miércoles, 10 de enero de 2018

Narco VII



Las siguientes horas fueron para Jaramillo un torbellino de experiencias. Intentó pasar desapercibido en el patio, pero lo cierto es que en cuanto salió de los lavabos, un par de funcionarios que paseaban a su espalda lo llamaron. Jaramillo se preguntó en su interior qué lo habría delatado, como un adolescente que llega a casa borracho e intenta sin éxito engañar a su madre manteniéndose tieso y poniendo cara de póquer. Y lo habían descubierto, en realidad, por el mismo motivo: Aunque no se daba cuenta, caminaba haciendo eses.

  Los funcionarios lo volvieron a llamar. A regañadientes, y con la ligereza de una noria oxidada, Jaramillo se giró. Pudo ver los ojos de los funcionarios abrirse de par en par al unísono con  sus bocas, y correr hacia él para sujetarlo por los brazos y llevarlo casi en volandas a la enfermería de la prisión. Luego se enteró de que, al ver en un primer momento cómo se tambaleaba, y después su camisa empapada en sangre, habían creído que lo habían apuñalado. También se enteró al día siguiente de que en realidad el médico de guardia en el centro no le había mostrado cuatro dedos, en una especie de raro saludo vulcaniano, sino solamente dos,  y que por eso había mandado llamar una ambulancia de urgencia para llevarlo al hospital de la capital. Allí, en el hospital, lo tuvieron veinticuatro horas en observación para descartar cualquier tipo de lesión cerebral.

  Y allí, en el hospital, aquella noche, sólo en su habitación, fue la primera vez que Jaramillo pudo dormir de un tirón toda la noche desde el día que había aterrizado en España. Y ello a pesar de estar esposado a la cama por su muñeca izquierda, que siempre es una molestia. También es de justicia reconocer que los calmantes ayudan a conciliar el sueño. Al día siguiente, después de dormir profundamente, y con la bandeja del desayuno ya vacía ante sí, se dio cuenta también de que el hospital le gustaba mucho, al menos si lo comparabas con la cárcel. Aunque, comparado con la cárcel, a Jaramillo le gustaba mucho casi todo. Pero estaba claro que en hospital no se podía quedar, y de hecho durante el desayuno un cabo primero de la Guardia Civil había pasado por su habitación a informarle de que después de la comida el furgón celular, el 'canguro', lo conduciría de nuevo al Centro Penitenciario. La idea no le gustó en absoluto. Y abandonado definitivamente su objetivo de ser el tipo más duro del patio, se hacía necesario pasar a un plan B. Que de momento, no tenía.

  Una joven doctora entró en la habitación y le dio los buenos días, mientras sacaba una linternita con aspecto de bolígrafo del bolsillo de su blusón verde quirófano. Le pidió que abriera bien los ojos y, apoyando una mano en su frente, se inclinó sobre él. Estaba fría, la mano, pero era lo más suave que había tocado a Jaramillo en mucho tiempo. Sin comparación con la última mano que le había tocado, desde luego. El recuerdo del del grandullón aquel le hizo sentir un repentino picor en la parte de atrás del cuello. Súbitamente, la doctora enfocó la linternita directamente a su ojo. Jaramillo lo entrecerró.

  - Por favor, mantén el ojo abierto. Es importante.- La voz de la doctora era suave como su mano, pero mucho mas cálida. A Jaramillo le gustó, y por un instante tuvo que concentrarse para que ese súbito agrado no se manifestase con una embarazosa reacción física. La doctora se apartó por fin, tras examinar sus dos pupilas, y le sonrió tímidamente. Jaramillo tuvo que concentrarse aún más para evitar que alguna parte de su cuerpo se moviese involuntariamente.

  - Parece que todo está bien. Más tarde vendrá una ATS para hacerte una cura en la nariz, y ya te dejaremos marchar. Hasta luego.- La doctora salió de la habitación, y Jaramillo lamentó amargamente tener la nariz embotada de algodones. Seguro que aquella doctora olía muy bien. Dios, como le gustaría quedarse en ese hospital...

  Una idea cruzó su  mente como un rayo: Hospital penitenciario. Eso existía, Jaramillo lo había oído. En la cárcel de la sierra de Madrid donde había pasado sus primeros meses, a la espera de juicio, Jaramillo había conocido a un emprendedor empresario, acusado de desvalijar varias sociedades y dejar en la calle a cientos de curritos. Al poco de ingresar en prisión, la dieta del módulo le había hecho subir el ácido úrico de forma alarmante, o al menos eso había diagnosticado el médico privado que, pagado por el propio empresario, lo había visitado en prisión. A Jaramillo no dejó de sorprenderle que el régimen a base de pescado al horno y patatas cocidas que le servían en el talego le hubiese hecho subir el ácido úrico a un tipo que se jactaba de desayunar bogavante azul y champán rosado, pero qué sabía él de medicina. Lo mismo los ricos tienen un metabolismo diferente.
El caso es que  un par de días después, el empresario fue trasladado a un hospital penitenciario, y parecía feliz por ello. Tras conocer la realidad del patio de la cárcel, a Jaramillo no extrañaba lo más mínimo.

