viernes, 25 de mayo de 2018

Tráfico interno IV




La puerta de la Jefatura de Servicios, así que entré directamente. Sentado en su despacho, Jorge almorzaba un sandwich de pavo. Saqué el vibrador de la bolsa en la que había tenido la precaución de esconderlo, y lo posé ante él, en su mesa. Vertical y magnífico, erguido sobre su base.
 Jorge abrió un poco los ojos, en un gesto de contenida sorpresa, y me miró en silencio, mientras daba un bocado a su almuerzo y comenzaba a masticar.

- ¿Que hacemos con ésto, Jefe?.- Pregunté directamente. Jorge siguió masticando despacio, mientras observaba la 'herramienta' con aire pensativo. Finalmente, tragó el bocado de pan y pavo.
- Nada, espero. Al menos así en frío. Pero si empiezas con un besito...- Y me miró burlón.
No pude evitar reírme. La verdad es que mi pregunta no había sido la más adecuada. Moví una de las sillas del despacho y me senté ante él.
- Bueno, lo que quería preguntarte es si esto es un objeto prohibido.- Jorge posó su sándwich sobre una servilleta que, extendida en el plano de la mesa ante él, le servía de mantel. Meditó su contestación.
- Tanto como prohibido... No recomendado, en todo caso. O sea, yo no le recomendaría a nadie introducirse eso. Pero es una opinión mía. En en reglamento de régimen interior no me parece que ponga nada sobre este tipo de aparatos.-
- Supongo que no se les habría ocurrido pensar en esto cuando lo redactaron,- tercié- pero es un aparato electrónico.- Todo tipo de aparato electrónico es objeto de una especial atención dentro de las instituciones penitenciarias. Pero Jorge también tenía una respuesta para mi duda.
- Si, pero lo importante es, ¿sirve para conectarse con el exterior?.- Aquí estuve rápido.
- Lo veo más de conectarse en el interior.- Ambos sonreímos, y el Jefe continuó.
- Bueno, pues eso. Que para comunicarse con el exterior no sirve. Ni tiene radio, ni recibe internet, supongo.-
- Es que ya sería la hostia. Un centro de ocio integral, todo en uno. Me lo pido... Vamos, que no lo retenemos. Se lo devuelvo.- Jorge se encogió de hombros.
- Pues si... Qué remedio, chico. No sé.- Jorge dudaba. Algo rondaba por su cabeza, pero aún así comencé a guardar el aparato en la misma bolsa de plástico en la que lo había traído. Ya me había puesto en pié para irme, cuando Jorge finalmente soltó lo que se le había ocurrido.
- Tampoco creo que sirva para almacenaje de datos. ¿Has comprobado si tiene puerto USB?. Lo mismo es un disco duro camuflado.-
Mi cara debió resultar muy expresiva, porque Jorge pareció ruborizarse. De repente, su idea le debió parecer completamente estúpida.
- Hombre jefe, duro es. Pero no parece un disco. ¿Y para qué iba a servir un vibrador con USB?.- Jorge asintió. No parecía tener demasiado sentido.

 Abandoné la Jefatura de Servicios, con la esperanza de no encontrarme con ningún compañero en mi camino al departamento de ingresos. Las largas horas de tedio vigilando el patio o las cámaras de vigilancia convierten al funcionario de prisiones medio en un individuo ávido de estímulos, deseoso de encontrar algo, lo que sea, que lo saque de la rutina. Somos capaces de reírnos de cualquier memez, y lo único que hace falta para convertir una tarde de un domingo cualquiera en un festival del humor es,por ejemplo, un funcionario paseando con un cipote negro sujeto bajo la axila.

Pero en fin, tuve suerte. No me encontré con nadie, y al llegar a ingresos, Vanessa ya había terminado con el cacheo. El petate y la mochila de Rubirrosa estaban metidos en un viejo carrito de supermercado de los varios que utilizábamos para llevar cargas pequeñas de un módulo a otro. Metí el consolador en la mochila, sin sacarlo de la bolsa.
- ¿No se lo retenemos?.- preguntó, con cara de asombro.
- Si no lleva teléfono incorporado, no.- Contesté en plan casual. Vanessa pasó del asombro a la incredulidad. Era gracioso, una sorpresa más y los ojos se le caerían al suelo.
- ¿Hay cacharros de esos con teléfono incorporado?.- La pobre no daba crédito.
- No lo sé. Pero si algún día te encuentras uno, que sepas que es un objeto prohibido.- Indiqué a un ordenanza que guardase el carrito bajo llave, y salí del departamento.
 Vanessa se quedó dentro, rascándose la cabeza.




lunes, 21 de mayo de 2018

Tráfico interno III



  Serafín, el funcionario encargado de los ingresos, recibió a Rubirrosa en cuanto éste cruzó la puerta de entrada de la prisión. Siguiendo en procedimiento habitual, le tomó las huellas con el fin de identificarlo, y le solicitó que dejase todos los objetos prohibidos en el interior del Centro (móvil, dinero, joyas, pero también su documentación y sus llaves) en un sobre grande que se encargó de guardar. Después, lo hizo pasar a una habitación reservada, donde lo sometió a un cacheo con desnudo integral que, como era de esperar, no arrojó resultado alguno. Y, por último, lo acompañó hasta la 'culera', situada en el módulo de aislamiento de la prisión. Allí, puso a Rubirrosa bajo la tutela de Alejandro, el funcionario responsable del departamento aquel día, y regresó al departamento de ingresos.

 Para entonces, Vanessa y yo ya nos habíamos puesto manos a la obra con el cacheo.
 Rubirrosa había regresado de permiso con dos bultos. Uno era una pequeña mochila, que entregué a Vanessa, y otro el petate de color verde caqui que Instituciones Penitenciarias entrega a todos los internos a su ingreso en prisión. Vacié el petate encima de la mesa de cacheo, procurando que la ropa del interior no se desparramase demasiado. Porque  cachear un equipaje es una tarea ordenada y metódica, que a veces en las series de la tele sale el típico garrulo uniformado tirando prendas por el aire y eso parece Triqui en la fábrica de Fontaneda.  La realidad no es así. Además, la ropa que tires al suelo la tienes que recoger tú, que una cosa es cachear y otra putear a los internos.

