jueves, 27 de julio de 2017

Shrek II

  La llamada era de Jefatura de Servicios, y desde allí una voz cargada de autoridad requería mi presencia. No se dignó a explicar para qué antes de colgar.  Tampoco reconocí la voz, pero eso no tenía nada de raro, porque sólo llevaba trabajando en aquel Centro unos pocos días. Agradecí la oportunidad de ausentarme de mi despacho durante unos minutos. Lo cierto es que entre lo aburrido de la conversación y mi esfuerzo en mantener la mirada baja para no ser sorprendido pasmado ante el escote de María del Mar, ya había estado a punto de quedarme dormido un par de veces. Así que me levanté, murmuré una disculpa, y salí de la estancia, no sin antes aprovechar mi nueva y privilegiada posición para echar desde arriba un último vistazo a los encantos de la Trabajadora Social.

  Abandoné el departamento y emprendí el corto camino hacia Jefatura de Servicios. Me preguntaba quién estaría de guardia aquel día, y con qué tipo de demanda me iba a sorprender. Las posibilidades jugaban en mi contra. De los diez Jefes de Servicio que se turnaban en aquel Centro Penitenciario había conocido ya a seis o siete, y sólo en unos de los casos la expresión 'es un placer' con la que les había estrechado la mano se había correspondido con la realidad. En los otros, lejos de un placer, la experiencia había sido un sinsabor. Y esperaba que con el tiempo el tener que trabajar con ellos no acabase siendo un problema.

 En aquella prisión, ya lo he dicho antes, nadie duraba demasiado tiempo. No duraban mucho los internos, porque tanto si eran peligrosos como si no, o si simplemente querían trabajar o estudiar para hacer más llevadera su condena, eran trasladados rápidamente a otros Centros donde se les pudiera clasificar y separar adecuadamente conforme a las indicaciones del Reglamento Penitenciario.
No duraban tampoco los funcionarios por debajo del puesto de Jefe de Servicios. Aquello estaba muy lejos, el alojamiento y la comida resultaban prohibitivos, al igual que los viajes, y el complemento con que la Secretaría General nos premiaba en la nómina era de una cuantía mísera por no decir insultante. Por encima de los Jefes de Servicios, los mandos de la prisión estaban en la misma situación que nosotros. Eran novatos, habían recalado en aquel lugar porque la falta de años de antigüedad les impidió conseguir un destino mejor, y en cuanto consiguiesen consolidar nivel abandonarían aquel valle de lágrimas sin echar la vista atrás.

 Pero esta movilidad de plantilla tenía una consecuencia inesperada. Salvo muy contadas excepciones, todos los recién llegados nos tomábamos el trabajo bastante en serio. Quizá por demostrar nuestra valía, quizá porque en el fondo éramos demasiado inexpertos como para saber escaquearnos de nuestro deber sin que se notase. La cosa es que todo el mundo intentaba cumplir con su cometido, y si algo no salía como debía, era fruto de la lógica falta de experiencia y no de la pereza o la dejadez. Todos poníamos interés en lo nuestro.

Todos, menos la mayoría de los Jefes de Servicios. Cada regla tiene su excepción, y ellos eran los únicos de toda la plantilla que no acababan de llegar allí y que no estaban contando los días para marcharse.  Eran restos de serie, modelos que ya no fabrican, como los definió ante mí otro compañero. Individuos demasiado vagos, o resabiados, o directamente demasiado viles como para convivir durante años con otros funcionarios, habían rebotado de una prisión a otra hasta acabar arrojados por la marea en aquel penal. El único sitio de donde no tendrían que irse a los pocos años, porque era el resto de la plantilla la que se iba a marchar. El único sitio donde no se iba a notar que no daban palo al agua, porque tanto superiores como subordinados estaban deseando trabajar. Y, también, el único sitio donde se toleraban sus impertinencias, porque, para lo que nos quedaba allí, la mayoría preferíamos no buscarnos líos.

 Y si alguno destacaba por sus cualidades, si alguna de esas joyas brillaba por encima de las demás, ese era Shreck.

 Ahora mismo podría cogeros a cualquiera de vosotros que estáis leyendo esto, poner ante vuestros inocentes ojos a cincuenta personas elegidas al azar, y deciros: - A uno de estos cincuenta le apodamos Shrek.-. Y todos señalaríais al mismo individuo. Era idéntico, el tío, en todos y cada uno de los rasgos de su anatomía. Incluso una de sus orejas tenía una extraña forma de coliflor, fruto al parecer de un golpe en su juventud. Golpe que sin duda se había merecido, porque todos y cada uno de sus defectos físicos iba unido a ausencia de virtudes en el carácter. Shrek era tan maleducado, prepotente, envidioso e incompetente como aguda era su voz, abultado su vientre, corta su estatura y obtusa su mente. No le faltaba ni un detalle, a la perla. Cierto es que no era verde, pero una enfermedad circulatoria le daba a su piel un tono rojo azulado igualmente antinatural. O eso o, como otro compañero apuntó, lo mismo es que entre los ogros también hay razas.

 Así que vistas las opciones que me esperaban al otro lado de la puerta de Jefatura, os podéis imaginar el ánimo con el que golpeé la misma con los nudillos. Escuché un 'Adelante', abrí, y resultó que era mi día de suerte. Sentado al otro lado del escritorio estaba Joseba, un chavalote de un pueblo de la provincia de Vitoria que había cambiado los verdes montes por las achicharradas playas en busca del ascenso a Jefe de Centro. Por supuesto, no hace falta que os lo recuerde, estaba deseando consolidar niveles y largarse a su casa. Y por supuesto también, como Jefe de Centro novato, se esforzaba en hacer su trabajo lo mejor posible. Tanto, que en esos momentos era Jefe de Servicios en funciones.

  - ¿Qué haces aquí?, solté a modo de saludo. Joseba levantó la cabeza de unos documentos.
  - Pues ya ves. El Jefe dijo que esto estaba tranquilo, así que me dijo que me quedase yo aquí que él se iba a su casa a vigilar una reforma que está haciendo,- me explicó.
  - Ah. Pues qué de puta madre, ¿no?.- Intenté ser sarcástico, pero Joseba eso del sarcasmo no lo pillaba a la primera, y se lo tomó literalmente.
  - Pues sí, me cago en dios, porque al menos no le tengo por aquí dando por culo. Total, iba a tener que hacer su trabajo y el mío de todas formas.- Ahora que lo recuerdo, ni siquiera le pregunté quién estaba de servicio aquel día. Posiblemente Shrek, pero la verdad es que cualquiera de los titulares de la plaza era perfectamente capaz de aquel comportamiento.
 - Bueno, ¿y que pasa?.- Me preguntó Joseba.
 - Pues no sé. Tú me has hecho venir.- Joseba parecía confundido al principio, pero lentamente una luz se fue haciendo en su mirada.
 - Ah, si. Toma,- me dijo, acercándome un par de folios unidos por una grapa - tus cacheos para el día de hoy.- Cada día se cacheaban una o dos celdas, por rutina. Cosas del Subdirector de Seguridad.
 - Pues ya podías habérmelo traído tu hasta el módulo.- Protesté, sin muchas ganas. Joseba volvió a levantar la vista de sus papeles, y me mandó a la mierda. Me fui de vuelta al módulo, que tampoco es tan diferente.

