). En algunos centros, para asegurarse de esto último sin asomo de duda, se exige a los internos que permanezcan en pie durante la realización del mencionado recuento, y que además estén mínimamente vestidos, por una cuestión de decoro. El caso es que el no estar de pie y cubierto cuando se abre la celda puede ser motivo de parte y sanción, aunque eso ya depende un poco de si el interno suele reincidir en su comportamiento.

En la  ocasión que nos ocupa estaba yo haciendo el recuento de las siete y media de la mañana, pasando una llave que parecía el sacudecolchones con el que Don Pantuflo les atizaba a Zipi y Zape, y descorriendo con fuerza unos cerrojos gruesos, como... Bueno, como los cerrojos de un penal. Como penes de hombre adulto. Y haciendo bastante ruido con ellos, para que nadie pudiese argumentar que se había quedado dormido porque no me había oído llegar. Entonces, al abrir una celda, me encontré que se habían quedado dormidos los dos ocupantes de la misma. Tampoco pasa nada, ya os digo que la sanción por esto depende de si pasa con frecuencia, y no era en absoluto el caso. Encendí la luz,  y golpeé varias veces la puerta metálica con el mango del cerrojo.

  - ¡VENGAAAAAA SEÑORES!¡ARRIBA!-
A mis gritos, el ocupante de la litera de abajo se sentó en el borde de la cama, todavía visiblemente dormido. El interno que dormía en la cama superior, más vivo, o más sorprendido, saltó de la misma al suelo... Para caer a horcajadas sobre la nuca de su compañero, golpeando con los genitales en el cogote del mismo. Éste, el de abajo, se dobló por el peso, pegándose con la cara contra sus propias rodillas y mordiéndose un labio, y su jinete salió rebotado hacia adelante, impactando con la cara contra la pared desnuda de la celda. Una cara que llevaba desprotegida porque, en el momento del primer choque, se había agarrado la entrepierna a causa del agudo dolor que el mismo le había causado.
  Momentos después, y mientras varios internos empezaban a asomar por sus puertas para ver por qué el recuento se había interrumpido, salí de la celda de los dormilones sujetando por los hombros a uno con la nariz partida y que andaba como el ganador de un rodeo, mientras el otro renqueaba tras de mí completamente doblado y escupiendo sangre. Hay que decir una cosa: Los internos  de la galería no se lo acababan de creer, Pero lo de mis compañeros... Amigos, aquello fue un festival de caras.

Al que no le hizo ni puta gracia fue al Subdirector Médico, que estaba de guardia aquel día, y que no se acabó de creer mi versión. Pero no me importó demasiado. Cuando los dos internos volvieron al patio, aquella tarde, no sé qué debieron contar al resto (quizá les daba vergüenza reconocer su torpeza, o lo más probable es que se hubiesen quedado dormidos con la ayuda de alguna sustancia, y lo mismo ni aún ahora tienen muy claro lo que pasó aquel día). El caso es que, a partir de entonces, nadie se acercaba a mí para que le sellara una instancia.

Un éxito.


domingo, 18 de diciembre de 2016

La cúpula del trueno

Es festivo, y además llueve. Estas dos circunstancias ralentizan el pulso de la prisión hasta casi detenerlo. Sentado en la botonera de Jefatura, controlo las compuertas que conectan entre sí todos los módulos del edificio. Para ir de uno a otro, tienes que pasar obligatoriamente por aquí, y yo debo abrirte.

En dos horas, solo ha pasado un funcionario a buscar un café en el economato, y a medio camino se dio cuenta de que, evidentemente, estaba cerrado. Y se volvió por donde había venido negando con la cabeza.

A mi lado Hilario, el Jefe de Centro, aprovecha la tregua para poner al día en su ordenador el listado de internos por módulo y la celda en la que duerme cada uno. Bostezo por enésima vez. Hilario me mira y, supongo que para entretenerme, me señala su pantalla.
- Mira este. ¿A que no sabes lo que hizo?.-
En la pantalla, la ficha penitenciaria de un hombre oriental. Su nombre son tres monosílabos que parecen onomanopeyas de un cómic. Debe ser vietnamita o algo así. Recuerdo haberlo visto por el patio, el típico anciano sensei con una sonrisa desdentada y cuello delgado que le dan aspecto de tortuga. Parece buen tipo.
- Pues ni idea. Sorpréndeme.-
Lo hace. Por lo visto, este sujeto tenía un amigo que todos los sábados acudía a jugar a un club de golf a una hora determinada. Una tarde, aprovechando esta circunstancia, el vietnamita (o lo que sea) entró a los vestuarios del club, forzó la taquilla de su amigo y se apoderó de las llaves de su casa. Tras entrar en la misma, procedió a secuestrar a su hija adolescente a la que violó en repetidas ocasiones antes de matarla, no sin antes volver a pasarse por el club de golf a dejar las llaves en su sitio. El testimonio de sentencia abunda en detalles que os voy a ahorrar. Hoy me voy a saltar la merienda.
- Que horror. Que hijo de puta.- No se me ocurre nada mas. En estos años ya he leído unos cuantos testimonios de estos, y me dejan la mente como anestesiada. Debe ser una especie de mecanismo de defensa, para no asimilar en todo su horror lo que acabo de leer.
- Y mientras no apareció el cadáver - me cuenta Hilario - el cabrón era el que más ayudaba en la búsqueda. Hay que ser cínico...-
- Bueno, supongo que el que seas un pésimo ser humano no quiere decir que tengas que ser un mal amigo.-

Hace un momento que entró Ramón, otro compañero, y ha aprovechado para leer lo mismo que yo, por encima de mi hombro. La cara se le ha quedado tan inexpresiva como la mía y, también igual que yo, permanece en silencio. Algo hay que decir. Ramón se arranca.

- Pues parece que también nos van a traer al otro cabrón, el que quemó a sus hijos.-
- ¿En serio?-
- Si... Se ve que se intentó cortar el cuello. Esos intentos de suicidio pueden suponer un traslado, y somos la cárcel más cercana.-
- Intento de suicidio - resopla Hilario. -Me gustaría a mi ver esos cortes. Seguro que son arañazos que le hizo su novio mientras lo sujetaba fuerte por detrás.-

Nos reímos todos. El mal rollo se desvanece y para Ramón y para mi llega el momento de los disparates.
- Pues aprovechando que tenemos los invernaderos vacíos y sin plásticos, podemos engancharles por fuera algunas herramientas del taller y soltarlos a los dos dentro. En plan Mad Max 3.-
- Ya te digo. 'La Cúpula del Trueno'. Jaja.-
- Dos hombres entran, uno sale!! Jajaja.-
- Y conseguimos abono para plantar en primavera.-
- Abono fijo que lo conseguimos del susto que se iban a llevar en cuanto entraran!!-
- Jajajaja-
- Oooye!!! Podríamos hasta montar un reality!
Hilario nos ha estado mirando alternativamente y con los ojos cada vez mas abiertos. Se pone en pié de repente, y sale por la puerta hablando solo:
- Yo no sé que psicotécnicos de mierda hacen en la oposición, porque está visto que aquí entra cualquiera!!-
A Ramón y yo ya no hay quien nos corte el ataque de risa. En cuanto recupero el aliento un poco, llamo a Hilario.
- ¿A donde vas?-
- A por un café!-
- El economato está cerrado, ¿no ves que es festivo?-

Hilario se vuelve, negando con la cabeza.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Tareas de rutina II: Sospechosos habituales

El caso es que aquel día, a media mañana, el Director me pilló por banda y no conseguí escaparme a tiempo. Supongo que girar 180 grados mientras silbas sin que la cosa se note forzada no es tan fácil como parece.
- ¡Eh, chaval!- Eh, chaval, me dijo el tipo. Tienes a cuatro funcionarios mal contados a tus órdenes y no te sabes ni sus putos nombres. Pensé en preguntarle cómo quería el café, que en mi manual de protocolo es la contestación oportuna a la interpelación ¡Eh, chaval!, pero el tipo venía acompañado, y me corté un poco.
 Su acompañante era un fornido sargento de la Guardia Civil de unos cincuenta años, que movía la cabeza a un lado y a otro con unos giros de cuello dignos de un pavo intentando esquivar la cuchilla el día de Nochebuena. Estaba nervioso, porque supongo que era la primera vez que visitaba el interior del Ritz, y de vez en cuando echaba involuntariamente la mano a la pistolera. El hecho de encontrarla vacía (porque dentro de prisión las armas de fuego están prohibidas sin excepción) no ayudaba a tranquilizarlo. Al contrario.

  -¿Que pasa, jefe?- Contesté finalmente.
  - Necesito que me hagas un favor.- UN FAVOR, me dijo. Bonito detalle, punto para él. - El Juez de Instrucción ha ordenado que montemos una rueda de reconocimiento. La Guardia Civil ha traído a una testigo de una agresión sexual. Te traes a Jiménez Marí y a cinco más que se le parezcan, y los metes en el rastrillo.-
  - ¿En el rastrillo?- El rastrillo es la esclusa de entrada, a veces entre módulos, pero en este caso al interior de la prisión. Son dos puertas automáticas que están interconectadas, de manera que si una está abierta la otra permanece cerrada. Entre ambas, en el caso que nos ocupa, quedaba un espacio de unos quince metros cuadrados. Una de las paredes del mismo estaba asimismo formada por un espejo de visión unidireccional que ocultaba de la vista al funcionario encargado de operar las compuertas.
- Si. Metemos a la testigo en la garita, para que los vea sin ser vista, y procedemos a la identificación. Vamos a estar en mi despacho. Cuando esté todo listo, me llamas.-

 Pues lo primero, vamos a buscar al tal Jiménez Marí. Lo que sí que tiene bueno trabajar en una cárcel pequeña es que tardas poco en llegar a los sitios, y en dos minutos lo tenía ante mi. Fácil. Español, moreno, ojos oscuros, talla media, unos cuarenta años, medio calvete. Esto iba a ser sencillo. Me di una vuelta por el patio, donde se encontraban  unos veinte internos en distintos grados de aburrimiento... Iba a ser sencillo por los cojones. En un lugar de turismo masificado, como era esa isla, me encontré en los patios con un reflejo de la sociedad del exterior. Tres subsaharianos, dos magrebíes (uno me servía perfectamente si no sonreía, porque al hacerlo se le veían unos dientes de oro y ya no colaba), dos húngaros, tres ingleses, dos chinos y dos sudamericanos. De los españoles, dos muy jóvenes, dos muy viejos, uno se pasaba con mucho de la estatura y otro era un yonqui que pesaba cuarenta y cinco kilos vestido y con cuatro radio-CD´s de coche en los bolsillos. Me quedaba uno que podría pasar de no ser porque llevaba el pelo a lo afro.

