lunes, 19 de febrero de 2018

Narco VI

 Poco a poco se le fue aclarando la visión, y lo primero que Jaramillo alcanzó a pensar fue que no se había dado cuenta al entrar en los lavabos del precioso color bermellón de las baldosas del suelo. Lo segundo que pensó fue que debía llevar horas allí tirado. Pero ambas percepciones eran erróneas, claro, y en cuanto su mente se aclaró un poco se dio cuenta de ello. En realidad, no hacía ni medio minuto que había caído al suelo, y el color bermellón del terrazo lo formaba la sangre que goteaba de su nariz hasta casi chorrear.

 Jaramillo se levantó muy despacio, en parte porque no quería resbalar en su propia sangre, pero sobre todo porque temía volver a caer si intentaba moverse más rápido. Se encontraba mal, muy mareado, y su nariz, que se había roto al caer de bruces, latía con cada bombeo de su corazón. Pero había algo más, un dolor no tan intenso pero más desconcertante, en la parte de atrás de su cuello. Un desagradable hormigueo que le hacía arder la piel, y que no tenía ni idea de a qué podía ser debido.

 Finalmente logró mantener una postura relativamente vertical, e intentó tocarse la nariz. El dolor subió como un relámpago hasta su cerebro, y bajó la mano inmediatamente. Miró hacia adelante. Bloqueándole el paso, frente a la puerta de salida al patio general, estaban el viejo propietario del cuchillo, y su socio. El grandullón abría y cerraba su mano derecha, para aliviar la picazón de su palma. Jaramillo, a pesar de estar aún aturdido, lo vio claro. El 'machaca' del viejo lo había derribado de una fuerte colleja. Ni siquiera se había molestado en darle un puñetazo. En otras circunstancias se habría sentido profundamente humillado pero, aquel día, en aquel lavabo, dio gracias a dios en silencio por no haber permitido que aquel animal le golpease con el puño cerrado.

  Jaramillo los miró. Ellos lo miraron. El viejo tenía una mirada aburrida y cansada, como la del que lleva veinte minutos aguardando en una cola. Aquel aprendiz de delincuente no había llegado ni siquiera a enfadarlo. Jaramillo lo notó, y sentir el desprecio de aquel a quien hasta aquel momento había considerado como un 'primo' hizo que otra descarga de dolor subiese a su cerebro desde su partida nariz. O quizá sólo fuese que, involuntariamente, había intentado fruncir el ceño, y su sistema nervioso le recordó que en las próximas horas cualquier intento de expresión facial iba a costarle un precio.
 El grandullón, el 'machaca' del viejo, también lo miraba, pero en su caso con un gesto de cabreada confusión que, por otra parte, era su expresión casi todo el tiempo que estaba despierto. Aquel gigante no comprendía muy bien al mundo y sus habitantes, pero había aprendido con los años que poner cara de mala hostia, cuando se medía casi dos metros, era una forma muy eficaz de evitar el contacto con otros humanos, lo que le resultaba muy satisfactorio.

 El cruce de miradas se dilató unos pocos segundos más, hasta que el viejo, finalmente, extendió su brazo derecho ante sí con la palma vuelta hacia arriba. Estaba claro que ni siquiera se iba a molestar en pedírselo. Jaramillo hurgó en el bolsillo derecho de su chaqueta de chándal, sacó el cuchillo, y se lo puso en la mano al viejo, que lo hizo desaparecer dentro de su mono de trabajo. Luego, se giró, chasqueó los dedos delante de la cara del grandullón para sacarlo de su estupor, y salieron uno detrás de otro de los lavabos en silencio, en el mismo silencio que habían mantenido durante toda la escena.

martes, 13 de febrero de 2018

Narco X



En el módulo de enfermería, las cosas fueron rápido. Se presentó al funcionario, un cincuentón escuálido con un grueso bigote amarillo por el tabaco y unas gruesas ojeras violetas por la falta de sueño. Tenía un aspecto igual de malo o peor que cualquiera de los internos que pasaron a su lado, y de no ser por el uniforme, hubiera sido fácil confundirlo con uno de ellos.
 El funcionario encargado del departamento de enfermería le tomó la filiación, y le ordenó que pasara a una sala de espera. Poco después, un auxiliar de enfermería le hizo pasar a una consulta, donde una doctora le preguntó cuatro cosas referentes a su estado de salud, lo auscultó, hizo un par de anotaciones en su expediente, y lo despidió. Fuera, en la sala de espera, el interno ordenanza del módulo le acompañó hasta una celda en la que, dentro de un saco negro de plástico, encontró todas sus pertenencias. El ordenanza lo dejó sólo, y se acabó.

  Jaramillo pasó unos minutos revisando el contenido de la bolsa, no fuera a ser que faltase algo. Tuvo suerte. Luego, poniéndose en pie, echó una ojeada a su nueva celda. Lo primero que se notaba era la altura del techo, de casi cuatro metros. La enfermería se ubicaba en la planta baja del ala más antigua del Centro Penitenciario, que pasaba de largo de los cien años de edad. Una de las paredes, la que daba al exterior del edificio, se había dejado de piedra desnuda, y se podían ver los bloques de granito que la formaban, cada uno de más de una tonelada de peso. A una altura poco inferior a los dos metros, la pared empezaba a inclinarse hacia su interior, para formar el abocinamiento de un tragaluz enrejado de unos dos metros de lado.