 Al acercarme a la cancela que daba acceso al módulo, algo raro me llamó la atención. Desde mi posición se podía ver parte de mi despacho, porque la puerta estaba abierta, y las sillas donde hasta hacía cinco minutos permanecían sentadas María del Mar y Flora estaban ahora vacías. No habían podido salir del módulo, porque yo había cerrado la puerta al salir. Y las opciones fuera de mi despacho no eran muchas, porque dudaba sinceramente que por propia iniciativa hubiesen decidido bajar las dos al patio a codearse con la población interna... Imaginándome ya situaciones alarmantes, busqué en mi manojo de llaves la que abría la puerta del departamento, y entré.
 Las vi, a las dos, en cuanto asomé la cabeza por la puerta de mi oficina. Estaban de pie, ligeramente  apoyadas una a cada lado de la ventana que permitía controlar el patio. Ellas no me vieron a mí, sin embargo, porque algo captaba poderosamente su atención. Los ojos de María del Mar brillaban, y Flora se mordía el labio inferior. Avancé un paso en silencio, estirando el cuello como una tortuga a punto de ganar una carrera por una cabeza de distancia, a ver si me enteraba de lo que estaba pasando.

 En el patio, Anatoli había terminado sus sesión de pesas antes de tiempo, obligado por un sol de justicia, y se untaba el cuerpo con crema bronceadora. Luego, se remetió el tanga azul un poquito más, por imposible que pudiese parecer, y se dispuso a tumbarse en una toalla. Aquello empezaba a parecer una peli de gladiadores, y había por lo menos dos espectadoras disfrutando plenamente de la proyección. Decidí romper la magia.

 - Chicas, ¿qué?. ¿A cómo está la carne en el mercado?.- Ambas dieron un respingo a la vez. Flora se echó a reír, un poco por nerviosismo. Maria del Mar, sin embargo, levantó la cabeza haciendo alarde de gran dignidad y, mientras se abrochaba el botón de la chaqueta, me espetó:
 - Pues sí hombre, como que voy a estar yo mirando a los guarros estos. Como si no tuviera hombre de sobra en mi casa.- Y salió del módulo dando rápidos pasitos y levantando la nariz con aire ofendido.
 Mudo por el asombro, me senté cuidadosamente en mi silla. A mi derecha, la risita nerviosa de Flora había desembocado en un torrente de carcajadas tras la airada respuesta de María del Mar.

 Porque, no os lo había dicho, Maria del mar estaba casada con Shrek. Así, como lo oís. Nadie, ninguno de los que prestábamos servicio en aquel Centro Penitenciario lo entendíamos, porque no podía existir pareja más descompensada en lo físico o intelectual, o incluso en lo moral, que aquellos dos. Porque uno puede entender que dos personas se casen jóvenes y una envejezca peor que la otra, vale. Pero es que Shrek no era sólo feo físicamente. Era malvado y vil, y eso no es cosa de los años. Ese tipo había sido así siempre.
Y ella no necesitaba el sueldo de él para vivir, no había hijos de por medio (por suerte, volví a pensar) que justificasen que ella no lo abandonase. La mayoría habíamos concluido que, o bien ella negaba de alguna manera la realidad, o tenía uno o varios amantes, o bien sencillamente le gustaban los feos. Aunque acostarte con eso no es que te gusten los feos, seguí pensando. Eso es casi zoofilia.
El caso era que , tras comprobar por mí mismo cómo le brillaban los ojos mirando a Anatoli, y tras la airada respuesta que me había dado defendiendo a su marido, mis teorías se habían ido a pique. Mientras me encontraba yo ahí, en silencio, navegando en un mar de incertidumbre, el ataque de risa de Flora había ido remitiendo. Entre golpes de hipo, se secó las lágrimas con un pañuelo de papel y se dispuso a salir de mi despacho.

  - No, yo tampoco le veo explicación.- Me dijo, a modo de despedida. Sus palabras me sacaron instantáneamente de mi  estupor. Flora me había leído el pensamiento.
  - ¿Como dices?.-
  - Que yo tampoco entiendo qué le ve a ese tío- Me aclaró Flora, saliendo ya por la puerta. Finalmente, se me ocurrió algo que contestar.
  - Debe tener una polla como un extintor.- Flora rompió a reír de nuevo.
  - Ni aún así.- La oí decir mientras se alejaba.- Ni aún así...-














martes, 18 de julio de 2017

Shrek

 No importaba cuántas veces pensara en ello, no lograba entenderlo. Ella estaba sentada ante mí, sin parar de hablar, y yo no le quitaba los ojos de encima, a ver si a fuerza de mirarla penetraba su superficie y encontraba el imperdonable defecto que se ocultaba en su interior. Porque debía haberlo, tenía que estar ahí, y no encontrar la respuesta hacía que una pregunta trivial se convirtiese en un absorbente enigma.

 Porque la pregunta, y la situación, eran de lo más anodino. Ella era María del Mar, la Trabajadora Social de aquel Centro Penitenciario no mayor que una pequeña escuela, y se encontraba sentada ante la mesa del que era mi despacho aquella mañana. Yo era en aquel entonces un funcionario novato y recién llegado, pero desempeñaba ya funciones de Encargado de Departamento, o jefe de módulo si lo queréis ver así. Es lo que tienen los sitios a los que nadie quiere ir destinado, que permiten unos ascensos meteóricos, y a aquel Centro Penitenciario dejado de la mano de dios nadie iba destinado si no era obligado por su bisoñez o desesperado ante la falta de ascensos en otros lugares más solicitados.

 María del Mar seguía hablando. Hablaba de expedientes de internos y de temas burocráticos, pero afortunadamente no lo hacía conmigo sino con Flora. Flora era una de las Educadoras del Centro, y como el resto de empleados públicos del mismo, hacía poco que estaba allí, había llegado buscando el ascenso a Educadora y, una vez que hubiese consolidado el nivel del puesto, se volvería al Centro de donde provenía sin echar la vista atrás. Pero de momento, y como muchos funcionarios recién ascendidos, se tomaba su trabajo muy en serio y hacía gala de una gran profesionalidad. Eso se deducía, al menos de la larga charla que mantenía con María del Mar desde hacía ya casi una hora, centrada completamente en el comportamiento y la evolución de los internos que estaban bajo su supervisión.

 Volví a mirar a María del Mar. Seguía sin entenderlo. María del Mar era rubia natural, con una brillante melena lisa cortada a la altura de sus hombros en una impecable línea recta. Aquel día llevaba unos pendientes de un color azul aguamarina perfectamente elegido para hacer juego con sus ojos, y centrar en ellos la atención de sus interlocutores. Porque eran unos ojos que merecía la pena ver, si. Pero también porque, de no concentrarte en sus ojos, acabarías cayendo en la tentación de fijarte en otras partes de su anatomía situadas un poco más abajo del cuello. Y María del Mar sabía que su escote atraía a los zánganos figurados con la fuerza con la que un campo de orquídeas atrae a los reales, y con la mejor de las intenciones fruto de una amplia experiencia previa, trataba de evitar situaciones violentas.

  Mientras me sumía en estas reflexiones, mi mirada había ido descendiendo involuntariamente hasta donde no debería haber descendido, al menos en un entorno profesional como era aquel. Por suerte, me di cuenta a tiempo y, decidido a mi vez a evitar esas mismas situaciones violentas, hice girar el eje de mi silla casi 180 grados. Frente a mí, y hasta entonces a mi espalda, se abría un amplio ventanal, enrejado, cómo no. Desde él se tenía una completa visión del patio del módulo, unos cuatro metros más abajo. Allí, varios internos fumaban, alguno entraba o salía de los servicios. Los más simplemente estaban sentados y un par de ellos aprovechaban el último frescor de la mañana que terminaba para hacer pesas al sol, antes de que la fuerza del mismo les impidiese continuar.