 Bueno, el caso es que me puse frente a mi montoncito de ropa, me enfundé un par de guantes de látex,y le expliqué a Vanessa los truquillos del oficio. Que tampoco son tantos.
Coger la prenda que vayas a cachear con precaución, en un primer momento. Porque nunca sabes si va a haber escondida dentro una jeringuilla, o una cuchilla, y podrías cortarte.
Desdoblar todo con cuidado. Desenrollar calcetines y ropa interior. No dejar ningún bolsillo sin mirar, y para ello, procurar mirarlos siempre en un orden predeterminado.
Extender la ropa encima de una mesa, para poder pasar la mano por costuras y demás con el fin de notar objetos cosidos en su interior, y poca cosa más. Hice yo un par de prendas a modo de muestra, y después le entregué a Vanessa la mochila pequeña para que se encargase de ella, quedándome yo, que tenía más práctica e iba más rápido, con el batiburrillo de ropa que habíamos sacado del petate. Vanessa se situó a mi derecha, frente a una mesa de cacheo un poco más pequeña. Comenzó a abrir la cremallera de la mochila, bajé la vista para seguir con mi tarea, y entonces la oí gritar.

 Me giré a tiempo para ver cómo Vanessa soltaba la mochila, que hasta ese momento había sujetado en su mano izquierda, y cómo, de su mano derecha, caía un objeto negro y cilíndrico. Era del tamaño aproximado de una lata de bebida energética de esas que hacen ahora, más largas y estrechas, y desapareció debajo de un mueble archivador con un extraño rodar vacilante e irregular.

  - ¡PERO QUÉ PUTO ASCO, ME CAGO EN DIOS!.- Vanessa respiraba agitadamente, y las comisuras de sus labios, dobladas hacia abajo en una mueca de un profundo desagrado, casi tocaban la el borde inferior de su mandíbula. No la conocía mucho, pero si atendíamos a la cadenilla de oro con un crucifijo y una medalla de la virgen que colgaba de su cuello, tampoco debía ser la clase de persona que se caga en Dios hasta para pedir la hora.
 Al cabo de un instante, se apoyó con ambas manos en la mesa, y su respiración se fue regularizando. Estaba pálida. Me agaché para mirar bajo el archivador. En la oscuridad de debajo del mueble, entre bolas de pelusa, aquello, fuese lo que fuese, estaba tiritando. Agucé la vista, pero la cosa no se vio más clara. La verdad, no sabía que hacer.
Aún apoyada en la mesa, Vanessa por fin dejó de hacer ruido al respirar, y entonces lo oí. De la parte inferior del archivador salía una especie de ronroneo. Aquello estaba vivo. Faltaba averiguar qué era.

 En un primer momento, antes de oírlo ronronear, pensé en sacar el objeto misterioso de su escondrijo usando en palo de una escoba, pero el hecho de que aquello pudiese ser una especie de animal me llevó a reconsiderar mi plan. No me apetecía tener a una rata, o hurón, o lo que cojones fuera, corriendo asustado por la habitación, porque igual entonces el que se asustaba y se cagaba en Dios iba a ser yo. Y no quería dar esa imagen delante de una práctica, me dije a mi mismo. Aunque en el fondo, lo que no quería era llevarme el susto, las cosas como son.

 Miré a mi alrededor. Colgada de su cargador de pared, había una linterna de seguridad, de acero inoxidable, unos cuarenta centímetros de largo y no menos de dos kilos de peso. Servía tanto para dar luz como de porra, llegado el caso, aunque ese segundo uso era manifiestamente antirreglamentario. Antirreglamentario usarlo contra los internos, pensé. No contra 'eso', sea lo que sea. Así que saqué la linterna de su soporte, me volví a agachar, y conseguí echar algo de luz sobre aquel misterio.

 Por suerte, no era un ser vivo. Agazapado bajo el archivador, se ofreció a mi vista un consolador marrón muy oscuro, 'del color de la Coca-Cola', que cantaría Fito, y tamaño más que mediano. Estaba encendido, y de ahí provenían el retemblor y el zumbido que me habían asustado. Probablemente Vanessa lo había conectado sin querer al meter la mano en la mochila, y la sorpresa, y luego la repulsión, habían hecho el resto.

  Usé la linterna como ayuda para alcanzar el juguete sexual, que salió rodando por el lado izquierdo del mueble. Me puse en pie, dejé la linterna en su sitio, sacudí el polvo del suelo de mi uniforme y, por último, recogí el vibrador del suelo.
  Me giré hacia Vanessa. Su cara habían recuperado el color, pero el rictus de asco seguía exactamente igual. Levanté la mano derecha, en la que sujetaba orgulloso mi presa. Su cara de repugnancia se acentuó más aún , algo que no habría creído que pudiera ser posible.

 - Suelta eso. A saber donde habrá estado-, me dijo.

 - A saber donde NO ha estado-, respondí con un guiño, en un vano intento de quitarle hierro al asunto. Vanessa me fulminó con la mirada, así que decidí dejarlo ahí, tanto lo del humor, como el artefacto. Giré su base en sentido contrario a las agujas del reloj para apagarlo, y lo dejé sobre la mesa de cacheo.
Vanessa me miró, suspicaz. Me di cuenta de por qué. Había desconectado el cacharro sin necesidad de mirar cómo funcionaba, señal de que no era el primero que tenía en las manos. Y antes de que pudiera hacer ningún comentario ingenioso, decidí cambiar de tema.

 - Voy a llamar al Jefe a preguntarle qué hacemos con el chisme éste.- Y, guardando el vibrador en una bolsita de plástico, salí del cuarto de cacheos quitándome los guantes muy dignamente .

sábado, 5 de mayo de 2018

Tráfico Interno II



   Y Montenegro, aquel domingo, poco después del desayuno, cantó. No nos contó toda la historia, claro, porque en aquel momento nosotros ignorábamos que él era el segundo en discordia, y que lo que pretendía era deshacerse de su rival. Montenegro nos contó una historia en la que había, como en todas las buenas historias, un poco de verdad y un poco de mentira.

