sábado, 16 de septiembre de 2017

Tremenda torrija III



No me equivocaba con lo de Martínez Alvero, y me volví a cruzar con él mucho antes de lo que esperaba.
El día siguiente a nuestro primer contacto, me tocó servicio en cocina. En cocina el funcionario no es que tenga mucho que hacer, porque el grueso del trabajo es tarea de los internos que están destinados allí. Y de vigilar que no la caguen y acaben quemando las lentejas se encarga un Jefe de Cocina, que es personal laboral. Vamos, un tipo de la calle que viene a currar allí.
 La misión principal del funcionario de cocina es controlar la caja de cuchillos, que por sorprendente que pueda parecer es una caja llena de cuchillos. Una caja blindada, eso sí, de la que sólo yo tengo la llave, y en la que hay adherido un listado de todos los elementos susceptibles de hacer pupa que se almacenan en su interior. Y de paso, ya que estás ahí, si también vigilas que los internos de cocina no se apuñalen entre ellos mientras cortan los puerros para el cocido, pues entonces ya vas para nota.

  El caso es que me las prometía muy felices yo en la cocina, a mi rollo, con un grupo de internos conocido y en el que, dentro de lo que cabe, todos son personas más o menos normales. Sin gente rara que tenga visavises escritos en la palma de la mano. Pero está claro que en un espacio cerrado por definición como es una cárcel, si hay un marrón con tu nombre escrito te lo vas a comer por más que te escondas.

   A media mañana me acerqué al patio del módulo cinco. Porque me aburría, principalmente, y porque me apetecía echar un café. Ya al salir al exterior desde el comedor anexo a la cocina, noté algo raro en el ambiente. No sé... a veces es que todo el mundo está hablando, y en cuanto ven el uniforme se quedan callados. A veces es justo al contrario. En esta ocasión, a la derecha de la puerta por la que accedí al patio había un banco ocupado por un grupo de cinco internos. Bastante agitados, además.  O eso me pareció ver a través del cristal de la misma. Pero en cuanto la abrí y salí, todos se quedaron tiesos como estacas, y calladitos. Y de repente eran cuatro.
  Miré a mi alrededor. Había varios internos corriendo alrededor del patio, a diferentes ritmos. Pero uno me llamó la atención. Cuando uno corre para entrenar, lleva un ritmo. Mantiene una cierta sincronía de movimientos. Este tipo corría como un pollo sin cabeza. Además, llevaba una llamativa gorra de pescador color verde con el logotipo del Atlético de Cali... Y las cosas como son, cuando había entrevisto al grupito del patio por primera vez, me había parecido ver a un fulano con una gorra verde. Vamos, que blanco y en botella.

 Me acerqué al grupito. Ninguno me miró al acercarme, ni me miraron a los ojos cuando les hablé. la cosa estaba clara, y tampoco había que currarse mucho la pregunta.

  -¿Qué pasa aquí?.- Dos de ellos miraron al suelo, otro hacia arriba, como esperando una revelación divina. El cuarto rebuscó en su pantalón de chándal y sacó un paquete de tabaco. Pero contestar, no contestó nadie. Quizá no me habían oído. Quizá.

  -Que pregunto que qué pasa aquí.- Con firmeza, pero manteniendo la calma. Que no crean que estoy nervioso. El del pitillo parecía que iba a responder. Al menos me miró a la cara mientras los otros tres corrían el riesgo de luxarse el cuello en su esfuerzo por mirar hacia otro lado. Comenzó a abrir la boca, pero en ese instante vio, vimos los dos, al interno de la gorra verde que, en su huida, había dado una vuelta entera al patio y se encontraba de nuevo en el punto de partida. Pude verle la cara. Era Martínez Alvero. Quién sino él sería capaz de huir corriendo en círculos.

 Extendí mi brazo izquierdo a modo de barrera, y Martínez Alvero se detuvo. Parecía un poco sorprendido, pero se quedó quieto de forma automática, como un coche ante un paso a nivel. Me miró bajo el ala de su sombrero. Había algo raro en su cara, no tenía buen color. Y eso que el gorro del Atlético de Cali, con una foto de todo el equipo titular impresa en la copa y el ala de un color verde venenoso, hacía tanto daño a la vista que difuminaba la imagen de todo lo que había a su alrededor. Como la llama de un soplete.

 - ¿Le importa quitarse la gorra?. Cuando hablo, prefiero ver la cara de la gente.- (Y no sufrir un desprendimiento de retina, pensé para mí).  Alvero se quitó la gorra, obediente. Su cara estaba peor de lo que me había parecido en una primera impresión. Estaba azulada, como si le faltase oxígeno. El lado izquierdo de la misma, además, estaba enrojecido, de forma que más que azul era de un insano color púrpura. Mis conocimientos de medicina se limitan a saber que el ibuprofeno es bueno para la resaca y que antes de que te pongan una inyección o un supositorio hay que bajarse los pantalones, pero tampoco había que ser Ramón y Cajal para darse cuenta de que a ese tipo le pasaba algo. Quizá le estuviera dando un ataque.

  - Oiga... ¿se encuentra bien?.-  Alvero me siguió mirando, con cara de confusión. Su expresión por defecto, me estaba empezando a dar cuenta de ello. - Tiene usted la cara azul...- A Alvero se le iluminaron los ojos, pero no de repente. Con calma, como un amanecer abriéndose camino a través de las tinieblas de la noche. Así debían avanzar sus ideas entre el espesor de su mente, pensé, en un alarde de imaginación de esos que a veces me surgen. Bueno, el caso es que sus ojos se acabaron de iluminar del todo, y finalmente contestó. No fue un proceso automático, que os quede claro.

 - Me he pintado la cara con un boli, Don.- Y sonrió con todos los dientes al acabar su confesión. No sé si estaba más orgulloso de su simpática ocurrencia, o de haber sido capaz de contestar correctamente a mi pregunta. De todas formas, a mi algo no me cuadraba.
 - Pero... Si uno se pinta la cara con un boli, no le queda teñida. Le quedan rayas pintadas. ¿Qué te has hecho?.- Pasamos del usted al tú, que a veces resulta más perentorio. A Alvero le dio igual el matiz. El me había contestado con lo que sabía, y el que yo no le creyese le había dejado sin respuestas. Volvió al silencio y la expresión confusa. Su marca de fábrica. Por suerte para ambos, uno de los internos del grupito que me había llamado la atención en un principio dejó de castigarse el cuello y resolvió mi duda.