 Bueno, pues el plan B era conseguir ser trasladado a un hospital penitenciario. Aunque, seamos justos, eso más que un plan es un objetivo. El plan... Había que elaborarlo.
 Jaramillo se puso a pensar. No tenía dinero para pagar un médico, ni forma de conseguirlo. Eso estaba claro. Tampoco le seducía la idea de autolesionarse gravemente. Es decir, le acababan de  partir la nariz, lo que le había dolido de cojones, y sólo iba a estar allí veinticuatro horas. ¿Que había que hacer para conseguir un traslado definitivo? ¿Cortarse la polla?. Ni así, pensó Jaramillo con una amarga sonrisa dibujada en la cara. Ni así te trasladarían definitivamente, porque toda herida acaba curándose, y cuando se curase, lo devolverían a aquel horrible campo de concentración.
 Además, habría que estar loco para cortarse la polla.

 Habría que estar loco.

 Jaramillo volvió a sonreír. Pero esta vez, su sonrisa ya no era tan amarga.

domingo, 7 de enero de 2018

Narco VI

 Poco a poco se le fue aclarando la visión, y lo primero que Jaramillo alcanzó a pensar fue que no se había dado cuenta al entrar en los lavabos del precioso color bermellón de las baldosas del suelo. Lo segundo que pensó fue que debía llevar horas allí tirado. Pero ambas percepciones eran erróneas, claro, y en cuanto su mente se aclaró un poco se dio cuenta de ello. En realidad, no hacía ni medio minuto que había caído al suelo, y el color bermellón del terrazo lo formaba la sangre que goteaba de su nariz hasta casi chorrear. 

 Jaramillo se levantó muy despacio, en parte porque no quería resbalar en su propia sangre, pero sobre todo porque temía volver a caer si intentaba moverse más rápido. Se encontraba mal, muy mareado, y su nariz, que se había roto al caer de bruces, latía con cada bombeo de su corazón. Pero había algo más, un dolor no tan intenso pero más desconcertante, en la parte de atrás de su cuello. Un desagradable hormigueo que le hacía arder la piel, y que no tenía ni idea de a qué podía ser debido.

 Finalmente logró mantener una postura relativamente vertical, el intentó tocarse la nariz. El dolor subió como un relámpago hasta su cerebro, y bajó la mano inmediatamente. Miró hacia adelante. Bloqueándole el paso, frente a la puerta de salida al patio general, estaban el viejo propietario del cuchillo, y su socio. El grandullón abría y cerraba su mano derecha, para aliviar la picazón de su palma. Jaramillo, a pesar de estar aún aturdido, lo vio claro. El 'machaca' del viejo lo había derribado de una fuerte colleja. Ni siquiera se había molestado en darle un puñetazo. En otras circunstancias se habría sentido profundamente humillado pero, aquel día, en aquel lavabo, dio gracias a dios en silencio por no haber permitido que aquel animal le golpease con el puño cerrado.

  Jaramillo los miró. Ellos lo miraron. El viejo tenía una mirada aburrida y cansada, como la del que lleva veinte minutos aguardando en una cola. Aquel aprendiz de delincuente no había llegado ni siquiera a enfadarlo. Jaramillo lo notó, y sentir el desprecio de aquel a quien hasta aquel momento había considerado como un 'primo' hizo que otra descarga de dolor subiese a su cerebro desde su partida nariz. O quizá sólo fuese que, involuntariamente, había intentado fruncir el ceño, y su sistema nervioso le recordó que el las próximas horas cualquier intento de expresión facial iba a costarle un precio.
 El grandullón, el 'machaca' del viejo, también lo miraba, pero en su caso con un gesto de cabreada confusión que, por otra parte, era su expresión casi todo el tiempo que estaba despierto. Aquel gigante no comprendía muy bien al mundo y sus habitantes, pero había aprendido con los años que poner cara de mala hostia, cuando se medía casi dos metros, era una forma muy eficaz de evitar el contacto con otros humanos, lo que le resultaba muy satisfactorio.