Me acerqué al módulo de al lado. Mismo panorama. En el módulo de ingresos los inquilinos todavía sufrían los efectos del colocón que les había llevado hasta nuestro hotel, y no eran siquiera capaces de mantener una verticalidad mínimamente digna.

En mi desesperación llamé a la puerta del módulo de mujeres. Una transexual ofrecía un gran potencial, pero mi petición de que se quitase el maquillaje se encontró con un rechazo frontal; Al parecer, eso era una ofensa y un menoscabo de su identidad sexual. Me la imaginé sin maquillar, y no pude por menos que darle la razón.

 A todo esto llevaba yo más de media hora dando vueltas, y al Director le empezó a entrar la prisa. El Jefe de Servicios me interceptó entre dos módulos y me dijo que le había llamado el Jefe de Gabinete, para informarse de cómo avanzaba la cosa. Le puse al día de la situación, y entre ambos, al final, reclutamos al español de pelo a lo afro y al argelino del diente de oro. El precio a pagar por ofender y menoscabar la identidad sexual de la transexual, Soraya de nombre, por cierto, fue un paquete de Chester. Y ya en el tiempo de descuento decidimos incluir a un eslovaco, que a pesar de ir rapado al cero y tener los ojos azules, era de una complexión y rasgos bastante semejantes a los de nuestro sospechoso. Además, a pesar de su país de procedencia, respondía a los muy castellanos apellidos de Río Ara. Luego me enteré de que era el nombre de la patrullera de la Guardia Civil que lo había interceptado en alta mar con un pequeño velero cargado hasta la borda de cocaína. El tipo no había querido dar su verdadero nombre, y al hacerle la ficha nos soltó lo primero que le vino a la cabeza. Pero esa es otra historia.

Bueno, que teníamos cuatro y ya habíamos rebañado el fondo del cubo. No se nos ocurría de donde sacar a nadie más. El jefe y yo nos miramos. Españoles. Si. Morenos. Si. Ojos oscuros. Si. Estatura media. Si. Cuarenta años... Bueno, yo de aquellas era bastante más joven, pero peores cosas íbamos a colar. Lo que desempató el duelo, sin duda, fue lo de medio calvete. Miré al jefe. Levanté una ceja. El jefe se dio cuenta.
- Me voy a cambiar. Llama al baranda y dile que ya lo tenemos todo listo.- Y eso hice. En menos de lo que se tarda en decirlo, ya tenía entre portones al español de pelo a lo afro con la melena mojada y echada hacia atrás, al argelino con órdenes estrictas de no sonreir, y al transexual sin maquillar y con la promesa de que no chuparía pómulo mientras hacíamos la rueda. Añadí al eslovaco y a Jiménez Marí, y el Jefe de Servicios, vestido de paisano, se personó casi a la vez que, por el otro lado del rastrillo, se acercaba el Director. Por seguridad, la testigo ya se encontraba detrás del espejo, para que el sospechoso no la viese acercarse. El director ordenó cerrar portones, y yo me quedé con los cinco internos y el Jefe dentro de la esclusa. Los puse con la espalda contra la pared, erguidos y mirando al frente. Los miré y, bueno, podía ser peor. Al menos ninguno destacaba por encima de otro.

Pasó un rato. Se oían murmullos tras el espejo. Finalmente, el ruido de varias personas dándose una palmada en la frente a la vez. La testigo, una joven de pelo castaño y unos treinta años, salió con la cabeza baja y acompañada del agente judicial. El director se quedó dentro de la cabina de control del rastrillo hablando con el sargento de la Guardia Civil. Me acerqué a cotillear.

- ¿Qué ha pasado?, pregunté. El director me sonrió de medio lado.
- Que ha dicho la testigo que el que más se parecía al agresor es Antonio, el Jefe de Servicios.-
- Ah.- Respondí.- Quién lo iba a decir. Bueno, tampoco lo conozco mucho...-
El Director me apartó con un brazo y salió de la cabina, acompañado del Guardia Civil. No sé cual de los dos echaba más humo. Hice abrir el rastrillo y conduje a cada interno de vuelta a su módulo, mientras Antonio se volvía a poner el uniforme. Luego nos fuimos los dos a las oficinas a tomar un café.

  En el rastrillo de salida, el Sargento cruzaba unas últimas palabras con el Director antes de salir del Centro. Se giró hacia nosotros y, bromeando, le dijo a Antonio:
- Espero que tenga una buena coartada para la noche del quince de Marzo pasado...- Antonio estuvo rápido en la respuesta:
- Pues así en frío no recuerdo, pero venga por aquí cuando quiera que con mucho gusto le daré en mano una muestra de semen.- Y seguimos camino, muertos de risa.

Supongo que al final no fue necesaria la muestra, porque el sargento no volvió a aparecer por allí.









 

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Tareas de Rutina

Trabajo en un Centro penitenciario de tamaño mediano. Antes de trabajar aquí estuve destinado, entre otras, en una cárcel pequeñita de una isla minúscula, por ahí en el quinto pino. Alguno de mis compañeros, que no han tenido el dudoso placer de compartir esta experiencia, se frotan las manos ante la perspectiva de un destino en un lugar así. - Setenta y cinco internos, como mucho, - dicen - ¡Eso tiene que ser una guardería!-

 Pues mis cojones treinta y tres, digo yo. Precisamente, cuanto mayor es el Centro más funcionarios hay, y más especializados están los destinos. De manera que, si por ejemplo llegas un día a trabajar y te toca estar en el patio de un módulo, tienes todas las papeletas de empezar y acabar la jornada sin moverte de ahí. En una cárcel pequeña, ya de entrada te va a tocar estar en tres patios a la vez, todo ello mientras mueves a la cuadrilla de albañiles (siempre hay una currando, o haciendo como que, en todas las cárceles de España), ir a cachear al novio de alguna que viene a un vis a vis, repartir la comida, vigilar la medicación del todo el centro y , si no tienes suerte, pasarte media hora mirándole fijamente la polla a alguno que tiene analítica y no le sale la meada. Un circo de tres pistas, durante quince horas seguidas de actuación. ¿A que los compañeros que han currado en estas mini cárceles saben de lo que hablo?. Pues eso, una puta mierda. Y que tengas suerte y no te toque ingresos, que de eso ya hablaré en otra entrada.

  Y todo lo que acabo de mencionar arriba, mas algunas cosas a mayores que no recuerdo, entran dentro de lo que van a ser tus tareas diarias habituales. La rutina. Porque de vez en cuando, generalmente cuando pensabas que ya tenías el tema dominado, la vida te daba una sorpresa. Y saltaba la marcianada.

  Un día que no me pude escapar a tiempo, el director me pilló por banda con un divertido encargo. No me hizo gracia, y se me notó en la cara, pero es que la del baranda tampoco era para tirar cohetes. Hubiese preferido tener que hablar con cualquier otro funcionario. Yo no le caía bien, ni él a mí.

Todo venía desde mi segundo día de trabajo. Yo estaba dando una vuelta de reconocimiento por las instalaciones, que tenían el aspecto y tamaño de un colegio pero con menos dibujos de tetas en los urinarios, y más rejas. En una esquina, un miembro de la cuadrilla de albañiles alicataba con escasa pericia la parte baja de una pared. A su lado, de pie, un tipo delgado y con las mejillas hundidas lo observaba con las manos entrelazadas a la espalda. Estuve un buen rato espiándolos tras un recodo. El tipo delgado encendió un pitillo y lo fumó con caladas espaciadas. Tranquilamente, oye. Me acerqué a él.
  - Oiga, ¿no cree que ya está bien de tocarse los huevos, y que igual debería ponerse a ayudar a su compañero?- El tipo se atragantó a media calada, tiró la colilla al suelo y se largó sin decir ni pío, supongo que debido al ataque de tos que estaba sufriendo. Saqué el boli y la libretilla, y ya me disponía a seguirlo cuando un compañero que había contemplado la escena interrumpió lo que iba a ser un hecho histórico: El glorioso momento en que un funcionario con dos días de antigüedad en el puesto le metió un parte al Director de su centro de destino.

 El caso es que desde aquellas, yo no le gustaba. Y como yo no le gustaba a él, él no me gustaba a mi.


Lo de siempre.
 

sábado, 10 de diciembre de 2016

'Nom de guerre'

Nos gusta ponernos apodos. A los periodistas les encanta poner alias a los delincuentes, de hecho parece que el que un medio de comunicación le bautice por segunda vez es lo que diferencia a un chorizo de medio pelo, de un fuera de la ley en toda regla. Pero esto son cosas de los periodistas. El alias vende.
Cuando entré en este negocio venía con ideas preconcebidas, como no podría ser de otra manera. Y esperaba encontrarme en los patios con un festival de 'Chinos', 'Richards','Fitipaldis' y 'Pinflois' entre otros. No es así. Los internos no son ni más ni menos dados que el resto de personas a ponerse apodos, y muchas veces un interno tiene varios. O ninguno, o le cambian la nomenclatura al trasladarse de 'talego'. Como nos pasa a todos, no nos llaman igual los amigos que los compañeros de trabajo, o la familia.
Donde sí hay una afición desmedida a los apodos imaginativos es entre nosotros, los funcionarios. Mas allá de que tengamos un sentido del humor más o menos desarrollado (o infantil) lo cierto es que hay una norma no escrita pero que se respeta a rajatabla: Uno se dirige a los internos de usted y por el apellido, y a los compañeros de tú y por el nombre. El problema viene cuando hay cuatro, o cinco, o más Juanes, Albertos, Sergios... En un principio se recurre a la geografía: Juan el gallego. Manolo el pucelano, y cosas así. Pero claro, eso se hace largo, y para acortar, se impone el mote. Lógico.
 Luego, un buen día, entras a currar y resulta que están contigo Carpanta, Tragapanes, Puccini, el Galgo, el Palillo, Farruquito, el Alcalde, la Voz, el Boche y el Piloto. De coordinador, Lalo. Y de jefes, agárrate, porque están el Mejicano y Fabio Testi. Y ya es cuando piensas que la cosa se está saliendo de madre. Pero qué le vas a hacer.