  La mentira era que nos contaba ésto porque no quería que, en un cacheo de la celda que compartía con Rubirrosa, nos encontrásemos con un alijo y tuviera que comerse el marrón él. Y las verdades, que Rubirrosa iba a pasar material. Que había escogido regresar de permiso un domingo de manera intencionada, y no cualquier domingo, sino ese domingo en concreto.
 Porque ese domingo, nos aclaró Montenegro, en la capital, que estaba a menos de una hora en coche, había un partido de fútbol de esos de máximo riesgo. Y Rubirrosa (y Montenegro, y cualquier interno en el Centro Penitenciario capaz de distinguir su culo de un vespino) sabía que, cuando se celebraban esos eventos, la Guardia Civil de todos los destacamentos limítrofes con la capital se llevaba sus perros antidroga para controlar los accesos al estadio. Y además, nos informó Montenegro por si no lo sabíamos, (que sí que lo sabíamos, como lo sabían todos los internos además de nosotros) todos los Guardias Civiles de servicio que no fuesen imprescindibles para mantener la vigilancia del perímetro de la prisión se habrían desplazado hasta Madrid para colaborar en el dispositivo de seguridad del encuentro. Por lo que, con casi total seguridad, no habría los efectivos suficientes como para montar una conducción que nos permitiese trasladar a Rubirrosa al hospital más cercano para sacarle unas radiografías.

 Porque, como nos aclaró Montenegro ya para finalizar, Rubirrosa pensaba pasar los huevos 'Kinder' de chocolate (que en realidad no eran huevos 'Kinder', sino los recipientes amarillos de plástico en los que éstos esconden el regalo sorpresa, y no eran de chocolate, claro, sino de hachís), pensaba pasarlos, digo, empetados. Metidos en el culo, vaya, remarcó. Por si, a pesar de todos los años de servicio que acumulábamos entre Jorge, el Jefe de Servicios, y yo, no teníamos claro un concepto tan básico. Lo teníamos, por supuesto. Muy a nuestro pesar, ya eran muchos años viendo a gente meterse y sacarse cosas varias del cuerpo.

 Finalmente, Montenegro dio por finalizada su confesión, y Jorge le envió de vuelta a su módulo, agradeciéndole su sincero interés en colaborar con la seguridad del centro. Que yo pensé que el interno se iba a tomar a mal el sarcasmo, porque había que estar anestesiado para no notarlo. Pero, para mi sorpresa, Montenegro se despidió sin comentar nada. Muy posiblemente sí que  estuviese anestesiado, o algo parecido.

 Jorge me miró. le devolví la mirada y me encogí de hombros, cediéndole la iniciativa. Para eso eres el jefe, pensé. Organiza el operativo.

 - Ya llamo yo a Serafín para que se encargue del 'pollo'. Tu vete a la oficina de ingresos y cuando llegue, le cacheas las pertenencias.- Decidió. Y, tras un instante de silencio, cuando ya me empezaba a girar para abandonar la oficina de Jefatura, añadió:
 - Y llévate a Vanessa, que vaya viendo cómo se hace un cacheo.- Asentí con la cabeza, y salí de la habitación.
 Había tenido suerte. Que me tocase cachear el petate del interno significaba que no iba a tener que quedarme a vigilarlo en la 'culera', la celda provista de un espejo de doble dirección en la que encerrábamos a los internos que venían 'cargados'. En ella, aparte de un bloque de hormigón sin aristas que sirve a modo de camastro, no hay absolutamente nada. Ni muebles, ni esquinas, ni siquiera fisuras en la pared. Ningún lugar en el que en interno encerrado en ella pueda ocultar lo que quiera que sea que está intentando pasar de contrabando.
 Bueno, sí que hay una cosa más, claro. Hay un retrete, y uno muy especial. Del lado de la celda es una taza normal, si bien que con la cisterna fuera de la habitación para evitar que alguien pudiera intentar ocultar algo en ella. Pero al otro lado de la pared, debajo del espejo bidireccional, la tubería que sale de la taza desemboca en un colector abierto, provisto de una rejilla para que todo aquello que pudiera haber sido expulsado en el retrete se quede ahí. Todo.

 Que te toque vigilar la 'culera' es un marrón, y perdonad por el chiste fácil, y librarme de ello me había alegrado la mañana. Recogí a Vanessa en el rastrillo de acceso de uno de los módulos, me hice con una caja de guantes de látex, y nos sentamos a esperar la llegada de Rubirrosa en la oficina de Ingresos. No se hizo esperar mucho.

miércoles, 2 de mayo de 2018

Tráfico interno



  Aquel domingo, porque era un domingo, y eso es importante, porque si no hubiera sido un domingo nos hubiéramos ahorrado todo lo que pasó después, me tocó cachear. Me acompañó Vanessa, y no porque realmente hubiese mucho que cachear, sino porque Vanessa era una joven funcionaria en prácticas y Jorge, el jefe de Servicios de guardia aquel domingo, decidió que era un buen momento para que un veterano como era yo le enseñase los dos o tres trucos del oficio. Los que que diferencian un cacheo competente de simplemente alborotar un petate. Porque era domingo, entre otras cosas, y había poco trabajo en la prisión y el Jefe podía permitirse el lujo de poner a dos funcionarios a hacer el trabajo de uno sólo.

  Y realmente no había mucho que cachear, pero era importante hacerlo, y hacerlo bien. O al menos que pareciese que lo habíamos hecho bien. Aquel domingo sólo regresaba un interno de permiso, porque los internos intentan conseguir que sus permisos acaben los lunes para disfrutar así del fin de semana. Pero, por supuesto, pueden solicitar disfrutar sus permisos en las fechas que crean conveniente. Y cuando Rubirrosa, que así era como se apellidaba el interno - y que es un apellido precioso, una paradoja en un hijo de puta como era él- solicitó salir a disfrutar su permiso de seis días el lunes para así incorporarse el domingo por la mañana, nadie en la Junta de Tratamiento hizo ninguna pregunta, y se lo concedieron sin más. Porque, en el fondo, tampoco había ningún motivo por el que no dárselo.