  - Don, el loco vació la tinta en un vaso de agua y se lavó la cara con ella.- Así que fue eso. Bueno, una vez conocido el procedimiento tampoco era nada sorprendente. Lo que sí resultó una novedad es que a mi interlocutor se le soltase la lengua de repente.
 - Y lo hizo porque hay gente en el patio que le da pitillos para que haga esas cosas y reírse de él.- Alvero bajó la vista, avergonzado. Vale, pues ahora que nos ha dado por hablar, pensé, a ver si lo contamos todo.
 - ¿Y con qué te pintaste el lado izquierdo de la cara, que está medio morado?¿Con un boli rojo?.-
Alvero no contestó, pero se ve que era el momento de las confesiones  porque otro interno, el del pitillo, soltó la lengua también.
  - No Don Jaime. Eso es que le han soltado un bofetón.- Hugo, mi compañero que ese día estaba como Encargado de Departamento, se había ido acercando al lugar del debate y llegó a tiempo para escuchar esto último. Miró a Alvero, me miró a mí, me encogí de hombros, y en menos de lo que se tarda en decirlo se llevó al pobre hombre a enfermería para que el equipo médico le hiciese un reconocimiento. Alvero extendió los brazos y abandonó el módulo imitando el ruido de un abejorro. Hugo le siguió, negando con la cabeza.

  Los cuatro miembros originarios del grupo y yo nos quedamos ahí, en el patio, al lado del banco. La escena había atraído a bastantes curiosos, pero en cuanto Hugo se llevó al protagonista, la cosa había perdido interés. Al final nos volvimos a quedar solos los cinco. Hubiera sido un buen momento para encender un pitillo como gesto dramático, pero el dejar de fumar también tiene sus desventajas. Bueno, algo había que decir.

 - No voy a preguntar si sabéis quien ha sido, porque total para qué, pero... ¿Le zascaron el bofetón por algún motivo, o fue así porque es tonto nada más?.- Bueno, pues ahí ya se desató la catarsis. Desaparecida de momento la amenaza del loco, el resto de internos se esforzaron en conseguir que no volviese al módulo cinco y se quedase en el de Enfermería definitivamente. Por lo visto Martínez Alvero llevaba un par de semanas, desde que su enfermedad se había agudizado, haciendo la vida imposible al resto de habitantes del departamento. Desde entrar en las celdas de otros y simplemente desordenarlas, a darles sustos en las duchas. Pequeños hurtos, estupideces varias. Pero son estupideces en la calle. En el patio, que es una olla a presión, no hay estupideces. En el patio han apuñalado a personas por un yogur.Y como un interno, al que Alvero había robado unos calzoncillos para usarlos de bandana, me hizo ver:
- A mi lo de los gayumbos me da igual, que ni siquiera estaban limpios,- Definitivamente Alvero había perdido el norte, pensé. -  Pero hay gente aquí, como el negro ese de dos metros de aquella esquina, que sólo tiene un par. Y si el negro le casca una hostia a Alvero...-

 Dejó la respuesta en el aire, pero tenía razón. Alvero era un peligro para la seguridad del módulo y para sí mismo. Así que tras una charla con el Jefe de Servicios y con la doctora de guardia, se decidió que se quedaría ingresado en el módulo de enfermería hasta nueva orden. Y así fue como, una vez más, pensé que mi camino y el de Martínaz Alvero no se iban a volver a cruzar.

Pues claro.

 












sábado, 2 de septiembre de 2017

Tremenda Torrija II


  Me situé frente a la puerta de la celda ocho y metí la anticuada llave de celdas en el ojo de la cerradura. Me dispuse a descorrer el cerrojo... Y creo que este es el momento apropiado para un briconsejo.
  Sé que hay lectores que se están preparando la oposición de acceso al cuerpo, así que creo que esto que voy a contar les puede ser de utilidad: Mucho cuidado al abrir la puerta de una celda. Mucho cuidado siempre, pero en especial si nos han pedido desde dentro que les abramos, o si hemos oído ruidos sospechosos en el interior (golpes, gritos...). Podemos encontrarnos con internos muy alterados que empiecen a repartir golpes a voleo, o simplemente que, en el momento en el que noten que la puerta está abierta, la empujen con todas sus fuerzas y te partan la cara. Sí, en serio. Pueden haber fingido una pelea, o un ataque de algún tipo, puede ser una trampa. Pueden ir a por ti.

 Para evitar este riesgo, cada uno tiene su método. Hay quien abre la puerta y da un rápido paso hacia atrás, o hacia un lado, para de esa manera quedar fuera del alcance del batiente. Yo prefiero apoyarme con el hombro contra ella, haciendo fuerza, mientras deslizo el pasador con cuidado. Así, si el interno intenta abrir de un portazo, lo mismo el golpe se lo lleva él.

  Así lo hice en esta ocasión. Transcurridos dos segundos sin haber percibido ningún impacto, abrí ya la celda de par en par. En cuanto lo hice, un hombrecillo con cara de ratón pasó rápidamente frente a mí y se encaminó a la salida de la galería. Tuve el tiempo justo de estirar el brazo derecho y agarrarlo por el hombro. El tirón lo detuvo de golpe y a la vez lo obligó a girar ciento ochenta grados, con lo que quedó frente a mí inmóvil y con cara de sorpresa.

 - ¿A donde va usted?.- Pregunté con el tono de voz más grave y autoritario que conseguí entonar. El hombrecillo parpadeó varias veces. Estaba confuso.
 - Pues, yo... A comunicar, señor funcionario.- Levanté una ceja.
 - Pues nadie me ha dicho nada de que usted tenga que comunicar.- El interno levantó la vista hacia mí, desvalido. No dijo nada, pero se intuía que estaba esforzándose por encontrar las palabras. Decidí acabar con su zozobra.
  -Bueno, de momento métase en la celda. Voy a consultar con Comunicaciones, y ya vendré a por usted si tal.- No parecía muy convencido, así que volví a apoyar mi mano derecha en su hombro y, suavemente pero con firmeza ('deees-pa-sito', que se dice ahora) lo hice entrar de nuevo en su celda, cerré la puerta y pasé el cerrojo.

  Continué abriendo y cerrando celdas, y cuando acabé, unos quince minutos más tarde, regresé a la oficina de funcionarios. Manuel, mi compañero aquella tarde, intentaba sacarse la caraja de encima con un café negro y caliente. Había que tener ganas, pensé. Debíamos estar a cuarenta grados a la sombra. Cogí el teléfono.
  - ¿Te sabes la extensión de Comunicaciones?, pregunté. Manuel acabó su café de un último trago largo, que no sé como coño aquello no le atravesó el cuerpo como lava, y pensó unos segundos antes de responder.
  - Acaba en dieciocho, ¿no?.- Tenía razón. Me disponía ya a marcar el número, cuando me interrumpió. - ¿Para qué vas a llamar a comunicaciones?-
  - El de la ocho de la galería uno, que me ha dicho que tenía que comunicar ahora.-
  - ¿Quien es el de la uno-ocho?- Preguntó Jesús, otro compañero que acababa de entrar. Miré el papelito en el que me había apuntado los nombres y celdas de los sancionados.
  - Martínez Alvero.- Respondí, finalmente. Jesús y Manuel se miraron con una complicidad que me extrañó bastante, la verdad. Ni que fueran novios.
 -¿Qué pasa?.- Pregunté, sin más. Jesús me contestó.
 -¿Cuándo has visto tú que se comunique un martes por la tarde?.- Me quedé pensando. Casi se podría oír a la termita que me remueve el serrín de la cabeza. La verdad es que no lo tenía yo muy claro. Jesús no me dejó contestar, o se cansó de esperar una respuesta.
 - Martínez Alvero está loco. No sé que tratamiento le están dando, pero no va bien.-
 - O se queda escaso.- Aportó Manuel, desperezándose.- Muy escaso.- Terminó. Jesús retomó la explicación.
 - Desde hace dos o tres semanas ha empeorado. Todos los días dice que tiene que comunicar, o que sale de permiso. O lo que se le pasa por la cabeza. Hay que tener cuidado. Cualquier día intentará salir por la puerta. Y no sé si lo hará a propósito o porque vive en su puto mundo.