En una ocasión estábamos de servicio en el módulo Adela y yo. En un mundo tan marcadamente masculino (a ambos lados de los barrotes), el hecho de que Adela fuese la única Encargada de Departamento de todo el centro, unido a su pelo muy corto y a su temple ante los internos le habían valido el apodo de 'Comechirlas'. Que su pareja fuese una mujer también tenía su parte de culpa en ello.

  Así que ahí estábamos, Adela y yo. Sin gran cosa que hacer, en nuestra oficinilla, observando a los internos en el patio. Ella fumando, y yo resistiéndome a la tentación de comerme una chocolatina. Porque si para evitar el cáncer de pulmón me arriesgo a un infarto, ya me diréis donde está el negocio. Salí un momento al patio yo mismo, para huir del humo y la tentación. Por mi costado izquierdo se me acercó Montoya, un interno, señalando algo que se encontraba más lejos, a mi derecha.
- Don Jaime, viene por ahí 'la Mogollón'.- Me dijo.
A unos veinte metros por mi derecha, se acercaba Doña Lucía, la Subdirectora de Tratamiento. Avanzaba a duras penas, intentando transportar una caja de cartón casi más grande que ella.
-Vamos, Montoya. Vamos a echar una mano.-
El interno y yo nos acercamos y liberamos a la subdirectora de su carga, que por cierto pesaba mucho menos de lo que su volumen parecía sugerir. Doña Lucía nos dió las gracias, y se compuso el vestido. Era una cincuentona de muy buen ver, con un elegante traje sastre de Adolfo Domínguez y altos tacones a juego. Entramos los tres en la oficina. Lucía saludó con un jovial '¡Hola Adela!'. Adela giró la cabeza hacia nosotros, apartando por unos instantes la vista del patio. Miró a Lucia de arriba a abajo, hizo un movimiento con la cabeza que no sé si era un saludo o que aprobaba lo que veia, y regresó a su posición anterior.
-¡Mira lo que traigo! - Continuó la subdirectora, sacando de la caja de cartón un árbol de Navidad de plástico y una bolsa de adornos. Adela emitió un gruñido de disgusto antes de girar su silla articulada 180 grados, mientras se encendía un pitillo.  El árbol no le gustó, eso estaba claro.
- ¿Me ayudas a decorarlo?- Preguntó Lucia con una sonrisa inocente. Adela achinó los ojos y dio una larga y profunda calada.
- Claro, señora. - Adela soltó el humo, que formó una nube ante su cara. -Claro que si. Yo me pongo a adornar el árbol, y mientras tanto usted vigila a todos estos sinvergüenzas. O si quiere lo que hacemos es que usted decora el árbol, y yo vigilo, y lo dejamos todo como está.-
Lucía se ha puesto colorada. Su respuesta suena como un balbuceo.
-Si... Bueno, ya lo decoro yo.- Dice, agachándose y empezando a coger adornos de la bolsa. Montoya sonríe de oreja a oreja, mientras la observa atentamente.
- Venga Montoya, vámonos a tomar un café. Pago yo.-
 Montoya me acompaña fuera de la oficina a regañadientes. Le gusta Lucía.
- Y ahora me vas a contar; ¿Por qué le llamáis a la subdirectora 'la Mogollón'?.-
- Pues porque cada vez que viene con esas faldas y se agacha, don Jaime, se le ve todo el mogollón. No me diga que no se haía dado cuenta...-
Sonrío. Claro que me había dado cuenta.





miércoles, 7 de diciembre de 2016

Deformación profesional II

  Este trabajo te acaba haciendo cambiar, supongo que como todos. Hay cambios de los que tú mismo te das cuenta y pasan desapercibidos a los demás. Desde hace tiempo ya no me gusta ir a conciertos. Pensé que era porque me estaba haciendo mayor, y la perspectiva de estar en un entorno ruidoso y atestado de gente había dejado de resultarme atractiva.
  Un día, en una actuación del grupo de musical de un amigo, me sorprendí a mi mismo memorizando las salidas de emergencia. También me di cuenta de que llevaba media hora sin despegar la espalda de la pared, y sumando o restando mentalmente a los clientes que entraban y salían del local. Ahora mismo, en esta cafetería desde la que escribo, hay dos camareras y once clientes. No he tenido que contarlos ahora, lo hice al entrar al local. Todos están solos, menos cuatro magrebíes que hablan entre ellos. Me gustaría saber árabe para pillarlos por sorpresa. Algo traman.

 No creo que este nivel de paranoia tenga que ver con la edad. No todo al menos.


 También se da el caso contrario. Cambios de los que tú no eres consciente pero que a los que te conocen bien les resultan chocantes. Hace algún tiempo estaba con mi pareja, María, dando un paseo por el casco antiguo de la ciudad donde vivimos. Ella entró a una tienda. No recuerdo de qué era la tienda, pero recuerdo perfectamente que había mucha gente entrando y saliendo. Como esa parte de mí la conozco, decidí quedarme fuera a esperar y ahorrarme un montón de sumas y restas de cabeza.
Al poco, no menos de cincuenta (cincuenta y seis creo que llegué a contar) turistas orientales vestidos con todo el catálogo de Decathlon y The North Face bajaron en rebaño hacia mí, tras los pasos de una guía que enarbolaba un paraguas cerrado color verde fosforito.
 
  Demasiada gente para mi gusto. Doblé la esquina más próxima y, como suele ocurrir en estos lugares turísticos, junto a una calle principal aglomerada y bulliciosa, hay callejones  por los que parece que hace años que no pasa nadie. No era exactamente el caso. Frente a la fachada vacía de un viejo edificio en rehabilitación, un gran contenedor amarillo servía como depósito de material desechado. En la capa superior de los escombros, los obreros habían abandonado todo el cableado eléctrico que habían sacado del inmueble. Desbordando por los lados del contenedor, parecían las tripas de un robot despanzurrado. Y esa carroña metálica se la estaban disputando dos buitres urbanos.
  Un drogadicto agarraba por un extremo una enmarañada masa de cables conectados todavía a los restos de un cuadro eléctrico, y pugnaba por hacerse con ella frente a la oposición de un gitano de unos doscientos kilos de peso que la asía por el otro extremo . Daban tirones y se insultaban en femenino, como la etiqueta de la cárcel exige. Aprovechando que el yonqui había cedido  terreno para gritar un '¡PERRA!' especialmente sonoro, el gitano dio un fuerte tirón. Su adversario perdió un poco de pié y cedió un metro, lo suficiente para que el gordo soltase su mano derecha del manojo de cables y le plantase una bofetada que restalló como un latigazo. Pero si hacemos caso al dicho de 'lo que no te mata te hace más fuerte', años de lucha contra formidables enemigos como el VIH o la hepatitis habían convertido al toxicómano en un luchador casi mitológico. Delgado como era, se repuso inmediatamente del bofetón y aprovechó la cercanía física para lanzar una patada contra el bajo vientre del chatarrero. Un golpe que sin duda habría puesto fin al combate de no ser porque éste tenía sus partes vitales protegidas por michelín que colgaba sobresaliente por debajo de su camiseta.

  Y ahí estaba yo, disfrutando del espectáculo y echando de menos unas palomitas y un refresco, cuando noté una presencia detrás de mi. Era María, y estaba lívida.
  -¿Que haces?.- Me preguntó.
  - Nada, aquí mirando el show. Naturaleza salvaje, lucha por la supervivencia. Mucho mejor que lo de Frank de la Jungla.- Le dije con una sonrisa, que se me borró inmediatamente de la cara. María estaba preocupada.
  - ¿Vas a hacer algo?.-
  - Pues... No, la verdad. No pensaba. No me pagan para esto.-
Por el otro extremo del callejón se aproximaba una pareja de la Policía Local, que procedió a interrumpir el forcejeo e identificar a los implicados.
  -Vámonos de aquí. Ya.- María me arrastró del brazo. Yo avancé tras ella, pero manteniendo la cabeza girada para no perderme el desenlace de todo.
  - Mira, mira. Los están cacheando como el culo. Yo no sé quién les enseña a esta gente.- Dije a María, que si me oyó no me hizo caso. El que sí que me oyó fue uno de los policías, que me miró frunciendo el ceño. La esquina me ocultó la escena, al fin, y emprendí mi camino con María. No estaba enfadada. Estaba triste.

  - Jaime, deberías pensar en buscar otro trabajo. Te está empezando a afectar.- Me dijo, mirándome fijamente a los ojos.
  - Si, bueno. Siempre me puedo meter a Policía Local. Sé cachear mejor que ellos.- María sonrió.


 

Ha salido una señora mayor y ha entrado una pareja de la Guardia Civil a tomar el café de media mañana. Doce clientes.



lunes, 5 de diciembre de 2016

Deformación profesional

   María y yo caminábamos agarrados del brazo por el parque del auditorio. Su mano se crispó de repente, pellizcándome un poco. La miré sorprendido. Tenía los ojos muy abiertos y fijos en un punto frente a nosotros. En el sendero, unos metros por delante, un yonqui avanzaba en nuestra dirección. Yo lo había visto ya hacía un momento, pero no le había dado importancia. El yonqui siguió arrastrando los pies en el mejor estilo de un extra de 'The Walking Dead', y cuando estaba a un par de metros de nosotros, levantó lentamente la mano derecha. La miré. No había nada en ella, y al subir mi vista hacia sus ojos  no vi más que la expresión de miedo y tristeza del que se ha llevado tantos palos en la vida cuando ha pedido algo que ya no tiene ánimo ni para hablar.
    -¿Que pasa, machote?- Le espeté con una sonrisa, sin dejarle ni hablar a pesar de que ya había empezado a abrir la boca. -¿Quieres una moneda para el bus?-. 
Sorprendido, asintió con la cabeza sin acertar a cerrar la boca del todo. Busqué en mis bolsillos, saqué una moneda de un Euro y se la puse en la mano que mantenía fláccida y extendida.
   - Toma campeón.- Le dije, le dí una palmada en el hombro, y seguí mi camino con María enganchada todavía a mi otro brazo. La miré. Tenía los ojos abiertos y redondos como dos lunas llenas. Yo no entendía nada.
  - ¿Que pasa?.- María tardó unos instantes en responder. Estaba confundida, saltaba a la vista. Yo también lo estaba, tanto o más que ella.
  -¿Como le has hablado así?.- Ahora lo entendía aún menos.
  - Así... ¿Como?-
  - Pues así... ¿No te da un poco de respeto?. Es un drogadicto.-
  - Pues no. La clave es que YO tengo que darle respeto a él, y no él a mi.-
Seguimos andando unos pasos sin hablar, no sé quién estaba más confuso. Seguramente yo.
 María habló, un poco por romper el silencio, un poco para sí misma.
  - Hacía mucho que no veía un heroinómano como ese.-

Ahí estaba la clave. Es verdad, en la calle no se ven ya muchos, y para el ciudadano común son casi una rareza. Pero para nosotros, los funcionarios de prisiones, son nuestro trabajo, nuestros administrados. Y vives con ellos hasta que con el tiempo no prestas atención a su aspecto. Tanto, que lo que te acaba sorprendiendo es que la gente en la calle no los vea con la misma normalidad que tu. 