 El cruce de miradas se dilató unos pocos segundos más, hasta que el viejo, finalmente, extendió su brazo derecho ante sí con la palma vuelta hacia arriba. Estaba claro que ni siquiera se iba a molestar en pedírselo. Jaramillo hurgó en el bolsillo derecho de su chaqueta de chándal, sacó el cuchillo, y se lo puso en la mano al viejo, que lo hizo desaparecer dentro de su mono de trabajo. Luego, se giró, chasqueó los dedos delante de la cara del grandullón para sacarlo de su estupor, y salieron uno detrás de otro de los lavabos en silencio, en el mismo silencio que habían mantenido durante toda la escena.

Narco V

  Aquella noche, sólo en su celda, Jaramillo tuvo mucho tiempo para pensar. Sobrevivir en aquella prisión iba a ser más difícil de lo que él había esperado, si hasta el más pringao del patio (y para Jaramillo aquel viejo no podía ser otra cosa) iba armado con semejante espada. Algo había que hacer. Bueno, algo así al azar no. Había que hacer una cosa concreta, había que armarse. El problema, claro, estaba en cómo hacerlo.
  Si Jaramillo hubiera sido un veterano del talego, habría conocido mil y una maneras de fabricar su propio pincho. Desde las regletas de las ventanas, que es lo más habitual, pasando por alambres, trozos de ferralla extraída de alguna pared de hormigón, hasta simplemente mangos de cepillo de dientes o de escobillas del retrete lijados pacientemente contra la pared de la celda.

  Se cuenta, aunque creo que tiene algo de leyenda carcelaria, que a Jose Antonio Rodríguez Vega, el asesino de ancianas de Santander, lo mataron en la prisión de Topas usando el hueso de un muslo de pavo. Porque un interno de primer grado como era el agresor, que no tenía acceso por su extrema peligrosidad a mangos de escobilla de inodoro y que sólo podía usar cepillos de dientes pequeños, de los de viaje, no tuvo otra opción que guardarse un hueso después de disfrutar de la comida del domingo, y que afilarlo y esconderlo esperando el momento propicio para atacar al 'Mataviejas'.  La leyenda abunda en detalles, y hay quien afirma, por si alguien duda de la efectividad de un arma así, que el que lo apuñaló lo hizo con tanta saña que casi le arranca el corazón del tórax. Desde entonces  le llaman el 'Huesopollo'. 'Huesopollo' contra 'Mataviejas'. Señores de Marvel, aquí tienen sus nuevos supervillanos.

 Pero Jaramillo, el pobre Jaramillo, ni siquiera había tenido oportunidad de ver alguna de estas armas rudimentarias, aunque tan sólo fuese para tomar ideas de cara a la fabricación de una. Y currarse algo tan elaborado como el cuchillo que le había visto esconder al viejo estaba completamente fuera de sus capacidades. Pero entonces, una idea se abrió camino en su mente. Había visto dónde escondía el cuchillo el viejo ese. Seguramente lo habría dejado otra vez en el mismo sitio, porque ese parecía ser su lugar de descanso habitual. Y fijo que pensaba, el puto viejo, que lo había acojonado tanto que no se atrevería a robárselo. Bueno, pues el viejo ese no lo conocía a él. A Jaramillo el narco. El kie del patio. Mañana se haría con un arma. Y su suerte iba a cambiar. Vaya que sí.

  Y con estos pensamientos, Jaramillo se quedó dormido.

  Al día siguiente, se despertó con la sirena que, a eso de las siete y veinte, avisaba a los internos de la proximidad del recuento de las siete y media. Pasó el recuento de pie, al lado de su cama, como marcaban las normas de régimen interior y, media hora después, bajó al patio. De allí pasó al comedor para desayunar, intentando pasar inadvertido. Pudo ver de reojo al viejo, que sorbía con calma su café con leche sentado en la esquina de una de las largas mesas corridas, frente a un treintañero grandullón, con el pelo cortado a cepillo y cara de faltarle varias patatas para el kilo. Ambos iban vestidos con el mono azul sin marcas de los internos que colaboran en las tareas generales del Centro Penitenciario.
  Jaramillo apuró su café y salió al patio, a pasear tranquilamente mientras llegaba su momento. Y su momento no tardó mucho. A las nueve en punto, otra sirena marcó la hora de inicio de actividades. Los internos que trabajaban, que eran una mayoría, se encaminaron en pequeños grupos hacia el lado sur del patio donde, ocupando parte de la ladera descendente, se encontraban las diferentes fábricas y talleres. Allí, en una garita situada frente a la puerta de acceso al recinto de trabajo, un par de funcionarios de prisiones comprobaban la identidad de los internos y, uno por uno, les iban dejando pasar. Jaramillo vigilaba desde la distancia, y comprobó que el viejo y su amigo, el gigantón con cara de tonto, entraban a la zona de talleres. Minutos después, cuando ya estaban dentro de la misma todos los internos, uno de los funcionarios corrió la verja de acceso y la cerró con un candado.
 Jaramillo se frotó las manos. Allí estaban a buen recaudo. Doblemente encerrados, en el recinto de talleres dentro de la cárcel. Tenía tiempo, aprovechó para dar un paseo. Fumar un pitillo. Comprobar que nadie se fijaba en él. Y tras dar tres o cuatro vueltas por el patio, se sentó en el banco favorito del viejo con la naturalidad de un espía de teleserie. Sólo le faltaba taparse la cara con un periódico.