 Bueno, pues así quedó todo aclarado. Algunos estaréis pensando que, si eso hombre no estaba en sus cabales, quizá debería estar en un psiquiátrico penitenciario. Yo no me hice esa pregunta, porque soy consciente de que en España los psiquiátricos penitenciarios se cuentan con los dedos de una mano, y están hasta arriba de internos. Ya es difícil que te destinen a uno si te declaran loco en el juicio, cuánto más si la locura es sobrevenida. Total, que poca solución había.
  Mis compañeros y yo cogimos las llaves de módulo, nos las echamos al bolsillo y bajamos a vigilar al patio hasta la hora de la cena. En ese momento, sonó la alarma de la celda uno-ocho. Martínez Alvero quería salir a comunicar. Mis compañeros y yo sacudimos la cabeza, cansados ya antes de que empezase la tarde. Y decidimos dejarlo correr. Bien podía esperar en su celda hasta la hora de la cena.

La tarde pasó tranquila en el patio. Los cuarenta grados a la sombra no perdonaban, y a nadie le apetecía montar lío en esas circunstancias. Eran ya casi las siete, y pasé de nuevo a las galerías para abrir las celdas de los sancionados y que pudiesen bajar a cenar.

 Me planté delante de la celda uno-ocho, y abrí tomando precauciones. Como os conté antes. Y exactamente igual que antes, un hombrecillo salió de la celda y se dirigió sin mirarme hacia la cancela de la galería. Sólo que esta vez llevaba en sus brazos una enorme bola hecha de ropa sucia, lo que le daba el aire de un enorme chupa-chups. Volví a alargar el brazo derecho, y a agarrarlo por el hombro, y Marínez Alvero volvió a girar y a quedarse quieto delante de mi. Vamos, un dejà-vu de manual. La cosa no cambió de tercio, repitiéndose la escena de una par de horas antes, con la excepción de que la bola de ropa le tapaba completamente la cara y sobresalía un buen palmo por encima de su cabeza.

 -¿A donde va usted?.-
 - A comunicar.- Claro, cojones. Si me lo merezco. No sé ni por qué pregunto.
 -¿Y toda esa ropa?.-
 - Es para dársela a mi mujer y que me la lave.- Así que no sólo era una comunicación, era un vis a vis. Por qué no. De inventarte algo, que sea algo bueno. Me pasé la mano derecha por la frente  .
 - Hágame el favor de dejar todo eso que lleva en la celda otra vez. No quiero  hablarle a un montón de ropa.- El interno se metió en su chabolo, dejó su carga encima de la cama con cuidado, y salió otra vez, mirándome con expresión inocente.
 - Bueno, y ahora dígame: ¿Cuándo ha visto usted que se comunique por vis a vis a las siete de la tarde?-. Martínez Izquierdo se quedó mirando al suelo, moviendo nerviosos sus pies. Como un alumno que no se sabe la lección y al que los nervios le han dado unas irresistibles ganas de hacer pis. Finalmente se atrevió a contestar.
 - ¿No hay vis a vis a estas horas? Porque en la cárcel de Albacete...-
 - No me venga con historias. En ningún Centro Penitenciario de este país hay vis a vis a la hora de la cena.- El interno dudó un instante, pero estuvo rápido en la respuesta:
  - Entonces... ¡Será una comunicación por cristales!.- Me espetó, con la cara ilusionada del que espera que le acepten pulpo como animal de compañía. Bueno, hasta aquí habíamos llegado.
  - Mire, media vuelta y al patio. Ya me he cansado de escucharle.-  El interno no se movió.
  - Pero, señor funcionario, aquí pone que tengo que comunicar hoy.- Martínez Alvero alargó hacia mí su mano derecha, abierta. Estaba vacía.
  - Ahí no hay nada.- El interno se miró la mano, dudando, y la acercó luego más hacia mí.
  - Si, si. Ahí lo pone. Fíjese bien.- Claro, no te jode. Y ahora yo acerco la cara para poder ver mejor, y me llevo un bofetón. Este tipo debía pensar que yo era tonto, o que no había visto de niño el programa de Benny Hill.
 
   Pero por otro lado, no me pareció la clase de persona capaz de soltarle una bofetada a mano abierta a un funcionario. Y menos aún así, en frío. Sin motivo aparente. Así que decidí ponerlo a prueba y me marqué un órdago.
  - Martínez... ¿Quiere usted ver lo que pone en la palma de mi mano? Pero verlo bien, de cerca.-
A Martínez Alvero pareció entusiasmarle la idea. Sus ojos brillaron de alegría.
 - ¡Claro! ¿Su mano también tiene cosas escritas?¿Que pone?.- Bueno, pues ya estaba aclarada mi duda. Definitivamente le faltaban dos patatas para el kilo.

 - Vamos, tire para el patio, que aún se va a quedar sin cenar.- La perspectiva de tener que pasar hambre esa noche lo puso en marcha, y abandonó la galería a paso vivo. Yo salí detrás de él, algo más despacio.
 Acababa de entrar a trabajar esa misma tarde, y aún me quedaba casi una semana de servicio en ese módulo. Algo me decía que no iba a ser mi único contacto con ese tipo.
 No me equivocaba
 






jueves, 24 de agosto de 2017

Tremenda torrija

  A veces, a los internos se los sanciona. Porque en prisión tenemos un régimen disciplinario, y hay determinadas actitudes que se consideran faltas, y cometer una de esas faltas (y que te pillemos) conlleva una sanción.