 Jaramillo giró sobre sí mismo para recorrer toda la celda con la mirada, y dio un respingo. Al lado de su cama había otra y, sentado en el borde de ella, dándole la espalda, había otro interno. Jaramillo no lo había visto al entrar, porque una pequeña mampara que separaba ambos lechos se lo había impedido, pero ahora, al ver a su compañero, un escalofrío le recorrió la espalda.
 Había estado acompañado todo este tiempo, y no se había dado cuenta. 'Ese cabrón podía haberme matado, y ni lo habría visto venir', pensó. Lo que así, visto desde fuera, puede parecer cargar un poco las tintas pero, dadas las últimas experiencias de Jaramillo en prisión, entraba dentro del ámbito de lo posible. Además, que estés paranoico no quiere decir que no quieran atacarte realmente.
  El compañero de celda de Jaramillo, o al menos lo que se veía de él, era un jersey de lana con listas azules y grises, lleno de bolas de pelusa y tan sucio que quizá las líneas grises hubieran sido blancas en su origen. Lo coronaba una cabeza con largas greñas grises, tan sucias que quizá, también, hubieran sido blancas en algún momento. Jaramillo decidió hacer algo. Saludar, por ejemplo.

  - Hola.- El otro interno no se movió. Jaramillo lo intentó de nuevo, más alto.
  -HOLA.- Sin resultado. Jaramillo se acercó, no sin cierta aprensión. Lo mismo el tío estaba muerto... Con la racha que llevaba, no le extrañaría. Aunque también podría ser que eso no fuese una persona, sino solamente  un montón de ropa sucia esperando la colada. Este último pensamiento lo animó y, con un par de pasos más, se plantó delante del misterioso ocupante de la cama de al lado.

  Era una gárgola. Jaramillo nunca había visto una gárgola, porque las catedrales góticas no son algo que uno se encuentre en cada esquina allá, en Colombia. Pero de haber sabido lo que era una gárgola, Jaramillo  habría estado de acuerdo en el parecido de aquel interno con una. Su cara era gris, aunque quizá en el pasado hubiera sido blanca, y los surcos que la cruzaban, arrugas trazadas a escoplo, aparecían negros en su parte más profunda. Tenía los ojos abiertos,  sólo una ranura que impedía adivinar su color, y fijos en la blanca pared de enfrente. Jaramillo sintió como  su corazón se ponía del revés con el siguiente latido, al confirmarse sus peores temores. Si, aquel tío estaba muerto.

  Jaramillo se quedó mirando al cadáver. La impresión lo paralizó por completo... Y ahí, cuando se quedó completamente inmóvil, se dio cuenta. La gárgola respiraba, aunque de manera casi imperceptible. Todavía vivía. Jaramillo salió corriendo de la celda,  para buscar ayuda y para, simplemente, escapar de allí, y no paró hasta encontrar al ordenanza del módulo, que jugaba al parchís con otros tres internos.

   - Oye, ordenanza, ese señor que está en mi chabolo...- Balbuceó atropelladamente Jaramillo, poniéndose delante del ordenanza.
  - Me llamo Gerardo. ¿Que le pasa al Mahou?.- Respondió el ordenanza, un hombre de casi cincuenta años, bajo y de aspecto compacto. Habló sin levantar la vista del tablero. Por cada ficha comida había que poner un pitillo en el centro de la mesa, y el ganador de la partida se los llevaba todos. En la cárcel, las trampas al parchís han causado más peleas que el póquer en las pelis de vaqueros. No era cuestión de dejarse engañar.
  - Que no se mueve. Está así, con la vista fija, no reacciona...-
  - Pues lo de siempre. Lleva así seis meses.-  Contestó, metiendo el dado en su cubilete. Era su turno para jugar. Jaramillo estaba atónito.
    - Pero, ¿y como así?...- El ordenanza tiró el dado, y movió una de sus fichas cinco casillas antes de contestar.
  - ¿Como que 'cómo así'?¿Qué quieres decir?.-
  - Pues que cómo así... que qué le pasa, por qué no habla, ni se mueve.- El ordenanza resopló.         Gerardo era un asturiano paciente y tranquilo, a pesar de estar pagando dos homicidios.
  En la calle era feriante, toda la vida lo había sido, y su mujer y sus tres hijos seguían siéndolo fuera. Unos años atrás había invertido más de cien mil euros en una atracción nueva, una especie de noria que alcanzaba grandes velocidades y se ponía horizontal. Una inversión arriesgada, pero que había dado frutos rápidamente. Quizá demasiado.
  Al verano siguiente a la compra, en el primer día de las fiestas del Carmen de Cangas de Narcea, un par de feriantes propietarios de una atracción más vieja y con menos éxito se le acercaron y le propusieron que al día siguiente por la mañana desmontase su noria y se largase de allí. Así, sin rodeos, de forma directa y abierta. Tan abierta como las navajas que le pusieron, una en el vientre y otra en el cuello. Gerardo les dijo que sí, cómo no. Porque 'sí, cómo no' es siempre la respuesta correcta a cualquier propuesta que te haga alguien que empuña una navaja, y se marchó hacia su caravana.
  A la mañana siguiente, cuando sus dos competidores se acercaron por la campa a comprobar si la noria seguía allí, Gerardo les salió al encuentro y les hizo entrar a su caravana para hablar de un posible reparto de los beneficios de su atracción. En cuanto estuvieron dentro, sacó un revólver calibre 38 que había heredado de su padre, y con dos disparos a bocajarro solucionó el problema.
 Gerardo no corrió riesgos al no dejarles sacar sus navajas, y eso está bien. Pero entre eso, y que nadie había sido testigo de la extorsión de la noche anterior, bastante bien librado salió con un par de condenas por homicidio y no por asesinato.