 Centré mi atención en uno de ellos. Aquella mañana, al entrar a trabajar, el compañero saliente de realizar el servicio por la noche me había informado de las novedades. A eso de las once de la noche de la víspera la Guardia Civil había traído a un detenido con orden judicial de pase a prisión preventiva. Lo hicieron pasar hasta la sala de identificación esposado, y recomendaron a mis compañeros esposarlo también hasta el momento de meterlo en su celda. Una petición nada habitual pero necesaria porque, según informaron los agentes, en las menos de setenta y dos horas que llevaba detenido en su poder había protagonizado dos intentos de fuga tan ingeniosos como, por suerte, carentes de violencia. En uno de ellos había conseguido trepar hasta una salida de ventilación, después de forzar sus esposas con el capuchón de un bolígrafo 'Bic', y de desatornillar la rejilla de acceso a la misma usando como herramienta las mismas esposas de las que se acababa de liberar. Si le pillaron fue porque la propia musculatura que le había permitido mantenerse agarrado del techo con una sóla mano mientras con la otra desatornillaba los ocho espárragos de la reja de acceso al conducto de aireación, había jugado en su contra haciéndole quedar atascado en un recodo del mismo. Los Guardias Civiles se habían visto obligados a usar una sierra radial para liberarlo de su encierro, y es de justicia reconocer que lo habían hecho con gran destreza, visto que no tenía ni una sola marca en el cuerpo. Y desde mi posición, en ese momento, podía dar fe de ello.

 Anatoli, que así se llamaba, se disponía a tumbarse en el banco de ejercicios ataviado únicamente con un taparrabos de color azul. Supongo que el día que lo detuvieron no estaba entre sus planes el ingresar en prisión, porque personalmente por nada del mundo querría yo que me soltasen en el patio de un talego luciendo únicamente un tanga, pero a él no parecía importarle demasiado. Se le veía orgulloso de su cuerpo, y tenía motivos para estarlo. Lucía una musculatura perfectamente definida, sin asomo de grasa ni flaccidez, y eso que estaba ya más cerca de los cincuenta que de los cuarenta. Aunque bueno, ojo, María del Mar también se acercaba peligrosamente a la cincuentena y su figura dejaba en evidencia a la de mujeres veinte años más jóvenes. El entallado de la falda de lino que formaba la mitad inferior de su traje era fiel testigo de ello. Pero claro, también es verdad que María del Mar no había tenido hijos.

 Y qué suerte, pensé mientras la miraba de reojo, intentando que no se notase. Y qué grandísima suerte que no los haya tenido...

 El teléfono sonó de repente. Lo agradecí. La conversación era cada vez más aburrida, y de seguir así, al final o María del Mar o Flora me iban a pillar mirando hacia donde no debía.
 Cogí el teléfono.


jueves, 29 de junio de 2017

Ola de calor II



 Raúl se puso en pie, por enésima vez, pero en esta ocasión giró a la izquierda, hacia la puerta de nuestra cabina, y la abrió. Los cuarenta y pico grados de temperatura del aire exterior le golpearon en la cara, y hasta yo mismo pude sentir la oleada de calor. Igual que cuando abres un horno para comprobar si el asado está listo. Raúl achinó los ojos, se puso las gafas de sol, y salió, cerrando la puerta tras de sí.
  Desde la cabina le vi atravesar con determinación el patio de cemento hasta la pared que estaba justo frente a nosotros, a algo más de treinta metros. Allí, en esa pared, una ventana enrejada hacía las veces de ventanilla de despacho del economato. Pude ver a Raúl golpeando la portezuela metálica que la cerraba. Nadie abrió y, pasados unos instantes, Raúl giró sobre sus talones para dar media vuelta y volver la cabina de funcionarios. A mitad de camino, sin embargo, pareció dudar, y acabó por dirigir sus pasos hacia donde Mari tomaba el sol, tumbado en su toalla.
 No pude oír lo que decía, claro, pero no había que ser un lince. Mari se incorporó levemente, apoyando los codos en el suelo, para escuchar a Raúl. Raúl se tocó la boca con los dedos índice y corazón de su mano derecha, en el gesto universal con el que los fumadores sujetan sus pitillos. Mari negó con la cabeza.
 Poco después, mi compañero entraba otra vez a la cabina, acompañado de una infernal vaharada de aire caliente. Se sentó a mi lado.

  -¿No ha habido suerte?.-Pregunté.
  - No. El economato no abre hasta dentro de media hora, y Mari no tiene tabaco.-
  - Qué feo, pedirle tabaco a un interno.- Comenté, sin quitar la vista del patio. Raúl me miró con recelo. No estaba seguro de si mi recriminación iba en serio o no. Sonreí y le guiñé un ojo, y él sonrió también, más tranquilo.
  - Bueno, muchos pitillos me tendría que dar Mari a mí para que quedáramos igualados.- No le faltaba razón en eso. Como ya he dicho, la mayoría de funcionarios apreciábamos a Mari. Siempre estaba ahí para ayudarnos a localizar a cualquier otro interno cuando el psicólogo, o quien fuera, quería hablar con él. O para encargarse de limpiar las duchas, o incluso para darnos algún pequeño soplo de vez en cuando. Y Raúl, y otros funcionarios, no dudaban en compartir un pitillo o invitar a Marí a un café, porque en una conversación con él podías enterarte de muchas cosas que estaban sucediendo en el patio y que a tí te habían pasado completamente desapercibidas.
 Pasaron unos minutos. Raúl parecía más tranquilo ya, quizá el calor le había ayudado a relajarse. Menos mal. Durante los siguientes minutos, pudimos concentrarnos en observar a los internos mientras disfrutábamos del aire acondicionado graduado a toda potencia.

  Fuera, en el patio, Mari recogía su toalla. La sesión de sol había terminado. Se puso el bañador y, con el torso todavía desnudo, se encaminó a uno de los bancos del lado derecho del patio, que todavía estaban a la sombra.
   Sentado en él estaba Luca, un joven de no recuerdo qué provincia del levante español. Con sus ricitos castaños y su aire angelical, tenías que mirar en lo profundo de sus ojos verdes para darte cuenta de que había algo muy feo anidando dentro de aquella hermosa carcasa. No me había molestado en mirar por qué estaba Luca cumpliendo condena, casi nunca hago eso. Pero me habían llegado rumores que hablaban de un delito sexual. Bueno, quién sabe.
  Mari se quedó de pié ante Luca. Empezaron a hablar y, al igual que en la vez anterior, no pude oír qué decían. En un momento dado, Mari hizo un gesto con la cabeza hacia su izquierda. Luca miró en esa dirección, y siguiendo sus ojos descubrí que miraba hacia la puerta de las duchas.
 Intercambiaron unas palabras más. Pocas. Mari se fue hacia la puerta de las duchas, y pasó al interior de la dependencia. Fuera, Luca encendió un pitillo y se lo fumó con calma. Al acabar, tiró la colilla al suelo, la pisó con sus chanclas, y se metió en la ducha también. Raúl y yo nos miramos, y nos encogimos de hombros. Teníamos una A y una B. Era evidente que luego venía la C.

 Un cuarto de hora más tarde, Luca salió de las duchas. Sacó un paquete de tabaco y un mechero  de su bañador, y con un gesto rápido se llevó un pitillo a la boca. Lo encendió, se guardó el mechero, y volvió a sentarse en el banco del que se había levantado momentos antes.
 Poco más de cinco minutos después, Mari salió también. Venía recién duchado, y se había peinado hacia atrás su rala melena rubia. Así, con el cabello ordenado y una camisa de manga corta, Mari podría pasar por un respetable caballero jubilado, el abuelo de cualquiera. Hasta que te fijabas, porque era imposible no fijarse, en el bulto de sus tetas. Pero bueno, también hay por ahí muchos abuelos con un buen par de tetas, que los años no perdonan, y...