   Y no lo hubo hasta un par de horas antes  de que entrase por la puerta del Centro Penitenciario, a tiempo apenas para organizar su recepción. Montenegro, otro interno con un bonito apellido pero con un feo historial, solicitó una audiencia con el Jefe de Servicios aquel mismo domingo, justo después de desayunar. Y le contó muchas cosas sobre Rubirrosa, porque Montenegro no solo compartía módulo (el cinco) con él. También compartía nacionalidad (ambos eran dominicanos) y celda y se rumoreaba que, durante algún tiempo, incluso habían sido compañeros de cama.
   Aunque, por encima de todo lo que les unía, que era mucho, había algo que les separaba. Algo importante, que había acabado propiciando que su bonita relación de amistad (y algo más, se rumoreaba) derivase en un enfrentamiento abierto.
Ambos intentaban dominar el  mercado del hachís dentro del patio del módulo 5, que era como decir de todo el talego , porque los otros departamentos eran pequeños y dependían del 5, el principal.

En un principio llevaban el negocio juntos. Montenegro estaba autorizado a salir de permiso en ocasiones, pero Rubirrosa no. Montenegro, así, se encargaba de meter el material, y Rubirrosa de distribuirlo por la prisión y cobrar las deudas. El equipo funcionó a la perfección casi un año, hasta que Rubirrosa pasó a conseguir salir a su vez de permiso, y se dio cuenta de que no necesitaba a Montenegro para nada. Al menos, para nada 'profesional'.
Y así, tras salir de permiso un par de veces, Rubirrosa se había hecho con sus propios contactos en el exterior, y había empezado a pasar su propio material. Montenegro no se había quedado atrás, encargándose a su vez de vender su propia mercancía, y poco a poco, gracias al exceso de oferta, el módulo 5, y toda la prisión con él, se había impregnado de un dulzón olor a zoco (o a instituto, que yo en un zoco pocas veces he estado, pero en un instituto sí. Y en aquellos días, un paseo por el patio del 5 era para mí un viaje por la memoria de mi juventud).

  No hace falta decir que al Director del Centro aquello no le estaba haciendo gracia, y en la frecuencia de los cacheos en las celdas y a internos al azar había aumentado exponencialmente. Pero más allá de unos cuantos porros incautados, y un par de 'pinchos' que detectamos como efecto colateral, la cosa había dado poco resultado. Necesitábamos un chivatazo. Y el chivatazo llegó, como siempre, de manos del único que está siempre descontento cuando la venta de drogas en el patio está funcionando bien.
El camello beta. El aspirante.


lunes, 16 de abril de 2018

Rabia II



  El interno dejó de balancearse un momento, y el ruido de fricción que acompañaba sus movimientos se detuvo con él. Empezaba a hacer calor.
  Dejó en el suelo un trozo de plástico blanco que sujetaba en su mano izquierda, y se sacó la chaqueta de chándal. Una chaqueta de un célebre colegio católico de Madrid, de talla infantil, que le había proporcionado la administración del Centro Penitenciario con la colaboración de una ONG. Como se hacía y se hace con todos los internos insolventes.
 Volvió a ponerse en cuclillas y recogió la pieza de plástico blanco que había dejado hacía un instante. Apoyó uno de sus extremos contra el cemento abrasivo del suelo, como se apoyaría una espátula contra una superficie a raspar, y comenzó a mecerse de nuevo. El ruido de rozamiento se reanudó también, monótono. Con cada movimiento el mango de escobilla del retrete, pues eso es lo que era, se iba limando y puliendo, hasta convertirse en un estilete de más de veinticinco centímetros de largo.

 La mayoría de internos se conforman con fabricar punzones, o pequeños cuchillos. Son armas disuasorias, principalmente con una finalidad preventiva (tienes menos posibilidades de ser agredido si vas 'empalmado'). Llegado el caso, también sirven para defenderse en caso de ataque, o para dar un 'aviso' a un acreedor. Un pinchacito.
 Pero pocas veces alcanzan el tamaño de lo que estaba fabricando José Tenorio. Porque José Tenorio, en el fondo, tampoco quería disuadir a nadie de nada. Ni dar pinchacitos.

 Poco a poco, José fue enterrando de nuevo su cabeza entre las rodillas, sumergiéndose en sus recuerdos. Volvió al barrio de chabolas de Puertollano, de donde un joven sacerdote lo había recogido para enseñarle a leer y escribir, en unas clases que supuestamente eran de catequesis pero que habían acabado siendo una campaña de alfabetización. Allí había aprendido las operaciones de cálculo básicas, también. Y que era zurdo.
 Guardaba buen recuerdo de las clases. El cura era amable, todo el mundo se trataba con respeto. Y le daban la merienda. Pero eso también terminó. Y como las demás veces, sin que él tuviera la culpa de nada. Bueno, esta vez un poco sí.

 Una tarde coincidió en la clases de la parroquia con uno de los niños de la chabola adyacente a la suya. Era dos o tres años más joven que el pero, como la mayoría de niños, ya era bastante más alto. Y como todos los niños, y muchos adultos, cometió el error de subestimar a un adversario tan sólo por su tamaño.
  Comenzó insultando a su madre. Pero eso no le afectó. Sabía lo que era su madre, pero no le importaba, porque ella tampoco le importaba. Luego siguió metiéndose con su baja estatura. Eso ya le molestó más. Pero era algo que a sus catorce años empezaba a asumir, así que respiró hondo para calmarse, y a punto estuvo de conseguir que el halo rojo que empezaba a velar su mirada se desvaneciese.
 Entonces, el muchacho (el niño, que apenas tendría once años) se acordó de la hermana de José, y de cómo había desaparecido. Y la comparó con su madre. Y le dijo que se había marchado para no verlo más. Y lo empujó.Y entonces José, que no soportaba el contacto físico, lo vio todo rojo de nuevo, y lo último que recordaba antes de recobrar la cordura en el asiento de atrás del coche patrulla era a él saltando, agarrando al otro muchacho por la cabeza. Y el sabor metálico y salvaje de su sangre cuando le mordió en la mejilla.
 La siguiente vez, y última, que vio a aquel infeliz fue en el Juzgado de Menores de Ciudad Real. Los médicos habían hecho lo que habían podido, pero a su mejilla derecha le faltaba bastante carne, y cada vez que cerraba el ojo derecho su boca se estiraba en una especie de horrible media sonrisa. José no se sentía orgulloso de lo que había hecho. Pero al verlo, al darse cuenta del daño que podía causar  a aquellos que intentaban hacerle daño, por primera vez en su vida se sintió poderoso.