  El caso es que, en el fondo, Gerardo no era un delincuente de carrera, sino un hombre de familia. Y ello, unido a los muchos años que había pasado de feria en feria aguantando a borrachos y mermados de todo tipo le habían convertido en el hombre idóneo para llevar la enfermería sin acabar volviéndose loco a su vez. Además, Jaramillo era de la edad de su hijo el mayor, y eso le hacía sentir una cierta simpatía hacia él.

 El ordenanza apoyó su cubilete en el medio del tablero, de manera que los otros tres jugadores entendieron que era el momento de un tiempo muerto, y los tres sin excepción aprovecharon para ponerse a fumar. Gerardo se echó hacia atrás en su silla, y miró a Jaramillo por primera vez desde que éste había entrado en la sala.

 - Mira, guaje, ya bastante suerte has tenido. El Mahou lleva así seis meses. Le dio nosequé en la cabeza, y desde entonces no habla, no se mueve y no hace nada. Come, duerme y caga, y se pasa el día sentado. Yes el mejor compañero de chabolo que hay, estate tranquilu.-

  Jaramillo volvió a su celda, pensativo. Dentro, el Mahou seguía en la misma postura en la que lo había dejado al salir, sentado en el borde de su cama, con sus pequeños ojos mirándolo sin verlo. En su frente y casi ocultas por las greñas grises que caían sobre ella, Jaramillo pudo ver tatuadas en tinta azul, cinco estrellas de cinco puntas. El ejecutor del tatuaje había mostrado bastante más voluntad que destreza, pero Jaramillo no pudo evitar pensar que, aunque hubiese sido  el mejor tatuador del mundo, llevar cinco estrellas grabadas en la frente es algo que nunca puede quedar bien.

  Aquella noche, tumbado en su cama, Jaramillo no podía dejar de pensar en algo. Una idea preocupante y que podía dar al traste con sus planes de conseguir el traslado a un hospital penitenciario.
  Finalmente, tras muchas vueltas en la cama, consiguió dormir, pero no sin antes recordarse a sí mismo que, al día siguiente, iba a tener unas palabras con Gerardo, el ordenanza.


domingo, 11 de febrero de 2018

Narco IX



  El 'canguro' llegó a la prisión a primera hora de la tarde. El cabo primero abrió la puerta y tiró de las esposas de Jaramillo, un poco para ayudarle, pero sobre todo para animarle a bajar. Porque, Jaramillo ya lo había aprendido en aquellas últimas semanas, unas esposas apretadas pueden ser un adorno muy doloroso cuando alguien te las retuerce un poco. Así que se dio prisa en ponerse en pie, y bajó del furgón para dirigirse al módulo de ingresos. Entró, apoyó el pulgar derecho en el lector óptico del SIA cuando se lo indicó el funcionario, y su estado en el sistema informático pasó de 'hospital' a 'ingresado'.
   El funcionario de ingresos firmó la hoja de conducción que le había entregado el Guardia Civil a su llegada, y en menos de un minuto el furgón celular se puso en marcha, a seguir con su ruta. La rubia no se bajó. Jaramillo se quedó pensando si la llevarían a un Centro Penitenciario de mujeres. Quizá la idea de travestirse no fuese tan descabellada, después de todo. Estar en un módulo femenino tendría sus ventajas...

 La voz de un funcionario le sacó de sus pensamientos. Por lo cabreado que parecía, ya le debía haber hablado un par de veces, pero entre que tenía la cabeza en otra parte, la medicación del hospital, y que todavía sentía un leve zumbido en la cabeza producto del golpe, no lo había oído.

  - ¡Que te estoy diciendo que me acompañes! ¿Te pasa algo, chaval?.- El funcionario, un hombre alto de  cincuentaymuchos años con cierto sobrepeso, parecía al borde de una lipotimia. Jaramillo pensó en responder, pero lo cierto es que no tenía muy claro el qué, así que se dio la vuelta y salió por la puerta del módulo lo más rápido que fue capaz. Sin llegar a echarse a correr, claro. No fuera a ser que pensasen que se estaba escapando.

  Ya llevaba recorridos casi veinte metros a rápidos pasitos cuando unas voces lo hicieron pararse en seco.
  - ¡Pero a donde vaaaas!¡Alma de cántaroooo!.- El funcionario lo llamaba a gritos desde la puerta del módulo de ingresos, pero en cuanto Jaramillo se detuvo, comenzó a andar a largas zancadas hacia él. Jaramillo encogió la cabeza entre los hombros, preparándose mental y físicamente para recibir un bofetón. De haber tenido la capacidad física para ello, no habría dudado en esconder la cabeza entre sus propias nalgas.
 - Voy al módulo, señor funcionario.- Consiguió decir, balbuceante. Iba a añadir un patético 'no me pegue', pero el funcionario de prisiones no le dejó continuar.