 Mari llamó a la puerta de la cabina, poniendo fin a mis reflexiones. Raúl y yo nos miramos, extrañados, y finalmente él, que era el que estaba más cerca de la puerta, se levantó para abrir.
 Mari le acercó un pitillo.
 - Tome, don Raúl.- Raúl se quedó quieto, mirándolo. No sabía qué hacer. Mari insistió.
 - Tome, don Raúl. He conseguido un paquete de 'Chester'. Coja un pitillo.- Raúl, pasado el primer momento de duda, levantó su mano derecha, y movió decidido su índice de izquierda a derecha, para reforzar su negativa.
  - No, Mari. No puedo aceptarlo. Te lo agradezco, pero no puedo. Me parece que te ha costado demasiado conseguirlo.- Mari sonrió de medio lado, con su habitual mirada de divertida amargura.
 - Que va, don Raúl. Ha sido un placer.- Y sin dar tiempo a que Raúl respondiera, le metió el cigarrillo en el bolsillo de la camisa, dio media vuelta, y se fue.

  Mi compañero cerró la puerta, algo de agradecer, porque se estaba empezando a perder el frescor del aire acondicionado, y se sentó de nuevo a mi lado. Sacó el pitillo del bolsillo donde lo había deslizado Mari, y lo observó en silencio durante varios minutos.
 -¿Te lo vas a fumar o no?.- Pregunté, no porque me apeteciese compartir el humo de su tabaco, sino para sacarlo de su hermetismo. Y porque me aburría. Raúl sacudió la cabeza, como si lo acabase de despertar de una siesta, y me miró. -¿Que dices?.-
 - Que si te vas a fumar el pitillo.- Repetí. Raúl lo miró unos segundos más, y se lo volvió a guardar donde lo había sacado.
 - No. No me lo fumo. Ahora estoy más decidido que nunca a dejar de fumar. Y este pitillo me lo voy a guardar como recordatorio.- Me espetó, así del tirón y con voz casi podríamos decir que solemne.
 - ¿De recordatorio de qué?- Pregunté.
 - Del daño que le puede hacer a tu cuerpo el vicio de fumar. Y no sólo a los pulmones.- Asentí en silencio, valorando sus palabras. Mira, todos los días se aprende algo.

  Continuamos observando el patio en silencio. Pronto sería la hora de comer.

 










 











miércoles, 28 de junio de 2017

Ola de Calor

 Raúl no podía quedarse quieto. Se sentaba, aguantaba diez segundos, se volvía a levantar. Caminaba hasta el fondo de la cabina de vigilancia. Se detenía ante la puerta que daba acceso al campo de fútbol de la prisión, y volvía otra vez hasta su silla. Estaba muy nervioso, y me estaba empezando a poner nervioso a mí, su compañero aquel día en la vigilancia del módulo cinco.

 Procuré concentrarme en la lectura del periódico, a ver si así evitaba alterarme yo también, pero no era posible. El 'ABC' me estaba cabreando más aún, lo cual es algo bastante habitual. Así que decidí darle a Raúl algo de conversación, un poco de charla amable, a ver si así distendíamos el ambiente.

 -¿Y a tí qué cojones te pasa?- Pregunté tan pronto se sentó a mi lado por enésima vez.
 - Que estoy dejando de fumar.- Me respondió, con los ojos fijos en el patio. - Y estoy que no cago.-

 Eso saltaba a la vista, pensé. Raúl se volvió a levantar, caminó los seis metros que había hasta el fondo de la habitación y se quedó de nuevo mirando hacia el campo de fútbol. No tardaría en volver.
Me estaba jodiendo la mañana, principalmente porque el típico tío nervioso que no se está quieto más de un minuto en la silla suelo ser yo. Que Raúl no parase de moverse me impedía moverme a mí, porque lo que estaba claro es que como yo también empezase a danzar de un lado a otro de la cabina, aquello iba a parecer un puto pinball.

  Volví a intentar concentrarme en otra cosa. Eché a un lado el 'ABC' y me puse a mirar el patio, que en el fondo es para lo que me pagan.

  Fuera hacía calor, más de cuarenta grados, y aún no eran las doce de la mañana. La mayor parte de los internos combatía el calor mediante frecuentes duchas, o remojándose al menos con botellas de agua que rellenaban periódicamente en los grifos disponibles. Algunos valientes, no obstante, aprovechaban para broncearse tumbados en bañador encima de unas toallas. Prácticamente todos los usuarios del improvisado solarium eran internos que disfrutaban de permisos de salida o de visitas de sus familias. Que veían a gente 'de la calle', vamos, y que por ello intentaban cuidar un poco su imagen.

  Y luego estaba Mari. Mari no sale de permiso, porque aún le queda mucho, mucho tiempo de condena. Y aunque pudiese disfrutar de un permiso, no tendría a donde ir. Porque Mari mató a su pareja, con rabia y con ensañamiento, y el juez había dictaminado que además de su tiempo de condena, Mari no podría acercarse por el pueblo donde ambos residían en la fecha del crimen durante diez años más. Mari tampoco tiene familia, porque a la gente como él, la familia la repudia (o la repudiaba, porque ésto por suerte pasa cada vez menos) cuando la adolescencia florece, y los condena a una vida sórdida y marginal. Pero no quisiera que os llevaseis una impresión equivocada. Mari es buena persona, en serio, y la mayoría de mis compañeros, y yo mismo, creemos que en el fondo el tipo al que mató Mari debía ser un hijo de puta, y probablemente se lo merecía.

 Mari es un travesti de unos sesenta años de edad, que como todos los travestis de la vieja guardia, y los viejos músicos de rock, aparenta veinte años más de los que declara su DNI. No pude dejar de observarlo mientras, con unos movimientos de una  vulgar delicadeza y que intentaban ser lo más femeninos posible, extendió una toalla en el suelo de cemento y procedió a quitarse la camiseta y el bañador, quedando cubierto únicamente por un tanga rojo. Mari tenía tetas, unas tetas que colgaban como dos huevos fritos suspendidos de un par de  alcayatas. En lo demás, su cara y su cuerpo eran los un señor mayor, un señor mayor que no ha llevado una buena vida a ninguno de los niveles en los que una vida pueda ser llevada. Pero tampoco es que se pudiera quejar. Al menos estaba vivo, algo que la mayoría de profesionales del sexo de su edad y trayectoria vital no pueden decir por culpa del SIDA.
 Mari en tanga no es un espectáculo agradable, y pude ver en el modo en que Raúl torció el gesto al ver el espectáculo un reflejo de mi propia expresión.
- Bueno, - dijo Raúl finalmente, tras un largo suspiro de resignación - esto ya ha sido la gota que colma el vaso. Necesito un pitillo. A tomar por culo.-

sábado, 3 de junio de 2017

El profesional II

 Miré a mi alrededor. Los internos parecían a punto de empezar una pelea multitudinaria, pero eso era más apariencia que realidad. En cuanto entré, los gritos y los ánimos habían calmado bastante, y se habían hecho un tenso silencio. Todos me miraban, expectantes. Y un interno a mi derecha se dirigió a mí, mientras señalaba con desprecio a Ercilla.
  - Señor funcionario, llévese a este tío, que la está liando sin venir a cuento.-
 Miré a Ercilla a los ojos. Respiraba entrecortadamente, y su pecho subía y bajaba haciendo que el banco que aún sujetaba por encima de su cabeza, que por cierto debía pesar no menos de treinta kilos, amenazara con caerse en cualquier momento. Lo primero era lo primero.