Y a partir de aquel día, ya no soportó los golpes ni los insultos de nadie.

Un par de años después abandonó el reformatorio y volvió a Puertollano. Su madre ya no estaba, y las chabolas habían sido arrasadas para dejar espacio a los nuevos barrios en desarrollo. Sin tener a donde ir, José Tenorio empezó una carrera delictiva como adulto que le hizo entrar y salir de la cárcel con la soltura con la que otros entran y salen de los locales de una zona de copas.  Y  unos cuantos años, varias decenas de robos y dos homicidios después (uno de ellos estando en prisión), se encontraba cumpliendo condena en el  módulo de primer grado de un Centro Penitenciario del sur de Aragón cuando el jefe de Servicios que estaba de guardia aquel día le hizo llamar a su despacho.

 El Jefe de Servicios le hizo sentarse frente a él, y con voz grave y cara de circunstancias le informó de la muerte de su madre. Y le dio el pésame. José Tenorio no supo qué decir.
 La última vez que había pensado en su madre había sido hacía varios años cuando, tras un reconocimiento médico completo en un Centro Penitenciario de Cantabria, una joven doctora le había preguntado por qué sus padres no le habían tratado de su enfermedad. Ante la sorpresa de ambos (José no sabía de qué le estaban hablando, y la doctora no podía creer que nadie se lo hubiera dicho antes), la joven había acabado por explicarle que su corta estatura no se debía a los genes, y que no era un enano, sino que sufría una simple deficiencia en la hormona del crecimiento. Algo perfectamente tratable y cubierto por la Seguridad Social, que de haber sido corregido a tiempo, le habría permitido disfrutar de una estatura normal.
 José recordó en aquel momento todas las veces que le habían llamado enano. Las veces que alguna chica que le gustaba lo había rechazado porque no quería pasear al lado de alguien a quien le sacaba una cabeza de estatura. Las veces, también, que habían intentado abusar de él en prisión aquellos que no veían en él más que una víctima fácil, y habían acabado por descubrir que era más sencillo y placentero follar con un escorpión antes que con José Tenorio. Y todo se juntó a la vez, y vio a su madre delante de él. A aquella hija de puta que ni siquiera se había molestado en darle un tratamiento que le permitiera ser una persona normal y no un niño de treinta años. Y empezó a verlo todo rojo, y la joven doctora  estuvo a punto de pagar unos platos que no había roto ella. Pero tuvo suerte, y un fornido interno ordenanza de enfermería, un asturiano que había sido feriante, había conseguido reducir a José antes de que le rompiese la tráquea a la doctora, por el expeditivo método de golpearlo en la nuca con un orinal de cama metálico.

  El Jefe de servicios le había sacado de sus recuerdos al mencionar algo de un permiso. Que por lo visto le concedían, si lo quería, un permiso extraordinario para acudir al entierro de su madre. Estuvo a punto de decir que no, porque lo cierto es que no le veía ningún sentido a aquello. Pero llevaba años sin salir de aquel centro, y en el fondo, cuando tu vida es sólo monotonía, cualquier cambio se agradece.

 Y así era como José Tenorio había acabado en aquel patio de una prisión de Madrid. Solo, como a él le gustaba estar. Recordando su vida, porque sus recuerdos, aunque amargos, eran lo único que tenía. Hacía unos minutos, el funcionario del módulo de ingresos le había informado de que en unos minutos, en cuanto acabasen de registrar a un interno recién llegado, el mismo furgón celular que había traído a éste le conduciría hasta Puertollano para asistir al funeral de su madre.

 Su madre. 'Hija de puta', pensó, mientras el velo rojo comenzaba a nublar su mirada y su entendimiento, y apretó con fuerza la mano izquierda, con la que asía la escobilla convertida en arma letal. 'Relájate', pensó, cerrando los ojos. 'Respira hondo'.

Un cambio en la luz le puso alerta. Algo se había interpuesto entre él y el sol, tapándole la luz. No algo, alguien. Había alguien más en el patio, probablemente el interno que acababa de llegar en la conducción. José se puso nervioso, por la compañía, y por no haber sido capaz de detectarla antes de tenerla al lado. El velo rojo empezó a caer de nuevo, y pese a sus intentos de calmarse, José sintió que estaba empezando a perder el control. Su nuevo compañero rompió el silencio.

  - Eh, subnormal. Dame tu tabaco.-

Y entonces, José notó una patadita en su tobillo. Y como le dijo luego al juez, a partir de ahí, ya no recordaba nada más.















domingo, 15 de abril de 2018

Rabia



 Sólo, en una esquina del patio vacío, un interno en cuclillas se balanceaba ritmicamente a los acordes de una música que sólo sonaba en su cabeza. Con la cabeza enterrada entre sus rodillas, ocultando su cara, su ropa deportiva y su pequeña estatura podían llevar a creer que estábamos frente a un niño tímido. Pero no era un niño, porque jamás un niño se había paseado por entre los muros de aquel Centro Penitenciario.

Tampoco era tímido.

 Se llamaba José Tenorio, y era de Puertollano, Ciudad Real. Él mismo lo anunciaba con orgullo a cualquiera que le prestase oído, como si ser de Puertollano, Ciudad Real, o de cualquier otra parte, fuese en sí mismo algo de lo que sentirse orgulloso. Aunque quizá, también, más que de orgullo fuese una cuestión de nostalgia. Después de cumplir los catorce años, que celebró entrando en un reformatorio, José Tenorio había pisado Puertollano en muy contadas ocasiones, y el mencionar con tanta frecuencia de donde era tal vez fuese para él una manera de estar más cerca de su ciudad natal, de su familia y de sus recuerdos.
  Unos recuerdos que cualquiera hubiese preferido dejar atrás, pero que José Tenorio evocaba una y otra vez. Porque la patria de un hombre es su infancia. O porque, aparte de sus recuerdos, no tenía nada más.