 Miró a la izquierda. Miró a la derecha. Nadie. se agachó un poco y, tras hurgar en la tierra unos segundos, sacó el cuchillo de su escondite. Se lo guardó rápidamente en su chaqueta de chándal, tanto que casi se lo clava en un costado, y se largó de allí caminando a rápidos pasitos. Entró a los servicios comunitarios, y se encerró en un de los cubículos dotados de un inodoro, a contemplar su nuevo tesoro, y a aliviarse, ya de paso. Los servicios no estaban especialmente limpios, ni siquiera a esa hora tan temprana. Pero eso no le importó. Sacó el cuchillo de su bolsillo, y se pasó varios minutos admirando la perfección de su factura artesanal, y su brillo. Lo limpió cuidadosamnete con un trozo de papel higiénico, y una malvada sonrisa se dibujó en su cara. Había tenido suerte. Parecía que la cosa ahora sí que estaba en marcha.

 Jaramillo volvió a guardarse el cuchillo en su chaqueta, pero no lo soltó. Le agradaba sentir el mango contra la palma de su mano, le hacía sentirse seguro. Abrió la puerta del cubículo y salió. La luz blanca y fría de la mañana se le clavó en los ojos, dolorosa. Por un instante, hasta le pareció que unas estrellitas doradas entraban también por la puerta. Y entonces sintió un dolor muy intenso en la parte poterior del cuello, y vio como las mugrientas baldosas azules y grises del suelo se acercaban hacia él.

 Y durante un segundo, no sintió ni vio nada más.



viernes, 5 de enero de 2018

Narco IV


 Jaramillo decidió empezar a actuar lo antes posible porque, ¿para qué esperar?. En la cárcel de Madrid no le había hecho falta ningún plan. Simplemente, con intimidar a un par de mindundis se había creado una reputación de kie, y el resto había venido rodado. Así que tres o cuatro días después de ingresar, decidió ponerse en marcha.

 Eran casi las diez de la mañana. El desayuno se había repartido ya hacía más de una hora, y los internos con destino laboral (casi todos) se encontraban en sus puestos de trabajo. El patio, que ni en los momentos de mayor afluencia de internos parecía especialmente  saturado, se veía ahora desértico. Dos o tres internos conversaban de pie, junto a la barandilla del mirador que permitía ver el mar. Un par más corrían rítmicamente alrededor del perímetro. Al fondo, junto a la cancha de baloncesto, un hombre mayor se liaba un pitillo sentado en un banco de hormigón. Ese parecía el adecuado.

 Jaramillo se acercó. El interno, su víctima, era un hombre con una larga melena canosa, de unos sesenta años de edad. Al menos en apariencia, porque la cárcel quema mucho, y todo el que se ha visto obligado a disfrutar de sus instalaciones durante una larga temporada acaba pareciendo diez años más viejo. Los funcionarios, a veces, también.

  Jaramillo estaba ya a menos de cinco metros del banco de hormigón. El hombre de pelo blanco se había encendido el pitillo, y procedía a guardarse la bolsa de tabaco de liar en un bolsillo de su cazadora vaquera. El colombiano se metió la mano en el bolsillo de su pantalón, como si guardase en él un arma, puso cara de duro, e interpeló al otro interno.
 - Dame el tabaco.- El hombre de pelo blanco miró hacia él por primera vez, y detuvo su mano derecha antes de haber terminado de guardar el paquete de picadura. Se lo mostró a Jaramillo.
 - ¿Quieres un pitillo, chaval?.- Preguntó, un poco más por la sorpresa que por amabilidad. Jaramillo apretó los dientes, y cerró el puño dentro de su bolsillo, como si empuñase un arma.
- Quiero el puto paquete, viejo.- Le espetó, juntando toda la mala leche que pudo encontrar en su interior. No mucha, porque, no lo olvidemos, Jaramillo era un buen chaval que había cometido un error, no un delincuente profesional.