 - Ercilla, suelta el banco. Por favor.- Ercilla me miró, no sé si con sorpresa o simplemente saliendo de su estupor. No dijo nada.
  - Ercilla,- repetí con voz un poco más firme -suelta el banco. Ercilla abrió la boca para decir algo, pero no le dejé. -Dime lo que quieras, pero baja primero el banco.-
  - Si bajo el banco, estos me matan, don Jaime.- Estaba asustado. Miré a mi alrededor. El resto de internos parecían cabreados, lo que era lógico. Pero no más de lo que estaría cualquiera si un chalado te interrumpe la partida de cartas haciendo volar el mobiliario de la habitación. Ninguno tenía los puños apretados, ni esa actitud corporal que delata al que está dispuesto a 'saltar'. La cosa, dentro de lo malo, parecía que se iba a solucionar pacíficamente. Me tranquilicé un poco, y volví a la carga. Traté de sonar todo lo firme, pero tranquilo, de lo que era capaz. No es fácil.

  -Aquí nadie te va a tocar un pelo mientras esté yo. Así que no les vas a tirar el banco encima.- Mientras, me fui acercando a él poco a poco, hasta estar solo a dos metros escasos. -Y ahora mismo, si lo tiras, sólo me vas a dar a mí. Y yo sé que tú no quieres darme a mí con el banco.- Ercilla seguía confuso, pero su respiración era ya más pausada. Era el momento de dar la última orden.
 -Venga, baja el banco y vámonos tu y yo de aquí.-
  Lentamente, Ercilla posó el banco en el suelo. Surgió un murmullo del resto de internos, pero ninguno dio un paso adelante, ni hubo ningún amago de agresión. Menos mal. Si llego a suspirar de alivio, me hubieran oído hasta en el ayuntamiento del pueblo de al lado. Pero no era momento de mostrar debilidades. Así que me tragué el suspiro, y con mucha delicadeza apoyé mi mano en el hombro de Ercilla, para animarlo a emprender la marcha.

 En cuanto me giré hacia la puerta, vi entrar por ella a Germán. Germán era un compañero, uno de los pocos, muy pocos, funcionarios de prisiones vocacionales que he tenido el gusto de conocer. Me sobrarían los dedos de la mano del empleado de un aserradero para contar cuántos han sido, porque sólo he conocido a dos.

  Germán proviene de una familia en la que hay algún otro miembro del gremio, y siempre lo ha tenido claro. En su último año de instituto empezó a preparar la oposición, y con diecinueve añitos recién cumplidos ya se pateaba los patios.
  Pero aparte de vocación, es un profesional, porque una cosa no va siempre unida a la otra. Germán se implica en su trabajo. Nunca deja sin hacer un cacheo, sin investigar un chivatazo. A veces jode que haga todo tan bien, pero lo cierto es que lo compensa quitándote trabajo de encima. Y practica artes marciales, lo que hace que en algunos casos, como este mismo que os estoy contando, agradezcas tenerlo al lado. Germán no había necesitado más que verme entrar sólo al Salón Sociocultural para darse cuenta de que algo raro pasaba, y no había dudado en entrar detrás de mí. Bueno, esto último he de reconocer que es algo que casi cualquier compañero haría. Casi.

 Germán me miró. Miró a Ercilla. Y miró todo el perímetro de la habitación, sin detenerse en nadie en concreto, pero sin dejar de fijarse bien en todos y cada uno de los internos.
 -¿Que ha pasado?-, me preguntó.
 -Nada. Luego te cuento.- Porque tampoco era el momento de tener un cambio de impresiones. Urgía llevarse a Ercilla, y que se calmasen los ánimos. -Me llevo a este a Jefatura.- Concluí.
 Germán me señaló a Ercilla.  En el antebrazo, donde no llegaba cubrir su camiseta de manga corta, unas líneas púrpuras le surcaban  la piel. Arañazos, y bastante profundos. Supongo que, al tener los brazos alzados para sujetar el banco, desde mi perspectiva quedaban ocultos. Porque lo cierto es que era imposible no verlos.
 -Este se ha peleado-, constató Germán. -¿Con quién?-

Me encogí de hombros. La verdad es que ni se me había pasado por la cabeza que la pelea ya se hubiera materializado antes de mi entrada. Ercilla bajó la vista hacia el suelo, en completo silencio. No pensaba soltar prenda. El código del preso. En fin.

 Germán miró a su izquierda, y en menos de un segundo señaló a un interno que permanecía sentado en un banco, la espalda apoyada contra la pared.
 - Usted. Levántese.- El interno miró a uno y otro lado, confundido. Luego miró hacia arriba, a los ojos de Germán.
  -¿Yo?.- Balbuceó.
  - Si, usted. Levántese, haga el favor.- Repitió Germán. El interno dudó. Pero permaneció sentado, con las piernas muy juntas. Levanté una ceja.
  - ¿Y por qué me tengo que levantar yo?.- La respuesta me dejó de piedra. No le habían pedido nada raro.  Pero, de alguna manera, Germán se la esperaba. Dio un paso atrás, plantándose firme sobre sus pies, y miró fijamente a los ojos del interno, un hombre de unos cincuentaypico años, calvo y de aspecto anodino.
  -Porque le estoy pidiendo que se levante.- El interno se removió, incómodo.- Y como lo vuelva a tener que repetir, voy a tener que ponerle la mano en el hombro para animarle. Y si no me hace caso entonces, ya sabe lo que eso implica.-
  Lo que eso implica, es decir, el que no acompañes a un funcionario que te conmina a hacerlo apoyando su mano en tu hombro, es la comisión de una falta muy grave conforme al artículo 108 del reglamento penitenciario de 1981. Resistencia activa. Y por la comisión de esa falta te pueden caer, por ejemplo, varios fines de semana en una celda de aislamiento. Y perder el derecho a disfrutar de permisos. No es ninguna broma. El interno lo sabía de sobra, así que, muy a su pesar, se levanto.

 Al ponerse en pie, el pantalón de chándal que cubría hasta entonces sus piernas, súbitamente dejó de hacerlo. Estaba completamente desgarrado por las costuras laterales, y pudimos ver claramente  las rodillas del calvo. En cuanto abrió sus manos para intentar evitar quedarse desnudo allí mismo, pude ver que el interior de sus uñas estaba teñido de rojo. Él era el autor de los arañazos. Me quedé de piedra. ¿Cómo lo había podido saber?.

 Germán llamaba por el 'walkie', porque él no se lo había olvidado, solicitando la presencia de más compañeros para ocuparse de vigilar el patio mientras nosotros nos llevábamos a Ercilla y al calvo al módulo de aislamiento. Primero me fuí yo con Ercilla, y cinco minutos después salió él con el otro implicado en la tangana. Así evitábamos encontrarnos juntos los cuatro en las esclusas. Nunca se sabe.
  Llegué al módulo de aislamiento, y tras cachearlo en profundidad, encerré a Ercilla en una de las celdas que siempre tenemos vacías en previsión de estas situaciones.  Esperé la llegada de Germán con su escoltado fumando uno de los muy pocos pitillos que me permito al año, pero es que la situación lo requería. Cuando Germán y el calvo llegaron, lo encerramos también, sin más ceremonias, Y nos encaminamos juntos a dar parte al Jefe de Servicios de todo lo sucedido.
 Pero, por supuesto, la pregunta me quemaba. Como supongo que a todos vosotros. Y no aguanté más de cinco segundos sin hacerla.