  Hay sanciones duras, como puede ser pasarte una quincena en una celda de aislamiento en solitario, saliendo al patio unas pocas horas al día en solitario también y sin nada que hacer en tu celda aparte de leer un libro, si sabes leer, que no suele ser el caso. O fumar, como fumaba Sara Montiel mientras esperaba el regreso de su amor. O masturbarte, claro, que eso está al alcance de todos. Bueno, casi todos, porque recuerdo a un Kazajo (no sé si os hablé ya de él) que en un arrebato de éxtasis religioso, o para evitar la deportación, se cortó su propio pene en el aeropuerto de Peinador. Supongo que lo hizo sin pensar en las consecuencias, porque si le llega a dar un par de vueltas al tema se hubiera dado cuenta de que un año de cárcel sin poder hacerte pajas es como cumplir cinco, y antes que el palito de la risa se hubiera cortado un pie.

  Pero vale ya, que me estoy dispersando. Hay sanciones duras, como iba diciendo, y las hay que no lo son tanto. En el Centro Penitenciario donde presto actualmente mis servicios, la Privación de Paseos y Actos Recreativos, que tal es su pomposo nombre, consiste simplemente en que en vez de salir al patio por las tardes a las cinco y media, te sacamos a las siete. A tiempo para la cena, y además has tenido ocasión de aumentar tu siesta en una hora y media. Mejor que en algunos hoteles, oiga. Estoy seguro de que, si no fuese porque esta sanción, como todas, lleva consigo la suspensión de permisos, mucha gente cometería faltas solamente para quedarse durmiendo toda la tarde. A veces pienso que ojalá yo pudiera hacerlo.

  Y no sólo es ese el problema. La sanción no sólo no cumple su objetivo, sino que se convierte en un engorro para los funcionarios. En vez de hacer bajar a todos los internos a la vez, tienes que apuntarte en un papelito cuáles son los que no van a bajar, no vaya a ser que alguno se te cuele. (A veces a propósito, pero otras muchas no. En serio, se olvidan de que están sancionados y bajan. Como si tuvieran una agenda apretadísima, y este tipo de nimiedades se les escaparan.) Y luego, a las siete, en vez de quedarte tranquilamente vigilando el patio por si pasa cualquier cosa, siempre toca a alguien subir, volver a abrir celdas, despertar al que se ha quedado frito, sacarlos al patio, volver a cerrar celdas... Un marrón, y un marrón muy tonto. Si no fuese por lo que dije antes, lo de los permisos, seguro que muchos internos cometerían faltas  simplemente por marcarse un triple combo: Te das el gusto de cometer la falta, te quedas unos días disfrutando de un siesta extra, y  le tocas los cojones al funcionario. No me digáis que no suena tentador.

 
  Hacía calor, un calor de cojones. Y en esta vieja cárcel andaluza, el techo de uralita consigue que en aún en la penumbra del interior del edificio la temperatura sea un poquito mayor que en la calle a pleno sol. Milagros de la física. En la cabina de funcionarios, tres o cuatro profesionales penitenciarios boqueaban asfixiados por la falta de aire acondicionado. Ni las moscas volaban ya.

 Dieron las cinco y cuarto, y sonó la alarma de diana de la tarde. Hora de abrir las celdas para permitir a los internos disfrutar de su tiempo de patio vespertino, y de su cena. A todos los internos menos a aquellos que estuviesen sancionados, claro.
 En una cárcel moderna, el procedimiento es sencillo. En un panel de control se marcan aquellas celdas que no se van a abrir, y se acciona el comando de apertura del resto. En una cárcel no informatizada, como es esta en la que presto servicio, el procedimiento es más sencillo todavía. Te apuntas en un papelito las celdas que no hay que abrir, y vas una por una abriendo manualmente el resto. Fácil.

  Así que arranqué un trocito de un folio, me apunté los internos que aquella tarde no iban a bajar al patio hasta las siete (suelen ser cuatro o cinco), y comencé la tarea por la galería que me quedaba más cerca. Abrí la cancela de entrada al pasillo, y comencé a descorrer los cerrojos de las celdas situadas en la pared de mi derecha. Unos cerrojos de acero, cilíndricos y gruesos que hacen que la expresión ''una polla como el cerrojo de un penal'' esté reservada a los mejor dotados de entre los miembros. (Iba a decir 'de entre los miembros del sexo masculino', pero creo que así simplemente ya se me entiende.)
 Descorrí los cerrojos de las siete primeras celdas. La octava estaba ocupada por un sancionado, así que la ignoré y me pasé al lado izquierdo del pasillo para abrir las celdas situadas en esa pared mientras deshacía el camino andado y regresaba hasta la cancela de entrada. No llevaba abiertas ni dos puertas del lado izquierdo, cuando unos golpes desesperados me hicieron dar media vuelta. Alguien estaba aporreando la puerta de la celda número ocho. Su ocupante, era de suponer, porque las estaban golpeando desde dentro.

 

 

jueves, 27 de julio de 2017

Shrek II

  La llamada era de Jefatura de Servicios, y desde allí una voz cargada de autoridad requería mi presencia. No se dignó a explicar para qué antes de colgar.  Tampoco reconocí la voz, pero eso no tenía nada de raro, porque sólo llevaba trabajando en aquel Centro unos pocos días. Agradecí la oportunidad de ausentarme de mi despacho durante unos minutos. Lo cierto es que entre lo aburrido de la conversación y mi esfuerzo en mantener la mirada baja para no ser sorprendido pasmado ante el escote de María del Mar, ya había estado a punto de quedarme dormido un par de veces. Así que me levanté, murmuré una disculpa, y salí de la estancia, no sin antes aprovechar mi nueva y privilegiada posición para echar desde arriba un último vistazo a los encantos de la Trabajadora Social.

  Abandoné el departamento y emprendí el corto camino hacia Jefatura de Servicios. Me preguntaba quién estaría de guardia aquel día, y con qué tipo de demanda me iba a sorprender. Las posibilidades jugaban en mi contra. De los diez Jefes de Servicio que se turnaban en aquel Centro Penitenciario había conocido ya a seis o siete, y sólo en unos de los casos la expresión 'es un placer' con la que les había estrechado la mano se había correspondido con la realidad. En los otros, lejos de un placer, la experiencia había sido un sinsabor. Y esperaba que con el tiempo el tener que trabajar con ellos no acabase siendo un problema.

 En aquella prisión, ya lo he dicho antes, nadie duraba demasiado tiempo. No duraban mucho los internos, porque tanto si eran peligrosos como si no, o si simplemente querían trabajar o estudiar para hacer más llevadera su condena, eran trasladados rápidamente a otros Centros donde se les pudiera clasificar y separar adecuadamente conforme a las indicaciones del Reglamento Penitenciario.
No duraban tampoco los funcionarios por debajo del puesto de Jefe de Servicios. Aquello estaba muy lejos, el alojamiento y la comida resultaban prohibitivos, al igual que los viajes, y el complemento con que la Secretaría General nos premiaba en la nómina era de una cuantía mísera por no decir insultante. Por encima de los Jefes de Servicios, los mandos de la prisión estaban en la misma situación que nosotros. Eran novatos, habían recalado en aquel lugar porque la falta de años de antigüedad les impidió conseguir un destino mejor, y en cuanto consiguiesen consolidar nivel abandonarían aquel valle de lágrimas sin echar la vista atrás.