  El que sí era un delincuente profesional era el hombre de pelo blanco. Y como profesional que era, sabía diferenciar a los de su gremio de los intrusos. Y le bastaron dos segundos para darse cuenta de que Jaramillo, pese a su dureza impostada y su acento colombiano, no era de los buenos. No valía. Así que se guardó el tabaco, mientras miraba a su atracador con tristeza. La tristeza del que ha llegado al final del camino y ve a un joven dispuesto a cometer sus mismos errores, quizá. oOquizá simplemente el que aquel niñato no le dejase fumar un pitillo tranquilamente en su día libre era algo que le estaba tocando los cojones.
 De todas formas, no era el momento de soltar una perla de sabiduría. Ni él era de los que van de sensei por la vida. Si ese panchito quiere ir de duro, pensó, se ha equivocado. Vaya que si se ha equivocado.
   El hombre de melena blanca se puso el pitillo entre los labios para tener las manos libres, algo que debía hacer con frecuencia, a juzgar por lo amarillo de su bigote. Se encorvó hasta tocar con la punta de sus dedos el suelo de tierra, y empezó a hurgar en él. Jaramillo, plantado frente a él, lo observaba en silencio, un poco por curiosidad, pero principalmente porque no sabía muy bien qué hacer. Es decir, el viejo ese estaba pasado de él. Lo suyo sería soltarle una hostia. Pero en el fondo, Jaramillo no se atrevía. Nunca había atacado a nadie así, en frío. Y ahora, llegado el momento, ni siquiera sabía cómo había que hacerlo. Como si para soltarle una patada a un tío hubiese un protocolo establecido que le era desconocido.

  El 'atracado' hurgó un poco más entre la tierra parduzca, enganchó algo que había en ella entre el índice y el pulgar, y lo sacó de un tirón. Era un objeto metálico y brillante, de unos veinticinco centímetros de longitud. El interno procedió a limpiarlo frotándolo contra sus pantalones azules de faena, y entonces Jaramillo pudo verlo con claridad. Era un 'pincho' artesanal, aunque esta denominación no le hacía justicia a aquella obra de arte.

 Un 'pincho' carcelario es  una pieza de metal, generalmente un trozo de alambre grueso o parte del marco de una ventana, cuya punta se afila frotándola contra una superficie rugosa, que suele ser el cemento del suelo o paredes. Así, como su propio nombre indica, sirve para pinchar, y es semejante a un punzón más o menos rústico. Lo que el silencioso hombre de pelo blanco había sacado de su escondrijo en el suelo no era un pincho. Era un cuchillo de doble filo, hecho a mano, sí. Pero hecho a mano por un profesional.

  Porque el interno de pelo blanco, al que Jaramillo había tomado por un incauto, demostrando que el incauto era él, era un espadista de carrera, y lo había sido desde que su padre le había enseñado el oficio a la tierna edad de diez años. Y ahora, en la cárcel, aprovechaba sus conocimientos colaborando en tareas de mantenimiento de las cerraduras de todo el centro. Ello le daba acceso al taller de cerrajería y matricería de la prisión, un taller pequeño y anticuado, pero dotado de todo tipo de herramientas, tornos y taladros. Él no tenía por qué hacerse un cutre picahielos. De haber querido, habría podido forjar en su taller a Excalibur o a Tizona, y el que el patio fuese de tierra en vez de estar cubierto de hormigón (un tremendo fallo en la seguridad de ese centro) le habría permitido ocultarlas simplemente clavándolas en el terreno, como había hecho con su cuchillo.

  Jaramillo observó, hipnotizado, como el viejo ladrón sacaba brillo a la hoja pulida de su arma y cómo, a pesar de lo nublado del día, un rayo de sol brillaba en la superficie pulida de la misma. El hombre se recostó de nuevo contra el respaldo de su asiento, y procedió a utilizar su cuchillo para quitarse la tierra que se le había quedado entre las uñas al escarbar para cogerlo. Finalmente, miró hacia el colombiano, que seguía ahí, de pie. Pasmado.

  -¿Sigues aquí?. Anda, corre a tomar por culo.-

  Jaramillo se marchó a paso rápido.

  Hacerse un nombre en el patio iba a ser más difícil de lo que había pensado en un principio.