Un poco más lejos, al borde del  parque, otros cuatro o cinco drogadictos se dirigían hacia un cercano punto de reparto de metadona. María me sugirió que cogiésemos el coche y nos fuésemos a pasear a otro sitio.

Estuve de acuerdo con ella. Unos cuantos yonquis más, y lo mismo me da por hacer un recuento.

  

viernes, 2 de diciembre de 2016

Jugando al ahorcado II

Cuelgo la chaqueta en el perchero y, con una revista bajo el brazo y la llave del baño en la mano, me dispongo a salir de mi oficina. Mi compañero me pregunta a donde voy. No sé que será menos violento, si decírselo de viva voz o hacerle un dibujo.

  En ese momento, suena la alarma de una de las celdas del módulo de aislamiento. El baño tendrá que esperar. Hilario -el Jefe de Centro-,  y yo nos ponemos en marcha. En menos de un minuto estamos allí, entramos por el pasillo de celdas y, al lado de la puerta abierta de una de ellas, vemos a Gerardo, el funcionario Encargado del Módulo. Está apoyando la espalda contra la pared, y se tapa la mano con la boca para intentar disimular sus carcajadas. De momento no ha tenido mucho éxito en ello, y la voz que pide ayuda  desde la celda abierta a su lado suena a la vez suplicante y ofendida.
 Nos asomamos a la estancia. Villaza está de pie, y de su cuello cuelgan unos cordones blancos, anudados a la reja de la ventana. Inteligente. Primera regla cuando quieres ahorcarte pero en realidad no: Si mides dos metros, ata la soga a una altura de un metro setenta.  En cuanto nos ve, afloja las rodillas de repente, los cordones se tensan, y se queda colgado. O eso parece.
  Hilario y yo sacudimos la cabeza, aburridos. Damos un par de zancadas hacia Villaza, que con las rodillas flexionadas, saca la lengua y hace una especie de gárgaras chungas, como si se estuviese asfixiando. Pero no se está asfixiando porque, y aquí viene la segunda regla para cuando quieras ahorcarte pero en realidad no, el nudo corredizo no corre. Los cordones están tensos por el peso, pero entre el cuello de Villaza y la parte de cordón que lo rodea te cabría de sobra el cuello de otro idiota, o de dos más incluso. Entre mi compañero y yo lo agarramos  por la cintura de los pantalones, y de un tirón lo ponemos en pie de nuevo. Lo miramos, intentando poner cara de padre enfadado sin romper a reír.  

 - ¿Se puede saber qué cojones haces?-
 - Me voy a quitar la vida, funcionario.- Dice, medio sollozando. Yo creo que porque se ha dado cuenta de que no nos lo tomamos en serio.
 -¿Que te vas a qué? - espeta Hilario- Pero si ese nudo ni siquiera aprieta, ¿que crees, que somos gilipollas?-
Villaza se envara, ofendido.
 - ¿Como... como que no aprieta?- Y tira con los dedos del nudo, mientras se deja caer de nuevo. Y ahí comete un error. Porque con el tirón de sus manos mas el peso de su cuerpo, el nudo sí que corre sobre el cordón, y para su sorpresa, de repente se queda sin aire. Villaza se pone en pié  de un salto, pero eso no afloja la presión porque, no lo olvidemos, el nudo no era corredizo. Se está empezando a poner rojo, y sus jadeos suenen ahora mucho más realistas.
 Hilario y yo intentamos aflojar el cordón, pero está prieto como el tanga de un luchador de sumo, y no hay manera de meter un dedo entre la soga y el cuello. Gerardo se asoma a la puerta y ve el percal.
- Joder, ¿Que pasa ahora?-
-  ¡Rápido, consigue un cuchillo o algo!-, gritamos a la vez Hilario y yo.
- ¿Y de donde saco yo un cuchillo en un talego?- Villaza está de un tono morado morcilla, y sus jadeos se han convertido en estertores. Por suerte, un interno de ordenanza que estaba allí por si había que echar una mano, corre a su celda y nos presta su cortaúñas. Cortamos el cordón, y Villaza cae al suelo, pasando del morado al blanco cerúleo en menos de un segundo. Nosotros no debemos tener mucha mejor cara.

  Salimos en silencio de la celda. Villaza está sentado en silencio en el suelo, hecho un ovillo. Gerardo se dirige a el.
- Voy a buscar al médico para que te reconozca. Intenta no hacer el gilipollas durante diez  minutos seguidos, por una vez en la vida.-
 Villaza ni siquiera levanta la cabeza. Creo que está llorando.

Y yo tengo que ir al baño.


  

Jugando al ahorcado I

  Villaza era como un niño, y pocas cosas le sientan peor a un niño que las burlas de sus compañeros de patio. Mientras le curaban la nariz, Villaza no pudo dejar de oír desde la enfermería las risas de los otros internos, y eso le dolió. Iba a decir que le dolió más que lo de la nariz, pero no creo. Eso debió doler ya lo suyo. Si lo hubiésemos soltado de nuevo al patio, sin duda habríamos tenido lío otra vez. En estos casos, normalmente lo que hacemos es cambiar al interno a otro módulo donde no tenga enemigos, pero Villaza ya había estado en todos nuestros módulos y en todos, como la Sanmiguel, había triunfado.

 Así que hicimos lo habitual en estos casos; Pasamos a Villaza en artículo 75.1 al módulo de aislamiento, él solito en una celda y con un mínimo de contacto con otros internos. A ver si no nos la liaba, y en pocos días la Dirección General nos autorizaba a trasladarlo a otro Centro Penitenciario. Porque así es como funcionamos, por si no lo sabéis. Cuando un interno no se adapta al centro en un tiempo prudencial, y además causa problemas, se le traslada a otro centro. Si tenéis en cuenta que hay más de setenta Centros Penitenciarios en España, pues os daréis cuenta de que podemos tener a un interno rebotando de uno a otro hasta que se cumpla condena, por larga que ésta sea.
 
  Bueno, el caso es que a Villaza lo separamos del resto de la población interna, por su bien, por el de los otros internos, y un poco también por el nuestro. Y, como suele ser común, él sólo en su celda, se puso a... Bueno, darle vueltas a la cabeza, porque tampoco es que a lo que hizo le podamos llamar 'pensar'. En su mundo particular, que coincide con el de muchos otros internos, irse así, sin pelear, es una especie de ofensa contra su hombría, o algo parecido. Si no puede pelear con otros internos, pues peleará con los funcionarios. Y si no puede pelear contra los funcionarios, o no quiere porque sabe que no le conviene, pues se autolesionará.

  Y una forma muy común de autolesionarse es fingir un suicidio. ¿Os acordáis el tipo del que os hablé el otro día, que intentó fingir un suicidio plantándole fuego al colchón al que estaba encadenado?. Bueno, pues es algo así. Pero claro, el tipo ese lo hizo muy mal, porque cuando se trata de fingir un suicidio la clave está en no morirse. En este sentido, Villaza lo hizo de puta madre. Sólo le faltó resultar mínimamente creíble.

 
 

martes, 29 de noviembre de 2016

Nocilla

Estaba dándole vueltas a la cabeza, pensando en contaros cosas de mis primeros días en esta empresa.
La primera cárcel en la que trabajé era un edificio impresionante, casi centenario. Parecía que el arquitecto responsable de su estructura fuese a la vez el dueño de la cantera local, tal era la cantidad de roca usada en sus muros, y a la vez accionista de la herreria del pueblo, por la cantidad y calidad de los forjados tipo art-decò que formaban pasillos y escaleras interiores. En el interior del edificio principal, y en cada una de las dos alas que lo formaban, se elevaban tres plantas de galerías formadas por dos pasillos laterales cada una con un vano central, que dejaba diáfano el espacio hasta el tejado, más de veinte metros por encima de mi cabeza. El entorno ideal, pensé con aprensión la primera vez que entré, para una lluvia de rollos de papel del culo en llamas, al grito de 'CARNE FRESCAAAA!!. Lo que todos hemos visto en mil películas ,vaya.
Pero las cosas no son así, claro. Enfrentados al hecho de que sólo se reparte un rollo de papel higiénico por interno y mes, y ante la dura realidad de tener que limpiarse el culo con la mano durante semanas, el pragmatismo se acaba imponiendo entre la población reclusa y acaba con la creatividad. Los gritos de 'carne fresca' y 'perras' si que se oyen de vez en cuando, porque son gratis. Supongo.
 El caso es que una idea me ha llevado a otra, y me he acordado de Villaza. Villaza era un interno con el que coincidí hace algún tiempo. Era como un niño encerrado en el cuerpo de un jugador de baloncesto. Un niño no muy listo y bastante malcriado, ya que estamos.
No es que fuera malo, ni tonto tampoco. Creo que lo que le pasaba es que era un inadaptado. Un misfit, oiga. De alguna manera, su cabeza le hacía creer que estaba en un colegio,  que los funcionarios éramos los 'profes', y los otros internos sus 'compis'. Que diréis que no hay nada de malo, que es una actitud positiva. Bueno, en parte sí. Pero poneos en situación: Estás en el patio de una cárcel. Con más de cien criminales. Eres el guardia. Estás un poquito tenso. Y de repente alguien, por sorpresa, te da una fuerte palmada en la espalda gritando '¡QUE PAAAAASA!'-.
 Pues hay quien reacciona mal. Y lanza un codazo para atrás, como en los videojuegos de combate. De resultas de esos juegos, Villaza se llevó varios codazos en el hígado. No se llevó más porque, como ya he dicho, medía sus dos metros, y la mayoría de funcionarios no medimos eso. Con lo que algún codazo que iba para el hígado le acabó alcanzando en los huevos.