  -¡Y quién te ha dicho a ti que vayas al módulo, muchacho!.- El funcionario gritaba como si estuviesen a un kilómetro de distancia el uno del otro. A Jaramillo le estaba empezando a doler la cabeza. Mucho. No le contestó, pero es que era evidente que el funcionario no esperaba respuesta.

 - ¡Pasa para el módulo de Enfermería, desgraciao!.- La cabeza del funcionario,  calva como una bombilla, se había puesto completamente roja con tanto grito. Parecía un enorme globo posado directamente sobre sus hombros, sin cuello. Como la enorme cabeza redonda de un muñeco de nieve.
  Jaramillo se quedó inmóvil. No tenía ni idea de dónde  estaba ese módulo de Enfermería pero temía que, si lo preguntaba, la hostia que estaba flotando en el ambiente desde hacía un rato terminase de descargar sobre él.  Y así se quedó, encogido como un ratoncillo asustado. Sin saber qué hacer.

  El funcionario, poco a poco, se fue tranquilizando. Se había dado cuenta de que Jaramillo, simplemente, estaba demasiado confuso. Y por cómo tenía vendada la nariz, y por la gama de tonos del rojo al púrpura que maquillaban la zona central de su cara, dedujo que el cerebro de ese joven no iba redondo del todo. Por primera vez desde que Jaramillo se bajó del 'canguro', el funcionario le habló sin gritarle.
  - Allí, ese edificio de dos plantas al fondo.- Dijo, elevando el brazo derecho para indicarle la dirección. - Entras y te presentas al funcionario encargado.-

 Jaramillo notó el cambio en la actitud del funcionario, y se atrevió a levantar un poquito la cabeza. De repente, la hostia que sobrevolaba la escena parecía haber emprendido el vuelo. Además, la cabeza del funcionario había recuperado un tono que casi podríamos describir como rosado, y ya no parecía que fuese a explotar. Jaramillo agradeció mentalmente ambas circunstancias.

  - Si, funcionario. Gracias, funcionario.-  Farfulló, y estaba a punto de emprender la marcha cuando su interlocutor lo interrumpió.
  - Blas. Me llamo Blas. Tanto funcionario ni tanta polla.- Jaramillo tardó en asimilarlo. Definitivamente el golpe y la medicación le habían afectado.

  - Si... Si, don Blas. Gracias, don Blas.- Y, entonces sí, se puso en camino.

 Blas, el funcionario, se quedó ahí, en medio del aparcamiento, sacudiendo la cabeza con desaprobación. Una cabeza que, afortunadamente, parecía haber perdido todo riesgo de explotar.
 






martes, 6 de febrero de 2018

Narco VIII


  Esposado en el 'canguro', mientras esperaba ser devuelto al Centro Penitenciario, Jaramillo se devanaba los sesos buscando la manera de conseguir el traslado a un Hospital Penitenciario. Un lugar menos hostil, imaginaba él, donde pasar los largos años que le quedaban de condena sin sentirse amenazado por el resto de internos, por esa gentuza que no estaba dispuesta a dejarse mangonear de la manera que a él le habría gustado.

 El furgón celular llevaba casi media hora esperando en el aparcamiento del hospital. Jaramillo no podía dejar de preguntarse por qué, pero no tenía a quién preguntar para salir de dudas y, aún en caso de tenerlo, muy posiblemente no se habría atrevido a decir nada. Sus últimas relaciones con otros seres humanos habían resultado bastante menos que satisfactorias, y la verdad es que en esos últimos días, se había convertido en una persona mucho más taciturna de lo que solía ser habitual en él. Finalmente, más por aburrimiento que por curiosidad, se decidió a levantarse ligeramente del duro banco de fibra de vidrio que le servía de asiento para echar una ojeada al exterior.

 El cubículo de un metro cuadrado que le servía de celda dentro del 'canguro' recibía iluminación por medio de una rendija en uno de sus lados, no mayor que la abertura de un buzón de correos. Espiando a través de ella, Jaramillo pudo ver al cabo primero al mando de la conducción fumando impaciente, de pie y a unos cinco metros del vehículo. Pasaba la vista regularmente de su reloj a una puerta en el lateral del centro médico, por donde saltaba a la vista que esperaba que saliera alguien o algo.
  Transcurrieron diez minutos de humo e impaciencia, durante los que el Guardia Civil se fumó dos cigarrillos encendiendo prácticamente  uno con la colilla del otro. Y por fin, de la puerta lateral del hospital salió un segundo Guardia Civil acompañado de una espectacular rubia que, retrepada en unos tacones de aguja, casi le sacaba una cabeza de estatura.