martes, 12 de diciembre de 2017

Narco III


El centro penitenciario que la Dirección General había elegido para que Jaramillo purgase su pena era uno de los más antiguos de España, y  lo parecía. Puede que aquel de la sierra de Madrid donde había pasado su tiempo de prisión preventiva no fuese bonito, que desde luego no lo era. Pero al menos era moderno, y los arquitectos que lo habían diseñado habían conseguido su objetivo. Era aséptico e impersonal. Aburrido y feo. Y a la vez, y quizá por los mismos motivos, resultaba poco intimidatorio. Pero claro, esa era una cárcel del siglo veintiuno. Si se hacía un esfuerzo para dejar de ver las rejas de las ventanas y las concertinas que bordeaban los tejados, casi parecía un enorme colegio.
  Pero en el siglo veintiuno quizá se intente que las cárceles no parezcan cárceles. A finales del diecinueve, que era la época en la que se había proyectado aquel lugar al pie de la cordillera Cantábrica, los objetivos eran otros muy diferentes. Y aquello parecía una cárcel, vaya que si lo parecía.  O mejor aún, un castillo. Los muros de metro y medio de grosor de los edificios principales (el muro del perímetro exterior medía más de dos metros de ancho) conseguían a la vez dar la impresión de ser tan difíciles de penetrar desde fuera en caso de una invasión como desde dentro en caso de intento fuga, y de hecho, en una ocasión se había llegado a artillar aquella fortaleza para repeler una agresión exterior que no se llegó a materializar.

  Pero Jaramillo no se dejó intimidar por el aspecto de su nuevo hogar, aunque sólo fuera porque quería acceder al interior lo antes posible. Llovía, hacía frío, y él estaba empapado como una colegiala en un concierto de los Gemeliers, aunque mucho menos caliente. Pasó al departamento de ingresos, donde un funcionario volvió a colocar su mano derecha en el SIA. El estado de su ficha pasó de 'en tránsito' a 'ingresado', le metieron en  una celda provisional para pasar la primera noche y al día siguiente, tras ser entrevistado por el médico y el psicólogo del centro, le asignaron una celda definitiva y lo soltaron en el patio. A buscarse la vida.

 La primera impresión del patio general, arquitectura medieval aparte, no fue mala. Comparado con el abarrotado corral de cincuenta por cuarenta metros en el que tenía que pasearse en  la cárcel de la que provenía, aquello parecía casi un club de campo. El patio era amplio, quizá una influencia de la vasta experiencia en la construcción de cuarteles  del arquitecto que lo había ideado. Con más de un kilómetro de perímetro, había espacio para que varias compañías de soldados practicasen el orden cerrado en el mismo, y de hecho ésto se había hecho en ocasiones. Había campo de fútbol de hierba real, al menos donde las piedras dejaban que ésta creciese. Cancha de baloncesto, y unos aparatos de gimnasia deportiva, de esos que uno esperaría encontrarse en un tosco gimnasio de Europa del Este y que ahora se han puesto de moda con esto del 'crossfit'.

 Y sobre todo, muy pocos internos. En un primer momento, Jaramillo pensó que simplemente era que estaban muy repartidos en un espacio tan amplio pero, al cabo de un rato, le dio por contar a sus compañeros de paseo. Eran quince, cuando era evidente que ese era el patio principal de la prisión y que debería ser el lugar de esparcimiento principal de la mayoría de sus inquilinos. Y allí vivían, Jaramillo lo supo luego, casi quinientos internos. ¿Donde estaba el resto?.

 No tardó en averiguarlo: Trabajando. Esto era nuevo también para él. Allí de donde venía, los interno no trabajaban , mas allá de su obligación de colaborar en la limpieza de las instalaciones. Eran internos preventivos, o sea, en espera de juicio, y se limitaban a eso. A esperar.

 Tras un par de días conociendo a algún otro interno y tras varias entrevistas con los profesionales del equipo de tratamiento, el panorama se le fue aclarando. En aquel centro se procuraba que todo el mundo estuviese ocupado las veinticuatro horas del día, ya fuese mediante cursos de todo tipo, deportes, actividades culturales y, sobre todo, trabajo. De momento, como recién llegado que era, no tendrían ocupación para él, pero no tardarían en proporcionarle un empleo. Y se les mantenía lo más ocupados posible, le explicó un Educador, porque en ese centro todos los internos estaban condenados en firme y cumpliendo condenas de al menos cinco años de cárcel. No había preventivos, ni primeros grados ni terceros. Sólo internos condenados y en segundo grado de tratamiento, currando lo más posible para intentar de esa manera reducir su condena y salir de allí con unos ahorrillos. O mantener a la familia que habían dejado fuera. Por eso, le aclaró también el Educador, el Centro Directivo en Madrid le había mandado a cumplir su pena allí. Para intentar que el tiempo le resultase de provecho, que, a base de trabajo, no se metiese en líos, y que pudiera mandar dinero a su gente en Colombia.

  A Jaramillo se le abrió el cielo. No tanto por la posibilidad de conseguir un empleo, que también. No olvidemos que Jaramillo en el fondo era buen chaval. Pero lo que más le atrajo fue la imagen mental de un montón de internos currando y llenando sus tarjetas de peculio, a puntito de caramelo para ser intimidados por un auténtico narco colombiano como él, y dispuestos a pagarle con tabaco y cafés a cambio de protección o simplemente un poco de tranquilidad. Un par de tardes observando a los que eran sus compañeros no hizo sino reafirmarle en su idea.