 Pero esta movilidad de plantilla tenía una consecuencia inesperada. Salvo muy contadas excepciones, todos los recién llegados nos tomábamos el trabajo bastante en serio. Quizá por demostrar nuestra valía, quizá porque en el fondo éramos demasiado inexpertos como para saber escaquearnos de nuestro deber sin que se notase. La cosa es que todo el mundo intentaba cumplir con su cometido, y si algo no salía como debía, era fruto de la lógica falta de experiencia y no de la pereza o la dejadez. Todos poníamos interés en lo nuestro.

Todos, menos la mayoría de los Jefes de Servicios. Cada regla tiene su excepción, y ellos eran los únicos de toda la plantilla que no acababan de llegar allí y que no estaban contando los días para marcharse.  Eran restos de serie, modelos que ya no fabrican, como los definió ante mí otro compañero. Individuos demasiado vagos, o resabiados, o directamente demasiado viles como para convivir durante años con otros funcionarios, habían rebotado de una prisión a otra hasta acabar arrojados por la marea en aquel penal. El único sitio de donde no tendrían que irse a los pocos años, porque era el resto de la plantilla la que se iba a marchar. El único sitio donde no se iba a notar que no daban palo al agua, porque tanto superiores como subordinados estaban deseando trabajar. Y, también, el único sitio donde se toleraban sus impertinencias, porque, para lo que nos quedaba allí, la mayoría preferíamos no buscarnos líos.

 Y si alguno destacaba por sus cualidades, si alguna de esas joyas brillaba por encima de las demás, ese era Shreck.

 Ahora mismo podría cogeros a cualquiera de vosotros que estáis leyendo esto, poner ante vuestros inocentes ojos a cincuenta personas elegidas al azar, y deciros: - A uno de estos cincuenta le apodamos Shrek.-. Y todos señalaríais al mismo individuo. Era idéntico, el tío, en todos y cada uno de los rasgos de su anatomía. Incluso una de sus orejas tenía una extraña forma de coliflor, fruto al parecer de un golpe en su juventud. Golpe que sin duda se había merecido, porque todos y cada uno de sus defectos físicos iba unido a ausencia de virtudes en el carácter. Shrek era tan maleducado, prepotente, envidioso e incompetente como aguda era su voz, abultado su vientre, corta su estatura y obtusa su mente. No le faltaba ni un detalle, a la perla. Cierto es que no era verde, pero una enfermedad circulatoria le daba a su piel un tono rojo azulado igualmente antinatural. O eso o, como otro compañero apuntó, lo mismo es que entre los ogros también hay razas.

 Así que vistas las opciones que me esperaban al otro lado de la puerta de Jefatura, os podéis imaginar el ánimo con el que golpeé la misma con los nudillos. Escuché un 'Adelante', abrí, y resultó que era mi día de suerte. Sentado al otro lado del escritorio estaba Joseba, un chavalote de un pueblo de la provincia de Vitoria que había cambiado los verdes montes por las achicharradas playas en busca del ascenso a Jefe de Centro. Por supuesto, no hace falta que os lo recuerde, estaba deseando consolidar niveles y largarse a su casa. Y por supuesto también, como Jefe de Centro novato, se esforzaba en hacer su trabajo lo mejor posible. Tanto, que en esos momentos era Jefe de Servicios en funciones.

  - ¿Qué haces aquí?, solté a modo de saludo. Joseba levantó la cabeza de unos documentos.
  - Pues ya ves. El Jefe dijo que esto estaba tranquilo, así que me dijo que me quedase yo aquí que él se iba a su casa a vigilar una reforma que está haciendo,- me explicó.
  - Ah. Pues qué de puta madre, ¿no?.- Intenté ser sarcástico, pero Joseba eso del sarcasmo no lo pillaba a la primera, y se lo tomó literalmente.
  - Pues sí, me cago en dios, porque al menos no le tengo por aquí dando por culo. Total, iba a tener que hacer su trabajo y el mío de todas formas.- Ahora que lo recuerdo, ni siquiera le pregunté quién estaba de servicio aquel día. Posiblemente Shrek, pero la verdad es que cualquiera de los titulares de la plaza era perfectamente capaz de aquel comportamiento.
 - Bueno, ¿y que pasa?.- Me preguntó Joseba.
 - Pues no sé. Tú me has hecho venir.- Joseba parecía confundido al principio, pero lentamente una luz se fue haciendo en su mirada.
 - Ah, si. Toma,- me dijo, acercándome un par de folios unidos por una grapa - tus cacheos para el día de hoy.- Cada día se cacheaban una o dos celdas, por rutina. Cosas del Subdirector de Seguridad.
 - Pues ya podías habérmelo traído tu hasta el módulo.- Protesté, sin muchas ganas. Joseba volvió a levantar la vista de sus papeles, y me mandó a la mierda. Me fui de vuelta al módulo, que tampoco es tan diferente.

 Al acercarme a la cancela que daba acceso al módulo, algo raro me llamó la atención. Desde mi posición se podía ver parte de mi despacho, porque la puerta estaba abierta, y las sillas donde hasta hacía cinco minutos permanecían sentadas María del Mar y Flora estaban ahora vacías. No habían podido salir del módulo, porque yo había cerrado la puerta al salir. Y las opciones fuera de mi despacho no eran muchas, porque dudaba sinceramente que por propia iniciativa hubiesen decidido bajar las dos al patio a codearse con la población interna... Imaginándome ya situaciones alarmantes, busqué en mi manojo de llaves la que abría la puerta del departamento, y entré.
 Las vi, a las dos, en cuanto asomé la cabeza por la puerta de mi oficina. Estaban de pie, ligeramente  apoyadas una a cada lado de la ventana que permitía controlar el patio. Ellas no me vieron a mí, sin embargo, porque algo captaba poderosamente su atención. Los ojos de María del Mar brillaban, y Flora se mordía el labio inferior. Avancé un paso en silencio, estirando el cuello como una tortuga a punto de ganar una carrera por una cabeza de distancia, a ver si me enteraba de lo que estaba pasando.

 En el patio, Anatoli había terminado sus sesión de pesas antes de tiempo, obligado por un sol de justicia, y se untaba el cuerpo con crema bronceadora. Luego, se remetió el tanga azul un poquito más, por imposible que pudiese parecer, y se dispuso a tumbarse en una toalla. Aquello empezaba a parecer una peli de gladiadores, y había por lo menos dos espectadoras disfrutando plenamente de la proyección. Decidí romper la magia.