  Ofrecían una curiosa estampa. La rubia caminaba contoneándose con decisión, haciendo ondular sus caderas ceñidas en una malla de estampado de leopardo, con la barbilla muy alta y un cigarrillo emboquillado entre las dedos de su mano derecha, y el Guardia, diminuto a su lado, caminando con la cabeza gacha y las orejas  enrojecidas. Estaba avergonzado, o eso parecía. Jaramillo se preguntó qué era lo que podía avergonzar a un Guardia Civil de noventa kilos con una nueve milímetros al cinto, y aún se lo estaba preguntando cuando la rubia llegó a la altura del cabo primero. El cabo levantó el dedo índice de su mano derecha antes de decir algo, porque estaba claro que  algo había que decir, porque la conducción llevaba casi una hora de retraso y alguien se iba a chupar una bronca por ello. Pero sus palabras murieron en sus labios en cuanto la rubia se llevó a la boca la larga boquilla dorada y, mirando a los ojos del Guardia desde la imponente altura de sus casi dos metros, le espetó con una profunda voz de barítono:

 -¿Tienes fuego, bombón?-.
La mano del cabo primero bajó lentamente, al tiempo que, el también, enrojecía hasta las orejas. Derrotado, estuvo a punto de sacar el mechero, y lo habría hecho de no ser porque su compañero, el que había acompañado al travestido a la salida del centro médico, le recordó que dentro del furgón estaba prohibido fumar.
 La rubia lo miró con desprecio, frunció graciosamente los labios, haciéndose la ofendida, subió al furgón y se sentó en el banco del cubículo que quedaba vacío.

  - Vamos, guapos. Llevadme donde queráis.- Dijo, haciendo una especie de dibujillo en el aire con el cigarrillo emboquillado. - Hoy tengo ganas de marcha.- Terminó.

 El guardia Civil cerró nerviosamente la puerta, consiguiendo evitar a duras penas que se le cayese el manojo de llaves al suelo. Unos instantes después, el vehículo emprendió por fin la marcha.
 Sentado en su cubículo, mareado por la mezcla del penetrante perfume y el no menos penetrante olor corporal de la rubia, Jaramillo empezó a madurar una idea. La rubia le había recordado algo, un personaje de una vieja serie que su padre veía cuando él era niño. Era una serie ambientada en una guerra, y en ella, un personaje intentaba hacerse pasar por loco vistiéndose siempre de mujer para ser enviado de vuelta a su casa.

 Bueno, estaba claro que en pleno siglo veintiuno a nadie lo toman por loco por vestirse de mujer. Además, el hecho de que ese travestido estuviese compartiendo el furgón celular con él era la muestra evidente de que poniéndose una minifalda y maquillándose no iba a conseguir esquivar la cárcel. Posiblemente, además, ello le causaría más dolor que alivio.
 Pero la idea de hacerse pasar por loco empezó a seducirle.

 Y entonces, en ese viaje de vuelta a la prisión,  Jaramillo empezó a esbozar un plan.






miércoles, 10 de enero de 2018

Narco VII



Las siguientes horas fueron para Jaramillo un torbellino de experiencias. Intentó pasar desapercibido en el patio, pero lo cierto es que en cuanto salió de los lavabos, un par de funcionarios que paseaban a su espalda lo llamaron. Jaramillo se preguntó en su interior qué lo habría delatado, como un adolescente que llega a casa borracho e intenta sin éxito engañar a su madre manteniéndose tieso y poniendo cara de póquer. Y lo habían descubierto, en realidad, por el mismo motivo: Aunque no se daba cuenta, caminaba haciendo eses.

  Los funcionarios lo volvieron a llamar. A regañadientes, y con la ligereza de una noria oxidada, Jaramillo se giró. Pudo ver los ojos de los funcionarios abrirse de par en par al unísono con  sus bocas, y correr hacia él para sujetarlo por los brazos y llevarlo casi en volandas a la enfermería de la prisión. Luego se enteró de que, al ver en un primer momento cómo se tambaleaba, y después su camisa empapada en sangre, habían creído que lo habían apuñalado. También se enteró al día siguiente de que en realidad el médico de guardia en el centro no le había mostrado cuatro dedos, en una especie de raro saludo vulcaniano, sino solamente dos,  y que por eso había mandado llamar una ambulancia de urgencia para llevarlo al hospital de la capital. Allí, en el hospital, lo tuvieron veinticuatro horas en observación para descartar cualquier tipo de lesión cerebral.

  Y allí, en el hospital, aquella noche, sólo en su habitación, fue la primera vez que Jaramillo pudo dormir de un tirón toda la noche desde el día que había aterrizado en España. Y ello a pesar de estar esposado a la cama por su muñeca izquierda, que siempre es una molestia. También es de justicia reconocer que los calmantes ayudan a conciliar el sueño. Al día siguiente, después de dormir profundamente, y con la bandeja del desayuno ya vacía ante sí, se dio cuenta también de que el hospital le gustaba mucho, al menos si lo comparabas con la cárcel. Aunque, comparado con la cárcel, a Jaramillo le gustaba mucho casi todo. Pero estaba claro que en hospital no se podía quedar, y de hecho durante el desayuno un cabo primero de la Guardia Civil había pasado por su habitación a informarle de que después de la comida el furgón celular, el 'canguro', lo conduciría de nuevo al Centro Penitenciario. La idea no le gustó en absoluto. Y abandonado definitivamente su objetivo de ser el tipo más duro del patio, se hacía necesario pasar a un plan B. Que de momento, no tenía.

  Una joven doctora entró en la habitación y le dio los buenos días, mientras sacaba una linternita con aspecto de bolígrafo del bolsillo de su blusón verde quirófano. Le pidió que abriera bien los ojos y, apoyando una mano en su frente, se inclinó sobre él. Estaba fría, la mano, pero era lo más suave que había tocado a Jaramillo en mucho tiempo. Sin comparación con la última mano que le había tocado, desde luego. El recuerdo del del grandullón aquel le hizo sentir un repentino picor en la parte de atrás del cuello. Súbitamente, la doctora enfocó la linternita directamente a su ojo. Jaramillo lo entrecerró.