 Eran todos muy viejos, pensó. Como lo es para un chaval de veinte años como él todo aquel que pase de los treinta y cinco. Y ninguno parecía gran cosa. Además, no había en el centro ningún colombiano aparte de él, lo que jugaba a su favor a la hora de jugar su papel de sanguinario esbirro del cártel de Cali. Aquello pintaba bien, pensó, frotándose las manos. Muy bien.











domingo, 10 de diciembre de 2017

Narco II


  La 'cunda', el autobús sin ventanillas que la Guardia Civil utiliza para los traslados entre centros, llegó a la sierra de Madrid un lunes a media mañana. Jaramillo ya estaba prevenido desde hacía unos días, y esperaba en una celda del módulo de Ingresos y Salidas con su petate ya preparado. Finalmente, se abrió la puerta del chabolo, y la funcionaria de prisiones lo acompañó hasta una habitación al fondo de la gris galería de celdas, donde lo esperaba una pareja de Guardias Civiles con la cara de fastidio del que no cobra suficiente por su trabajo, y además ha tenido que madrugar. La funcionaria le tomó las huellas en el S.I.A., el sistema de identificación automatizada utilizado para llevar el registro de todos los que en España purgan sus penas en prisión, que al momento cambió el estado en su ficha de 'ingresado' a 'en tránsito'. Los guardias lo cachearon, le pusieron los grilletes al frente, porque el trayecto era largo, y lo metieron en el 'canguro'. Próxima parada, la costa del norte de España.

   El viaje iba a tardar unas horas, pero Jaramillo estaba animado. Si, iba a una cárcel nueva. Pero en la anterior no le había ido tan mal. Es decir, partiendo de cero se había hecho un nombre en el patio. Y a pesar de no tener ingresos, porque no conocía a nadie en España que le pudiese meter unos euros en el peculio, se llevaba casi tres cartones de tabaco en el petate, y un montón de tarjetas telefónicas, de las que se usan para llamar desde las cabinas. Es lo que tiene que el resto de paseantes del patio sean todavía más pardillos que uno mismo, y que les sobre el dinero. Seguro que en el próximo talego se lo iba a montar bien, pensó. Seguro que son tan 'listos' como los del talego anterior.



 Ya avanzada la tarde, llegaron a su destino. La entrada de Jaramillo en el que iba a ser su hogar durante los próximos años, o al menos esa era la intención, no fue afortunada. Casi ocho horas de viaje en un cubículo de apenas dos metros cuadrados de superficie, sin ventanas al exterior y sin apenas ventilación, bastarían para marear a un trapecista. Y cuando uno de los Guardias Civiles de servicio en el autobús abrió la puerta del receptáculo y le invitó a levantarse Jaramillo, con la cabeza dando vueltas y cegado por la luz del atardecer que acababa de romper la penumbra en la que había pasado el resto del día, sólo pudo bajar dos o tres de los peldaños de la escalera de acceso al vehículo antes de tropezar y caer al suelo delante de la puerta del mismo.

  Al menos, lo habían esposado por delante y pudo poner las manos para amortiguar la caída. Eso fue una suerte. El hecho de que estuviese lloviendo, como era lo habitual en aquella región, y que ante el autobús se hubiese detenido al lado de un profundo charco embarrado, no lo fue tanto. Un funcionario de prisiones, y un par de internos que ayudaban en las tareas de recepción de ingresos, se adelantaron a ayudarle a levantarse. El incidente, al menos en el aspecto físico, no tuvo mayores consecuencias. Pero Jaramillo había entrado con mal pié en el talego, y no sólo en un sentido literal. A partir de aquel momento, Jaramillo había pasado a ser 'el gilipollas que se cayó en el charco'. Y eso, cuando tu intención es forjarte un aura de tipo duro en el patio, dista mucho de ser una ayuda.

  A partir de ahí, las cosas no mejoraron. Al contrario.



sábado, 9 de diciembre de 2017

Narco



  Jaramillo no llevaba mucho tiempo en aquella cárcel, pero ya se había dado cuenta de sobra de que no era sitio para él. Lo cual en el fondo, si lo piensas un poco, no es malo. Si la cárcel te parece un buen lugar donde pasar una temporada, es que el malo eres tu. Pero esta es la clase de filosofía barata  que ha hecho rico a un avispado escritor brasileño, y que en la vida real no tiene más aplicación que la de intentar aparentar profundidad de pensamiento en las redes sociales. En la cárcel, perseguir tus sueños sólo te puede llevar a dejarte los dientes contra un muro.