 - Chicas, ¿qué?. ¿A cómo está la carne en el mercado?.- Ambas dieron un respingo a la vez. Flora se echó a reír, un poco por nerviosismo. Maria del Mar, sin embargo, levantó la cabeza haciendo alarde de gran dignidad y, mientras se abrochaba el botón de la chaqueta, me espetó:
 - Pues sí hombre, como que voy a estar yo mirando a los guarros estos. Como si no tuviera hombre de sobra en mi casa.- Y salió del módulo dando rápidos pasitos y levantando la nariz con aire ofendido.
 Mudo por el asombro, me senté cuidadosamente en mi silla. A mi derecha, la risita nerviosa de Flora había desembocado en un torrente de carcajadas tras la airada respuesta de María del Mar.

 Porque, no os lo había dicho, Maria del mar estaba casada con Shrek. Así, como lo oís. Nadie, ninguno de los que prestábamos servicio en aquel Centro Penitenciario lo entendíamos, porque no podía existir pareja más descompensada en lo físico o intelectual, o incluso en lo moral, que aquellos dos. Porque uno puede entender que dos personas se casen jóvenes y una envejezca peor que la otra, vale. Pero es que Shrek no era sólo feo físicamente. Era malvado y vil, y eso no es cosa de los años. Ese tipo había sido así siempre.
Y ella no necesitaba el sueldo de él para vivir, no había hijos de por medio (por suerte, volví a pensar) que justificasen que ella no lo abandonase. La mayoría habíamos concluido que, o bien ella negaba de alguna manera la realidad, o tenía uno o varios amantes, o bien sencillamente le gustaban los feos. Aunque acostarte con eso no es que te gusten los feos, seguí pensando. Eso es casi zoofilia.
El caso era que , tras comprobar por mí mismo cómo le brillaban los ojos mirando a Anatoli, y tras la airada respuesta que me había dado defendiendo a su marido, mis teorías se habían ido a pique. Mientras me encontraba yo ahí, en silencio, navegando en un mar de incertidumbre, el ataque de risa de Flora había ido remitiendo. Entre golpes de hipo, se secó las lágrimas con un pañuelo de papel y se dispuso a salir de mi despacho.

  - No, yo tampoco le veo explicación.- Me dijo, a modo de despedida. Sus palabras me sacaron instantáneamente de mi  estupor. Flora me había leído el pensamiento.
  - ¿Como dices?.-
  - Que yo tampoco entiendo qué le ve a ese tío- Me aclaró Flora, saliendo ya por la puerta. Finalmente, se me ocurrió algo que contestar.
  - Debe tener una polla como un extintor.- Flora rompió a reír de nuevo.
  - Ni aún así.- La oí decir mientras se alejaba.- Ni aún así...-














martes, 18 de julio de 2017

Shrek

 No importaba cuántas veces pensara en ello, no lograba entenderlo. Ella estaba sentada ante mí, sin parar de hablar, y yo no le quitaba los ojos de encima, a ver si a fuerza de mirarla penetraba su superficie y encontraba el imperdonable defecto que se ocultaba en su interior. Porque debía haberlo, tenía que estar ahí, y no encontrar la respuesta hacía que una pregunta trivial se convirtiese en un absorbente enigma.

 Porque la pregunta, y la situación, eran de lo más anodino. Ella era María del Mar, la Trabajadora Social de aquel Centro Penitenciario no mayor que una pequeña escuela, y se encontraba sentada ante la mesa del que era mi despacho aquella mañana. Yo era en aquel entonces un funcionario novato y recién llegado, pero desempeñaba ya funciones de Encargado de Departamento, o jefe de módulo si lo queréis ver así. Es lo que tienen los sitios a los que nadie quiere ir destinado, que permiten unos ascensos meteóricos, y a aquel Centro Penitenciario dejado de la mano de dios nadie iba destinado si no era obligado por su bisoñez o desesperado ante la falta de ascensos en otros lugares más solicitados.

 María del Mar seguía hablando. Hablaba de expedientes de internos y de temas burocráticos, pero afortunadamente no lo hacía conmigo sino con Flora. Flora era una de las Educadoras del Centro, y como el resto de empleados públicos del mismo, hacía poco que estaba allí, había llegado buscando el ascenso a Educadora y, una vez que hubiese consolidado el nivel del puesto, se volvería al Centro de donde provenía sin echar la vista atrás. Pero de momento, y como muchos funcionarios recién ascendidos, se tomaba su trabajo muy en serio y hacía gala de una gran profesionalidad. Eso se deducía, al menos de la larga charla que mantenía con María del Mar desde hacía ya casi una hora, centrada completamente en el comportamiento y la evolución de los internos que estaban bajo su supervisión.

 Volví a mirar a María del Mar. Seguía sin entenderlo. María del Mar era rubia natural, con una brillante melena lisa cortada a la altura de sus hombros en una impecable línea recta. Aquel día llevaba unos pendientes de un color azul aguamarina perfectamente elegido para hacer juego con sus ojos, y centrar en ellos la atención de sus interlocutores. Porque eran unos ojos que merecía la pena ver, si. Pero también porque, de no concentrarte en sus ojos, acabarías cayendo en la tentación de fijarte en otras partes de su anatomía situadas un poco más abajo del cuello. Y María del Mar sabía que su escote atraía a los zánganos figurados con la fuerza con la que un campo de orquídeas atrae a los reales, y con la mejor de las intenciones fruto de una amplia experiencia previa, trataba de evitar situaciones violentas.

  Mientras me sumía en estas reflexiones, mi mirada había ido descendiendo involuntariamente hasta donde no debería haber descendido, al menos en un entorno profesional como era aquel. Por suerte, me di cuenta a tiempo y, decidido a mi vez a evitar esas mismas situaciones violentas, hice girar el eje de mi silla casi 180 grados. Frente a mí, y hasta entonces a mi espalda, se abría un amplio ventanal, enrejado, cómo no. Desde él se tenía una completa visión del patio del módulo, unos cuatro metros más abajo. Allí, varios internos fumaban, alguno entraba o salía de los servicios. Los más simplemente estaban sentados y un par de ellos aprovechaban el último frescor de la mañana que terminaba para hacer pesas al sol, antes de que la fuerza del mismo les impidiese continuar.

 Centré mi atención en uno de ellos. Aquella mañana, al entrar a trabajar, el compañero saliente de realizar el servicio por la noche me había informado de las novedades. A eso de las once de la noche de la víspera la Guardia Civil había traído a un detenido con orden judicial de pase a prisión preventiva. Lo hicieron pasar hasta la sala de identificación esposado, y recomendaron a mis compañeros esposarlo también hasta el momento de meterlo en su celda. Una petición nada habitual pero necesaria porque, según informaron los agentes, en las menos de setenta y dos horas que llevaba detenido en su poder había protagonizado dos intentos de fuga tan ingeniosos como, por suerte, carentes de violencia. En uno de ellos había conseguido trepar hasta una salida de ventilación, después de forzar sus esposas con el capuchón de un bolígrafo 'Bic', y de desatornillar la rejilla de acceso a la misma usando como herramienta las mismas esposas de las que se acababa de liberar. Si le pillaron fue porque la propia musculatura que le había permitido mantenerse agarrado del techo con una sóla mano mientras con la otra desatornillaba los ocho espárragos de la reja de acceso al conducto de aireación, había jugado en su contra haciéndole quedar atascado en un recodo del mismo. Los Guardias Civiles se habían visto obligados a usar una sierra radial para liberarlo de su encierro, y es de justicia reconocer que lo habían hecho con gran destreza, visto que no tenía ni una sola marca en el cuerpo. Y desde mi posición, en ese momento, podía dar fe de ello.