  - Por favor, mantén el ojo abierto. Es importante.- La voz de la doctora era suave como su mano, pero mucho mas cálida. A Jaramillo le gustó, y por un instante tuvo que concentrarse para que ese súbito agrado no se manifestase con una embarazosa reacción física. La doctora se apartó por fin, tras examinar sus dos pupilas, y le sonrió tímidamente. Jaramillo tuvo que concentrarse aún más para evitar que alguna parte de su cuerpo se moviese involuntariamente.

  - Parece que todo está bien. Más tarde vendrá una ATS para hacerte una cura en la nariz, y ya te dejaremos marchar. Hasta luego.- La doctora salió de la habitación, y Jaramillo lamentó amargamente tener la nariz embotada de algodones. Seguro que aquella doctora olía muy bien. Dios, como le gustaría quedarse en ese hospital...

  Una idea cruzó su  mente como un rayo: Hospital penitenciario. Eso existía, Jaramillo lo había oído. En la cárcel de la sierra de Madrid donde había pasado sus primeros meses, a la espera de juicio, Jaramillo había conocido a un emprendedor empresario, acusado de desvalijar varias sociedades y dejar en la calle a cientos de curritos. Al poco de ingresar en prisión, la dieta del módulo le había hecho subir el ácido úrico de forma alarmante, o al menos eso había diagnosticado el médico privado que, pagado por el propio empresario, lo había visitado en prisión. A Jaramillo no dejó de sorprenderle que el régimen a base de pescado al horno y patatas cocidas que le servían en el talego le hubiese hecho subir el ácido úrico a un tipo que se jactaba de desayunar bogavante azul y champán rosado, pero qué sabía él de medicina. Lo mismo los ricos tienen un metabolismo diferente.
El caso es que  un par de días después, el empresario fue trasladado a un hospital penitenciario, y parecía feliz por ello. Tras conocer la realidad del patio de la cárcel, a Jaramillo no extrañaba lo más mínimo.

 Bueno, pues el plan B era conseguir ser trasladado a un hospital penitenciario. Aunque, seamos justos, eso más que un plan es un objetivo. El plan... Había que elaborarlo.
 Jaramillo se puso a pensar. No tenía dinero para pagar un médico, ni forma de conseguirlo. Eso estaba claro. Tampoco le seducía la idea de autolesionarse gravemente. Es decir, le acababan de  partir la nariz, lo que le había dolido de cojones, y sólo iba a estar allí veinticuatro horas. ¿Que había que hacer para conseguir un traslado definitivo? ¿Cortarse la polla?. Ni así, pensó Jaramillo con una amarga sonrisa dibujada en la cara. Ni así te trasladarían definitivamente, porque toda herida acaba curándose, y cuando se curase, lo devolverían a aquel horrible campo de concentración.
 Además, habría que estar loco para cortarse la polla.

 Habría que estar loco.

 Jaramillo volvió a sonreír. Pero esta vez, su sonrisa ya no era tan amarga.

domingo, 7 de enero de 2018

Narco V

  Aquella noche, sólo en su celda, Jaramillo tuvo mucho tiempo para pensar. Sobrevivir en aquella prisión iba a ser más difícil de lo que él había esperado, si hasta el más pringao del patio (y para Jaramillo aquel viejo no podía ser otra cosa) iba armado con semejante espada. Algo había que hacer. Bueno, algo así al azar no. Había que hacer una cosa concreta, había que armarse. El problema, claro, estaba en cómo hacerlo.
  Si Jaramillo hubiera sido un veterano del talego, habría conocido mil y una maneras de fabricar su propio pincho. Desde las regletas de las ventanas, que es lo más habitual, pasando por alambres, trozos de ferralla extraída de alguna pared de hormigón, hasta simplemente mangos de cepillo de dientes o de escobillas del retrete lijados pacientemente contra la pared de la celda.

  Se cuenta, aunque creo que tiene algo de leyenda carcelaria, que a Jose Antonio Rodríguez Vega, el asesino de ancianas de Santander, lo mataron en la prisión de Topas usando el hueso de un muslo de pavo. Porque un interno de primer grado como era el agresor, que no tenía acceso por su extrema peligrosidad a mangos de escobilla de inodoro y que sólo podía usar cepillos de dientes pequeños, de los de viaje, no tuvo otra opción que guardarse un hueso después de disfrutar de la comida del domingo, y que afilarlo y esconderlo esperando el momento propicio para atacar al 'Mataviejas'.  La leyenda abunda en detalles, y hay quien afirma, por si alguien duda de la efectividad de un arma así, que el que lo apuñaló lo hizo con tanta saña que casi le arranca el corazón del tórax. Desde entonces  le llaman el 'Huesopollo'. 'Huesopollo' contra 'Mataviejas'. Señores de Marvel, aquí tienen sus nuevos supervillanos.

 Pero Jaramillo, el pobre Jaramillo, ni siquiera había tenido oportunidad de ver alguna de estas armas rudimentarias, aunque tan sólo fuese para tomar ideas de cara a la fabricación de una. Y currarse algo tan elaborado como el cuchillo que le había visto esconder al viejo estaba completamente fuera de sus capacidades. Pero entonces, una idea se abrió camino en su mente. Había visto dónde escondía el cuchillo el viejo ese. Seguramente lo habría dejado otra vez en el mismo sitio, porque ese parecía ser su lugar de descanso habitual. Y fijo que pensaba, el puto viejo, que lo había acojonado tanto que no se atrevería a robárselo. Bueno, pues el viejo ese no lo conocía a él. A Jaramillo el narco. El kie del patio. Mañana se haría con un arma. Y su suerte iba a cambiar. Vaya que sí.