 Había nacido en una familia miserable, en un barrio de chabolas. Desde muy niño su madre, decepcionada por la escasa talla de su primer hijo varón, le había tomado como blanco de todo tipo de pullas, y de golpes también. Como si a base de insultos y palizas fuese a agilizar su crecimiento. No había funcionado, claro. José Tenorio tenía de adulto la estatura de un niño de once años. Pero aquellas palizas sí habían conseguido hacer crecer algo. Algo dentro de él.

Su padre, un ecléctico buscavidas que compaginaba con soltura las chapuzas del andamio con la delincuencia a pequeña escala, la mayor parte del tiempo no estaba, y no se le esperaba el resto. A veces aparecía por la chabola, si, derrochando canciones y alegría, hasta que se quedaba dormido en cualquier rincón vencido por el alcohol.
  Pero era un tipo simpático, al que José Tenorio recordaba con cariño, aunque sólo fuese porque nunca había tenido una mala palabra hacia él y porque una vez, quizá la única, que lo recordaba sereno, se había interpuesto entre él y su madre para evitar una de las frecuentes palizas a las que ella lo sometía. Y lo había conseguido, recordó José con una amarga sonrisa, la primera y la última que se iba a asomar a su cara aquel día. Bueno, su padre lo había conseguido a medias. La paliza acabó llevándosela él. Menuda era su madre, recordó. Y al hacerlo, su rítmico balanceo adquirió más viveza.

  Un día, cuando José Tenorio tendría unos nueve o diez años (no lo sabía con certeza, y no porque le fallase la memoria, sino porque sus padres lo habían inscrito en el registro cundo se habían acordado de que había que hacerlo, y para aquellas ya no era un niño de pecho), una pareja de la Guardia Civil se presentó a la puerta del chamizo en el que vivían, y les notificó que habían encontrado el cadáver de su padre en un camino rural, víctima de un atropello con fuga. José no recordaba si su madre o sus hermanos habían llorado, pero sí recordaba una cosa: En aquel momento, al saber de la muerte de su padre, había sufrido el primero de los incontrolables ataques de rabia que luego, por desgracia, habían resultado tan frecuentes en él.
 Todos comenzaban de la misma manera. De repente, y ante cualquier amenaza externa, o a veces simplemente ante un recuerdo desagradable o una mala noticia, un velo rojo de sangre cubría su mirada. A partir de ese momento, José ya no era responsable de sus actos. Podía no pasar nada, las menos de las veces. O podía pasar de todo.
 Aquel día, de niño en la chabola, el velo rojo le hizo darse de cabezazos contra el marco de una puerta hasta que se quedó inconsciente. Se despertó en la sala de urgencias del hospital, rodeado por su hermana mayor, María, de trece años de edad, y por uno de los números de la pareja de la Guardia Civil, que se había quedado a acompañarlo mientras el otro conducía a su madre hasta el tanatorio.

José recordó a su padre, atropellado como un perro por un conductor al que jamás se llegó a encontrar. Y siguió balanceándose, con su mano derecha rozando contra el suelo de cemento.

Después de aquello su madre, libre ya del borrachín de su marido, comenzó a llevar hombres a la chabola. Ya lo había hecho anteriormente, porque tampoco es que el padre de José la sometiese a un control estricto. Pero mantenía un cierta cautela. Ahora, necesitada además de una fuente de ingresos, rara era la noche que uno o más desconocidos no atravesaban la sala de estar del chamizo camino del dormitorio principal.
 Su hermana María lo sacaba  entonces a jugar a la calle, un poco para evitarle el tener que escuchar los sonidos del dormitorio que la manta colgada de la puerta a modo de cortina apenas amortiguaba. Y un poco también, o un mucho, para zafarse de las miradas de los clientes de su madre, que en más de una ocasión le habían hecho ya proposiciones.
José recordaba aquellos momentos con mucho cariño. Jugaban al truco, o a las canicas, y cuando José miraba a los ojos de su hermana, por un  ratito se sentía el niño más querido del mundo.

 Y luego, un día, su hermana dejó de estar ahí, y José ya no se sintió querido nunca más.

Nunca llegó a a saber qué le había pasado a su hermana. Suponía que se había hartado de aguantar a su madre y a sus acompañantes y que así, poco después de cumplir los quince años, un buen, o un mal día, María y sus cosas desaparecieron. Seguramente se habría marchado a otra ciudad, a empezar una vida lejos de toda aquella miseria. Eso era lo que José suponía, y deseaba con todas sus fuerzas que le hubiera ido bien. Porque también había la posibilidad de que no le hubiera ido bien. De que no hubiese desaparecido por propia voluntad, y la verdad es que, pensándolo fríamente, a una quinceañera bonita como era su hermana, en una casa frecuentada por hombres como los clientes de su madre, podían haberle pasado muchas cosas.

 Pero José estaba convencido de que su hermana María vivía feliz, en una gran ciudad junto al mar. Porque sí. Porque era lo que le gustaba pensar. Y porque, las veces en que la duda se abría ante él como un abismo, el velo rojo empezaba a cubrir sus ojos de nuevo. Y entonces tenía que respirar profundamente. Calmarse.

Y recordar a su hermana, morena y sonriente, como cuando él era un chiquillo y ella lo sacaba a jugar a las canicas a la calle frente a su chabola.






lunes, 19 de marzo de 2018

Narco XIII



  Jaramillo pasó casi toda la noche sin dormir, entregado a su misión. Rasgó un par de sábanas en tiras finas, sin que el ruido que produjo pareciese importunar en la más mínimo a su hierático compañero de celda.
  El Mahou permaneció sentado al borde de su cama, en lo que era su posición de día, hasta la una de la madrugada aproximadamente. A esa hora, Jaramillo se tomó una pausa para ir al servicio, y al volver se lo encontró ya tumbado en la cama y con los ojos abiertos. Su posición de noche.