Lo que no podemos olvidar  es que a nosotros nos pagan para aguantar a esta gente. Pero a los internos no. Y si ya bastante jodido es estar privado de tu libertad, aguantar a un niño grande que se cree que está en el recreo del 'cole' no ayuda. Y cuando las bromas de esconderle a la gente sus cosas de ducha, o mangarles un pitillo, o ponerse a cantar detrás de uno mientras intenta hablar por teléfono sobrepasaron un cierto límite, pues el KIE del patio decidió tomar cartas en el asunto.
En aquel momento el malote del patio era Encinas, un atracador con un diente de oro que alumbraba toda la avenida. Supongo que atacaría a sus víctimas por la espalda. Porque era tan evidente que Encinas era un delincuente que no creo que nadie que se lo encontrase de frente una noche en la calle lo dejara acercarse a menos de cien metros sin salir pitando. Total. Que un tarde vimos a Villaza entrar al gimnasio, dejando su mochila sola en una estantería y una hora después, en la cena, Encinas y cuatro coleguitas suyos estaban retorciéndose literalmente en el suelo de la risa. La verdad la supieron los compañeros que hacían el turno de noche, cuando a las dos de la mañana  una voz anónima gritó desde una celda:
-¡VILLAZA, EL QUE SE TE HA CAGAO EN LA MOCHILA FUE ENCINAS!-. No mentía.
A la mañana siguiente, inmediatamente después de la apertura de celdas, Villaza bajó al patio con la mano abierta, dispuesto a repartir bofetones. No necesitó empezar a hacerlo para llevarse cuatro.
 Eso sí, demostró cierto carácter. Cuando le estaban curando la nariz en enfermería y le preguntamos quién le había hecho eso, nos dijo;
-Nadie. He tropezado y me he caído.-
-Vaya,- le respondí- tiene que ser jodido caerse desde tan arriba.-
Poco después, Villaza pidió el cambio a otro Centro Penitenciario. Se ve que las materias que se impartían en nuestro campus no eran de su agrado.

sábado, 26 de noviembre de 2016

El líder de la manada

  No sé si recordaréis a los hermanos Dalton. Eran estos villanos de los cómics de Lucky Luke, una banda formada por cuatro hermanos. Su característica principal era que, cuanto mayor era su tamaño físico, menor era su capacidad mental, de manera que el más pequeño era, por lógica, el cerebro de la banda.

  Bueno, pues por extraño que pueda parecer, en los dos casos en que me he encontrado con bandas criminales formadas por varios hermanos, esta es una regla que se cumple. En uno de los casos, a su diminuta presencia física se unía su extrema violencia y el hecho de ser la única mujer de la familia. Supongo que para sobrevivir entre el resto de miembros de esa infausta camada, la pobre había tenido que desarrollar el instinto asesino. Literalmente. En el otro caso, el tipo es que era malo, malo como el veneno, y el medir metro cincuenta no había hecho sino concentrar la maldad y atraer toda la energía negativa de su alrededor. Era como una enana blanca del mal rollo. Pero enano. Y no muy blanco.

  Aunque ojo, que nadie se llame a engaño. Que fuesen los líderes de su pandilla no quiere decir que fuesen unos Moriartys de la vida, ni mucho menos. Sencillamente, es que hacía falta un líder y, un poco por eliminación (a veces física), habían quedado ellos. Por poneros un ejemplo del nivel, uno de los hermanos/esbirros del segundo individuo amenazó en una ocasión con suicidarse. Como es habitual en estos casos, se le ató de pies y manos a una cama, controlándose su estado cada hora. Pues nuestro amigo había conseguido esconder entre sus ropas un mechero, y, tras liberar una de sus manos, procedió a quemar su colchón en plan protesta. Hay que decirlo, plantar fuego al colchón de la propia celda es una forma relativamente habitual de llamar la atención (léase tocar los cojones al funcionariado), pero hacerlo mientras estás atado al mismo es una radical subida de envite. Resultado de la partida, quemaduras gravísimas, lesiones pulmonares y amputación de una pierna. Espero que al menos, cuando mira hacia abajo y NO se vea una gamba, recuerde lo jodido que puede llegar a ser jugar con fuego.

  En resumen, estaba yo un día supervisando el reparto del desayuno, en el comedor de un módulo, cuando el hermano de menor tamaño del cojo, ya sabéis, el listo de la pandilla, se me acerca y, levantando su brazo derecho cuanto le era posible,  agita ante mi cara un sobao.
  - ¡Mire, funcionario! ¿Le parece normal? ¡Nos queréis envenenar!-
  - Hombre, tampoco será para tanto. Repostería Martínez no es la ostia, pero tampoco están tan malos.- El interno, Caballero de apellido solamente, da un paso atrás de un salto, como si  hubiese recibido una bofetada.
   - ¡Que esto está caducao, cojones! ¿No lo ve?- Cojo el sobao de su mano. Efectivamente, la fecha de consumo preferente expiró hace un par de días. Me meto en la cocinilla y compruebo con los internos encargados del reparto el error: Una de las cajas de sobaos está pasada de fecha. Menos mal que no son todos. Aviso a voces a los internos que están desayunando, y dos o tres se acercan a cambiar su bollería por otra en correcto estado. Le doy a Caballero un sobao nuevo.
  -  Aquí tiene. Gracias por avisarme.- Caballero lo coge con recelo. Le jode que todo haya sido tan fácil. De alguna manera, tiene que hacer algo para que la situación empeore y deje un regusto amargo.
  - Bueno... Vale. Pero que sepa usted que esto se viene repitiendo con demasiada frecuencia, me espeta, subrayando sus palabras con leves sacudidas de sobao.
  - Vaya, lo siento. De todas formas, sepa usted que tenemos un libro de reclamaciones a su disposición.- Caballero me mira sorprendido.
  - ¿Lo tienen?-
  - No.-
Me mira, aprieta los dientes, y se marcha dando grandes zancadas.



Dos o tres días después, estoy supervisando la entrega de metadona. Caballero llega el último, para evitar hacer cola, y tras tomar su dosis diaria, recoge una colilla todavía humeante que otro drogodependiente había desechado momentos antes.
  - ¡Oiga!- le digo - ¿no estará caducada, esa colilla?-
Caballero da un respingo. No me había visto. Me mira con ojos llenos de ira, da una larga calada, y tras tirar la colilla al suelo, se marcha dándome la espalda y echando hacia atrás su melena. Como una novia despechada.

Pues vaya.
 

 


miércoles, 23 de noviembre de 2016

Natillas

  En la cocina de la prisión, cuatro o cinco internos se ocupan intensamente en la preparación de la comida del día. Mientras, otros cuatro o cinco se escaquean en uno de los comedores para fumar un pitillo. Dentro de unos diez minutos se cambiarán unos con otros, de manera que siempre haya unos internos trabajando para que yo los vea desde la ventana de mi oficina. Yo lo sé, ellos saben que yo lo sé, y mientras la comida esté lista para ser servida a la una y media todos estamos contentos.

  Así que aprovecho este tranquilo discurrir de las cosas para ver en la tele de mi despachito un programa de investigación de crímenes, porque supongo que ya que uno está metido en el mundillo mejor meterse hasta el fondo, y cruzo los dedos para que la mañana siga así y nadie llame por teléfono para molestar. Por supuesto, antes de diez minutos suena el aparato.

  - Hola ¿Es la cocina?- Reconozco la voz de Puerto, la doctora de servicio ese día.
  - Si, dime.-
  - Mira, ¿Vosotros lleváis control de que a Serafín no se le den pasteles ni dulces?-
  - ¿Serafín qué mas?- Puerto me da los apellidos, y consulto la lista de internos con dietas especiales. Que no es una lista corta, pero finalmente localizo al individuo.
    - A ver. Aquí lo tengo. Dieta para diabéticos, o sea que no se le da bollería, ni postres dulces, ni café con leche y azúcar. Generalmente a estos internos les damos yogures naturales y fruta, ya sabes como va.-
    - Ya...- Puerto se queda un rato en silencio, pensativa.- Pues no lo entiendo, porque las lecturas que nos da en los análisis indican que está tomando cosas con azúcar.-
   - Bueno, que no se las demos nosotros no quiere decir que no tenga donde conseguirlas. Puede comprarlas en economato.-
   - No... No puede ser, este señor (que educados son los médicos) es indigente.-
   - Pues entonces cambiará parte de su comida por los postres. O prestará servicios extra en las duchas para conseguirlos.- Puerto no oye la última parte de mi explicación, o no quiere oírla. Se queda con lo primero.
   - Entonces, ¿no controláis que no se intercambie la comida con otros internos?.-
  Cierro los ojos y me doy una palmada en la frente. Ni con cacheos integrales y perros entrenados conseguimos que deje de entrar droga al patio, como para evitar que un interno nos camufle un Phoskito.
  - Pues... No, doctora. Sólo hay un funcionario, o a veces dos, para vigilar el comedor con ciento y pico internos. No podemos controlar que Serafín no cambie su yogur, o lo que sea, por un pastel.-
  - Es que cada dos días, viene a consulta tan mal que lo tenemos que enviar al hospital de urgencia. Allí se ve que sí que le tienen bien vigilado (y tanto, seguro que tiene un Guardia pegado al culo todo el día) y nos lo devuelven algo recuperado.  Pero es que es una bomba de relojería, y en el fondo lo que estamos haciendo el hospital y nosotras es pasárnoslo a ver a quien le estalla.-
Tiene razón. Poco se puede hacer, y como nos estalle a nosotros la Administración va a tener que pagar una buena indemnización a la familia. Pero es lo que hay, y algo le tengo que decir a la doctora.
  - Bueno, no te preocupes. Hoy en la comida voy a estar atento, y cuando le vea venir le echo la charla.-

Es la hora de la comida, y superviso como transcurre desde dentro de la línea de reparto. Antonio, un compañero, pasea entre las mesas. Veo a Serafín, que acaba de recoger su yogur, cambiar unas palabras con el interno de cocina que se lo ha dado. El interno niega con la cabeza y Serafín sigue su camino, visiblemente apesadumbrado. Salgo desde el interior de la zona de reparto al comedor, y le cierro el paso. Con su cabeza y cuerpo redondos, y su cara cubierta de pelo, Serafín parece un Don Pimpón de carne y hueso.