  Y con estos pensamientos, Jaramillo se quedó dormido.

  Al día siguiente, se despertó con la sirena que, a eso de las siete y veinte, avisaba a los internos de la proximidad del recuento de las siete y media. Pasó el recuento de pie, al lado de su cama, como marcaban las normas de régimen interior y, media hora después, bajó al patio. De allí pasó al comedor para desayunar, intentando pasar inadvertido. Pudo ver de reojo al viejo, que sorbía con calma su café con leche sentado en la esquina de una de las largas mesas corridas, frente a un treintañero grandullón, con el pelo cortado a cepillo y cara de faltarle varias patatas para el kilo. Ambos iban vestidos con el mono azul sin marcas de los internos que colaboran en las tareas generales del Centro Penitenciario.
  Jaramillo apuró su café y salió al patio, a pasear tranquilamente mientras llegaba su momento. Y su momento no tardó mucho. A las nueve en punto, otra sirena marcó la hora de inicio de actividades. Los internos que trabajaban, que eran una mayoría, se encaminaron en pequeños grupos hacia el lado sur del patio donde, ocupando parte de la ladera descendente, se encontraban las diferentes fábricas y talleres. Allí, en una garita situada frente a la puerta de acceso al recinto de trabajo, un par de funcionarios de prisiones comprobaban la identidad de los internos y, uno por uno, les iban dejando pasar. Jaramillo vigilaba desde la distancia, y comprobó que el viejo y su amigo, el gigantón con cara de tonto, entraban a la zona de talleres. Minutos después, cuando ya estaban dentro de la misma todos los internos, uno de los funcionarios corrió la verja de acceso y la cerró con un candado.
 Jaramillo se frotó las manos. Allí estaban a buen recaudo. Doblemente encerrados, en el recinto de talleres dentro de la cárcel. Tenía tiempo, aprovechó para dar un paseo. Fumar un pitillo. Comprobar que nadie se fijaba en él. Y tras dar tres o cuatro vueltas por el patio, se sentó en el banco favorito del viejo con la naturalidad de un espía de teleserie. Sólo le faltaba taparse la cara con un periódico.

 Miró a la izquierda. Miró a la derecha. Nadie. se agachó un poco y, tras hurgar en la tierra unos segundos, sacó el cuchillo de su escondite. Se lo guardó rápidamente en su chaqueta de chándal, tanto que casi se lo clava en un costado, y se largó de allí caminando a rápidos pasitos. Entró a los servicios comunitarios, y se encerró en un de los cubículos dotados de un inodoro, a contemplar su nuevo tesoro, y a aliviarse, ya de paso. Los servicios no estaban especialmente limpios, ni siquiera a esa hora tan temprana. Pero eso no le importó. Sacó el cuchillo de su bolsillo, y se pasó varios minutos admirando la perfección de su factura artesanal, y su brillo. Lo limpió cuidadosamnete con un trozo de papel higiénico, y una malvada sonrisa se dibujó en su cara. Había tenido suerte. Parecía que la cosa ahora sí que estaba en marcha.

 Jaramillo volvió a guardarse el cuchillo en su chaqueta, pero no lo soltó. Le agradaba sentir el mango contra la palma de su mano, le hacía sentirse seguro. Abrió la puerta del cubículo y salió. La luz blanca y fría de la mañana se le clavó en los ojos, dolorosa. Por un instante, hasta le pareció que unas estrellitas doradas entraban también por la puerta. Y entonces sintió un dolor muy intenso en la parte poterior del cuello, y vio como las mugrientas baldosas azules y grises del suelo se acercaban hacia él.

 Y durante un segundo, no sintió ni vio nada más.



viernes, 5 de enero de 2018

Narco IV


 Jaramillo decidió empezar a actuar lo antes posible porque, ¿para qué esperar?. En la cárcel de Madrid no le había hecho falta ningún plan. Simplemente, con intimidar a un par de mindundis se había creado una reputación de kie, y el resto había venido rodado. Así que tres o cuatro días después de ingresar, decidió ponerse en marcha.

 Eran casi las diez de la mañana. El desayuno se había repartido ya hacía más de una hora, y los internos con destino laboral (casi todos) se encontraban en sus puestos de trabajo. El patio, que ni en los momentos de mayor afluencia de internos parecía especialmente  saturado, se veía ahora desértico. Dos o tres internos conversaban de pie, junto a la barandilla del mirador que permitía ver el mar. Un par más corrían rítmicamente alrededor del perímetro. Al fondo, junto a la cancha de baloncesto, un hombre mayor se liaba un pitillo sentado en un banco de hormigón. Ese parecía el adecuado.

 Jaramillo se acercó. El interno, su víctima, era un hombre con una larga melena canosa, de unos sesenta años de edad. Al menos en apariencia, porque la cárcel quema mucho, y todo el que se ha visto obligado a disfrutar de sus instalaciones durante una larga temporada acaba pareciendo diez años más viejo. Los funcionarios, a veces, también.