 -Germán... ¿Cómo cojones adivinaste con quién se había peleado Ercilla?.-
 Germán miró hacia el suelo, con timidez, y sonrió.
  - Fue fácil... Cuando entré, todo el mundo te estaba mirando a ti, y en cuanto abrí la boca, todos pasaron a mirarme a mí. Todos menos el calvo ese, que se pasó todo el rato mirando al suelo y sin levantar la cabeza. Qué quieres, me pareció raro. Para una vez que hay espectáculo... ¿por qué te lo vas a perder?.-

 Asentí en silencio. Sin duda, Germán era un profesional.

miércoles, 31 de mayo de 2017

El profesional

 Trabajar por las mañanas en el acceso de un módulo es como dirigir un circo de tres pistas, pero los viernes lo es un poquito menos. Todos los días, y desde primera hora de la mañana, tienes que controlar el reparto de medicación, tienes que controlar escrupulosamente quien entra y sale a las mil y una actividades que se desarrollan en la jornada, tienes que llamar por megafonía para dar notificaciones a internos que, por pura ley de Murphy, son los siempre están hartos de pastillas durmiendo en la sala de televisión, de forma que los tienes que llamar diez veces antes de que reaccionen.

  Todo ello mientras atiendes sus quejas, por supuesto, y no te pierdes detalle de lo que pasa en el patio por si hay bofetones. Porque si un día, en tu patio, a alguien lo cosen a puñaladas, al inspector no le va a servir como excusa que tú le estuvieses sellando una instancia de 'coitus interruptus' a un fulano mientras con el rabillo del ojo controlabas que no le faltasen al respeto a la ATS cuando realiza el reparto diario de medicinas. Y es que así es nuestro trabajo. Hay quien lo ve como una mezcla de policía y educador, pero lo que somos es unos malabaristas a la espera de esa pelota de más que hará que todo aquello que hemos luchado por mantener en equilibrio se nos caiga al suelo.

  Los viernes, como iba diciendo, son un poquito más llevaderos. Aunque sólo sea porque, a mitad de la mañana, el flujo de psicólogos, trabajadoras sociales, maestras o miembros de las ONG´s más peregrinas disminuye hasta detenerse por completo. Se aproxima el fin de semana, y todos estos profesionales buscan aprovechar esas últimas horas de la jornada para hacer papeleos y dejar las mesas de sus despachos limpias hasta el lunes. No puedo culparlos, yo haría lo mismo. Y además su ausencia me libra de atenderlos, de buscar a los internos que necesitan ver, de entregar revisiones de grado, anulaciones de permiso y demás marrones.

 Durante unas horas puedo, simplemente, observar a los internos. La que, según el  reglamento, debería ser mi tarea fundamental. Pero la alegría dura muy poco en casa el pobre, y aquel viernes, tras unos escasos minutos de paz, sonó el timbre de la entrada situada a mis espaldas. Pulsé el botón de apertura y entró Hugo, el Encargado del Módulo. Y puesto que no venía del interior  del módulo, y era media mañana, y se fue directamente al servicio a lavarse las manos, no había que ser muy listo para deducir que venía de almorzar por ahí. Una forma de escaquearse como otra cualquiera, si.

  Crucé los dedos para que Hugo se limitase a soltar lastre y se fuese directamente al patio, sin buscar conversación. No fue así. Hugo salió del baño secándose las manos, se sentó en una silla de oficina que había a mi izquierda, y comenzó a rendirme cuenta pormenorizada de sus males de amor. Que eran muchos y muy variados. A comerme la oreja, vaya.

  Los males de amor de Hugo eran muchos y variados, si. Pero, como los Diez Mandamientos, se podían resumir fácilmente en dos: Carecía de todo atractivo físico, y además no era capaz de mantener una conversación no ya interesante, sino simplemente entretenida con  una mujer. Con un hombre tampoco, ojo, pero eso ya no afectaba a su vida sentimental.  Hugo llevaba mucho tiempo sin mantener una relación sexual que no hubiera sido precedida de un regateo a modo de  cortejo, y a veces me preguntaba yo si ese patético empeño suyo en buscar pareja, cuando era evidente para todo el que le conocía que aquello era una batalla perdida, no era sino un intento de ahorrarse un dinero.

  Así que si más preámbulos, empezó con su perorata. Lo bueno es que a Hugo lo conozco desde hace ya bastantes años. Cualquier consejo que yo hubiera podido darle ya se lo he dado, y o lo ha ignorado o no lo ha puesto en práctica correctamente y me ha culpado de su fracaso. Así que, en el fondo, no tengo por qué prestarle atención, porque Hugo sabe ya que nada voy a contestarle. Y la mañana siguió transcurriendo un poco como hasta entonces, con la salvedad de que en vez de escuchar radio 3 de fondo, pues estaba escuchando a Hugo. Dependiendo del programa que estén emitiendo, a veces es hasta mejor. Pasados unos minutos te abstraes, y deja de tener importancia a quien o qué estás escuchando.

  Me concentré en observar el patio. No hacía ni frío ni calor, y el sol asomaba a veces entre las roturas entre las nubes que dejaba el cielo parcialmente cubierto. Eso daba variedad a las actividades de los internos. Algunos corrían en círculos, otros estaban sentados jugando tranquilamente al parchís. Había quien hacía gala de optimismo al tumbarse en un banco con el torso desnudo, intentando atrapar una rayo de sol. Y no pocos internos se refugiaban en el eufemísticamente denominado 'Salón Sociocultural', viendo la 'tele'.

  Y ahí, en en Salón Sociocultural, fue donde algo me hizo detener mi recorrido visual. Al principio no me di cuenta, como suele pasar, pero... Algo no encajaba. El Salón Sociocultural no es más que una habitación de unos sesenta metros cuadrados, en la que únicamente hay un viejo y enorme aparato de televisión protegido de posibles agresiones por una caja de acero y plexiglás, y varios bancos corridos de metal y madera atornillados al suelo. Desde mi punto de vigilancia, sólo alcanzaba a ver la pared de ladrillo visto que lo separaba del patio, la puerta que le daba acceso, y un par de ventanas muy anchas y estrechas. Éstas, de no más de cuarenta centímetros de altura y unos cuatro metros de ancho, estaban situadas a la altura aproximada de la cabeza de una persona... Y eso era lo que se veía. Cabezas. Cogotes, más bien, porque todos los que se encontraban en el interior de la estancia parecían estar mirando hacia el centro de la misma.

  Y eso era lo que me había llamado la atención. ¿Por qué estaban mirando hacia el centro, si la 'tele' quedaba a su izquierda?. ¿Por qué estaban de pie, si tenía que haber espacio de sobra para sentarse?.

 El soliloquio de Hugo derivaba,como siempre lo hacía pasados los primeros cinco minutos, hacia la autocompasión. Y como quiera que eso es algo que me enerva, vi una oportunidad de oro de librarme de su rollo y a la vez hacer mi trabajo.

  - Tío, ¿te quedas aquí un segundo?. Voy a ver una cosa al patio.- Y sin darle tiempo a responder, le pasé la botonera y me encaminé a la salida de la oficina. Para cuando logró reaccionar, yo ya estaba tocando el timbre de la puerta-esclusa de acceso al patio. Hugo pulsó el botón de apertura electrónica, y salí al exterior.
  Me puse las gafas de sol, un poco porque a pesar de que estaba bastante nublado, no dejaba de haber un fuerte contraste entre la penumbra del interior de la oficina de acceso y la gris luminosidad del exterior. Y un poco por chulería también me las puse, no os voy a mentir. Cumplido esto, comencé a cruzar el patio en diagonal, directamente hacia la puerta del Salón Sociocultural.
  A mitad de mi camino, un interno salió a trompicones por la puerta a la que yo me dirigía. Parecía muy alterado, y el hecho de que fuera vestido solamente con unos vaqueros, sin nada que le cubriese el torso, no era una buena señal. Nadie baja de las celdas sin ir completamente vestido, y este tipo, o bien se había quitado la camiseta para usarla de almohada mientras veía la 'tele' -y había tenido que salir del salón sin tiempo a recuperarla- o bien se la habían arrancado en una tangana. Mala cosa.