  - Hola Serafín.- Me sonríe estúpidamente, y me mira con ojos vacíos de expresión.
  - Hola, don.-
  - ¿Qué hablabas con el otro interno?.- Serafín mira tristemente el yogur que aún lleva en la mano.
  - Nada, don. Le pedía que me lo cambiara por unas natillas de las que le ha dado al resto de la gente.-
  - Pero tu sabes que no puedes tomar esas natillas, porque llevan azúcar- Serafín baja la mirada y que queda con los ojos fijos en el suelo.
   - Si.-
   - Y además sabes que no puedes andar cambiando tu postre por otro.- Serafín encoge los hombros. Su tristeza parece infinita.- Porque no es ninguna broma, ni un capricho nuestro. El azúcar es veneno para ti, y te podrías morir, ¿entiendes?.-
Serafín no se mueve, ni dice nada. Podría decir que es como reñirle a un niño pequeño, pero hay niños pequeños con problemas alimentarios que saben perfectamente qué es lo que les sienta mal, y ellos mismos evitan probarlo. Serafín no llega a ese nivel, ni sabe que contestarme. Esto no tiene ya sentido, así que doy por acabada la conversación.
   -Bueno, venga, vete ya a comer tranquilo. Haz lo que te de la gana.-
Antonio se ha ido acercando a ver de qué iba la charla, y ha llegado al final de la misma. Se queda mirando alejarse a Serafín.
- ¿Que ha pasado?- Me pregunta. Le cuento la conversación con la doctora. Antonio se queda pensando en el tema.

A los cinco minutos, vemos a Serafín dirigirse a la salida hacia el patio. De los bolsillos de su pantalón de chándal sobresalen al menos dos tarrinas de natillas.
Antonio sonríe de medio lado.
- ¿Hacemos una porra? Yo creo que a este muerto nos lo comemos nosotros.-
Paso de apostar con él. Sobre todo porque algo me dice que, efectivamente, nos lo vamos a comer.



  
  

lunes, 21 de noviembre de 2016

El coloso en mallas

02:30. Estamos haciendo la ronda de noche en la prisión. Desde el patio, el jefe de servicios pasea la luz de su linterna por las ventanas de las celdas, metódicamente y sin dejarse ni una. El haz circular se detiene enmarcando el vano de una de ellas, desde la que ondea una toalla puesta a secar. El Jefe echa sus cuentas, y resuelve:
-Eso es la celda 4, galería 10. Jaime y Jose, subiros a decirle al interno que quite eso de ahí ahora mismo.-
Nos ponemos en marcha. Si os preguntáis por qué hay que hacerlo, pues es porque lo ha ordenado el jefe. Y porque está prohibido tener cosas colgando en la ventana que impidan ver los barrotes. No vaya a ser que alguien los robe y no nos enteremos.
Bueno, pues allá vamos. Cogemos la llave de celdas, y empezamos a subir las escaleras con la conversación obligada:
- ¿Quien está en la 4-10?-
- Creo que Espalda Plateada,¿no?-
- Buenoooo... -
Espalda Plateada es un Nigeriano de 1'85, cuyos 180 kilos de peso se concentran a partes iguales entre hombro, pecho y culo. Vamos, que te lo encuentras en la niebla y te pones a buscar a la tenente Ripley. Pero no es mal tío, que coño, que si a las buenas personas se las reconociese por su aspecto para ser juez bastaría con pasar un reconocimiento en el oculista. Total, que llegamos a la celda, y miramos por la ventanilla de la puerta. En la penumbra, Espalda Plateada, duerme panza arriba apenas tapado por una sábana . Aporreamos la puerta. El interno empieza a moverse lentamente, hasta que levanta la cabeza, súbitamente alarmado.
- ¿Que... Que pasa!?
- Oye, quita esa toalla de la ventana, que eso no puede estar ahí.-
Pasan unos segundos mientras el hombre, medio dormido, procesa lo que le acabamos de ordenar. En la celda iluminada tan sólo por la luz de la luna, se levanta a cámara lenta. La sábana resbala, y veo que va vestido únicamente con una camiseta blanca. Algo hay que comentar aquí, y le digo a Jose:
- Tiene calor este,¿no?-
- Pues si... Porque se había acostado con pantis, y se los ha tenido que quitar-
Miro a Jose; - ¿Que pantis?-
- Esos que lleva a medio quitar, ¿no ves lo que le cuelga de la cintura?-
Parpadeo un par de veces. El interno ha retirado la toalla y se ha vuelto a tumbar.
-Ostia Jose, ¡que poco porno has visto, tío!
Emprendo el camino de vuelta. Jose se queda unos segundos parado, pensando en lo que le he dicho, antes de decir '¿Y eso a que viene ahora?' y empezar a andar detrás de mi.

jueves, 17 de noviembre de 2016

Hasta la cocina

  Durante muchos años estuve de encargado de la cocina de una prisión. A muchos compañeros es un destino que no les gusta; Su queja principal es que te pasas el día en una oficinilla tu solo, o con la compañía de un cocinero contratado como personal laboral. No te mueves, no te relacionas con los otros funcionarios... Supongo que hace unos años, cuando tenía un culo bastante más inquieto que el que tengo ahora, se me habría hecho insoportable. Pero a día de hoy la perspectiva de estar catorce horas sentado y viendo la tele me resulta mucho más seductora.
  Además de eso hay otros dos asuntos desagradables. El primero es que, se cocine lo que se cocine, tu ropa va a oler a caldo concentrado de carne, de ese que viene en cubitos. ¿Por que? Misterio. Tu entras a currar una tarde en la que solamente están preparando de cena ensalada y embutido, y acabas con un olor en el uniforme a sopicaldo que parece que en vez  de detergente le hubieses echado a la lavadora un sobre de sopa minestrone. Iker Jiménez, aquí hay tema.
  El otro asunto desagradable es que tus compañeros en la sala van a ser quince internos armados de cuchillos. Sí, a algunos os sorprenderá, pero para cocinar hacen falta cuchillos, por raro que parezca, y el hecho de que los internos deban necesariamente tener acceso a ellos es lo que determina la obligatoriedad de que haya siempre un funcionario en la cocina. Para controlar la entrega y recogida de los mismos.
  Porque para eso estudié una carrera, y una oposición de cincuenta y cinco temas, señores. Para estar toda mi jornada al lado de un cajón de seguridad lleno de utensilios de cocina. Y dentro de lo que cabe tampoco está tan mal. Un día me tocó estar de vigilancia en la culera* durante horas, esperando a que un interno al que habían señalado los perros antidroga a su regreso de un permiso, tuviese a bien expulsar la misma de su organismo. Una vez lo hizo, le sacamos rápidamente de la habitación y procedí con la mayor diligencia a remover lo que había expulsado con un palo, para intentar encontrar lo que fuera que hubiese ahí (generalmente bolas de costo envueltas en preservativos). No había nada, y casi mejor. Pero el pensamiento me atormentó el resto de la jornada. ¿Para esto tanto estudiar?.
  Claro que, si al niño de seis años que fui una vez le hubiesen dicho que se iba a ganar la vida de mayor tocando una caca con un palo, le habrían dado la alegría de su vida.



* Una culera es una celda habilitada expresamente para que los internos sospechosos de albergas algún objeto prohibido en el interior de su organismo, lo expulsen. Para ello están generalmente desprovistas de todo mobiliario excepto un retrete, y éste está conectado a una tubería que sale al exterior de la habitación y deposita el contenido en un desagüe equipado con un filtro, donde queda depositado el objeto en cuestión. Se observa al interno en todo momento mediante un espejo trucado, similar al de una sala de interrogatorio policial.




martes, 15 de noviembre de 2016

Crear tu realidad

  Si hay un lugar de un Centro Penitenciario donde tienes garantizado el ver personas fuera de lo común, ese lugar es la Jefatura de Servicios.
 
 Que noooo. Que sé que hay Jefes por aquí leyendo esto. Ese lugar, digo, es el módulo de enfermería.   En algunas cárceles modulares existen módulos específicos en los que se aloja a internos aquejados de enfermedades mentales graves. Porque en España no hay manicomios, sabéis. Aquí un delincuente intenta el truco ese de las películas yanquis  de 'me hago el loco para que me manden a un asilo y en unos meses estoy fuera', y acaba en un módulo psiquiátrico penitenciario. Y con un embudo en la cabeza y haciendo música experimental con la botella de anís del mono para integrarse y no dar la nota. Vaya que si.
  Pero bueno, esto es en las cárceles grandes, y no en todas, y sólo para pacientes psiquiátricos. Y sólo internos aquejados de dolencias muy, muy severas. En el resto de talegos de segunda fila de nuestro país hacemos lo que podemos con la parte que nos toca, y lo que podemos es  generalmente  meterlos con calzador en los módulos de enfermería, a los más graves, y a los demás dejarlos sueltos por el patio y reírles las gracias.

  En una ocasión estaba yo en la oficina de acceso a un patio, mirando a los internos mientras pensaba en otra cosa (ahí os he contado, en veintidós palabras, el noventa por ciento de mi jornada laboral. Tela.) cuando mi mirada se quedó fija, un poco sin querer, en un interno concreto. Supongo que me llamó la atención que fuese paseando muy despacio, cuando el resto de personas en el patio pasean de una pared a otra a ritmo muy vivo. También, que se detuviese cada cinco pasos para musitar unas palabras, y luego volviese a emprender la marcha.

  De funcionario de patio estaba mi compañero Francisco, el grandullón, que suele fijarse bastante en la gente, y que por supuesto ya se había dado cuenta del comportamiento de Ortega, que era el nombre del interno en cuestión. Ortega... bueno, Ortega es un hombre mayor, de baja estatura y gordo como una pelotita. Suele llevar bufanda y guantes de lana, y un gorro a juego en la cabeza. Supongo que para que no se le escapen los grillos. Porque hay muchos grillos ahí dentro.