 Anatoli, que así se llamaba, se disponía a tumbarse en el banco de ejercicios ataviado únicamente con un taparrabos de color azul. Supongo que el día que lo detuvieron no estaba entre sus planes el ingresar en prisión, porque personalmente por nada del mundo querría yo que me soltasen en el patio de un talego luciendo únicamente un tanga, pero a él no parecía importarle demasiado. Se le veía orgulloso de su cuerpo, y tenía motivos para estarlo. Lucía una musculatura perfectamente definida, sin asomo de grasa ni flaccidez, y eso que estaba ya más cerca de los cincuenta que de los cuarenta. Aunque bueno, ojo, María del Mar también se acercaba peligrosamente a la cincuentena y su figura dejaba en evidencia a la de mujeres veinte años más jóvenes. El entallado de la falda de lino que formaba la mitad inferior de su traje era fiel testigo de ello. Pero claro, también es verdad que María del Mar no había tenido hijos.

 Y qué suerte, pensé mientras la miraba de reojo, intentando que no se notase. Y qué grandísima suerte que no los haya tenido...

 El teléfono sonó de repente. Lo agradecí. La conversación era cada vez más aburrida, y de seguir así, al final o María del Mar o Flora me iban a pillar mirando hacia donde no debía.
 Cogí el teléfono.


jueves, 29 de junio de 2017

Ola de calor II



 Raúl se puso en pie, por enésima vez, pero en esta ocasión giró a la izquierda, hacia la puerta de nuestra cabina, y la abrió. Los cuarenta y pico grados de temperatura del aire exterior le golpearon en la cara, y hasta yo mismo pude sentir la oleada de calor. Igual que cuando abres un horno para comprobar si el asado está listo. Raúl achinó los ojos, se puso las gafas de sol, y salió, cerrando la puerta tras de sí.
  Desde la cabina le vi atravesar con determinación el patio de cemento hasta la pared que estaba justo frente a nosotros, a algo más de treinta metros. Allí, en esa pared, una ventana enrejada hacía las veces de ventanilla de despacho del economato. Pude ver a Raúl golpeando la portezuela metálica que la cerraba. Nadie abrió y, pasados unos instantes, Raúl giró sobre sus talones para dar media vuelta y volver la cabina de funcionarios. A mitad de camino, sin embargo, pareció dudar, y acabó por dirigir sus pasos hacia donde Mari tomaba el sol, tumbado en su toalla.
 No pude oír lo que decía, claro, pero no había que ser un lince. Mari se incorporó levemente, apoyando los codos en el suelo, para escuchar a Raúl. Raúl se tocó la boca con los dedos índice y corazón de su mano derecha, en el gesto universal con el que los fumadores sujetan sus pitillos. Mari negó con la cabeza.
 Poco después, mi compañero entraba otra vez a la cabina, acompañado de una infernal vaharada de aire caliente. Se sentó a mi lado.

  -¿No ha habido suerte?.-Pregunté.
  - No. El economato no abre hasta dentro de media hora, y Mari no tiene tabaco.-
  - Qué feo, pedirle tabaco a un interno.- Comenté, sin quitar la vista del patio. Raúl me miró con recelo. No estaba seguro de si mi recriminación iba en serio o no. Sonreí y le guiñé un ojo, y él sonrió también, más tranquilo.
  - Bueno, muchos pitillos me tendría que dar Mari a mí para que quedáramos igualados.- No le faltaba razón en eso. Como ya he dicho, la mayoría de funcionarios apreciábamos a Mari. Siempre estaba ahí para ayudarnos a localizar a cualquier otro interno cuando el psicólogo, o quien fuera, quería hablar con él. O para encargarse de limpiar las duchas, o incluso para darnos algún pequeño soplo de vez en cuando. Y Raúl, y otros funcionarios, no dudaban en compartir un pitillo o invitar a Marí a un café, porque en una conversación con él podías enterarte de muchas cosas que estaban sucediendo en el patio y que a tí te habían pasado completamente desapercibidas.
 Pasaron unos minutos. Raúl parecía más tranquilo ya, quizá el calor le había ayudado a relajarse. Menos mal. Durante los siguientes minutos, pudimos concentrarnos en observar a los internos mientras disfrutábamos del aire acondicionado graduado a toda potencia.

  Fuera, en el patio, Mari recogía su toalla. La sesión de sol había terminado. Se puso el bañador y, con el torso todavía desnudo, se encaminó a uno de los bancos del lado derecho del patio, que todavía estaban a la sombra.
   Sentado en él estaba Luca, un joven de no recuerdo qué provincia del levante español. Con sus ricitos castaños y su aire angelical, tenías que mirar en lo profundo de sus ojos verdes para darte cuenta de que había algo muy feo anidando dentro de aquella hermosa carcasa. No me había molestado en mirar por qué estaba Luca cumpliendo condena, casi nunca hago eso. Pero me habían llegado rumores que hablaban de un delito sexual. Bueno, quién sabe.
  Mari se quedó de pié ante Luca. Empezaron a hablar y, al igual que en la vez anterior, no pude oír qué decían. En un momento dado, Mari hizo un gesto con la cabeza hacia su izquierda. Luca miró en esa dirección, y siguiendo sus ojos descubrí que miraba hacia la puerta de las duchas.
 Intercambiaron unas palabras más. Pocas. Mari se fue hacia la puerta de las duchas, y pasó al interior de la dependencia. Fuera, Luca encendió un pitillo y se lo fumó con calma. Al acabar, tiró la colilla al suelo, la pisó con sus chanclas, y se metió en la ducha también. Raúl y yo nos miramos, y nos encogimos de hombros. Teníamos una A y una B. Era evidente que luego venía la C.

 Un cuarto de hora más tarde, Luca salió de las duchas. Sacó un paquete de tabaco y un mechero  de su bañador, y con un gesto rápido se llevó un pitillo a la boca. Lo encendió, se guardó el mechero, y volvió a sentarse en el banco del que se había levantado momentos antes.
 Poco más de cinco minutos después, Mari salió también. Venía recién duchado, y se había peinado hacia atrás su rala melena rubia. Así, con el cabello ordenado y una camisa de manga corta, Mari podría pasar por un respetable caballero jubilado, el abuelo de cualquiera. Hasta que te fijabas, porque era imposible no fijarse, en el bulto de sus tetas. Pero bueno, también hay por ahí muchos abuelos con un buen par de tetas, que los años no perdonan, y...