  El interno en cuestión me vio y, tras un primer gesto de sorpresa, vino directo a mí. Tensé los músculos, un poco por reflejo. Pero tuve suerte. Venía en son de paz.
  - ¡Señor funcionario, Ercilla se ha vuelto loco y está pegando a todo dios!- Me dijo, muy agitado, señalando hacia la puerta por la que acababa de salir.
  Bueno, pensé, era cuestión de tiempo. Ercilla era un politoxicómano, y las últimas semanas las había pasado 'quemando' el módulo. La táctica es muy sencilla, si tienes un mínimo de don de gentes. Te vas haciendo amigo de unos y otros, y les pides dinero. O drogas.  O tabaco. Todo, por supuesto, a cuenta de un dinero que alguien te va a ingresar en tu peculio, sin falta, el próximo miércoles.
  Y cuando el miércoles no ha llegado ese dinero, pues le montas un pollo al funcionario del acceso. O solicitas hablar con el Administrador. O incluso haces una sentada de protesta en el medio del patio (sí, eso se hace a veces). Todo para que tus acreedores vean que tú eres legal, que todo es un error, que tú les vas a pagar. Que eres de ley.
  Esto funciona dos o tres semanas, y a partir de ahí, claro, la gente se muestra un poco más desconfiada. Algún acreedor impaciente puede llegar a amenazarte. O lo mismo, dios no lo quiera, te caen unas hostias. Entonces llega el momento de abandonar el módulo. Pero esto no es decisión tuya, porque en prisión no puedes hacer el petate y decirle al funcionario, -'Mire, oiga, que me aburren los vecinos y me voy al bloque de al lado'-. Hay que buscar una excusa. La forma legal es solicitar protección, 'refugiarse', porque estás amenazado. Pero esto implica hablar con el Jefe de Servicios y reconocer que has pedido prestado dinero, que no lo has devuelto, y que Sorin, el rumano que lleva lo de los préstamos, te ha dejado caer que te va a partir las piernas. O que te va a partir las piernas y dejarte caer, que el miedo no te deja pensar con claridad. Pero eso es de cobardes, es de chivatas. Y de perras.
  Y si no quieres refugiarte, porque eso es de chivatas y de perras, pues sólo te queda otra opción.
  Liarla. La lías, es decir, te peleas con alguien, y automáticamente los funcionarios te llevamos a aislamiento. Y te vas del módulo bien, por la puerta grande. ¿Vosotros lo entendéis?. Pues así es como funciona. La ley del talego. Que desde fuera puede parecer que tiene un aura de romanticismo pero, como tantas otras cosas que la tienen, vivida desde dentro es una imbecilidad.

 Así que, sin más preámbulo, entré en la habitación. A mi izquierda y derecha, en torno a quince o veinte internos pegaban sus espaldas contra las paredes. Algunos de pie, otros sentados. Todos dando voces, instando a Ercilla a deponer su actitud. Y frente a mí, y a ellos, estaba Ercilla. De pie, y sujetando un banco con ambas manos  por encima de su cabeza. Uno de esos bancos que deberían estar atornillados al suelo. Estaba muy agitado, y en ese momento me caí en la cuenta. Yo había cometido un grave error.
  Me había dejado el 'walkie' encima de la mesa de la oficina de acceso.
  Estaba solo.

jueves, 25 de mayo de 2017

Sálvese quien pueda III

 Mientras la procesión se acercaba a la puerta de la cocina, Aquilino procedió a contarnos sus primeros devaneos con el LSD, y cómo, en sus propias palabras;
  - Empecé a ver dragones, y a gritar que me sacaran de allí. Entonces la peruana con la que compartía piso entró a mi habitación y vaya que si me sacó, me sacó a hostias de la cama, porque me dijo que la había asustado, y que estaba hasta el coño de mí. Así que salí a la calle y me metí en la iglesia que había en la otra acera, para que no me encontrase el dragón, porque los dragones no pueden entrar en las iglesias.- Aprovechando que Aquilino había interrumpido por un instante su monólogo para darle una calada a su pitillo, me arriesgué a meter baza.
 - Los que no pueden entrar a las iglesias son los vampiros, Aquilino...- Todos me miraron a la vez, y con idéntica expresión confusa.
  - ¿Como dice, don Jaime?.-
  - Que los que no pueden entrar a las iglesias son los vampiros, porque es territorio sagrado.- Aquilino se rascó la cabeza. No fue el único. Finalmente me respondió, tras unos instantes de duda.
  - Ya, bueno... No sé que tendrá que ver una cosa con la otra. Los dragones no pueden entrar a las iglesias porque no caben por la puerta, y los muros son gordos. Al menos es lo que se me ocurrió a mí.- Varios internos asintieron con la cabeza, aprobando su decisión. A mi me quedó la duda de cómo es que había conseguido entonces entrar el dragón en su habitación para atormentarlo, pero Aquilino ya había vuelto a coger el hilo de la narración, así que me callé y no volví a interrumpir. Además eran su dragón y sus alucinaciones, así que sin duda seguían sus propias reglas.
  
  Aquilino tenía una voz muy característica, y con característica no quiero decir que fuese algo suyo, singular y único. Era, y es, una voz característica de, aquellos veteranos jinetes del caballo llamado muerte. Rasposa, como si los domingos de resaca te cuidases la faringe haciendo gárgaras con arena. Joe Cocker había conseguido perfeccionar su tono macerando su cuerdas vocales en alcohol. Sergio Dalma... No sé, en innumerables citas a ciegas de las de 'susto o muerte' con mujeres de nombre hebraico, si hacemos caso a su discografía.
  Aquilino había curtido su garganta a golpe de amoniaco y papel Albal, y vete a saber por qué, desde que tuve la ocasión de conocerlo, cada vez que oigo la expresión 'hablando en plata' su voz resuena en mi cabeza.
  El caso es que su timbre grave y roto le impedía hablar en voz baja por más que lo intentase, y aquella mañana, para poder hacerse entender entre la algarabía de risas que ya lo rodeaba, había elevado bastante el tono. Y ninguno, por supuesto, nos habíamos dado cuenta.

  Aquilino continuó su relato, interrumpido aquí y allá  por arranques de risa de sus oyentes, mientras la procesión, con el obispo al frente, se detenía finalmente ante la puerta de la cocina. Al lado del  marco de la misma, pegado con celo a la pared, estaba el dibujo que Quispe había perpetrado para la ocasión.
 En él, la santa mujer Verónica enjuga con un paño la cara de Jesús. Salvo que, por cómo miraba a Cristo, no parecía precisamente una santa. Y el extraño bulto que asomaba de su entrepierna no invitaba a pensar que fuese una mujer.

El obispo puso los ojos en blanco, supongo que rogó al Señor que, por enésima vez, le diese fuerzas, y se dispuso a comenzar sus plegarias. Todo el mundo guardó un respetuoso silencio.