  Francisco lo siguió unos minutos, a cierta distancia para que Ortega no se enterase, con el fin de enterarse un poco de qué iba el discurso. ¿Por cotillear?. Si. Pero también porque es nuestro trabajo. Imaginaos que el tipo está repitiendo como un mantra 'Soy el ángel de la muerte, soy el ángel de la muerte', y que de repente se lanza sobre un incauto y le corta la aorta de un bocado. Cosas así pasan. Y se trata de evitarlas.
  Así que en esas estaba mi compañero. Al cabo de unos minutos, dejó de seguirlo y, aprovechó que su caminar les había traído hasta cerca de mi cabina para acercarse hasta la puerta de la misma y tocar el timbre. Apreté el botón de la apertura electrónica mientras Ortega pasaba delante de mi ventanilla repitiendo mecánicamente 'Domingo... Domingo... Domingo...'.

  Francisco entró y vino hacia mí. Su sonrisa le daba a su cara pecosa un aire a niño pillo que te viene a contar un chiste.
  - ¿Que decía Ortega?- A Francisco se le escapó una risita.
  - Estaba enumerando días y diciendo lo que come en cada uno. 'Lunes...Arroz. No, no me gusta. Martes... Chuleta. No, no me gusta.'. Al final ha llegado al Domingo, ha dicho 'Domingo... Pollo. Sí, sí me gusta' y ya no se ha vuelto a parar.-
  - Así que pollo. Llámale tonto.-

  Ortega había seguido su camino hasta llegar a un tablón de anuncios atornillado en la pared del que colgaba un calendario. Lo miró unos instantes, lo descolgó y, provisto de un rotulador negro, procedió a tachar metódicamente los nombres de los días de la semana y recolocarlos de manera que el número del día corriente pasase a estar debajo de la columna domingo. Al acabar, se guardó el rotulador, enrolló el calendario, se lo colocó debajo del brazo y se situó ordenadamente en la fila para entrar al comedor.

  Francisco y yo nos miramos.
  - ¿Estamos pensando lo mismo?-
  - Pues no sé. Pero como le funcione, le cojo el calendario y se lo enseño al Jefe. A ver si cuela y  me puedo ir a mi casa.-





 

lunes, 14 de noviembre de 2016

Sensación de vivir II

Yo prestaba mucha atención a lo que decía Antúnez. No hablaba mucho, lo dije ayer, y no es que sus palabras fuesen perlas para enriquecer el intelecto. Pero su forma de hablar era muy particular. No se si os acordáis de Manuel Alexandre, un actor ya fallecido que hablaba un con ritmo vacilante, muy característico. Desde niño ha sido uno de mis actores españoles favoritos. Bueno, pues debido a sus temblores incontrolables, Antúnez hablaba igual.

Desde hacía varios días, Antúnez estaba más vivaracho, lo que en su caso quería decir que se animaba a ir a mear el sólo, y no se debía a la presencia de personal médico nuevo. De hecho, perdió un par de oportunidades de  perpetrar su broma del Actimel, y en su mirada se notaba que algo había hecho nacer en él una ilusión. Y un día, en que él estaba sentado en las escaleras de subida al módulo acompañado de otro interno, puse la oreja y me enteré de lo que pasaba.

- Yy ahoOoraA... Que me van a dar la libertaAaad... Me voy a ir a la capitaAal. A ttirarme en un baAanco y beber vino.-.
Bueno, pues eso era. Ahora, cuando ya llevo mucho años metido en este negocio, casi puedo decir que he visto de todo. Casi. Pero en aquel momento, la altura de las metas  que se puede llegar a proponer un ser humano tras años de privación de libertad, estuvo a punto de hacerme saltar las lágrimas.

Al día siguiente me fuí a mi tierra, a pasar doce días de libranza. Al volver a la cárcel recordé a Antúnez. En la puerta de su celda ya no estaba su nombre, señal de que ya lo habían puesto en libertad. Mientras tomaba un café con un compañero le comenté lo que le había oído decir aquel último día, porque la cosa me había hecho gracia. Pero en la cara de mi compañero lo que vi fue una leve sorpresa, seguida de una amarga sonrisa.
- Bueno, pues parece que iba en serio. A Antúnez lo encontraron muerto en un banco de la estación de autobuses, con un cartón de vino al lado, la mañana siguiente a su puesta en libertad. No consiguió llegar a la capital.-


Y es que Antúnez podría parecer un deshecho humano, pero al final resultó ser un hombre de palabra.

domingo, 13 de noviembre de 2016

Sensación de vivir

   Antúnez no lo habia tenido fácil en la vida. Había tenido que salir adelante solo, y cada kilómetro recorrido le habia costado el doble que a cualquiera de nosotros. Quizá por eso mismo, a sus cuarenta años su cuerpo no tenía nada que envidiar al de un octogenario. Si pudieses poner a Antúnez y a su padre uno al lado del otro, seguro que éste parecería mas joven. Pero Antúnez no había tenido nunca a su padre al lado. Ni a su madre tampoco.
   Criado en la calle, antes de los catorce ya manejaba la aguja de la jeringuilla con una soltura que sería la envidia de muchas lagarteranas. Aunque no sin fallos,claro. La perfección solo está al alcance de Dios, y los muchos nervios de las piernas que Antúnez se había pinchado en sus años de abusos le obligaban ahora a desplazarse apoyado en unas muletas cuando estaba solo, o en otros internos si estos tenían a bien permitírselo. Normalmente le dejaban, porque en el fondo Antúnez nunca hacía mal a nadie. Y porque no debía pesar más de treinta y cinco kilos.
   Tampoco tenía problemas Antúnez en encontrar un compañero en que apoyarse  por otros dos motivos, motivos que en la convivencia diaria tienen cierto peso; Antúnez era más de escuchar que de hablar. Y no gorroneaba tabaco. Estas dos características eran  consecuencia de su tremendo deterioro físico. Sufría de intensísimos temblores, y al haberse mordido la lengua ya varias veces mientras intentaba decir algo, tomó la decisión de hablar lo menos posible. Por el mismo motivo había dejado el tabaco. Porque los temblores de su cuerpo, cuando tenía el día malo, te podían hacer verlo hasta borroso. Pero sus manos, y sobre todo la derecha, parecían estar repartiendo las cartas de una baraja imaginaria, lo que le impedia sujetar un pitillo.
  Antúnez lo había tenido todo en contra en la vida, pero había aún una cosa que le ilusionaba. Mejor dicho, había dos.

   La primera era esperar al reparto de medicación matutino. Cada día a eso de las nueve, una ATS venía al módulo de enfermería a repartir a los internos sus medicinas diarias en una consulta preparada al efecto. Cuando la profesional en cuestión era nueva, y esto sucedía con cierta frecuencia porque la cárcel tenía concertadas unas prácticas con la escuela de enfermería, Antúnez sonreía de medio lado, y en vez de ponerse a la cola, se dirigía al economato. Allí, compraba un Actimel (nunca he visto a nadie disfrutar tanto del Actimel como a los yonquis. Quizá la empresa que los fabrica debería reconducir sus campañas publicitarias y olvidarse de las ancianitas) y se ponía pacientemente a la cola. Mientras esperaba, pedía a algún otro paciente que le abriese el Actimel, y lo sujetaba con mucho cuidadito en su mano izquierda, la que menos temblaba. Llegado su turno, entraba a la consulta y mientras la joven, desprevenida y sentada ante su mesa, consultaba el expediente médico de Antúnez, éste bajaba el Actimel a la altura de su cara, y lo cambiaba de mano.
El efecto, pues era mas o menos el mismo que cuando accionas el robot de cocina sin ponerle la tapa. La cara y la pechera del uniforme de la muchacha quedaban completamente salpicadas de un líquido blanco y cremoso. A Antúnez le brillaban salvajemente los ojos, soltaba una risotada, la única en días, y salía de la consulta lo más rápido de que era capaz. No fuese a ser que, aparte de gritos e insultos, recibiese también el impacto de un cenicero.

Recuerdo una vez haber acudido corriendo en una ocasión al oír los gritos, sin saber su causa, y cruzarme en sentido contrario a Antúnez. Por un instante, pude ver en su cara la alegría salvaje del niño que acaba de cometer una travesura.

Antunez tenía otra ilusión. Mañana os la cuento.

sábado, 12 de noviembre de 2016

Toma de contacto

   Hasta el funcionario más veterano recuerda como si fuera ayer la primera vez que entró en el patio de una prisión. Cada uno lo vive a su manera, supongo, pero en general se sienten un montón de emociones a la vez.  Hay curiosidad, porque vas a conocer el que va a ser tu lugar de trabajo durante el resto de tu vida. Hay miedo a lo desconocido, ansia por descubrir si lo que vas a encontrar tiene algo que ver con lo que te han contado o has visto por la tele. Un poco de nerviosismo, quizá, al no saber si estarás a la altura (me da hasta risa escribirlo así, estar a la altura, pero no se me ocurre otra manera de expresarlo), al pensar que quizá no soportarás el ambiente o no te verás capaz de enfrentarte a los internos, y suspenderás las prácticas. Aunque en el fondo, las prácticas no son tan duras. Tus compañeros y evaluadores tienen en cuenta el factor miedo, y para suspenderlas vas a tener que currártelo, amigo, y hace algo guapo. Como cagarte en el despacho del director. Pero eso, claro, en el momento no lo sabes. Entras al patio con la centrifugadora en el estómago, como un soldado paracaidista que duda ante su primer salto pero que sabe que por huevos va a saltar, porque si no salta él, lo tiran.

  Y saltas, y cuando aterrizas en el medio del patio, ves que muy poco de lo que hay ahí es como lo que sale en Prison Break. O al menos esa fue mi impresión. Allí estábamos casi treinta manzanillos*, todos juntos en un 'hall' mal iluminado. Acabando casi de ponernos el uniforme por primera vez y pensando que el de la Policía  es mucho más chulo pero, al menos, si nos echaban del curso ya teníamos ropa para meternos a chófer del AutoRes. Y repentinamente, los dos Jefes de Servicio que nos acompañaron durante las prácticas abrieron las puertas, la afilada luz de la mañana se nos clavó en los ojos impidiéndonos ver lo que nos esperaba en el exterior, y nos gritaron -'¡VAMOS, EN PAREJAS, A PASEAR AL PATIO!!!-

   Me agarré al compañero que tenía más cerca, sin siquiera mirarle a la cara, pensando que al menos habían tenido el detalle de no atarnos por una mano como en ´Gladiator´. Con lo que, si venían mal dadas, siempre podría salir pitando. Apreté los puños por si acaso, salí al exterior, y nada. Un campo con césped, una cancha de baloncesto. Gente en chándal paseando con ritmo vivo. Miré a mi compañero. Era Manuel, un chaval de un pueblo del Lugo profundo. Muy profundo. Un pueblo al que para llegar, en vez del coche de línea tienes que coger la máquina del tiempo. Tenía los ojos abiertos como platos, y la boca a juego. No salía de su asombro.