  De hecho, Jaramillo había acabado en aquel establecimiento por perseguir sus sueños, ni más ni menos. Unos sueños tampoco demasiado ambiciosos, los que cualquier chaval de veinte años, como él, tiene en cualquier esquina del mundo. Comprarse una moto. Montar un pequeño negocio con el que ganarse la vida. Pagarle un aborto a su novia. Cosas sencillas, sueños sencillos. Pero cuando has nacido en un barrio humilde de la ciudad de Cali, y no tienes ni un duro ni contactos importantes entre los poderosos, las opciones  para convertir en  realidad esas ideas de futuro se limitan a una sola: Hacer de mula. Y ya está.

  Y ahí es donde se le empezó a complicar la cosa a Jaramillo. Porque Jaramillo era buen tío, ya lo he dicho antes. Había nacido en una familia humilde, pero trabajadora. Y él también era así, humilde y trabajador. Dos cualidades de mierda hoy en día así en general, pero más aún si planeas dedicarte al crimen como profesión. Hay quien dice que hasta para ser delincuente hay que valer, como si ser delincuente fuera fácil. Se equivoca. Para delinquir, si se pretende vivir de ello, y vivir mucho tiempo y en libertad, hay que ser más habilidoso que para la mayor parte de profesiones

  Jaramillo no valía. A Jaramillo lo pillaron en el Aeropuerto de Barajas, en cuanto pasó por delante del puesto de control de la Guardia Civil. Con el tiempo se convenció a sí mismo, quizá para salvar un poco su autoestima, de que lo habían vendido, que lo habían delatado para distraer a los Guardias y poder pasar delante de sus narices un cargamento de mucha más importancia que los dos kilos de farlopa que él llevaba adheridos en pequeñas bolsitas alrededor de su abdomen.

   No era así. Nadie lo había vendido.

  Al entrar en la terminal 4, apenas había bajado del vuelo de 'Iberia' procedente de Colombia, un Guardia Civil se fijó en él. Ni siquiera era un veterano. El Guardia era un chaval en período de prácticas, que no tenía ni veintitrés años. Pero tampoco había que ser un genio. Jaramillo mantenía los ojos directamente hacia el suelo, evitando el contacto visual. Y sin darse cuenta, caminaba encorvado, con esa forma de hurtar el cuerpo que todos adoptamos involuntariamente cuando estamos muertos de miedo. Porque estaba muerto de miedo, como lo estaría cualquiera que no fuese un profesional. Porque para engañar a la policía hay que valer, y Jaramillo no valía para eso.

  Así que lo pararon, y lo detuvieron, y lo encerraron de manera preventiva. Pasó los primeros meses de cárcel, mientras esperaba juicio, en una conocida penitenciaría de la sierra al norte de Madrid. Un sitio muy mediático, principalmente porque la mayor parte de aquellos que van a ser procesados por la Audiencia Nacional son custodiados allí. Y no lo pasó mal, o al menos no tan mal como él mismo pensaba que lo iba a pasar.
  La vida en las cárceles españolas no tenía nada que ver con las sórdidas historias que había oído contar sobre las de su país. Además, en el módulo donde se alojó todos los demás internos eran delincuentes primarios en espera de juicio, como él. De hecho, no pocos eran políticos corruptos, empresarios de contabilidad 'creativa', o incluso conductores borrachos. Ante ese paisanaje, el ser un narco colombiano, como en realidad lo era él, hasta le daba un cierto caché. Era un narco de medio pelo, si, pero eso sólo lo sabía él. Y el día que un concejal de un pueblo de la costa levantina le dio un paquete de 'Chester' entero, cuando él sólo le había pedido un pitillo, y se deshizo en sonrisas mientras reculaba despacio hasta desaparecer, ese día, Jaramillo empezó a creer que quizá sí que estaba hecho para la cárcel, que quizá sí que era un tipo duro, y que en el fondo una temporada allí, lejos de la miseria de su barrio natal, y de los reproches de Martiza, su novia, siempre recriminándole el no traer dinero a casa, podía no estar tan mal.

  Jaramillo estaba empezando a hacerse un nombre en el patio de preventivos, cuando llegó su juicio y su condena. Fueron seis años, la 'tarifa plana', como la llamaban el resto de condenados por delitos contra la salud pública. Y tampoco se podía quejar. Unos años antes hubieran sido nueve, pero la masificación de los centros penitenciarios, entre otros motivos, habían propiciado una reducción en la duración de las condenas. Ahí sí que podemos decir que Jaramillo tuvo suerte. Y ahí también podemos decir que su suerte se agotó.

  A los pocos días de recibir la sentencia de Jaramillo, el Centro Directivo de instituciones Penitenciarias, en Madrid, determinó cuál iba a ser la cárcel donde la cumpliría.

 Y para Jaramillo, se acabó la diversión.