Todo el mundo, claro, menos Aquilino. Su historia había continuado con él buscando refugio en un confesionario, del que un incauto sacerdote estaba intentando sacarle en esos momentos.
 Y apenas había el obispo, en el 'hall', abierto la boca para iniciar su plegaria, cuando el vozarrón de Aquilino retumbó intramuros:
  - ¡Cura. Cura hijo de puta! ¡Sal de aquí y no vuelvas que te mato! ¡Vete con la puta de la peruana, que lo mismo quiere follar contigo!-
Todos los que le acompañábamos rompimos a reír. Las risas también se oyeron fuera, claro, y no contribuyeron en absoluto a calmar la situación que, a partir de ahí, se volvió bastante confusa.

 El obispo miró espantado hacia el Jefe de Servicios, pero éste ya no estaba a su lado y apretaba frenético el timbre de la puerta de la cocina. Timbre que, no hace falta decirlo, no oíamos ni Alfreddo, transido de amor no correspondido por Jaime Cantizano, ni nosotros, que ya no éramos capaces ni de seguir el hilo argumental (si es que se le puede llamar así) de la historia de Aquilino.

 El Jefe de Servicios dejó de pulsar el timbre justo antes de quemarlo, y corrió a Jefatura de Centro a por el juego de llaves de recambio. Por supuesto, se encontró la puerta cerrada, y al Jefe de Centro no se lo encontró en absoluto. Así que ahí se quedó ante la puerta, momentáneamente bloqueado.

 Mientras tanto, entre el alboroto de risas que también se había adueñado del 'hall', porque la cosa no era para menos, el ayudante del obispo había hecho mutis, al igual que, entre otros asistentes,y sin que en un principio adivinásemos relación alguna entre ambos casos, la misma Mariuszka.

El pobre obispo, privado del apoyo de los que él consideraba los únicos pilares en los que apoyarse en aquel mar de peligros, dejó caer su báculo. Y considerando que dadas las circunstancias, cinco estaciones eran más que suficientes, y que en caso de querer hacer más, la cárcel (y muchos de sus internos) iban a estar en el mismo sitio el año siguiente, se encaminó hacia el rastrillo de salida con una ligereza sorprendente en un hombre de su edad y envergadura.

  Poco después de esto, el Jefe de Servicios salió de su bloqueo y recordó que en cocina teníamos un teléfono. Así que me llamó desde su oficina, y a partir de ese instante, y durante una buena temporada, se acabaron las risas en prisión. En un primer momento, y un poco para contener daños y reconducir la situación, procedimos a reagrupar a los internos y a conducirlos a sus celdas para un recuento extraordinario.
 El ayudante del obispo salió de uno de los economatos con aspecto de haber sufrido un sofocón, que en un principio atribuimos a la tensa experiencia. Y sí, lo cierto es que el hombre había sufrido una experiencia no carente de tensión. Pero no fue hasta que el Jefe de Servicios lo acompañó hasta la salida deshaciéndose en disculpas que pude ver a Mariuszka salir del mismo economato.
Salir mientras se guardaba en el canalillo no uno ni dos sino tres paquetes de 'Chester' que, hay que decirlo, desaparecieron allí sin dejar rastro. Mariuszka me guiño un ojo, y yo rápidamente até cabos, que tampoco había que ser Jessica Fletcher. Bueno, - pensé- por lo menos si para  el año que viene intentábamos repetir la experiencia, éste se apuntaba seguro.

  Hicimos sonar la sirena de los recuentos, y los internos se dirigieron ordenadamente a sus celdas, en un silencio roto sólamente por alguna risilla furtiva que la mirada fulminante del Jefe de Servicios cortaba de inmediato. Me tocó contar el módulo dos, y no había siquiera franqueado la cancela de entrada a la galería cuando me di de frente con una figurilla que la intentaba abandonar, furtiva.


  Era la beata, la que había cabreado a Ceferino. Todos nos habíamos olvidado de ella. Le pregunté que qué hacía allí, y no porque sospechase que estuviese haciendo algo prohibido ni mucho menos. Más bien al contrario. Mi preocupación era que algún interno la hubiese conducido a las celdas contra su voluntad.
 La beata se abrochó tímidamente el último botón de su desvahído batín color malva, y me preguntó con una pícara sonrisa que por donde se salía. Que se había perdido.
 La miré y achiné los ojos, inquisitivo. Había un brillo en su mirada que no estaba ahí un par de horas antes, cuando entró. El brillo de la chiquilla que le miente a su padre al decirle que no, que no ha estado esa tarde con su novio.

 Le señalé con el dedo hacia la compuerta de salida y se fue, dándome las buenas tardes. Y yo me dispuse a acabar mi tarea de una puñetera vez, hacer el recuento, y sobre todo no pensar, ni entonces ni más adelante, en nada de lo que había pasado aquella tarde.
 En la celda cinco, la de Quispe, no había nadie. Y ya me disponía a cerrarla y ponerme a buscarlo en serio por todo el Centro Penitenciario, cuando alcancé a escuchar un sollozo, y volví a entrar en el 'chabolo' para registrarlo un poco mejor.
  Bajo el camastro, Quispe sollozaba, hecho un ovillo. Le pregunté si le pasaba algo, y negó con la cabeza. Entonces lo hice salir de allí debajo, porque es obligatorio, en los recuentos, comprobar el buen estado de salud de los internos, y sospechaba que quizá alguien podría haber aprovechado el caos para hacerle daño. Pero lo cierto es que no tenía marcas de ningún tipo, y ante mi insistencia, me volvió a asegurar que se encontraba bien y que, por favor, le dejase solo.

  'No pienses, Jaime,' me repetí. 'Acaba el recuento y no pienses más'.


P.S.  Ceferino nos dejó poco después. Cuando todos los sucesos de la tarde de aquel infausto Jueves Santo llegaron a sus oídos, el Director abandonó sus vacaciones y cogió el primer vuelo hacia la isla para darse el gusto de abroncarnos a todos en persona. Uno por uno. En su despacho, y tomándose su tiempo.

 Para Ceferino fue demasiado. Que un advenedizo de la edad de los hijos que podría haber concebido (de no ser porque, como muchos sospechábamos, seguramente eyaculase vinagre), que un advenedizo, digo, tuviese la osadía de cantarle las cuarenta, era más de lo que estaba dispuesto a soportar.
 Así que no había muerto todavía el eco de las palabras del Director cuando Ceferino comunicó a la Dirección General su intención de jubilarse con efecto inmediato. Su petición fue concedida al momento, porque ya pasaba con creces la edad de jubilación y, si seguía en activo, era porque lo había solicitado expresamente.
  El día de su despedida tuvimos la idea de poner una vieja llave de celdas, que de tanto uso se había desgastado y ya no funcionaba, en una peana. La encargamos en una tienda de trofeos, y la adornamos también con la típica placa con las típicas frase vacías ya de contenido. Tus compañeros no te olvidan y todo ese rollo.

  Fiel a la actitud que había mantenido durante la mayor parte de su carrera penitenciaria, lo primero que hizo Ceferino tras desenvolver su regalo fue dirigirse a la oficina de Jefatura de Centro y abrir el armario donde se custodiaban las llaves. No fuese a ser que unos descerebrados como nosotros éramos a sus ojos hubiésemos sido capaces de malgastar una llave 'de las buenas' para crear aquella estupidez de regalo. Sólo cuando le explicamos que era una llave ya fuera de uso se relajó, y por su mirada llegamos a adivinar que el regalo había sido, en el fondo, de su agrado.

  Algún tiempo después, un compañero me contó que se había encontrado a la esposa de Ceferino y que ella le había pedido que nos agradeciera a todos el detalle de la llave.
   Por lo visto, era su posesión más preciada.
  Y la guardaba bajo llave en un armarito de su dormitorio. Donde nadie más que él pudiera tocarla.