 Una vez hubo rasgado las sábanas en tilas longitudinales de unos cinco centímetros de ancho, procedió a trenzarlas. Había aprendido a hacerlo peinando a su novia en Cali, Martiza... Que posiblemente ya no lo sería, después de tanto tiempo sin saber de él, pensó, y se sorprendió de no albergar ningún tipo de sentimiento ante la idea. Ni tristeza, ni dolor. La cárcel y sus peligros ocupaban su mente por completo desde hacía semanas, y Jaramillo notó que, poco a poco, el talego se estaba introduciendo dentro de él de una manera que no había llegado a sospechar. Anulando los sentimientos positivos, haciéndole olvidar el exterior. Eso debía ser a lo que se referían los internos veteranos cuando repetían como un mantra una frase que ya él también había aprendido de memoria, 'que seas tú el que pase por la cárcel y no la cárcel la que pase por tí'.

  Jaramillo abrió los ojos, sobresaltado. El taconeo de unas botas en el pasillo de la galería lo había despertado. Eso quería decir dos cosas: La primera, que era la hora de la ronda, en torno a las dos y media de la madrugada. La segunda, que se había quedado dormido e iba a tener que apurar para recuperar el tiempo perdido. Continuó con su tarea de trenzado, y al filo de las seis había rematado su obra.
  Una cuerda, o algo semejante, de tela blanca entrecruzada. Con el grosor aproximado de un palo de escoba, y casi tres metros de largo, parecía más que suficiente para llevar a cabo su plan. Pero había que probarla primero, claro.
 Jaramillo acercó la mesita de estudio a la pared de la celda orientada al exterior, justo debajo de la única ventana, y se puso en pie sobre ella. A unos dos metros sobre el suelo, la pared de piedra se inclinaba hacia afuera en un ángulo de cuarenta y cinco grados durante casi cincuenta centímetros, terminando en la reja de acero que impedía salir por la abertura. Jaramillo ató la cuerda al travesaño horizontal inferior del enrejado y, agarrándose a ella, se echó hacia atrás, inclinándose en diagonal. La maroma artesanal pareció aguantar su peso sin problemas.
 Jaramillo la desató y bajó de la mesa, pero sin mover esta última de debajo de la ventana. Sentado en el borde de la cama, Jaramillo ató en forma de lazo corredizo uno de los extremos de la cuerda y apretó el nudo con fuerza. Luego, volvió a subir a la mesa con la cuerda y aseguró el otro extremo a la reja, con un par de fuertes nudos. Dejó algo menos un metro de distancia entre el nudo de  la reja y el corredizo. Suficiente para que ésta recorriese el medio metro del abocinado de la ventana, y que no quedase demasiado recorrido de caída. Ni poco ni mucho; el justo para lo que  pretendía hacer. Luego, bajó por segunda vez de la mesa, y se tumbó en la cama a contemplar su obra  a la luz de la noche que se filtraba por la ventana. Y se quedó dormido, una vez más.

Exactamente a las siete y cuarto de la mañana, don Blas, el funcionario, apretó el botón que accionaba la sirena del módulo, dando el toque de diana. Luego se levantó de su silla y sus articulaciones, inmóviles desde hacía un par de horas, crujieron casi más que la silla en la que había plantado sus ciento y pico  kilos.
Estaba de mal humor, como siempre, pero un poquito peor. La acidez de estómago no le había permitido pegar ojo, la incomodidad de la silla había pasado factura a sus riñones, y el haber estado varias horas doblado como una alcayata le había provocado un bloqueo intestinal. Iba a ser un día de mierda, en más de un sentido. Se apoyó sobre la mesa de la oficina, y buscó sus gafas. No las encontró. 'Fijo que me las he dejado en el baño', pensó. La idea de ir a recuperarlas y de paso sentarse allí unos buenos veinte minutos para soltar lastre lo sedujo, pero lo primero era lo primero. Había que abrir las celdas, para que el compañero que entrase a relevarlo hiciese el recuento más rápido. Don Blas cogió el manojo de llaves del cajón  de la mesa, y salió de la oficina camino a la galería. En cuanto llegó a ella, abrió la verja y entró al pasillo de celdas.

 Jaramillo se despertó, sobresaltado por la sirena de diana. Había que darse prisa, o lo pillaría el toro.
 Pudo oír al funcionario de guardia abrir la cancela de acceso a la galería mientras se subía  a la mesita auxiliar, y cruzó mentalmente los dedos. Lo habitual era que el funcionario empezase el recuento por las celdas de la derecha, pero, si ese preciso día, en ese momento, decidía hacerlo por la izquierda, todo se iría al garete. De pie sobre la mesita, Jaramillo encogió involuntariamente los hombros mientras se pasaba la soga por la cabeza.
Fuera, en el pasillo, don Blas abrió la primera celda de la derecha de la galería, como hacía siempre. Como llevaba haciendo treinta años ya.
Jaramillo respiró aliviado. Estiró hacia arriba y al frente los brazos, agarrándose a la verja de la ventana, e hizo fuerza hacia arriba, a la vez que empujaba con los pies la mesita. El mueble auxiliar cayó hacia un lado, y Jaramillo se quedó colgando en el aire, agarrado fuertemente a la verja con sus brazos doblados, la cabeza a la altura de las manos, y la cuerda colgando flácida, apoyada en la pared inclinada. No podría aguantar mucho en aquella postura, pero es que no iba a tener que aguantar mucho.

 El funcionario ya iba por la cuarta celda de la derecha, había contado Jaramillo. Luego iba la quinta, los dos segundos que tardaría en cruzar el pasillo de una pared a otra, y  a contar cuatro celdas más.
En cuanto oyese al funcionario abrir la cuarta celda, la contigua a la suya, Jaramillo se soltaría. Con cuidado. Porque no era cuestión de romperse el cuello, simplemente se trataba de que el funcionario creyese que se había colgado, lo sujetase para soltarlo, y a partir de ahí... Como mínimo, se quedaría en enfermería una temporada más, aunque lo más probable era que lo trasladasen lejos de aquel centro miserable.
 No había nada que perder, y el funcionario ya iba por la segunda puerta de la izquierda. Jaramillo escuchó cómo abría la tercera, Y se preparó para soltarse en cuanto oyese la cuarta. Cerró los ojos, encogió involuntariamente el cuello...