 Mari llamó a la puerta de la cabina, poniendo fin a mis reflexiones. Raúl y yo nos miramos, extrañados, y finalmente él, que era el que estaba más cerca de la puerta, se levantó para abrir.
 Mari le acercó un pitillo.
 - Tome, don Raúl.- Raúl se quedó quieto, mirándolo. No sabía qué hacer. Mari insistió.
 - Tome, don Raúl. He conseguido un paquete de 'Chester'. Coja un pitillo.- Raúl, pasado el primer momento de duda, levantó su mano derecha, y movió decidido su índice de izquierda a derecha, para reforzar su negativa.
  - No, Mari. No puedo aceptarlo. Te lo agradezco, pero no puedo. Me parece que te ha costado demasiado conseguirlo.- Mari sonrió de medio lado, con su habitual mirada de divertida amargura.
 - Que va, don Raúl. Ha sido un placer.- Y sin dar tiempo a que Raúl respondiera, le metió el cigarrillo en el bolsillo de la camisa, dio media vuelta, y se fue.

  Mi compañero cerró la puerta, algo de agradecer, porque se estaba empezando a perder el frescor del aire acondicionado, y se sentó de nuevo a mi lado. Sacó el pitillo del bolsillo donde lo había deslizado Mari, y lo observó en silencio durante varios minutos.
 -¿Te lo vas a fumar o no?.- Pregunté, no porque me apeteciese compartir el humo de su tabaco, sino para sacarlo de su hermetismo. Y porque me aburría. Raúl sacudió la cabeza, como si lo acabase de despertar de una siesta, y me miró. -¿Que dices?.-
 - Que si te vas a fumar el pitillo.- Repetí. Raúl lo miró unos segundos más, y se lo volvió a guardar donde lo había sacado.
 - No. No me lo fumo. Ahora estoy más decidido que nunca a dejar de fumar. Y este pitillo me lo voy a guardar como recordatorio.- Me espetó, así del tirón y con voz casi podríamos decir que solemne.
 - ¿De recordatorio de qué?- Pregunté.
 - Del daño que le puede hacer a tu cuerpo el vicio de fumar. Y no sólo a los pulmones.- Asentí en silencio, valorando sus palabras. Mira, todos los días se aprende algo.

  Continuamos observando el patio en silencio. Pronto sería la hora de comer.

 










 











miércoles, 28 de junio de 2017

Ola de Calor

 Raúl no podía quedarse quieto. Se sentaba, aguantaba diez segundos, se volvía a levantar. Caminaba hasta el fondo de la cabina de vigilancia. Se detenía ante la puerta que daba acceso al campo de fútbol de la prisión, y volvía otra vez hasta su silla. Estaba muy nervioso, y me estaba empezando a poner nervioso a mí, su compañero aquel día en la vigilancia del módulo cinco.

 Procuré concentrarme en la lectura del periódico, a ver si así evitaba alterarme yo también, pero no era posible. El 'ABC' me estaba cabreando más aún, lo cual es algo bastante habitual. Así que decidí darle a Raúl algo de conversación, un poco de charla amable, a ver si así distendíamos el ambiente.

 -¿Y a tí qué cojones te pasa?- Pregunté tan pronto se sentó a mi lado por enésima vez.
 - Que estoy dejando de fumar.- Me respondió, con los ojos fijos en el patio. - Y estoy que no cago.-

 Eso saltaba a la vista, pensé. Raúl se volvió a levantar, caminó los seis metros que había hasta el fondo de la habitación y se quedó de nuevo mirando hacia el campo de fútbol. No tardaría en volver.
Me estaba jodiendo la mañana, principalmente porque el típico tío nervioso que no se está quieto más de un minuto en la silla suelo ser yo. Que Raúl no parase de moverse me impedía moverme a mí, porque lo que estaba claro es que como yo también empezase a danzar de un lado a otro de la cabina, aquello iba a parecer un puto pinball.

  Volví a intentar concentrarme en otra cosa. Eché a un lado el 'ABC' y me puse a mirar el patio, que en el fondo es para lo que me pagan.

  Fuera hacía calor, más de cuarenta grados, y aún no eran las doce de la mañana. La mayor parte de los internos combatía el calor mediante frecuentes duchas, o remojándose al menos con botellas de agua que rellenaban periódicamente en los grifos disponibles. Algunos valientes, no obstante, aprovechaban para broncearse tumbados en bañador encima de unas toallas. Prácticamente todos los usuarios del improvisado solarium eran internos que disfrutaban de permisos de salida o de visitas de sus familias. Que veían a gente 'de la calle', vamos, y que por ello intentaban cuidar un poco su imagen.

  Y luego estaba Mari. Mari no sale de permiso, porque aún le queda mucho, mucho tiempo de condena. Y aunque pudiese disfrutar de un permiso, no tendría a donde ir. Porque Mari mató a su pareja, con rabia y con ensañamiento, y el juez había dictaminado que además de su tiempo de condena, Mari no podría acercarse por el pueblo donde ambos residían en la fecha del crimen durante diez años más. Mari tampoco tiene familia, porque a la gente como él, la familia la repudia (o la repudiaba, porque ésto por suerte pasa cada vez menos) cuando la adolescencia florece, y los condena a una vida sórdida y marginal. Pero no quisiera que os llevaseis una impresión equivocada. Mari es buena persona, en serio, y la mayoría de mis compañeros, y yo mismo, creemos que en el fondo el tipo al que mató Mari debía ser un hijo de puta, y probablemente se lo merecía.

 Mari es un travesti de unos sesenta años de edad, que como todos los travestis de la vieja guardia, y los viejos músicos de rock, aparenta veinte años más de los que declara su DNI. No pude dejar de observarlo mientras, con unos movimientos de una  vulgar delicadeza y que intentaban ser lo más femeninos posible, extendió una toalla en el suelo de cemento y procedió a quitarse la camiseta y el bañador, quedando cubierto únicamente por un tanga rojo. Mari tenía tetas, unas tetas que colgaban como dos huevos fritos suspendidos de un par de  alcayatas. En lo demás, su cara y su cuerpo eran los un señor mayor, un señor mayor que no ha llevado una buena vida a ninguno de los niveles en los que una vida pueda ser llevada. Pero tampoco es que se pudiera quejar. Al menos estaba vivo, algo que la mayoría de profesionales del sexo de su edad y trayectoria vital no pueden decir por culpa del SIDA.
 Mari en tanga no es un espectáculo agradable, y pude ver en el modo en que Raúl torció el gesto al ver el espectáculo un reflejo de mi propia expresión.
- Bueno, - dijo Raúl finalmente, tras un largo suspiro de resignación - esto ya ha sido la gota que colma el vaso. Necesito un pitillo. A tomar por culo.-