    Empezamos a pasear despacito, despacito. Mirando lentamente a un lado, a otro, a veces atrás, y veces arriba. No sé, igual creíamos que también hay internos voladores o algo. En próximas entradas  contaré lo que se suele ver en un patio normal. En esta ocasión, cuando acertamos a pasar al lado de dos internos de edad madura y que evidenciaban un largo bagaje penitenciario, uno nos miró a través del humo de su pitillo liado y , con las manos en los bolsillos y la chusta pegada al labio, habló, tanto para su socio como para nosotros; -¡Ya está aquí la nueva hornada de maricones y homosexuales que vienen a tocarnos los cojones!.-

  Miré a Manuel. Manuel seguía con los ojos abiertos como platos y la boca abierta. Algo había que hacer, estaba claro, pero era una situación nueva para la que no encontraba salida. Busqué en mi mente alguna referencia, y me salió James Bond. ¿Que haría James Bond en esta tesitura?. Bueno, pues me estiré, elevé la nariz, y le espeté con calma y estilo:
- Caballero, esa redundancia ha hecho que Cervantes se revuelva en su tumba.-

  El interno me miró, confuso. Era evidente que no hablábamos el mismo idioma. El que sí que lo hablaba era uno de los Jefes de Servicio, que apareció de improviso a su espalda.  Haciendo gala del 'savoir faire' que te proporcionan veinticinco años de servicio interior, posó con fuerza una mano en la nuca del interno, y apagó el sonido de la misma con un  'Vente p'acá' que no admitía réplica. Se lo llevó a unos metros de distancia, y aparentemente le hizo una oferta que no podía rechazar.
 El interno se acercó, y masculló una disculpa casi ininteligible con los ojos fijos en el suelo, mientras el Jefe de Servicios no le quitaba ojo. Cuando acabó de hablar, el Jefe me miró a mi.
  -¿Que vas a hacer?-
Tras unos instantes de duda, le dije al interno que esperaba que eso no se volviese a repetir, y que podía marcharse. Al Jefe se le pusieron los ojos del tamaño de dos tetas.
  -¿COOOOMOOO? ¡Ahora mismo le pides que te diga su nombre y elevas un parte!!.
Le pregunté al interno su nombre, me lo dio, y le indiqué que se fuera. Los ojos del Jefe ya habían vuelto a su estado normal, afortunadamente.
 - A mediodía quiero el parte encima de mi mesa. Y espero que incluya correctamente el número del artículo del Reglamento Penitenciario que ha infringido ese interno.-
Se fue tan rápido como había aparecido.

Miré a Manuel, y le pregunté si se acordaba del número del artículo. Manuel seguía con los ojos como platos y la boca abierta. Luego me enteré de que llevaba así dos meses, desde que había salido de su pueblo por primera vez para ir a Madrid  a hacer el cursillo de formación.
Supongo que será lo normal cuando para ir a la capital tienes que viajar al futuro.


* Manzanillo es el nombre que se da a los funcionarios novatos.






 




viernes, 11 de noviembre de 2016

Alternativas laborales

   Estar en el puesto de control de una prisión tiene sus pros y sus contras. Los contras son que, en días laborables y por las mañana, tienes bastante curro.  Estás a cargo del rastrillo de entrada a la prisión, y las cosa es que por paradójico que resulte, no para de entrar y salir gente. También estas a cargo de las alarmas, y aunque desde fuera podría parecer que el recinto de una prisión es un espacio desolado por el que ruedan libremente arbustos secos, un lunes por la mañana tiene más tránsito de vehículos que algunas calles de la ciudad. Todo este tránsito hace saltar las alarmas de movimiento, a no ser que estés alerta para desconectarlas en el momento preciso y volver a activarlas un vez que el vehículo ya ha pasado. En fin, que estás ocupado.


   Los pros son... Pues eso, que estás ocupado, con lo que las horas se te pasan mas rápido, y que en tu dependencia estás tu solo. Y cuando la alternativa a la soledad es estar rodeado de delincuentes y/o gente que se pasa la vida rodeada de delincuentes, es cuando la aprecias, la soledad, digo, en su justa medida. Mejor solo que mal acompañado.

   Así que ahí estaba yo. Entretenido con mil botones a la vez, cerrando y abriendo compuertas y activando y desactivando alarmas. Sintiéndome un poco como el organista de una iglesia pero sin nadie (por suerte) que pudiese apreciar mi arte, y muy relajado a pesar de lo que podría parecer. Porque cuando esto de los botones ya te sale de forma automática, la mente empieza a volar y entras como en una especie de trance. Hasta me estaba dando tiempo de hojear una de mis revistas favoritas, y ya sólo quedaba una hora para el relevo de mediodía. Bien.

   Y entonces, al apretar el botón que abre la reja exterior en repuesta al timbre que alguien había apretado desde el recinto, entró ella. Rocío era la nueva psicóloga del Centro Penitenciario. No tendría más de treinta años. Morena, con la piel muy clara y los ojos muy negros, si te la cruzases por la calle simplemente pensarías 'vaya, que chica mas guapa', y continuarías tu camino, quizá echando una fugaz mirada hacia atrás. Pero en este entorno en que nos movemos, en que ya simplemente el ver a una mujer hay que anotarlo en el libro de incidencias, amigo, Rocío destacaba como una polla pintarrajeada en un misal.

   La seguí con la mirada mientras se pasaba caminando garbosamente por delante de la cristalera ahumada que ocultaba el interior de mi oficina de las miradas del exterior. Calzaba unos tacones que darían entretenimiento a un fetichista con eyaculación precoz durante dos segundos, como mucho, y se desplazaba dando un gracioso saltito con cada paso que hacía destacar todo lo que tapaba su vestido estampado, que por cierto era muy corto y le quedaba muy bien. No sería una belleza de infarto, pero Rocío sabía sacarse partido. Siguió su camino... Y entonces, para mi sorpresa, en vez de girar hacia su derecha y entrar por la esclusa de acceso al interior de la prisión, giró a su izquierda y llamó a mi puerta.

   Apreté el botón que la abre eléctricamente. Rocío entró, se sentó en mi mesa, cruzó las piernas y me habló sonriente,como si nos conociéramos de toda la vida. 
   - Hola.- 
   - Hola.-
   - Creo que no nos conocemos, ¿no?. Soy Rocío, la nueva jurista.-
   - Encantado. Yo soy el funcionario de control.-
   - Nunca había entrado aquí. ¿Para que sirven todas esas pantallas?-. Durante unos minutos, interrumpidos frecuentemente por el ruido de alarmas y timbres, le expliqué por encima el funcionamiento de los sistemas. Rocío se pegó a mi. Olía muy bien, y no era su colonia, o al menos, no solo eso. Era su olor natural. 
   Un camión hizo sonar las alarmas, y dediqué unos segundos a resetearlas y activarlas de nuevo. Rocío aprovechó para coger la revista que tenía abierta ante mi.
   - Vaya... Parece que te gustan los coches viejos.-
   -Pues si.-
   -¡No me digas que ese coche tan bonito que hay en el aparcamiento es tuyo!.
Sonreí. -Si, lo es.-
   - Pues es precioso... Ya me llevarás a dar una vuelta!.
   - Claro. Cuando quieras.-. 
   Llegados a este punto, a muchos funcionarios novatos se les empezarían a acumular la gente en las puertas y las alarmas sin resetear, porque esta es una tarea para la que conviene tener la sangre en la cabeza y no en otras partes del cuerpo. Pero yo ya llevo en esto unos cuantos años, los suficientes como para saber que cuando una funcionaria de grupo A1 se sube a unos tacones de diez centímetros, no ve a nadie por debajo del cargo de subdirector. Rocío se había metido en mi oficina porque sabía que ahí no entra nadie, y quería escaquearse del trabajo la hora escasa que le quedaba para salir. Que si quieres hacerlo no te culpo, pero tampoco tienes que ponerme ojitos. Con que te sientes por ahí y no me des demasiado la lata me vale. 
   Así que yo seguí a lo mio y ella a siguió hojeando la revista, hasta que llegó a una página publicitaria en la que una retozona Blanca Suárez aparentaba estar deseando llevarse a algún pardillo al huerto, con el propósito de hacernos comprar ropa interior. Rocío me enseñó el anuncio.

   -¿Sabes que estuve a punto de ser modelo?-
   -Ah, ¿si?- Por los cojones ibas a ser modelo tú, pensé.
   - Si. Lo que pasa es que a mi padre no le hacía ninguna gracia, y me obligaron a acabar la carrera, y aquí estoy. Y ya tenía contrato con una agencia, pero tuve que dejarlo pasar.-
   -Vaya... A mi me pasó algo muy parecido. También iba a ser modelo.-
Rocío abrió los ojos, incrédula. -¿Si?.
   - Si. De ropa interior. Y ya tenía un contrato con Calvin Klein. Pero un día vi a una señora mayor al esperando en una parada de autobús, y al lado había un anuncio a tamaño natural de un maromo en gayumbos. Se veía que la pobre mujer no sabía a donde mirar sin sentirse violenta, y entonces pensé;   -'Fíjate, esa podría ser mi madre, y ese podría ser yo. Que mal trago iba a pasar la pobre, pensando en los cotilleos de la gente'. Así que me saqué la carrera, y aquí estoy. Igualito que tu.-
   Rocío me fulmina con la mirada, arruga su naricilla en un arrebatador gesto de enfado, y se baja de un saltito de mi mesa. - Bueno, me voy. Adiós.- Dice sin mirarme. Y sale por la puerta sin volver la vista atrás.  

  De nuevo solo, sonrío de medio lado en la oficina. Me parece que ese paseo en coche ha quedado aplazado indefinidamente.