 Don Blas abrió la tercera celda de la izquierda de la galería, y estaba a punto de abrir la cuarta cuando recordó que, como le había informado el compañero que había hecho el servicio de tarde, el interno de aquella celda había sufrido una especie de ataque o sobredosis de algo, y se lo habían llevado al hospital. Así que se la saltó, y abrió la quinta. Lo que se encontró allí no le alegró el día.
 Su vista había ido a menos con los años y las gafas se las había dejado - probablemente- en el baño. Pero no había que ser un águila para darse cuenta de que aquel gilipollas, retrepado en la ventana, estaba intentando fugarse.
 Don Blas atravesó la celda con una agilidad sorprendente en un hombre de su edad y envergadura y, antes de que Jaramillo pudiese darse cuenta de lo que estaba pasando, el funcionario se abrazó con fuerza a su cintura y tiró hacia abajo, cargando todos y cada uno de los cien kilos largos de su anatomía, y alivió parte de su rabia con un grito.
- ¡¡¡¿A donde vas tú, hijo de puta?!!!.-

 Jaramillo, que apenas podía mantener su propio peso después de casi un minuto colgando de la pared, se desplomó bajo el peso de don Blas como una persiana cuando se le rompe la cinta. Sintió un crujido muy feo en el cuello, y entonces todo se puso negro, y no sintió nada más.


.................................................................................................................................................................



Colgado de la cintura de Jaramillo, don Blas dio un par de tirones. Aquello era muy raro. Primero porque el tipo no se había soltado, y él se sabía lo bastante pesado como para haberle forzado a soltarse, y segundo porque había notado perfectamente cómo el cuerpo del interno, que primero estaba tenso, súbitamente parecía blando. Inerte. Don Blas lo soltó con cuidado, y no necesitó ver la soga. En cuanto aquel cuerpo muerto no cayó al suelo, don Blas se dio cuenta de lo que pasaba, porque ya lo había visto más veces.

 Corrió a la oficina, pulsó el botón de llamada antisecuestro, hizo una llamada general por radio, y a partir de ahí todo fue muy rápido. Vinieron varios compañeros, descolgaron a Jaramillo, y contra todo pronóstico, comprobaron que seguía con vida. Aquello alivió a don Blas, que había pasado los últimos minutos en el servicio de funcionarios, súbitamente curado de su estreñimiento. Así que, de alguna manera, se alivió dos veces.

En menos de media hora, Jaramillo estaba en el hospital. Pasó allí varios días, volvió a ver a la traumatóloga que tan amable había sido con él en su visita anterior y tuvo ocasión de comprobar que, efectivamente, olía muy bien. La doctora le informó de que había sufrido una luxación cervical, que no le dejaría secuelas una vez curada. Pasó unos días muy buenos allí, encamado, y sólo  volvió al centro penitenciario a recoger sus escasas pertenencias de camino a su nuevo centro de destino.

 Encerrado en la pequeña celda del 'canguro' que lo conducía a su nuevo centro de destino, Jaramillo no se hacía muchas ilusiones. Las cárceles de cumplimiento no eran el lugar que él había imaginado sería y, quién lo iba a pensar, estaban trufadas de delincuentes peligrosos. Quizá lo mejor a partir de ahora sería adoptar un perfil bajo. Aceptar un trabajillo, pasar desapercibido en el patio. Quizá sí, eso sería lo mejor.

 Tras varias horas de viaje, el 'canguro' se detuvo. Jaramillo pudo escuchar el gemido de un portalón metálico al abrirse, y luego el 'canguro' rodó unos metros más, hasta detenerse y pagar el motor. Habían llegado. Faltaba saber a dónde.

 El ritual se repitió una vez más. Sacaron a jaramillo del vehículo, que en esos momentos estaba en una especie de cochera, y lo pasaron a una oficina donde un funcionario de prisiones le pidió que extendiese su mano derecha. Agarró su pulgar, lo pasó por una especie de impresora negra con un lector óptico -el SIA- , y su ficha informatizada pasó de indicar 'en tránsito' a 'presente'.
 Se firmaron papeles, los Guardias Civiles se fueron, y el funcionario de prisiones, un tipo bajito y renegrido, lo condujo al patio del módulo de ingresos, y le indicó que esperase ahí.

 Jaramillo salió al patio, y se le abrió el cielo. Y no por encontrarse al exterior por primera vez en veinticuatro horas. Jaramillo reconoció los ladrillos de los muros. La configuración del edificio... Hasta el olor. Esta era su primera cárcel de destino, aquella en la que había pasado sus meses de preventivo. En la que se había hecho un nombre como narco.

 Jaramillo recordó a aquellos concejales corruptos, estafadores de medio pelo que se habían acojonado ante un tipo duro como él y, casi involuntariamente, irguió la postura e hinchó el pecho. Que le dieran por culo al trabajo. En cuanto lo soltaran en el patio general, iban a descubrir de nuevo quién era el.
 Una sonrisa iluminó su cara. Apoyó sus manos en las caderas, y recorrió el patio con la mirada como un general victorioso miraría el campo de batalla. Y entonces, en un banquito al otro lado del patio, lo vio. Otro interno, doblado completamente, y con la cabeza entre las rodillas. Como si estuviera siguiendo las instrucciones que te dan en los aviones en caso de aterrizaje de emergencia.
 'Está acojonado', Pensó Jaramillo, y no se puede negar  que sabía de qué hablaba. Porque él mismo había estado acojonado, y mucho, al ingresar en la cárcel. Pero esa no era la cuestión. Ahora había que volver a hacerse un nombre allí, y qué mejor momento que ése.

 Caminó hacia el otro interno, que permanecía sentado en el banco, hecho un ovillo. Se plantó ante él, e impostó su mejor voz de duro para espetarle:

- Eh, subnormal. Dame tu tabaco.-

Aquello era pan comido. Le esperaban unos años muy interesantes en ese talego, pensó Jaramillo.

 Y sonrió, dándole al otro interno una patadita en el tobillo.