  Jaramillo estaba ya a menos de cinco metros del banco de hormigón. El hombre de pelo blanco se había encendido el pitillo, y procedía a guardarse la bolsa de tabaco de liar en un bolsillo de su cazadora vaquera. El colombiano se metió la mano en el bolsillo de su pantalón, como si guardase en él un arma, puso cara de duro, e interpeló al otro interno.
 - Dame el tabaco.- El hombre de pelo blanco miró hacia él por primera vez, y detuvo su mano derecha antes de haber terminado de guardar el paquete de picadura. Se lo mostró a Jaramillo.
 - ¿Quieres un pitillo, chaval?.- Preguntó, un poco más por la sorpresa que por amabilidad. Jaramillo apretó los dientes, y cerró el puño dentro de su bolsillo, como si empuñase un arma.
- Quiero el puto paquete, viejo.- Le espetó, juntando toda la mala leche que pudo encontrar en su interior. No mucha, porque, no lo olvidemos, Jaramillo era un buen chaval que había cometido un error, no un delincuente profesional.

  El que sí era un delincuente profesional era el hombre de pelo blanco. Y como profesional que era, sabía diferenciar a los de su gremio de los intrusos. Y le bastaron dos segundos para darse cuenta de que Jaramillo, pese a su dureza impostada y su acento colombiano, no era de los buenos. No valía. Así que se guardó el tabaco, mientras miraba a su atracador con tristeza. La tristeza del que ha llegado al final del camino y ve a un joven dispuesto a cometer sus mismos errores, quizá. oOquizá simplemente el que aquel niñato no le dejase fumar un pitillo tranquilamente en su día libre era algo que le estaba tocando los cojones.
 De todas formas, no era el momento de soltar una perla de sabiduría. Ni él era de los que van de sensei por la vida. Si ese panchito quiere ir de duro, pensó, se ha equivocado. Vaya que si se ha equivocado.
   El hombre de melena blanca se puso el pitillo entre los labios para tener las manos libres, algo que debía hacer con frecuencia, a juzgar por lo amarillo de su bigote. Se encorvó hasta tocar con la punta de sus dedos el suelo de tierra, y empezó a hurgar en él. Jaramillo, plantado frente a él, lo observaba en silencio, un poco por curiosidad, pero principalmente porque no sabía muy bien qué hacer. Es decir, el viejo ese estaba pasado de él. Lo suyo sería soltarle una hostia. Pero en el fondo, Jaramillo no se atrevía. Nunca había atacado a nadie así, en frío. Y ahora, llegado el momento, ni siquiera sabía cómo había que hacerlo. Como si para soltarle una patada a un tío hubiese un protocolo establecido que le era desconocido.

  El 'atracado' hurgó un poco más entre la tierra parduzca, enganchó algo que había en ella entre el índice y el pulgar, y lo sacó de un tirón. Era un objeto metálico y brillante, de unos veinticinco centímetros de longitud. El interno procedió a limpiarlo frotándolo contra sus pantalones azules de faena, y entonces Jaramillo pudo verlo con claridad. Era un 'pincho' artesanal, aunque esta denominación no le hacía justicia a aquella obra de arte.

 Un 'pincho' carcelario es  una pieza de metal, generalmente un trozo de alambre grueso o parte del marco de una ventana, cuya punta se afila frotándola contra una superficie rugosa, que suele ser el cemento del suelo o paredes. Así, como su propio nombre indica, sirve para pinchar, y es semejante a un punzón más o menos rústico. Lo que el silencioso hombre de pelo blanco había sacado de su escondrijo en el suelo no era un pincho. Era un cuchillo de doble filo, hecho a mano, sí. Pero hecho a mano por un profesional.

  Porque el interno de pelo blanco, al que Jaramillo había tomado por un incauto, demostrando que el incauto era él, era un espadista de carrera, y lo había sido desde que su padre le había enseñado el oficio a la tierna edad de diez años. Y ahora, en la cárcel, aprovechaba sus conocimientos colaborando en tareas de mantenimiento de las cerraduras de todo el centro. Ello le daba acceso al taller de cerrajería y matricería de la prisión, un taller pequeño y anticuado, pero dotado de todo tipo de herramientas, tornos y taladros. Él no tenía por qué hacerse un cutre picahielos. De haber querido, habría podido forjar en su taller a Excalibur o a Tizona, y el que el patio fuese de tierra en vez de estar cubierto de hormigón (un tremendo fallo en la seguridad de ese centro) le habría permitido ocultarlas simplemente clavándolas en el terreno, como había hecho con su cuchillo.

  Jaramillo observó, hipnotizado, como el viejo ladrón sacaba brillo a la hoja pulida de su arma y cómo, a pesar de lo nublado del día, un rayo de sol brillaba en la superficie de la misma, lisa y fría como la superficie de un lago helado. El hombre se recostó de nuevo contra el respaldo de su asiento, y procedió a utilizar su cuchillo para quitarse la tierra que se le había quedado entre las uñas al escarbar para cogerlo. Finalmente, miró hacia el colombiano, que seguía ahí, de pie. Pasmado.

  -¿Sigues aquí?. Anda, corre a tomar por culo.-

  Jaramillo se marchó a paso rápido.

  Hacerse un nombre en el patio iba a ser más difícil de lo que había pensado en un principio.